20
Sisberto consiguió por fin lo que llevaba veintitrés años esperando: un papel que decía que la frontera era asunto suyo.
No fue un golpe. Nunca eran golpes, con Sisberto.
Fue el final de una larga partida de paciencia.
El emir de Córdoba, queriendo poner orden en aquella frontera revuelta donde los jefes bereberes hacían y deshacían a su antojo, necesitaba hombres de confianza que administraran la marca del Duero sin tener que mandar un ejército a cada paso: que cobraran, que informaran, que vigilaran.
Y Sisberto llevaba años colocándose, discreto, indispensable, para ser justo ese hombre.
No lo pidió, que habría sido un error; hizo que se lo ofrecieran, que es muy distinto.
Durante años, en cada informe, en cada visita a Córdoba, había ido dejando caer, sin subrayarlo, lo mal vigilada que estaba la frontera del norte, lo mucho que se perdía por no tener allí a alguien de confianza, lo peligroso que era dejar aquella tierra de nadie sin ojos, justo ahora que los bereberes andaban revueltos.
No se ofrecía él: describía el problema, una y otra vez, con datos, con cifras, hasta que el problema se le hizo evidente al gobernador, y entonces, naturalmente, el gobernador buscó a quien encargárselo, y naturalmente no encontró a nadie mejor que aquel godo competente, leal, que conocía la tierra y las gentes y que ya llevaba media comarca sin un fallo.
Sisberto aceptó el cargo con la modestia justa, como quien acepta una carga que no buscaba, y solo cuando estuvo solo se permitió saborearlo.
Le dieron un cargo delegado sobre las tierras del norte, una autoridad vaga pero real, el derecho a hablar en nombre del poder en aquella franja de nadie.
Por fin tenía lo que le faltaba: no soldados, todavía, sino algo más útil, la apariencia de la ley.
El día que quisiera la peña, ya no iría como un codicioso. Iría como la autoridad.
Pero a Sisberto le faltaba aún lo segundo, y para eso no servía un papel. Le faltaban ojos dentro de Velagra.
Lo tenía estudiado desde hacía años. La peña era un mundo cerrado que solo se abría por un sitio: los arrieros.
Eran la única ventana de Velagra al exterior.
Subían dos o tres veces al año, en recuas, cargados de lo que la peña no producía, hierro sobre todo, sal, algún lujo, y bajaban con lana, con queso, con lo que Velagra trocaba.
Y mientras estaban dentro, los arrieros lo veían todo: cuánta gente, cuántas armas, cómo iba la obra, dónde estaban los almacenes, qué se decía en la era.
Nadie sospechaba de un arriero. Un arriero era el aire, una cara conocida que entraba y salía, indispensable y transparente.
Sisberto llevaba dos años haciendo que se le mirara con cuidado a los arrieros que subían al norte, buscando al que necesitaba.
Y lo encontró: se llamaba Bermudo, un hombre de mediana edad, buen conocedor del camino del Duero, con tratos en Velagra desde hacía años, con cara honrada y, lo más importante, con deudas.
Un hombre al que la peña tenía por amigo, que entraba en la era y le revolvía el pelo a los niños y le llevaba a Sabina hierbas del sur y a Quirico el hierro, y que debía dinero en tres sitios distintos porque le había ido mal con una recua perdida y porque tenía una hija que casar y ninguna manera honrada de juntar la dote.
Esa era la clase de hombre que Sisberto sabía comprar, no de golpe, que asusta, sino poco a poco, como se doma una bestia: primero un favor inocente, un préstamo en buenas condiciones para salvar a la hija, dado por un agente que no parecía tener nada que ver con ningún señor.
Luego, meses después, una conversación amistosa: que el préstamo apretaba, que se podía aliviar, que el prestamista solo quería, a cambio, saber cosas, tonterías, cómo andaban por el norte, cuánta gente, cómo iba aquella obra de la que se hablaba.
Bermudo, la primera vez, se dijo que no contaba nada que importara.
Contó que la peña tenía una torre a medio hacer y unas cisternas, cosas que veía cualquiera.
Le perdonaron un plazo. La segunda vez contó un poco más, y le perdonaron otro.
Y así, sin un solo día en que pudiera señalar «aquí me vendí», Bermudo cruzó la raya que separa al hombre honrado del traidor, que no es una raya, descubrió, sino una pendiente, suave, cómoda, por la que se baja sin notarlo hasta que un día uno mira atrás y ya está abajo del todo y no sabe cómo llegó.
Para cuando entendió lo que era, ya no había vuelta: un espía no puede dejar de espiar, porque el que lo compró tiene con qué hundirlo.
Bermudo siguió subiendo a Velagra, siguió revolviéndole el pelo a los niños y llevándole hierbas a Sabina, y se odiaba haciéndolo, y lo hacía igual, porque tenía una hija casada con la dote de su deshonra y un amo en el sur que no perdonaba.
—No le pidas nada grande al principio —le instruyó Sisberto al hombre suyo que llevaba el asunto—.
Que cuente tonterías. Que se acostumbre a contar.
El que cuenta una tontería una vez, cuenta lo gordo a la décima, sin darse cuenta de cuándo cruzó la raya.
—Miró el fuego, su viejo confidente—. Y quiero saber, sobre todo, una cosa, aunque tardes años en sacarla.
Si en esa peña hay enterrado algo de oro.
Una pieza. Una corona. Lo que esa mujer sacó de Toledo.
Que escarbe el arriero, despacio, con las orejas y con las manos si hace falta.
El día que sepa dónde está eso, esto se acaba.
Aquel verano, la recua subió a Velagra como todas.
La peña recibió a los arrieros con la alegría de siempre, porque traían hierro para Quirico y noticias del mundo, y los agasajó, y les abrió las puertas, y habló con ellos en la era, sin recelo.
Y entre ellos, sonriente, servicial, con su cara honrada y sus deudas calladas, entraba por primera vez en Velagra como lo que ya era, aunque nadie lo supiera, el topo de Sisberto: un par de ojos del enemigo dentro de la casa, mirándolo todo, contando los pasos hasta la torre bajo la cual, sin él saberlo aún, dormía la corona.
Y lo peor, para Bermudo, era que aquella gente lo quería.
Munio le guardaba el mejor sitio junto al fuego.
Sabina le preguntaba por su hija recién casada.
Los críos le salían al camino cuando veían subir la recua, porque Bermudo siempre traía algo, una cinta, un dulce, una baratija del sur.
Hasta la señora, la propia Adosinda, lo trataba con esa cortesía suya que valía más que el oro, y le agradecía las noticias que traía sin sospechar que las que se llevaba valían mucho más.
Bermudo subía cada vez con el estómago revuelto y bajaba cada vez peor, porque traicionar a quien te odia es fácil y traicionar a quien te quiere es una manera de pudrirse por dentro en vida.
Algunas noches, de vuelta al sur, se decía que dejaría de hacerlo, que se lo confesaría todo a la señora y aceptaría el castigo.
Y otras se acordaba de su hija, casada y a salvo con la dote de su deshonra, y del amo del sur que no perdonaba, y seguía bajando, y seguía contando, despreciándose, que era el único castigo que el muy cobarde se atrevía a aplicarse.
Lo que Bermudo no sabía, las noches en que se prometía dejarlo, era que ya había visto, sin entenderlo, lo único que su amo del sur llevaba media vida esperando oír.
Lo había visto una tarde cualquiera, en la obra, y no le había dado importancia: al maestro cantero y a la señora apartados de todos junto al arranque del gran pilar, hablando bajo, midiendo con los ojos un punto exacto del suelo, como quien vela una tumba sin cruz.
No supo lo que miraban. Pero lo guardó, como guardaba todo, sin saber para qué; y un día, muy al sur, lo contaría; y aquel día, sin pretenderlo, pondría en marcha todo lo que vino después.