La primera piedra (La Piedra y la Corona 1) 19
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Adosinda tenía cuarenta y dos años, gobernaba sobre cerca de cuatrocientas almas y guardaba dos secretos enterrados a pocos pasos uno del otro: una corona, bajo la torre, y la verdad sobre su hijo, bajo su propio silencio.

Del primero, desde el año anterior, ya no era la única dueña.

Había tenido que contárselo a Teudila para que el maestro pudiera fundar la torre sin tropezarse a ciegas con lo que había debajo, y para su sorpresa aquello, lejos de quitarle seguridad, se la había dado.

Durante veinte años había cargado sola el peso de la corona, sin nadie con quien medir el miedo, y ahora había un hombre más que lo sabía, un hombre que además construía, literalmente, la defensa de aquel secreto, piedra a piedra.

Se había descubierto, en los meses siguientes, buscando excusas para subir a la obra y cruzar dos palabras con el maestro, no de la corona, que casi nunca nombraban, sino de cualquier cosa, por el gusto callado de estar con el único que compartía su carga.

Era lo más parecido a un descanso que había tenido en veinte años.

El segundo secreto, ese, seguía siendo suyo y solo suyo, y de Sabina. Y ese no se lo podía contar a nadie, y menos que a nadie a Teudila, porque el primero era oro y derecho, cosas de Estado, y el segundo era sangre, y la sangre, cuando sale, no mancha una corona: mancha a una mujer.

El niño tenía nueve años y se llamaba Gundemaro, por el abuelo muerto en Toledo, y era la luz y el terror de su madre a partes iguales.

La luz, porque era listo, valiente, querido por toda la peña, y porque en él se juntaban, sin que el crío lo supiera, la corona enterrada y el futuro de la casa.

El terror, porque crecía, y al crecer, la cara del niño hacía exactamente lo que Sabina había avisado nueve años atrás: hablaba.

La piel morena que de bebé podía pasar por color de cuna iba quedando clara, sí, como había dicho la sanadora, pero los ojos no cambiaban, los ojos seguían siendo negros y quietos, y los pómulos se marcaban de una manera, y había algo en el corte de la cara, un aire, que a Adosinda le daba un vuelco cada vez que el niño volvía la cabeza de cierto modo, porque era el modo en que volvía la cabeza un hombre que ella había visto al otro lado de un vado hacía diez años.

Una noche el niño le hizo la pregunta que Adosinda llevaba años temiendo, la que hacen todos los niños sin padre y que en su caso podía hundir una casa.

Tenía nueve años, estaba acostándose, y de pronto, mirando al techo, preguntó cómo era su padre.

Los otros niños tenían padre, dijo, o lo habían tenido y se les había muerto y sabían su nombre y cómo era; él no tenía ni eso, ni un nombre.

Adosinda se sentó al borde del jergón con el corazón en un puño y le contó la mentira que llevaba años preparando, la única que lo protegía: que su padre había sido un buen hombre, un hidalgo de la casa, muerto en la caída del sur antes de que él naciera, defendiendo lo suyo como un valiente; que se llamaba como ella quisiera ponerle, porque de él no había quedado ni una tumba; y que un hijo de aquel hombre y de la última de su estirpe no tenía nada que envidiar a nadie, al contrario.

El niño la escuchó muy serio, y al final preguntó si se parecía a él, a su padre.

Y Adosinda, que cada día veía en aquella carita los ojos negros de Hilal, tuvo que sostenerle la mirada y decirle que sí, que era su vivo retrato, que cuando lo miraba lo veía a él.

Y era verdad, la única verdad que pudo darle, solo que el hombre al que se parecía no era el del cuento, sino un jefe bereber vivo, al otro lado de un río, que tampoco podía nombrarlo.

Cuando el niño se durmió, satisfecho con su padre inventado, Adosinda salió a la noche y lloró un rato corto, de pie, sin ruido, por la cantidad de mentiras que hacía falta para sostener una sola verdad, y por aquel niño que crecía sobre dos hombres muertos para él, el del cuento y el de carne, y no conocía a ninguno.

Sabina seguía siendo la única que sabía.

La vieja sanadora no había dicho una palabra en nueve años, y Adosinda había aprendido a confiar en aquel silencio terco como se confía en un muro: porque Sabina guardaba los secretos de medio Velagra, los partos, las enfermedades vergonzosas, las hierbas que se daban a unas y no a otras, y un guardián de tantos secretos sabe que el día que suelta uno los pierde todos.

Pero a veces, cuando el niño Gundemaro pasaba corriendo, Adosinda sorprendía a la vieja mirándolo, y en aquella mirada había una pregunta que nunca hacía: ¿hasta cuándo, señora?

Hasta cuándo. Esa era la cuenta que Adosinda llevaba por dentro mientras llevaba, por fuera, las cuentas de Velagra.

Aquel verano tuvo el primer aviso de lo que costaría.

Subió una recua de arrieros, de los de siempre, y uno de ellos, viendo jugar a los niños en la era mientras descargaban, se quedó mirando a Gundemaro, que corría con los demás, y dijo, sin malicia ninguna, por decir algo: «Buen mozo, ese.

Pero qué cosa, con lo blanca que es la madre y lo moreno que sale el crío.

Ojos de moro tiene el angelito, mire usted.

» Lo dijo riéndose, y siguió descargando, y para él no fue nada, una de esas tonterías que se dicen y se olvidan.

Para Adosinda, que lo oyó desde la puerta de la ermita, fue como si le metieran un hierro frío en el estómago.

Sonrió, contestó alguna banalidad, que de algún abuelo le vendría, que en su casa los había habido morenos, y se metió dentro, y le temblaban las manos.

Porque acababa de oír, de boca del primer extraño que pasaba, lo que llevaba nueve años temiendo: que el parecido había empezado a hablar, y que ya no hablaba solo para los ojos de Sabina, sino para cualquiera que se parase a mirar.

Aquella noche miró a su hijo dormido un rato largo, queriéndolo con un amor feroz y aterrado a la vez, y pensó que criar a un niño que es, en su propia cara, la prueba del mayor peligro para todo lo que has construido, es una forma de maternidad que no le desearía a nadie.

Y las de fuera no daban tregua. Al-Ándalus, que durante veinte años había mirado la frontera del Duero como un desierto inútil, empezaba a mirarla de otro modo.

Subían noticias confusas del sur, de tensiones entre los señores árabes y los jefes bereberes de la frontera, de tropas nuevas, de un emir en Córdoba que quería poner orden.

Y subía, sobre todo, el rumor de que ciertas autoridades habían tomado nota de que en aquella peña del río había crecido algo que ya no era una aldea de pastores: muros, una torre, una comunidad rica para lo que era la tierra, gobernada por una mujer de estirpe goda.

Una rareza. Y las rarezas, en la frontera, terminan atrayendo a los que cobran o a los que roban.

Adosinda hacía lo único que sabía hacer contra todo aquello: tejer.

Equilibrar a los suyos para que el peso de fuera no los partiera por dentro.

Le daba a Munio lo del pan, porque sin pan no había nada, y a la vez le sostenía a Teudila lo de la piedra, porque sin piedra estaban muertos.

Mediaba entre el herrero, que quería su hierro para armas, y el maestro, que lo quería para herramienta.

Sostenía a Ardón, que pedía más hombres de armas y más entrenamiento.

Y mantenía a Honorato escribiéndolo todo, porque cada año que pasaba veía más claro que la guerra que de verdad podía perder Velagra no se libraría con espadas, sino con papeles: con derechos, con fueros, con la prueba escrita de que aquella tierra era de quien la trabajaba y no de un señor del sur con un documento más viejo.

Aquel mismo verano tuvo que tejer en caliente, delante de todos, y fue una buena muestra de su oficio.

Quirico, el herrero, había recibido por fin una partida de hierro de los arrieros, poca, la de siempre, y la quería entera para forjar puntas de lanza, porque venía nerviosa la frontera.

Teudila la quería para herramienta, porque sin punteros nuevos la obra se paraba.

Munio, de paso, reclamaba que parte de aquel hierro se fuera en rejas, que sin arar no había pan para alimentar ni a herreros ni a canteros.

Los tres tenían razón, y los tres subieron a la ermita a voces, cada uno seguro de que lo suyo iba primero.

Adosinda los escuchó a los tres sin interrumpir, que era la mitad del trabajo, porque un hombre al que se deja desahogar ya cede la mitad.

Y luego repartió: un tercio a rejas, que el pan manda; un tercio a punteros, pero solo los justos para no parar la obra; y un tercio a puntas de lanza, guardadas, sin estrenar, «porque el día que las necesitemos de verdad, Quirico, no habrá tiempo de forjarlas, y más vale tenerlas y que se oxiden que necesitarlas y no tenerlas».

Ninguno de los tres salió contento del todo, que era la señal de que el reparto era justo: cuando todos refunfuñan por igual, es que nadie ha ganado a costa de otro.

Honorato lo anotó en un acta, para que el año siguiente nadie dijera que la suya había sido la parte pequeña.

Así se gobernaba Velagra: no con grandes decisiones, sino con cientos de repartos pequeños, día tras día, año tras año, sosteniendo en equilibrio un peso que no paraba de crecer.

—Cuatro estamentos —le dijo una noche a Honorato, cansada, repasando las actas a la luz de una lámpara—.

El que da de comer, el que defiende, el que construye y el que reza y escribe.

Y mi oficio es que ninguno de los cuatro mate a los otros tres, porque los cuatro tienen razón a la vez y los cuatro creen que su razón es la única.

—Se frotó los ojos—. Es más difícil que levantar la torre, abad. La torre, al menos, no discute.

Honorato la miró por encima de las pieles.

—La torre no discute —dijo el abad—, pero usted, señora, lleva una corona invisible más pesada que cualquiera de las que se colgaban del altar de Toledo.

Y la lleva sola. —Bajó la voz—. Hay días en que me pregunto qué le pesa más: lo que guardó de su padre bajo la torre, o lo otro que guarda y que cree que no veo.

Adosinda levantó la vista, alarmada. Pero Honorato había vuelto ya a sus pieles, con la cara serena de los que saben callar tanto como saben escribir, y no dijo más.

Y Adosinda comprendió que quizá Sabina no era ya la única que sabía, o que sospechaba; que los secretos, como había dicho la vieja, salen, y que la cuenta del «hasta cuándo» corría más deprisa de lo que ella quería creer.