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Tercera parte · La obra
Ocho años después, el que subía a la mole ya no veía una ruina: veía una obra, y eso lo cambia todo, porque una ruina invita a marcharse y una obra te ata.
Habían cambiado muchas cosas en esos ocho años.
Las cisternas estaban abiertas, dos grandes vientres tallados en la roca viva bajo el alto, encalados por dentro con la receta de Macario para que no perdieran una gota, y se llenaban de la lluvia y del manantial y guardaban agua para todo un verano de sed.
Sobre ellas, por fin, subía la torre. No estaba ni mucho menos terminada, pero subía: tres alturas ya de sillería nueva trabada a hueso sobre los cimientos romanos, las paredes engrosando hacia abajo como Macario había enseñado, los muros hablando entre sí, empujándose, sosteniéndose.
Velagra empezaba a parecer, desde el río, lo que quería ser: no una aldea con muros, sino una plaza fuerte naciendo de una peña.
Habían sido ocho años de un trabajo que no se parecía a nada de lo que se hacía en la península de aquel tiempo.
Mientras en el resto de la frontera, cuando alguien se molestaba en fortificarse, levantaba un torreón de mampostería, cuatro paredes de piedra mal trabada con barro que aguantaban lo que aguantaban, en Velagra se construía a la antigua, a la romana, a la alejandrina: sillería escuadrada y trabada a hueso, muros que sabían por qué tenían el grosor que tenían, agua cavada en la roca, todo pensado para durar siglos y resistir un cerco.
Era, sin que casi nadie de fuera lo supiera, la obra más ambiciosa que se intentaba en toda Hispania desde que se fueron los romanos, y la intentaban un puñado de fugitivos en una peña perdida, con cuatro arrieros que les subían el hierro y una corona enterrada con la que se pagaba en secreto lo que la aldea no podía pagar.
Era casi imposible. Teudila lo sabía. Por eso no podía dormir.
Los hombres no se entregan a lo posible; se queman por lo que está a un palmo de no poder hacerse, y aquella obra estaba exactamente ahí, en el filo entre el sueño y el disparate, que es donde se levantan las cosas que duran.
Y costaba lo que costaban esas cosas: todo.
Teudila lo veía cada mañana al repartir el trabajo, porque la obra le había enseñado que construir no es sobre todo poner piedra, es encajar a la gente.
La piedra necesitaba pan, y por eso no se tocaba un sillar en la siega ni en la trilla, y Munio vigilaba ese pacto como un perro.
La piedra necesitaba hierro, y por eso la fragua de Quirico marcaba el ritmo: cuando subía metal con los arrieros, la obra volaba; cuando no, se arrastraba.
Y la piedra necesitaba madera, mucha más de la que nadie creía, y eso lo había aprendido Teudila a su costa: no para quemar, sino para sostener.
Andamios. Grúas de mano, las cabrias con que se izaban los sillares grandes.
Y, sobre todo, las cimbras, los encofrados curvos sobre los que se montaban los arcos y las bóvedas hasta que cerraban.
Sin un buen carpintero, la piedra no subía, y Velagra tenía la suerte de tener uno: un hombre callado, meticuloso, que trabajaba la madera con la misma devoción con que Teudila trabajaba la piedra, y de cuyas cimbras dependía, sin que casi nadie lo pensara, que las bóvedas no se vinieran abajo.
Verlo trabajar, el tajo entero a pleno rendimiento una mañana de buen tiempo, era de las pocas cosas que a Teudila le hacían olvidar lo que faltaba y disfrutar de lo que había.
Abajo, en la cantera, los punteros sonaban sin parar contra la piedra, y los bueyes arrastraban en rastras los sillares desbastados hasta el pie de la peña.
Allí los cogían los de la cabria, la gran grúa de madera que Macario había trazado siguiendo un dibujo del Vitruvio, una rueda enorme dentro de la cual andaban dos hombres como andan las ardillas en la suya, y con su solo peso, multiplicado por la rueda y las poleas, subían piedras que veinte hombres no habrían levantado del suelo.
Teudila no se cansaba nunca de aquello: de ver cómo un sillar de mil arrobas se elevaba despacio, girando suave en el aire, dócil como un cordero, colgado de una cuerda, gobernado por las voces cantarinas con que el contramaestre marcaba el ritmo para que todos tiraran a una.
Arriba, en el andamio, los oficiales lo recibían, lo guiaban con barras a su sitio, le echaban una capa fina de mortero de cal, y lo asentaban, dándole golpes con un mazo de madera, hasta que el sillar dejaba de balancearse y se quedaba quieto para los siglos.
Y en todo aquello había un orden, una música casi, decenas de hombres y mujeres y críos haciendo cada uno su parte, la cantera, las rastras, la cabria, el mortero, la fragua que sonaba al fondo, todo encajado como las propias piedras, todo dependiendo de todo, de modo que si fallaba el hierro se paraba la cantera, y si fallaba la cantera se paraba la cabria, y si fallaba el pan se paraba todo.
Aquella mañana, mirándolo, Teudila pensó que una obra grande no es una cosa de piedra: es una cosa de gente, una manera de hacer que cientos de personas distintas, que solas no son nada, junten sus manos en el tiempo y dejen, entre todas, algo que durará más que todas ellas juntas.
Y que ese, y no las bóvedas, era el verdadero secreto del oficio, el que ni Vitruvio sabía escribir.
Buscó con la vista a Froila y lo encontró donde siempre: arriba, donde no debía, pasándole una maza a un oficial.
El crío que golpeaba piedras en el polvo tenía ya once años y era aprendiz de pleno derecho.
Y era bueno. Era más que bueno, y Teudila lo sabía con esa mezcla de orgullo y de inquietud con que un maestro reconoce a uno que va a llegar más lejos que él.
Froila tenía el ojo. Le dabas un sillar mal escuadrado y lo veía torcido antes de medirlo, lo veía con el cuerpo.
Trepaba por los andamios como una ardilla, no le tenía miedo a la altura ni al peso, y hacía preguntas que a Teudila lo dejaban a veces sin respuesta, preguntas de por qué, no de cómo, que eran las preguntas que hacían los maestros de verdad.
Teudila lo enseñaba como lo habían enseñado a él, mezclando la dureza de Materno y la paciencia de Macario, las dos herencias.
Le hacía empezar por lo de abajo, lo ingrato, lo que nadie quiere: acarrear agua, recoger las herramientas, barrer el ripio, mirar.
Sobre todo mirar. «Un año mirando antes de tocar», le decía, «que el ojo se hace antes que la mano.
» Le enseñó a leer una piedra antes de picarla, a oír por el sonido del golpe si estaba sana, a desconfiar de la que se deja tallar demasiado fácil, porque la piedra blanda es traidora.
Le enseñó la vergüenza de la cuña, la misma que Materno le había metido a él de niño, y el día que Froila asentó su primer muro entero sin meter una sola, Teudila no se lo dijo, no le dio el gusto, porque a un aprendiz no se le alaba hasta que es tarde, pero aquella noche durmió contento como hacía años que no dormía.
Lo quería como a un hijo, aunque no lo dijera nunca, con ese amor áspero de maestro a discípulo que no se parece a ningún otro, hecho de exigencia más que de caricias.
Y a veces, viéndolo trepar por los andamios, ágil, vivo, con toda la vida por delante y todo el oficio por aprender, a Teudila se le encogía el corazón con un pensamiento agridulce: que aquel crío terminaría la obra que él empezaría y no vería acabada; que estaba criando, sin querer, al hombre que un día pondría la última piedra de una torre cuya primera piedra ponía él; y que así, de maestro en aprendiz, era como las cosas grandes cruzaban el tiempo que ningún hombre solo alcanza a cruzar.
—Maestro —le dijo el muchacho aquella mañana, bajando hasta él, sudado, con polvo de piedra hasta las cejas—, la bóveda del salón. La grande. ¿Cuándo la montamos?
Teudila miró hacia donde señalaba el crío: el gran salón a media altura de la torre, abierto aún al cielo, esperando su techo de piedra.
La bóveda mayor que se habría intentado en la península desde Roma.
El sueño y el miedo de Macario, que ya era un viejo, y que llevaba dos años calculando aquella bóveda en pieles raspadas, con los números de Vitruvio y los suyos propios de Alejandría, sin atreverse a dar la orden.
—Cuando Macario diga que la madera está lista —contestó Teudila—.
Ni un día antes. Esa bóveda, Froila, o se hace perfecta o nos mata a unos cuantos.
No hay término medio en una bóveda. Aguanta mil años o se cae en un suspiro.
—Le revolvió el pelo lleno de polvo—. Y reza por que el carpintero duerma bien estos meses.
Porque la piedra la pondremos nosotros, pero quien va a sostenerla mientras cierra es su madera.
Y de la madera de un hombre depende, este año, la vida de muchos.
Pero antes que la bóveda venía otra cosa, y fue esa otra cosa la que, aquel año, cambió para siempre lo que Teudila sabía de aquella peña.
Para cargar el gran salón con su bóveda de piedra hacía falta, debajo, un cimiento como no se había hecho hasta entonces: no apoyar sobre los muros romanos viejos, que servían para tres alturas pero no para el peso que venía, sino bajar hasta la roca virgen, en el corazón mismo de la mole, y fundar allí, sobre la piedra sana, el pilar que lo sostendría todo.
Teudila subió a marcar el sitio con Macario, con cuerdas y estacas, y plantó la primera estaca exactamente donde la roca afloraba más limpia, en el punto más alto y más firme.
Y al ir a clavarla, vio que allí, medio enterrada entre la tierra y el cascajo de veinte años, había una piedra cualquiera, igual a otras mil, que sin embargo él recordaba.
La recordaba del primer día. Del día en que enterró a Materno arriba y vio, abajo, a la mujer de la capa parda arrodillada cavando algo que decidió no mirar.
Se quedó con la estaca en la mano, sin clavarla.
Aquella tarde fue a buscar a Adosinda. No le dijo lo que sospechaba; le dijo solo, con la voz neutra del oficio, que para el cimiento del salón tenían que cavar la roca justo en el centro de la mole, en tal punto, y que empezarían en unos días.
Y vio cómo a la señora, que llevaba veinte años sin que se le moviera un músculo de la cara ante nada, se le movió algo entonces, una sombra, el reconocimiento de una hora que sabía que llegaría y que había rezado por aplazar.
No dijo nada delante de los que andaban cerca. Por la noche lo mandó llamar.
Subieron juntos al alto, solos, con un candil.
Y allí, sobre la piedra cualquiera, Adosinda hizo lo que no había hecho con nadie fuera de los que juraron en Toledo: le contó la verdad.
Quién era ella. Qué había salido de Toledo la última noche envuelto en lino.
Qué había enterrado allí, bajo aquella piedra, el primer día, en el sitio exacto donde ahora él necesitaba fundar su torre.
Le habló de la corona, del derecho, de por qué la quería todo el mundo y por qué tenía que seguir oculta, y de por qué se la decía ahora, a él, después de veinte años de callarla: porque no había otra salida.
Porque el hombre que iba a cavar aquel cimiento iba a encontrarla sí o sí, y más valía que la encontrara sabiendo lo que era, y guardándola, que tropezándose con ella sin entender.
—Te lo cuento porque no me queda más remedio —dijo—.
Y porque, si he de fiarme de alguien además de los míos, después de veinte años viéndote trabajar, me fío de ti.
—Lo miró a la luz del candil—. Lo que está enterrado ahí abajo, maestro, sostiene esta peña tanto como tus muros.
Más. Tus muros nos defienden del moro. Esto nos defiende del olvido: mientras exista, somos algo, somos la continuación de un reino, y no cuatro fugitivos en un risco.
Vas a construir tu torre encima. La torre más grande que puedas.
Y nadie, nunca, mientras vivas, va a saber por qué este sitio importa tanto.
Ese es el precio de saberlo. ¿Lo aceptas?
Teudila tardó en contestar. Miró la piedra, la mujer, el candil, los veinte años.
Y entendió, con una claridad que lo recorrió entero, que aquel era el sentido último de su obra, el que había intuido sin palabras el primer día y había decidido no mirar: que no estaba levantando una fortaleza sobre una roca, estaba levantando una fortaleza sobre un secreto, y que la piedra y la corona, lo suyo y lo de ella, eran, habían sido siempre, la misma cosa.
—Lo acepto —dijo—. Llevo veinte años construyendo encima de esto sin saberlo.
Ahora lo sabré, y construiré mejor. —Y añadió, porque era cantero y solo sabía decir las cosas grandes en piedra—: Voy a fundar ese pilar de modo que no haya en el mundo pico capaz de llegar a lo que hay debajo sin tirar antes la torre entera.
Lo que me has dado a guardar, señora, lo voy a guardar con cien mil arrobas de sillería. Que vengan a buscarlo.
No se tocaron. No se dijeron nada de lo otro, de lo que llevaban veinte años sin decirse.
Pero bajaron del alto siendo, desde aquella noche, dos personas que compartían el secreto más pesado de Velagra, y eso, en el fondo, los unió más que cualquier palabra que hubieran podido decirse, porque hay confianzas que valen más que el amor, y son las que el amor, cuando llega, solo viene a confirmar.
Pero un secreto que hasta entonces dormía en una sola cabeza dormía ahora en dos, y eso, que los unía, también lo hacía más frágil sin que ninguno quisiera pensarlo: porque una verdad guardada por dos personas tiene el doble de puertas por las que escaparse, el doble de noches de fiebre en que un nombre se dice en voz alta, el doble de manos que algún día tiemblan.
Bajaron del alto tranquilos, creyéndose más fuertes por ser dos.
No sabían que, muy al sur, un hombre paciente llevaba media vida esperando exactamente eso: que alguien, en aquella peña, supiera lo suficiente como para que mereciera la pena hacerlo hablar.