La primera piedra (La Piedra y la Corona 1) 17
57%

17

El golpe vino por donde Adosinda sabía que vendría algún día, y aun así la cogió a medias, porque los golpes que se ven venir hieren igual cuando por fin caen.

Vino de dos sitios a la vez, y esa fue la mano de Sisberto, aunque en Velagra nadie supo aún poner su nombre detrás.

Por un lado, llegó a la peña un hombre con cara de funcionario y un papel: un emisario del sur que reclamaba, en nombre de no se sabía bien qué autoridad, un censo y un tributo por aquellas tierras, alegando viejos derechos, documentos, palabras latinas envueltas en otras palabras latinas.

No traía soldados. Traía algo peor: la sombra de una legitimidad.

La insinuación de que aquella peña, aquella mole, aquella gente, no eran tan libres ni tan de nadie como creían, y que había, en alguna parte del sur, un hombre paciente que un día vendría a cobrarse el papel.

Lo recibió Honorato, que para eso lo había puesto Adosinda, porque a un hombre de papeles se le contesta con otro hombre de papeles.

El abad leyó el documento despacio, dos veces, asintiendo con falsa cortesía, y luego empezó a hacer preguntas suaves como cuchillos: ¿en nombre de qué autoridad exactamente?

, porque el sello no era de Córdoba ni de ningún gobernador conocido; ¿qué viejos derechos?

, porque aquella tierra llevaba despoblada desde antes de la conquista y nadie había cobrado nunca nada de ella; ¿y por qué ahora, después de doce años?

El emisario se enredó, sudó, citó nombres que Honorato fingía no conocer y conocía muy bien, y al final se marchó con su papel y peores modos, sin haber sacado nada.

Pero cuando se hubo ido, el abad fue a buscar a Adosinda con la cara seria.

—No traía nada en regla, señora —dijo—. Ni autoridad, ni derecho, ni una prueba.

Lo he despachado como a un perro. —Hizo una pausa—.

Y por eso mismo estoy preocupado. Porque un hombre que manda a reclamar sin tener con qué no es un loco: es alguien que está tanteando, viendo cómo reaccionamos, midiéndonos.

Esto no es una reclamación. Es una primera mano de una partida muy larga, jugada por alguien que tiene la paciencia de empezar a cobrar una deuda que aún no existe.

—Bajó la voz—. Alguien, allá abajo, nos ha puesto en una lista. Y esa clase de listas no se borran.

Y por el otro lado, aquel mismo verano, mientras la mitad de la aldea estaba en la siega, subió una aceifa.

No fue como la de Hilal el verano anterior, una rapiña que se llevó unas ovejas.

Esta venía a hacer daño. Bajó por el río un grupo grande, azuzado, decidido, y cayó sobre los pastos del alto donde Munio tenía el grueso de los rebaños.

Los atalayeros dieron el aviso, encendieron el humo, como estaba mandado.

Pero esta vez el humo llegó tarde, o el enemigo vino más rápido, y cuando los hombres de Ardón subieron al alto, los salteadores ya estaban entre las ovejas, matando pastores, arreando ganado, prendiendo fuego a la hierba seca.

Ardón hizo lo que sabía. Reunió a sus hombres, los pocos que no estaban en la mies, y subió a dar la cara, porque un capitán que no da la cara el primer día no manda el segundo.

Hubo una pelea fea entre el humo y el balido de las ovejas que ardían, cuerpo a cuerpo, sin orden.

Mataron a tres salteadores y perdieron a dos de los suyos.

Recuperaron parte del ganado. Pero la mitad del rebaño de Munio se lo llevaron, o ardió, y dos pastores quedaron tendidos en el alto, y la milicia de Ardón, aquel puñado de hombres mal armados, demostró aquel día que servía para un golpe de mano pero que no resistiría un asalto en serio.

Munio subió al alto cuando ya todo había pasado, demasiado tarde, porque había estado en la siega, abajo, y cuando vio el humo ya no había nada que hacer.

Lo que se encontró arriba lo dejó mudo, a él, que siempre tenía algo que gruñir.

La hierba quemada, negra, humeando. Las ovejas muertas tiradas como sacos, algunas todavía ardiendo, con ese olor a lana y a carne quemada que no se olvida.

Y, entre ellas, los dos pastores, hombres suyos, gente que había traído desde el sur, que había salvado del camino, que había criado a la sombra de su terquedad.

No gritó. No maldijo. Se arrodilló junto a uno de los pastores, un mozo, y le cerró los ojos con una ternura que nadie le habría supuesto, y se quedó allí, cuadrado, enorme, callado, mirando arder veinte años de trabajo, toda una vida de contar cabezas una a una para que el camino no se las comiera, ardiendo ahora de una vez en una sola mañana.

Para Munio, que medía el mundo en ovejas y en pan, aquello no era una escaramuza perdida: era el fin de algo.

Y por primera vez, el hombre que llevaba doce años peleándose con la piedra de Teudila miró hacia la peña, hacia los muros, y pensó, con una amargura nueva, que quizá el cantero loco tenía razón, que quizá un alto sin muros no era más que una despensa para el lobo.

Teudila subió al alto cuando le avisaron, y se quedó a una distancia prudente, porque hay dolores a los que no se les arrima uno con palabras.

No le dijo a Munio que lo sentía, ni que la obra lo habría evitado, ni ninguna de las cosas verdaderas y odiosas que se le pasaron por la cabeza.

Cogió una pala y se puso, sin pedir permiso, a ayudar a enterrar a los dos pastores y a arrastrar las ovejas muertas, codo con codo con la gente de Munio, callado, sudando, hasta que se hizo de noche.

Era su manera de decir lo que no sabía decir, la misma que la de Munio cuando repartía raciones: con las manos, no con la boca.

Y Munio, que no le dio las gracias, que no se las daba a nadie, cuando terminaron y se sentaron los dos en una piedra a recobrar el aliento, sucios de hollín y de tierra, le pasó el odre primero a él, antes de beber, que para Munio era casi un abrazo.

No hablaron. No hacía falta. Doce años de pelearse por los brazos y el grano, y aquella noche, sobre la ceniza de un rebaño, el ganadero y el cantero entendieron, sin decirlo, que estaban en el mismo barco, y que el lobo que había quemado las ovejas vendría un día a por todo, y que entonces solo se salvarían juntos o no se salvaría ninguno.

Y mientras pasaba todo aquello, Quirico, en la fragua, sudaba la otra cara del mismo desastre.

Porque cuando Ardón vino corriendo a armar a más hombres, el herrero no tuvo con qué.

No había lanzas suficientes, ni puntas, ni un mal refuerzo para los escudos.

El poco hierro se había ido en herramienta para la obra, en punzones para cavar la roca de las cisternas, no en armas.

Quirico se lo gritó a Teudila a la cara, con el martillo en la mano, mientras abajo subía el humo de los pastos.

—¡Esto es lo que pasa, maestro! ¡Tu obra se come mi hierro, y cuando llega el lobo no tengo con qué armar a los hombres! ¡Piedra o espada, Teudila! ¡Algún día habrá que elegir, y como elijamos mal, nos degüellan a todos sobre tus benditos sillares!

Y no hablaba por hablar, ni por mala sangre, que de eso Quirico no tenía.

Hablaba desde un sitio hondo, el de un hombre que vivía en una contradicción que lo partía por dentro.

Porque Quirico odiaba forjar armas. Lo había confesado una sola vez, borracho, una noche, y Teudila no lo había olvidado: que él se había hecho herrero para hacer rejas de arado, hoces, clavos, gonces, cosas que sirven para vivir, para roturar la tierra y cerrar una puerta y colgar una olla; y que la guerra y los señores lo habían obligado, toda su vida, a dedicar el mejor hierro y las mejores horas a fabricar puntas para meter en las tripas de otros hombres.

«El mismo hierro, maestro», había dicho aquella noche, mirando la fragua.

«Del mismo hierro sale la reja que da pan y la lanza que da muerte.

Y el mundo, no sé por qué, siempre me pide más lanzas que rejas.

» Era, comprendió Teudila, el mismo drama que el suyo, solo que en metal: que la misma piedra que levanta una casa, soltada desde un muro, mata; que la misma fragua que forja la herramienta de la vida forja el arma de la muerte; y que vivir en la frontera era, para los dos, condenarse a que el mundo les pidiera siempre el lado malo de su oficio.

Por eso lo del hierro le dolía a Quirico más que a nadie.

No era avaricia de material. Era ver cómo cada año, irremediablemente, la espada se comía a la reja, la muerte al pan, en su propia fragua, contra su propia voluntad.

Aquella noche, Velagra contó sus muertos a la luz de los pastos que aún ardían en el alto.

Dos pastores. La mitad de un rebaño. Y algo peor que no se contaba en cabezas: la certeza, nueva y fría, de que el mundo de fuera había reparado en ellos.

Por el sur, un papel y un nombre paciente que los reclamaba.

Por el río, un enemigo que ya sabía el camino de vuelta.

Adosinda los reunió a todos en la era, bajo el resplandor lejano del fuego, y no les mintió, porque mentirles habría sido tratarlos como a niños y ya no eran niños.

—Nos han visto —dijo—. Eso es lo que ha pasado este verano.

Doce años escondidos en una peña, creciendo despacio, y se acabó: el sur sabe que estamos, y el río sabe el camino.

A partir de ahora no nos van a dejar en paz.

—Miró a Munio, que tenía la cara negra de hollín y los ojos rojos por su rebaño; miró a Ardón, que sangraba de un brazo; miró a Quirico, a Teudila, a Honorato, a toda aquella gente suya, sucia y asustada y viva—.

Así que solo hay un camino, y es hacia arriba.

Más muros. Más agua en la roca. La torre.

Todo lo que el maestro lleva años pidiendo y que nos parecía un sueño de loco: a partir de esta noche es lo único que nos puede salvar la vida.

El pan nos da de comer. La espada nos defiende un día malo.

Pero lo que nos va a tener vivos dentro de diez años, cuando suba no una aceifa sino un ejército, es la piedra.

—Hizo una pausa, y lo dijo como un juramento—.

Vamos a construir. Y vamos a construir deprisa.

Hubo un silencio. Y entonces habló el que nadie esperaba que hablara, el que llevaba doce años diciendo lo contrario. Munio se adelantó un paso, con la cara todavía negra de hollín, y dijo, ronco, sin mirar a Teudila, mirando al suelo:

—Mañana subo a mis hombres a la cantera.

Los que me queden. —Tragó—. Toda la vida he dicho que la piedra no se come, y es verdad, y lo seguiré diciendo.

Pero hoy he enterrado a dos de los míos en un alto sin muros, y un muerto tampoco come.

—Levantó por fin la vista, y la clavó en Adosinda—.

La obra primero, este invierno. Por una vez.

Que no vuelva a pasar lo de hoy. Y el verano que viene ya nos pelearemos otra vez por los brazos, señora, no se crea que me ha convencido.

Pero este invierno, la piedra. —Y se dio la vuelta y se fue, y aquella media docena de palabras de Munio valieron, para la obra, más que todos los sueños de Teudila juntos, porque eran las del hombre que había que vencer.

Nadie aplaudió. No era cosa de aplausos.

Pero aquella noche, por primera vez, el ganadero y el herrero y el soldado y el cura miraron la mole rota de allá arriba no como el capricho de un cantero, sino como lo que tenía que mantenerlos con vida.

Y muy arriba, sola, sobre la corona enterrada de su padre y sobre el secreto recién nacido de su hijo, Adosinda miró hacia el sur, hacia la oscuridad por donde un día vendrían a cobrarse todo aquello, y supo que el tiempo de esconderse había terminado y empezaba el tiempo, mucho más peligroso, de hacerse fuerte a la vista de todos.