La primera piedra (La Piedra y la Corona 1) 16
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La aldea creció, y al crecer apretó, porque toda cosa que crece termina rozando con las paredes del sitio donde crece.

Y Velagra descubrió, en aquellos años buenos, que los primeros pleitos no se los iba a traer el enemigo de fuera, sino los suyos: un lindero mal puesto, un turno de agua, una moza, una palabra de más en una boda.

Eran problemas de pueblo que crece, no de pueblo que muere, y por eso Adosinda casi los agradecía cuando se los llevaban a la ermita para que mediara.

Pero eran, también, las primeras grietas finas, de esas que en la piedra no se ven hasta que viene la helada, y la helada, en un pueblo, tiene un nombre: se llama hambre, y aún no había llegado.

Eran ya cerca de doscientas almas en la peña y la vega.

Había nacido una generación que no había visto Guadalete ni Toledo, niños para los que Velagra no era un refugio sino el mundo entero, el único que conocían.

Entre ellos correteaba ya Froila, que andaba por los tres años y se escapaba de su madre para meterse donde no debía, y donde no debía era siempre la obra: los andamios, los montones de sillares, la cantera.

Teudila se lo encontraba a cada poco sentado en el suelo, muy serio, golpeando una piedra contra otra como había visto hacer a los hombres, y en vez de echarlo, no sabía bien por qué, lo dejaba.

—Ese va a ser de los tuyos —le dijo un día Gontroda, medio orgullosa medio temerosa, viendo al crío con su piedra—. Mira cómo la golpea. No la rompe a lo bruto. Le da por el sitio. Como tú.

Teudila miró al niño y sintió algo que no esperaba: la primera punzada de esa cosa rara que es querer dejarle a alguien lo que sabes.

Materno se lo había dejado a él. Macario se lo estaba dejando ahora.

Y un día, quizá, aquel crío que golpeaba piedras en el polvo.

La cadena, como decía el alejandrino. Seguía.

Froila creció así, en los años que siguieron, entre dos mundos que en Velagra tiraban cada uno para su lado: la piedra y el campo.

Por las mañanas se escapaba a la obra, donde los canteros lo dejaban acarrear agua y, cuando creció un poco, sostener una cuerda o alcanzar una herramienta, y donde aprendió a mirar un sillar antes de saber leer.

Pero por las tardes lo mandaban a la vega con los demás críos, a espantar pájaros, a guardar las ocas, y allí, entre los surcos, había una niña de los labriegos, una tal Eilo, hija de uno de los que roturaban la tierra negra, descalza y rápida, que le llevaba un año y le ganaba corriendo, y con la que Froila se peleaba y se reconciliaba diez veces al día con esa intensidad de los niños que aún no saben que lo que sienten tiene nombre.

Nadie reparó en ello entonces; eran dos críos.

Pero el crío de la piedra y la niña del pan jugaban ya, sin saberlo, a juntar las dos mitades de Velagra que sus mayores no hacían más que enfrentar, y de aquellos juegos en los surcos saldría, andando los años, una historia que cruzaría una raya que en aquella aldea costaba cara: la que separaba al que construía del que araba, al que aspiraba a maestro del que no sería nunca más que colono.

Hubo una tarde de aquellas que Teudila recordaría, porque la vio sin que los niños lo vieran a él.

Froila había subido a hurtadillas a la obra una piedra pequeña, un canto del río, y se la estaba enseñando a Eilo con un orgullo enorme: la había picado él, a escondidas, con un puntero robado, hasta sacarle una forma, un animalito tosco, un pájaro quizá, lo primero que tallaba en su vida sin que nadie le mandara.

Y Eilo, en vez de reírse, lo había cogido con las dos manos, muy seria, como se coge algo que vale, y le había dado a cambio lo que ella tenía, que era una espiga de las primeras, verde todavía, y le había dicho que se la guardara, que daba suerte.

Y los dos críos se habían quedado mirando el trueque, el pájaro de piedra y la espiga, sin saber que estaban haciendo, en pequeño, el único tratado de paz que Velagra firmaría nunca de verdad entre la piedra y el pan: no el de los mayores, a regañadientes, por necesidad, sino el de dos niños que se cambiaban lo que cada uno sabía hacer porque les gustaba el otro.

Teudila se fue sin que lo vieran, con una sonrisa rara, pensando que a lo mejor el futuro de aquella peña no estaba en sus muros ni en las cuentas de Adosinda, sino en aquello, en que el hijo de un cantero y la hija de un labriego se cambiaran un pájaro por una espiga y les pareciera un buen trato.

Pero eso era cosa de otro tiempo. De momento solo eran dos niños corriendo entre las ocas.

Y es que el pan, en Velagra, no era una abstracción: era Munio y su gente, y valía la pena entender quiénes eran, porque eran la mitad del alma de la peña.

Los ganaderos vivían medio año arriba, en el alto, con los rebaños, en chozas de piedra seca, lejos del bullicio de la obra y las cuentas de la ermita, en un mundo de viento, de silencio, de estrellas y de lobos, que los hacía distintos del resto, más callados, más duros, más suyos.

Munio había rehecho allí, sin decirlo, la aldea de ganaderos que había perdido en el sur: las mismas familias, los mismos apellidos, las mismas maneras, trasplantadas a un alto del Duero.

Tenía a su gente como tenía a sus ovejas, contándola, vigilándola, gruñéndole, y defendiéndola de todo, incluida, según él, la locura de los de abajo, que querían convertir una peña donde se vivía en una fortaleza donde un día se moriría.

Para Munio, la piedra era el enemigo no porque odiara los muros, sino porque cada brazo que subía a la obra era un brazo que no guardaba el rebaño ni segaba la mies, y él había visto, en el sur, lo que le pasa a un pueblo que descuida el pan por cualquier otra cosa, por sagrada que sea: que un mal año lo borra.

Por eso peleaba. No contra Teudila, sino contra el hambre, que era el único enemigo en el que Munio creía de verdad, porque era el único que había visto matar a más gente que ninguna espada.

Aquel año la obra de las cisternas iba en serio, cavando la roca viva a punzón y maza, un trabajo lentísimo, brutal, que se tragaba hombres y herramienta.

Y cada hombre en la roca era un hombre menos en la mies.

Munio plantó cara otra vez, y esta vez no en la ermita, sino a voces, en mitad de la era, delante de todos.

—¡Doce años llevo oyendo lo mismo! —gritó—. ¡Que la piedra nos salvará! ¿Y mientras tanto, qué comemos? ¡Mis hijos se crían a la sombra de una torre que no existe! —Señaló al alto, a la mole, a Teudila—. ¡Ese sueña, y soñar no llena el puchero! ¡Que baje a segar, como todos!

Teudila iba a contestar, encendido, pero Adosinda llegó antes, se metió entre los dos, y volvió a hacer lo que sabía hacer: sostener las dos razones sin soltar ninguna.

Repartió los brazos. La mies primero, sí, todos a la siega en agosto.

Pero las cisternas seguían en invierno, cuando el campo descansa.

Munio gruñó. Teudila apretó los dientes.

Y la obra siguió, cojeando, frenada y viva, que era como avanzaban las cosas en Velagra: a tirones, peleando cada brazo, cada día.

Y en medio de aquel pulso, callado, crecía otro, el de Teudila por Adosinda.

Llevaba años queriéndola sin decírselo. La quería desde el vado, desde que la vio cruzar el agua con la cabeza alta y un secreto apretado contra el pecho.

Pero entre ellos había una distancia que no era de leguas: ella era la señora, la última de una casa, la que guardaba una corona y una sangre; él era el cantero, las manos sucias, el que no tenía más que un oficio.

Y Teudila, que sabía leer las piedras, sabía leer también aquello: que había cosas que no se podían trabar, por mucho que uno quisiera, porque no encajaban, y forzarlas era partirlas.

Así que callaba. Y la quería en silencio, como se quiere lo que no va a ser.

Lo que ni Teudila ni nadie sabía era que la señora, aquel año, cargaba su propio secreto, y no solo el de la corona.

Adosinda había pasado los últimos meses escondiendo el cuerpo bajo ropas holgadas, saliendo menos, dejándose ver lo justo, alegando que el gobierno de la aldea la tenía atada a la ermita y a las cuentas.

Una mujer sola, sin marido, señora de su casa, podía permitirse lo que ninguna otra: que nadie le pidiera explicaciones.

Pero por dentro vivía el peor de los inviernos.

Porque sabía de quién era lo que llevaba.

Sabía que había cruzado, una vez, en la tierra de nadie, una línea que ella, precisamente ella, la guardiana de la pureza de una sangre, no podía cruzar; que se había reconocido en un enemigo y que aquel reconocimiento había tenido consecuencias de carne.

No se arrepentía, y eso era lo que más miedo le daba: descubrir que, debajo de la señora, de la última de una casa, de la custodia de una corona, había seguido habiendo todo aquel tiempo una mujer, sin más, capaz de querer lo prohibido.

Pasó el embarazo rezando dos rezos contradictorios a la vez: que el niño naciera sano, y que no se le pareciera.

Y al filo del invierno, en la casa de la señora, con las puertas cerradas, pasó lo que tenía que pasar.

Adosinda dio a luz.

Lo atendió Sabina, la sanadora, la vieja herbolaria que había llegado con la marea como todos y que sabía de partos, de hierbas, de heridas y de secretos más que nadie en la peña.

Sabina era ya vieja cuando llegó, y nadie sabía bien de dónde venía; traía un saber mezclado, mitad de las viejas de los pueblos godos, mitad de algo más antiguo y más oriental, hierbas que nadie más conocía, ensalmos que rezaba en una lengua que no era latín.

La temían un poco y la necesitaban mucho, que es la posición más segura que puede tener una mujer sola en cualquier mundo.

Por sus manos pasaba todo lo que de verdad importaba en una aldea y no se decía en voz alta: los partos y los que venían mal, las que no querían parir y buscaban una hierba, las enfermedades vergonzosas, los venenos y sus remedios, quién se moría y quién no cuando ella decidía a quién dedicaba sus cuidados.

Sabía, por tanto, los secretos de medio Velagra, y los guardaba todos, porque había entendido hacía mucho que un guardián de secretos solo vale mientras no suelta ninguno: el día que cuenta uno, los pierde todos, y con ellos su sitio en el mundo.

Por eso Adosinda, cuando la mandó llamar para aquel parto, sabía a la vez que se ponía en las manos más peligrosas y en las más seguras de la peña.

Fue un parto callado, de noche, sin que la aldea se enterara hasta tener al niño nacido y limpio.

Un varón. Sano, fuerte, llorón. Y Sabina, que lo recibió en sus manos y lo lavó a la luz de una lámpara, lo miró bien, como miraba ella todo, y vio lo que Adosinda había rezado por que nadie viera nunca: la piel un punto más oscura de lo que tocaba, el pelo muy negro, y, sobre todo, algo en los ojos negros y quietos del recién nacido que Sabina, que tenía buena memoria de caras, había visto hacía poco en un solo hombre de toda la frontera.

No dijo nada. Envolvió al niño, se lo puso a la madre en los brazos, y solo entonces, mirando a Adosinda a los ojos, dejó que la señora viera que ella sabía.

Las dos mujeres se sostuvieron la mirada en silencio.

No hizo falta una palabra. Una era la dueña de la corona, el símbolo de una sangre que decía pureza, continuidad, derecho.

La otra acababa de tener en las manos la prueba de que aquella sangre, en su raíz, en el niño que la heredaría, ya era mestiza, ya era de los dos lados del río, ya era el mundo nuevo y no el viejo.

—Nadie tiene por qué saberlo —dijo al fin Sabina, en voz muy baja, recogiendo sus paños—.

Yo no lo sé. ¿Me entiende, señora? Yo no he visto nada.

—Se detuvo en la puerta, una sombra encorvada contra la noche—.

Pero las cosas de la sangre salen, tarde o temprano.

La piel se aclara o se oscurece, la cara se hace.

Tiene usted unos años, mientras es un niño.

Después, el parecido hablará solo. Recéle a quien rece para que ese parecido tarde.

Salió. Adosinda se quedó sola con su hijo en brazos, en la peña, sobre la corona enterrada de su padre, el símbolo de un reino que se decía puro, y miró la carita oscura del niño que era, a la vez, la continuación de su casa y la prueba de que su casa ya no era lo que decía ser.

Y lo apretó contra el pecho, igual que doce años atrás había apretado el envoltorio de lino, con el mismo gesto exacto, porque las dos cosas, la corona y el niño, eran ahora el mismo secreto: el que la sostenía y el que podía hundirla.