La primera piedra (La Piedra y la Corona 1) 15
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Se vieron por primera vez en un vado, hablando de pastos, y los dos supieron desde el principio que aquello no iba a quedar en pastos.

El verano de la aceifa había dejado a las dos partes con un problema, y los problemas, a veces, obligan a hablar a los que deberían matarse.

Hilal había robado ovejas, sí, pero también había perdido dos hombres en una escaramuza río abajo, contra una partida que mandaba Ardón, y ninguno de los dos bandos quería un verano entero de sangre por unos pastos que, en realidad, daban para los dos.

El alto sobre el río, los pastos de verano, el agua: eran de quien fuera más fuerte, y como ninguno era claramente más fuerte, alguien tuvo la idea, vieja como el mundo, de parlamentar.

La idea encendió una discusión en la ermita.

Ardón se opuso con todas sus fuerzas: parlamentar con un jefe de aceifa era meter la cabeza en la boca del lobo, y mandar a la señora, una locura; iría él, con hombres, a tratar de capitán a capitán.

Honorato, más fino, dijo lo mismo de otra manera: que el cuerpo de Velagra era Adosinda, que si le pasaba algo a ella la aldea se descosía en un mes, que un señor no arriesga su cabeza por unos pastos.

Munio gruñó que por él que se quedaran sin los altos antes que sin la señora.

Adosinda los dejó hablar a todos, como hacía siempre, y luego decidió lo contrario de lo que le aconsejaban, también como hacía siempre cuando sabía algo que ellos no.

—Si mando a Ardón con hombres —dijo—, ese moro verá lo único que un soldado puede ver enfrente: otro soldado, una amenaza, fuerza contra fuerza.

Y como él tiene más fuerza, ganará él, y nos quitará los pastos, y el verano que viene volverá a por las ovejas.

—Negó con la cabeza—. Pero si voy yo, una mujer, sola, sin una lanza, le quito de las manos la única arma con la que sabe pelear.

No podrá medirse conmigo a la fuerza, porque no llevo ninguna.

Tendrá que hablar. Y en una conversación, capitán, yo gano más a menudo que tú en una pelea.

—Miró a Ardón—. Sé lo que hago. No voy desarmada.

Voy con la única arma que esa gente no sabe parar: la palabra de alguien que no les tiene miedo.

Fue en persona, pues, contra el consejo de todos, porque sabía una cosa que ellos no veían: que mandar a un capitán a hablar con otro capitán solo lleva a medir espadas, mientras que presentarse ella, una mujer, una señora, sin armas, desarmaba la cosa de otra manera, la sacaba del terreno donde Hilal era fuerte.

Fue con Ulfo, ya muy viejo, y con un solo hombre de Ardón, hasta el vado convenido.

Y al otro lado del agua estaba Hilal.

No era como ella lo había imaginado. Había imaginado a un jefe de aceifa, un salteador, un hombre tosco.

Y el que esperaba al otro lado del vado era un hombre enjuto, de unos treinta años, con los ojos muy negros y muy quietos, vestido sin lujo pero con cuidado, que la miró cruzar el agua con una atención que no tenía nada de salvaje y todo de inteligencia.

Hablaron en la lengua mezclada de la frontera, ese latín roto con palabras árabes que ya empezaba a usar todo el mundo para entenderse de un lado a otro del río.

Hablaron de pastos. De los altos de verano, del agua, de hasta dónde podía subir el ganado de uno sin que el otro lo tomara por presa.

Y mientras hablaban de pastos, los dos hacían, por debajo, otra conversación, la de verdad, la que no se decía.

Hilal medía a aquella mujer que mandaba sobre hombres armados sin llevar armas y la encontraba más peligrosa y más digna que cualquier conde árabe que hubiera conocido.

Adosinda medía a aquel enemigo que tenía toda la razón histórica del mundo para odiarla, un desposeído como ella, alguien a quien también le habían quitado lo suyo los que mandaban, y se encontró, para su espanto, entendiéndolo.

—Tú no eres una campesina —dijo Hilal, en un momento, saliéndose del asunto de los pastos—. Mandas. ¿Quién eres?

—Una que perdió lo suyo en el sur y se hizo otra cosa en el norte —dijo Adosinda—. Como tú, me parece.

Hilal la miró largo. Algo le cruzó la cara, una sombra, casi una sonrisa amarga.

—A mí lo mío me lo quitaron los míos —dijo—. Es peor. Al menos a ti te lo quitó un enemigo.

—No sé si es peor o mejor —dijo Adosinda—.

A mí me lo quitó un enemigo, sí, pero ese enemigo es ahora tu amo.

Los que me echaron de mi casa y mataron a mi padre son los mismos que a ti te dan la peor tierra y te mandan robar ovejas para comer.

—Lo miró a través del agua—. A lo mejor no somos tan distintos como deberíamos.

A lo mejor por eso estamos hablando en vez de matándonos.

Hilal no contestó enseguida. El río corría entre los dos, separándolos y uniéndolos a la vez, esa agua que era frontera y era el único sitio donde podían encontrarse. Y cuando habló, lo hizo más bajo, casi para sí, como quien dice una verdad que no pensaba decir.

—Yo robo tus ovejas —dijo—. Tú me las defiendes.

Mañana, pasado, en uno de estos veranos, uno de los dos matará a alguien del otro, y entonces ya no habrá vados ni palabras, habrá sangre, y la sangre tira de la sangre.

Lo sé. Lo he visto toda mi vida. —Hizo una pausa—.

Y sin embargo, mujer, aquí estoy, cruzando media frontera para hablar contigo de pastos que podría tomar por la fuerza, porque desde que vi tu peña con sus muros nuevos no se me va de la cabeza.

No la peña. Lo que significa que alguien la levante.

Que alguien, en esta tierra de nadie, haya decidido quedarse y hacer algo que dure.

Llevo doce años pensando que en esta frontera no se puede más que robar y huir.

Y subo, y me encuentro contigo, que haces lo contrario.

Me molesta. Y me hace bien. Las dos cosas.

Adosinda sintió que algo se le movía por dentro, algo que llevaba doce años sin moverse, desde el atrio de Toledo, desde que dejó de ser una mujer para ser solo una guardiana de un secreto y una causa.

Y se asustó, porque no podía permitírselo, porque ella era la pureza de una sangre y un derecho, y aquel hombre era todo lo contrario de la pureza: era el enemigo, el otro lado, la frontera con cara.

Bajó la vista al agua para no seguir mirándolo.

Cerraron lo de los pastos con más facilidad de la que ninguno de los dos había esperado, porque en realidad ninguno quería la guerra que se debían.

Y cuando Adosinda volvió a cruzar el vado, de regreso, sintió en la espalda la mirada de aquel hombre y supo, con una lucidez que le dio miedo, que había abierto una puerta que más le valdría haber dejado cerrada.

No era deseo, todavía, o no solo. Era reconocimiento, que es más peligroso que el deseo, porque el deseo se apaga y el reconocimiento, no.

Había mirado a su enemigo y se había visto.

—Señora —le dijo Ulfo por el camino, el viejo Ulfo que la conocía desde niña y que lo veía todo—, ese hombre es la frontera. Y la frontera no se cruza dos veces sin pagar peaje.

Adosinda no contestó. Apretó los labios y miró al norte, hacia la peña, hacia la corona enterrada bajo todo aquello, hacia el peso de ser la última de una casa, la que tenía que guardar la pureza de una sangre y un derecho.

Y por primera vez en doce años, aquel peso le pareció, no sagrado, sino solo pesado.

Porque había una cosa que ni a Ulfo le confesaba, y era que llevaba doce años sin ser, de verdad, una mujer.

Desde el atrio de Toledo, desde que su padre le puso en los brazos el lino con la corona y la frase del juramento, Adosinda había dejado de pertenecerse: se había vuelto la guardiana de un secreto, la cabeza de una comunidad, la última de una estirpe, todo eso, todo menos lo que cualquier mujer de su edad era sin esfuerzo, una persona con un cuerpo y unas ganas y un derecho a ser querida.

Había enterrado eso con la corona, el primer día, y no lo había vuelto a desenterrar, porque una señora que se sostiene sobre la pureza de una sangre no puede permitirse desearla, esa pureza, en nadie.

Y de pronto, al otro lado de un vado, un enemigo, el más imposible de todos, le había recordado, solo con mirarla y entenderla, que debajo de la guardiana seguía habiendo una mujer, viva, que llevaba doce años con hambre de algo que no era pan.

Eso era lo que de verdad la asustaba del camino de vuelta: no haber cruzado una línea política, sino haber sentido, por primera vez en doce años, que tenía algo que cruzar.