La primera piedra (La Piedra y la Corona 1) 14
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A Hilal le habían dado la peor tierra de un mundo entero, y la había recorrido lo bastante para saberlo.

Era bereber, de los que habían cruzado el mar con Tariq, de los que habían ganado las batallas en primera línea mientras los señores árabes miraban desde atrás.

Su gente había hecho la conquista. Y cuando llegó la hora del reparto, a los árabes les habían tocado las vegas dulces del sur, Sevilla, Córdoba, los regadíos, los palacios; y a los bereberes, a los que de verdad habían sangrado, les habían dado aquello: la meseta alta y reseca, el páramo barrido por el viento, la frontera del Duero donde no crecía más que el centeno raquítico y el odio.

Tierra para guardar de los cristianos del norte, sin agua, sin sombra, sin futuro.

La tierra que sobra. La que se da al que ganó pero no cuenta.

Hilal se acordaba de su tierra de origen, al otro lado del mar, en las montañas del sur, de cabras y olivos, pobre pero suya, donde un hombre era hijo de su padre y nieto de su abuelo y sabía quién era.

La había dejado por una promesa: que el islam y la guerra harían iguales a todos los creyentes, que un bereber valdría tanto como un árabe ante Dios y ante el botín.

Y había creído la promesa con la fe de los jóvenes, y había cruzado el mar, y había peleado en primera línea, y había visto morir a hermanos y a primos por aquella promesa.

Para descubrir, al final, que la promesa era una de tantas que los fuertes hacen a los que necesitan que mueran por ellos: que ante Dios quizá sí fueran iguales, pero ante el reparto no, que la igualdad se acababa exactamente donde empezaba la tierra buena.

Un árabe recién llegado de Damasco, que no había cruzado un río ni roto una lanza, recibía una vega; un bereber que había abierto la conquista a golpes recibía un páramo y la orden de defenderlo.

Aquel agravio no era el suyo solo. Era el de toda su gente, miles de hombres repartidos por la peor frontera, y crecía cada año, callado, como crece una grieta en un muro, invisible hasta el día en que el muro entero se viene abajo.

Hilal mandaba una de aquellas guarniciones de frontera, un puñado de jinetes flacos sobre caballos flacos, y vivía de lo único que daba la frontera en verano: la aceifa.

Bajaban hacia el norte cuando el grano estaba alto, quemaban, robaban ganado, cautivos, lo que hubiera, y volvían al sur antes de que se juntara nadie a perseguirlos.

No era guerra santa ni gloria. Era hambre con caballo.

Y Hilal lo hacía bien, porque hacer bien las cosas era lo único que le habían dejado.

Sus hombres eran como él: bereberes de las montañas, gente dura, leal, pobre, que había venido a lo mismo que él, a la promesa, y se había quedado en lo mismo que él, en el páramo.

Vivían en un puñado de casuchas de adobe junto a una torre vieja, comían poco, rezaban hacia el sur cinco veces al día, y por la noche, alrededor del fuego, contaban historias de la otra orilla del mar, de sus pueblos, de mujeres y olivos que ya casi ninguno volvería a ver.

Su segundo, Yahya, llevaba con él desde el principio, desde el desembarco; era el único con quien Hilal hablaba de verdad, y la única manera que tenían de hablar de su rabia era no nombrarla, dejarla ahí, entre los dos, como se deja una brasa cubierta de ceniza para que no se apague del todo.

Hilal cuidaba de su gente con una ferocidad callada: repartía el botín con justicia, no dejaba atrás a un herido, peleaba en primera línea.

Era lo único que un jefe sin tierra podía darles, y se lo daba entero.

Porque a un hombre, cuando le quitan todo lo demás, le queda una cosa que nadie le puede arrebatar si él no la suelta: hacer bien lo poco que le dejan hacer, y ser leal a los pocos que le quedan. En eso, y solo en eso, Hilal era rico.

Lo había intentado, los primeros años, con la tierra.

Aquel páramo que les habían dado por desprecio, Hilal había querido hacerlo suyo de verdad, no solo guardarlo: había probado a sembrar en los bajos donde se juntaba algo de agua, había cavado una alberca para recoger la lluvia del invierno, había plantado, con sus propias manos, unos almendros traídos de su tierra, porque un hombre que planta un árbol dice, sin palabras, pienso quedarme.

Pero la tierra del páramo era ingrata como el reparto que se la había dado: el agua se evaporaba antes de servir, las heladas tardías mataban la flor del almendro un año sí y otro también, el centeno salía raquítico.

Y, sobre todo, no le dejaban. Un jefe de frontera no está para arar, le recordaban del sur; está para guardar y para morir.

Cada verano lo mandaban de aceifa, y cada otoño volvía a encontrarse los campos descuidados, y al final dejó de intentarlo, porque no hay cosa que más amargue a un hombre que querer construir y que el mundo solo le deje destruir.

De aquel empeño quedaron, al cabo de los años, tres o cuatro almendros tercos, los que aguantaron, que cada febrero se llenaban de flor blanca en mitad del páramo pardo, absurdos, hermosos, inútiles.

Hilal los miraba a veces, de lejos, y no sabía si le daban consuelo o rabia.

Eran lo único que había conseguido hacer crecer en aquella tierra que le tocó.

Y por eso, cuando años después vio por primera vez una peña del Duero donde unos cristianos sí habían podido quedarse y construir y echar raíces, lo que sintió no fue solo la codicia del salteador: fue, debajo, la envidia callada del que plantó almendros y no le dejaron verlos crecer.

Aquel verano subió más al norte de lo que solía, siguiendo el rumor de unos rebaños gordos, y los encontró: una mancha blanca de ovejas en un alto, junto a un río, más cabezas juntas de las que había visto en años.

Eran los rebaños de Munio, aunque Hilal aún no sabía ese nombre. Cayó sobre ellos al amanecer.

Fue rápido y conocido, el viejo oficio de la frontera.

Bajaron del cerro al galope con la primera luz, cuando los pastores aún dormían junto a las brasas y el rocío pesaba en la lana, y los animales, al sentir los caballos, se levantaron en una sola masa balando, ese balido tonto y aterrado de las ovejas que Hilal había oído mil veces y que ya no le decía nada.

Sus jinetes sabían lo que hacían: unos cortaban el rebaño, separaban un buen pedazo y lo arreaban hacia el sur a gritos y golpes de vara; otros se ocupaban de los pastores.

Hubo uno que quiso plantar cara, un mozo, con un cayado, y cayó sin que Hilal llegara a saber si lo había matado él o uno de los suyos, porque en una aceifa nadie lleva la cuenta de a quién mata, se mata como se siega, sin mirar la espiga.

Otro pastor echó a correr hacia el río. Hilal lo dejó ir.

No subía a matar pastores; subía a llevarse lana y carne con patas, y un pastor que corre a avisar es un pastor que no estorba.

Pero no fue tan fácil como otras veces. Alguien los vio venir.

En lo alto de una peña que dominaba el valle, río arriba, había hombres vigilando, y encendieron un fuego de aviso, una columna de humo que se vio desde lejos.

Hilal, desde su caballo, mientras sus jinetes arreaban las ovejas robadas, miró hacia el origen de aquel humo y vio, por primera vez, Velagra.

Una peña sobre el meandro, coronada de muros.

Algunos romanos, viejos, rotos. Y otros nuevos, recién levantados, de piedra clara que aún no había cogido el color del tiempo.

Vio el portón. Vio el ir y venir de gente que se metía dentro con el ganado que les daba tiempo a salvar.

Vio que aquello no era una aldea cualquiera de las que él quemaba: aquello tenía muros, tenía aviso, tenía orden. Aquello se estaba haciendo fuerte.

Se llevó las ovejas que pudo, porque para eso había subido, pero volvió al sur pensando no en las ovejas sino en la peña.

—Esos de ahí arriba no son pastores —le dijo a su segundo, ya de camino—. Un pastor huye. Esos no huyen. Esos construyen. —Escupió el polvo del camino—. Y construir, en esta tierra, solo lo hace el que piensa quedarse. El que piensa que esto es suyo.

Lo dijo con rencor, pero el rencor se le mezclaba con otra cosa que no quiso nombrar y que era, casi, reconocimiento.

Porque Hilal también era un desposeído. A él también le habían quitado lo suyo los que mandaban; a él también le habían dado la tierra que sobra.

Y aquellos de la peña, fueran quienes fueran, estaban haciendo en su rincón lo único que él, en el fondo, habría querido hacer y no le dejaban: plantarse en una tierra y decir esto es mío, esto se queda, esto no me lo quita nadie.

Los odió por tenerlo. Y, sin querer, los entendió como no entendía a ningún árabe de Córdoba.

—Son cristianos —dijo Yahya a su lado, como si eso lo zanjara todo—. Enemigos. La próxima vez subimos con más hombres y nos lo llevamos todo, no solo las ovejas.

—Puede —dijo Hilal. Pero no era lo que pensaba.

Lo que pensaba, y no dijo, porque ni a Yahya se lo podía decir, era una cosa incómoda, casi una herejía: que aquellos cristianos de la peña y él estaban del mismo lado de algo más hondo que la religión y la guerra.

Del lado de los que habían perdido y querían volver a tener.

A Córdoba, a los árabes de las vegas dulces, les daba igual aquella frontera: la usaban, la exprimían, mandaban a otros a morir en ella.

Pero los de la peña habían decidido que aquella tierra de nadie fuera de alguien, fuera suya, y la estaban haciendo a fuerza de muros y de sudor, igual que él, si lo hubieran dejado, habría hecho suyo su páramo en vez de limitarse a guardárselo a otros.

No eran sus enemigos de verdad. Sus enemigos de verdad estaban en el sur, y le firmaban las órdenes, y le pagaban mal, y lo abofeteaban en los mercados.

Aquellos de arriba eran, sin saberlo, sus espejos.

Y a un hombre, ver su propio anhelo cumplido en la cara del que llaman enemigo le remueve cosas que es mejor no remover.

Miró por última vez, antes de que la peña se perdiera tras una loma, el humo del aviso que aún subía recto en el aire del verano. Volvería. No lo decidió con palabras, pero lo supo en el cuerpo, como se saben esas cosas. Aquella peña y él tenían algo pendiente. Todavía no sabía qué.