13
Un hombre de buena casa, o de lo que había sido una buena casa, lloraba de pie en la sala de Sisberto, y Sisberto lo dejaba llorar mientras acababa, sin prisa, de mojar la pluma.
El godo había venido a suplicar por unas tierras que el nuevo poder le quitaba; llevaba un rato explicando, con la voz cada vez más rota, que aquello había sido de su padre y del padre de su padre, que tenía hijos, que no había hecho nada.
Sisberto lo escuchó entero, con una cortesía sin una sola grieta, asintiendo en los sitios justos.
Cuando el hombre calló, le prometió con dulzura que estudiaría su caso con todo el cuidado.
Y lo estudió, en efecto, aquella misma tarde: le dictó a Fáfila dos líneas para el gobernador en las que, sin acusar de nada, dejaba caer que aquel godo rendía menos de lo que debía y murmuraba contra los amos.
No hizo falta más. Al cabo de un año, las tierras del hombre las administraba Sisberto, y el hombre ya no lloraba en ninguna sala, porque los que pierden del todo dejan de molestar.
Así mataba Sisberto: sin tocar, sin levantar la voz, durmiendo bien, porque se decía que él no mataba a nadie, que solo informaba, y que si la verdad mataba, la culpa era de la verdad.
Diez años le había costado convertirse en el hombre sin el que los nuevos amos no sabían gobernar, y había empezado a gastar ese poder, como gastaba todo, despacio y hacia un solo sitio.
Ahora administraba no una comarca sino varias.
Cobraba para los árabes los impuestos de medio valle y se quedaba, sin que constara, con la parte que un buen administrador sabe que nadie echará en falta.
Tenía escribas, tenía hombres, tenía la confianza tibia y cómoda de un gobernador que prefería no entender los detalles mientras el oro subiera puntual a Córdoba.
Sisberto les daba el oro puntual. Y a cambio le dejaban hacer, que era lo único que él había querido nunca.
Había crecido como crece la hiedra: sin ruido, agarrándose a lo que tenía al lado, y cuando los vecinos se daban cuenta ya estaba arriba.
No combatía: informaba. No levantaba la voz ni desenvainaba.
Esa era su guerra, la del papel, la del informe, la de la palabra puesta en el oído justo en el momento justo, y la ganaba año tras año sin una sola herida, porque contra un hombre que no parece luchar nadie sabe defenderse.
Vivía bien, mejor que en tiempos de Rodrigo.
Su casa, que había sido la de un magnate, seguía siendo suya, ampliada incluso, con sus criados, sus caballos, su mesa buena.
Recibía a los que venían a pedirle: campesinos que querían que les rebajara la renta, curas que querían que intercediera por una iglesia, otros godos sometidos que querían colocarse a su sombra como él se había colocado a la del gobernador.
Los atendía a todos con la misma cortesía exacta y fría, los escuchaba, tomaba nota, y luego hacía lo que convenía a Sisberto, que a veces coincidía con lo que el otro pedía y a veces no.
Tenía fama de justo, porque la justicia, bien administrada, es la herramienta más barata del poder: un fallo a favor del débil de vez en cuando, sin que cueste nada, compra más lealtad que cien monedas.
Lo que no tenía era nadie. No se había vuelto a casar tras enviudar joven; no tenía hijos que le hubieran vivido, ni amigos, que en su oficio eran un lujo peligroso, ni un solo hombre en el mundo a quien contara lo que pensaba de verdad.
Su único confidente era el escriba, y a un escriba no se le confía el alma, se le dictan cartas.
Aquella soledad no le pesaba, o eso creía; la tenía por el precio natural de ver más lejos que los demás.
Pero había noches, junto al fuego, en que Sisberto, sin querer, fantaseaba con algo que ni él se confesaba del todo: con un día, lejano, en que todo aquel poder callado y sin nombre tuviera por fin un nombre, una sede, un símbolo; en que dejara de ser el administrador de lo de otros para ser señor de lo suyo, con derecho, a la vista de todos.
Y en esas noches, siempre, sin falta, su pensamiento subía al norte.
Lo que hacía, cada vez más, era mirar al norte.
La frontera del Duero le interesaba por la misma razón por la que no le interesaba a nadie: porque era tierra de nadie.
Una franja vacía, batida por las aceifas de verano, sin ley, sin señor, sin impuestos que cobrar.
Para el gobernador de Córdoba era un desierto inútil.
Para Sisberto, que pensaba a veinte años vista, era exactamente lo contrario: era el sitio donde, el día que el péndulo volviera, alguien podría volver a llamarse señor de algo.
Y él quería ser ese alguien, o al menos ser el dueño del que lo fuera.
Porque el péndulo volvería; de eso Sisberto no dudaba.
Llevaba años leyendo, en los informes que cruzaban su mesa, las señales de que el edificio de los vencedores tenía grietas, igual que las tenía el de los godos antes de Guadalete.
Los árabes del sur despreciaban a los bereberes de la frontera y les daban la peor tierra; los bereberes, que habían hecho la conquista, lo sabían y lo callaban con un rencor que crecía cada año.
Llegaban además tropas nuevas de Oriente, sirios orgullosos, que miraban por encima del hombro a los que llevaban aquí una generación.
Demasiados agravios apilados, demasiada gente armada y resentida.
Sisberto no sabía cuándo ni cómo reventaría aquello, pero sabía que reventaría, como sabe un cantero que un muro con cierta grieta acabará cayendo aunque no sepa qué día.
Y cuando reventara, en el caos, las cartas se repartirían de nuevo, y el que tuviera a la vez un cargo, paciencia y un símbolo de legitimidad antigua en la mano podría, sobre el desorden de todos, edificar lo suyo.
Por eso miraba al norte. Porque allí, en una peña, alguien le guardaba, sin saberlo, exactamente ese símbolo.
Aquel año mandó al norte al primero de muchos.
No un soldado, que se ve, sino un buhonero, un vendedor de baratijas y agujas y cintas de los que recorren las aldeas perdidas, un hombre suyo con instrucciones de subir hasta aquella peña del Duero, vender su mercancía, mirar y volver.
El buhonero tardó meses, y cuando volvió, Sisberto lo escuchó entero, sin tomar nota delante de él, guardándolo todo en esa memoria fría que era su mejor arma.
Que la peña había crecido, dijo el hombre.
Que ya no eran cuatro fugitivos, sino una aldea de varios cientos de almas, con muros nuevos sobre los viejos romanos, con campos en la vega y rebaños en el alto, con un herrero, un cura, una señora que mandaba.
Que se decía que pensaban reconstruir la mole entera, la fortaleza vieja, cosa de locos, pero que la habían empezado, cavando agua en la roca.
Y que la gente de allí estaba contenta y bien comida y se sentía segura detrás de sus piedras, que era lo más peligroso, añadió el buhonero sin saber que decía algo profundo, porque la gente segura defiende lo suyo con uñas y dientes.
Sisberto le pagó, lo despidió, y se quedó pensando.
Otro hombre se habría preocupado de ver crecer así a una presa.
Sisberto se alegró. Cuanto más grande, más fuerte, más rica la peña, mejor; él no quería un risco con cuatro cabras, quería una plaza fuerte hecha y derecha, con todo dentro, para heredarla entera el día que el mundo se diera la vuelta.
Que siguieran. Que cavaran su agua y subieran sus muros. Estaban amueblándole la casa.
Fue por entonces cuando el rumor de la corona, que llevaba años dormido en un rincón de su cabeza, volvió a despertarse.
Lo trajo, otra vez, un arriero, esa casta de hombres que recorrían la tierra de punta a punta cargando metal, sal y, sobre todo, lo que valía más que ninguna mercancía: noticias.
Le contó que más al norte, río arriba, en una peña sobre el Duero, se había juntado gente.
Que ya no era un campamento de fugitivos, sino una aldea con muros, con cosechas, con un herrero y un cura. Y que la mandaba una mujer.
—Una mujer —repitió Sisberto, muy quieto.
—Una señora, dicen. De las de antes. Llegó con la caída, con unos pocos fieles, y se quedó en la peña esa, en una mole vieja de romanos. Manda ella. Los hombres le hacen caso como a un conde.
Sisberto no preguntó el nombre. No hizo falta.
Lo supo, con la certeza fría que le había servido toda la vida para distinguir lo que valdría del polvo que lo rodea.
Una señora de las de antes, llegada del sur con la caída, con unos pocos fieles, mandando en una peña del norte.
La hija del conde Gundemaro. La que había salido de Toledo la última noche con algo envuelto en lino.
La corona estaba en aquella peña. Lo habría apostado todo.
Y lo mejor de todo, pensó, mirando el fuego, era que aquella gente estaba trabajando para él sin saberlo.
Cada muro que levantaban, cada cosecha que guardaban, cada año que la peña crecía y se hacía más rica y más fuerte, era una mejora hecha sobre una finca que él pensaba heredar.
Un necio habría querido caer sobre ellos enseguida, cuando no eran más que cuatro fugitivos con una corona escondida; habría ganado un aro de oro y unas cabras.
Sisberto era de los que sabían esperar a que la fruta engordara en el árbol ajeno.
Que construyeran. Que sufrieran las aceifas, los inviernos, el hambre.
Que convirtieran aquel risco en una plaza fuerte llena de grano y de gente y de oro escondido.
Y el día que estuviera en su punto, ya bajaría él, con un papel en la mano que dijera que todo aquello, por derecho, era suyo.
La paciencia, para Sisberto, no era una virtud: era una forma de avaricia, la más refinada de todas, la que deja que otros hagan el trabajo.
No movió un dedo. Esa era su fuerza y la de los de su clase: saber que una fruta verde no se coge, que coger una corona en una peña fortificada, a tres jornadas de la frontera, sin un pretexto legal, sin hombres, sin un cargo que lo amparara, era una torpeza de codiciosos que terminan colgados.
Él no era un codicioso. Era un paciente.
La fortaleza aún se estaba construyendo; cuanto más subiera, más valdría el día que cayera en sus manos, y más legítimo parecería que cayera.
Lo que tenía que hacer no era atacar la peña.
Era conseguir, despacio, año tras año, el cargo, el papel, el derecho aparente que un día le permitiera entrar por la puerta como dueño y no como ladrón.
—Quiero que se sepa todo de esa peña —le dijo a su escriba aquella noche—.
Cuánta gente. Cuántos hombres de armas. De qué viven.
Quién entra y quién sale. Sin prisa. Sin que se note.
—Miró el fuego, como hacía siempre que decidía algo a largo plazo—.
Y quiero un nombre. El de un arriero de los que suben hasta allí.
Uno que necesite dinero. Todos necesitan dinero.
—¿Para qué, señor?
Sisberto sonrió apenas.
—Para nada, todavía —dijo, igual que había dicho once años atrás—. Pero los caminos hacia esa peña pasan por hombres como esos. Y yo quiero ser dueño del camino antes de querer la casa.
El escriba, que se llamaba Fáfila y llevaba con Sisberto más de veinte años, anotó el encargo sin hacer más preguntas, porque había aprendido hacía mucho que con su amo se obedecía y no se entendía hasta más tarde, a veces años más tarde.
Era el único ser humano que pasaba las horas con Sisberto, y sin embargo no sabía nada de él: ni qué quería de verdad, ni por qué, ni qué había debajo de aquella cortesía de hielo.
Le dictaba cartas, llevaba sus cuentas, guardaba sus secretos administrativos, y a cambio recibía un buen salario y un trato correcto, jamás cruel pero jamás cálido, el de un hombre que usa a otro como usa una pluma: con cuidado, porque las buenas plumas escasean, y sin afecto, porque a una pluma no se le toma afecto.
Aquella noche, recogiendo las pieles a la luz de la lámpara, Fáfila miró un momento a su amo, viejo ya, solo, mirando el fuego con aquella fijeza suya, urdiendo algo a veinte años vista, y sintió, por primera vez en dos décadas, no envidia de su poder, sino una lástima rara: la de comprender que Sisberto lo tenía todo, tierras, cargo, la confianza de los amos, y no tenía a nadie; que llevaba la vida entera persiguiendo una corona en una peña del norte como quien persigue, sin saberlo, una compañía, un sentido, algo que llenara el hueco enorme que tenía dentro y que ni él se atrevía a mirar.
Y Fáfila pensó, apagando la lámpara, que su amo era el hombre más rico y más pobre que había conocido, y que aquella corona que tanto quería, el día que la tuviera, tampoco iba a calentarle nada, porque hay huecos que no los llena el oro de ningún reino.