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A partir de entonces, el viejo y el joven fueron inseparables, y la aldea se acostumbró a verlos así, cabeza con cabeza sobre una piel raspada o de pie ante un muro discutiendo a voces como si se odiaran, cuando era todo lo contrario.
Porque Macario no le daba a Teudila el saber masticado: se lo hacía pelear.
Le planteaba un problema, una bóveda imposible, un muro en una ladera, y lo dejaba sudar, y solo cuando Teudila se había estrellado bien y había probado tres caminos malos, el viejo le enseñaba el bueno, porque decía que lo que se aprende sufriendo no se olvida, y lo que te dan hecho se te va como el agua entre los dedos.
Discutían. Teudila, que tenía las manos y la tierra bajo los pies, desconfiaba de algunas cosas del libro y de Alejandría, que le parecían de un mundo más rico, con más madera, más hierro, más todo; y Macario reconocía, a regañadientes, que el muchacho tenía razón, que había que adaptar lo grande a lo pobre, hacer con poco lo que en Alejandría se hacía con mucho.
Y de aquellas peleas, de la mezcla del saber oriental del viejo y el sentido práctico del godo, fue saliendo, sin que ninguno de los dos lo planeara, una manera de construir que no era la de Alejandría ni la de los romanos de la mole, sino la de Velagra, la suya, una manera nacida de juntar lo que sabía un hereje moribundo y lo que intuía un cantero terco en una peña del fin del mundo.
Y Macario, que había cruzado medio mundo creyendo que venía a morir solo, descubrió en aquellos años, con una gratitud que no sabía expresar más que gruñendo, que había venido, en realidad, a encontrar a un hijo.
No de sangre. De oficio, que para un maestro es más.
El abad Honorato los vio subir desde la puerta de la ermita y frunció el ceño, porque desconfiaba del alejandrino, de su fe torcida, de lo que podía meterle en la cabeza al muchacho; pero hasta él, que sabía leer en los hombres, comprendió que algo acababa de empezar allá arriba que ya no se podría parar.
—¿Por dónde se empieza? —preguntó Teudila.
Macario miró el arranque de la gran torre, la roca viva debajo.
—Por el agua —dijo—. Siempre por el agua.
Una fortaleza sin agua no aguanta un cerco ni una semana, por muy alta que sea.
Cavaremos las cisternas en la roca, debajo, antes de subir una sola piedra.
Lo primero que se hace para levantar algo hacia el cielo, hijo, es cavar hacia abajo.
—Le puso una mano en el hombro, igual que se la había puesto Materno en la loma de Guadalete—.
Y va a tardar más de lo que vivas. Hazte a la idea desde hoy.
Esto no lo vas a ver acabado. Empieza igual.
Teudila miró la roca viva, el sitio donde habría que empezar a cavar, y pensó, sin amargura, que era la primera vez que alguien le decía con todas las letras lo que en el fondo ya sabía: que la obra de su vida no era para él.
Que cavaría cisternas que beberían otros, levantaría muros que defenderían a gente aún no nacida, tallaría sillares que verían pasar reinos como el suyo había visto pasar el de los godos.
Y descubrió, para su sorpresa, que aquella idea, que debería haberlo hundido, lo serenaba.
Porque un hombre que trabaja solo para sí trabaja contra el reloj, con prisa, con miedo a no llegar; y un hombre que trabaja para los que vienen detrás trabaja en paz, con el tiempo de su parte, sin prisa, que era justo lo que Materno le había repetido toda la vida.
Por primera vez desde Guadalete, Teudila supo exactamente qué iba a hacer con los años que le quedaran, y eran muchos, y no le iban a bastar, y estaba bien así.
—Pues empecemos a cavar —dijo.
Y empezaron a cavar, y fue, de todas las cosas que hizo Velagra, la más ingrata y la más callada.
Porque cavar una cisterna en la roca viva no se parece a nada que se vea: no sube, no luce, no se puede enseñar a un hijo diciendo «eso lo hice yo».
Es un agujero. Un agujero que se le arranca a la peña a fuerza de punzón y maza, golpe a golpe, picando la piedra dura una astilla cada vez, en un sitio cerrado, sin aire, a la luz de un candil que ahúma, con el ruido del hierro contra la roca metiéndose en la cabeza hasta soñar con él.
Macario les enseñó el modo, que era romano y era paciente: no atacar la roca a lo bruto, que se gasta el hierro y el hombre y se avanza menos, sino calentarla con fuego y echarle agua de golpe, para que el cambio brusco la cuartee, y luego saltar las cuarteaduras con la cuña.
Aun así era un trabajo de condenados. Munio rezongaba que para qué un agujero, que el agua del manantial ya bajaba sola, que aquello era enterrar brazos.
Y Teudila tenía que explicarle, una y otra vez, lo que Macario le había metido en la cabeza: que el manantial era bueno en tiempo de paz, pero que el día que subiera un enemigo y cercara la peña, lo primero que haría sería cortar el agua de abajo, y que entonces, solo entonces, aquel agujero ingrato, lleno de la lluvia de muchos inviernos, sería la diferencia entre aguantar un mes o rendirse en tres días.
«Estamos cavando para una sed que aún no tenemos», decía Teudila, «que es la única manera de no morirse de ella cuando llegue.
» Tardaron años en abrir las dos cisternas.
Años de un trabajo que no se veía, mientras la torre, lo que sí se vería, seguía siendo un sueño.
Pero Teudila no lo lamentó nunca, ni siquiera en lo peor, porque Macario le había dicho, el primer día, una frase que se le quedó clavada: que toda obra grande empieza por lo que no se ve, y que un edificio, como un hombre, vale por sus cimientos y por sus tripas más que por su cara.
Aquella noche, Honorato fue a buscar a Adosinda con la cara de quien trae una advertencia.
No le gustaba el alejandrino. No le gustaba su fe, esa manera torcida de ser cristiano que en los concilios habían condenado mil veces; no le gustaba que un hereje le metiera en la cabeza a un cristiano sencillo como Teudila vaya a saber qué ideas junto con las bóvedas.
—Ese hombre no es de los nuestros, señora —dijo—. Su Cristo no es del todo el nuestro. Y el saber, cuando viene de una fe torcida, a veces trae la torcedura escondida dentro.
Adosinda no levantó la vista de sus cuentas.
—Abad —dijo—, ¿esa torre de ahí arriba la va a levantar tu fe recta, o sus bóvedas torcidas?
Honorato calló.
—Necesitamos lo que ese hombre sabe —siguió ella, más suave—.
Lo necesitamos para vivir, ¿me entiendes?
, no para discutir de teología. Vigílalo si quieres.
Reza por su alma si te deja dormir más tranquilo.
Pero no me toques al alejandrino, porque sin él no hay torre, y sin torre, dentro de unos años, no habrá ni a quién leerle tus libros, porque estaremos todos muertos.
—Por fin lo miró—. Dios entiende de eso, abad.
Dios sabe que a veces hay que dejar que un hereje te salve la vida.
Lo demás ya lo arreglaremos en el cielo, con tiempo.
Honorato se fue sin replicar, pero se quedó vigilando a Macario, como le habían dicho, y de aquella vigilancia, con los años, nacería algo que ni él ni nadie esperaba: no el odio, sino el respeto a regañadientes de dos viejos que custodiaban, cada uno, una mitad distinta del mismo saber antiguo que el mundo estaba perdiendo.