21
A Hilal lo humillaron en público un día de mercado, y aquel día empezó, sin que nadie lo viera, la guerra que diez años después incendiaría la frontera entera.
Habían pasado los años y no habían mejorado nada para los suyos, al contrario.
Cada cosecha de agravios daba una cosecha mayor al año siguiente.
Los señores árabes del sur seguían tratando a los bereberes de la frontera como a perros de guarda: buenos para morder al cristiano del norte, para aguantar la peor tierra y el peor invierno, para pagar los mismos impuestos que los vencidos a pesar de ser, ellos, los vencedores.
Llegaban gobernadores árabes nuevos, jóvenes, que no habían cruzado el mar ni ganado una batalla, y miraban a un veterano como Hilal por encima del hombro, le regateaban la soldada, le quitaban el botín, le hablaban como a un siervo.
Aquel día de mercado fue por un caballo, aunque no fue por un caballo, porque esas cosas nunca son por lo que parecen.
Hilal había criado un potro de su propia yegua, lo había domado él mismo, y era un buen animal, de los que un jinete de frontera quiere bajo las piernas el día que le va la vida.
Un oficial árabe recién llegado de Córdoba, un mozo perfumado que no había visto una batalla en su vida, lo vio en el mercado y lo quiso, y dio orden de que se lo llevaran, sin pagar, como quien recoge algo que ya es suyo, porque para él un bereber y lo que un bereber poseía eran la misma cosa: cosas del emir, prestadas.
Hilal protestó, con respeto, midiendo las palabras, pidiendo solo el precio justo.
Y el oficial, en vez de contestar, se acercó y le cruzó la cara de una bofetada, con el revés de la mano enjoyada, delante del mercado entero, delante de los mercaderes y los aguadores y los niños, y delante de los hombres de Hilal, y le dijo, en voz bien alta para que se enterara todo el zoco, lo que era: un bereber, un converso de ayer, un perro que ladraba donde debía callar, alguien sin más derecho que el de obedecer y agradecer.
Hilal no desenvainó. Tenía la mano en el puño del cuchillo, y todo el cuerpo le pedía sacarlo y abrirle la garganta a aquel niño perfumado y morir allí mismo, peleando, limpio.
Pero no lo hizo. Porque si lo hacía, en una hora estarían colgando a sus hombres con él, a Yahya, a todos, y arrasarían su aldea, y la afrenta no se lavaría: se multiplicaría.
Así que se tragó la sangre que le subía a la boca, bajó los ojos, soltó las riendas del potro que él había criado, y dejó que se lo llevaran.
Y esa contención, ese tragarse la afrenta con los puños cerrados mientras los suyos miraban al suelo avergonzados de verlo y de verse, fue lo que de verdad le rompió algo por dentro, algo que no se recompone.
Un hombre puede perdonar un golpe. Lo que no perdona, nunca, es haber tenido que aguantarlo en silencio para salvar a los suyos.
Esa clase de humillación no genera miedo: genera una paciencia fría, idéntica a la de Sisberto pero al revés, la paciencia del que espera su hora para devolverlo todo junto.
Aquella noche, Hilal supo que un día se levantarían.
No él solo: todos. La frontera entera estaba llena de hombres como él, hirviendo en silencio, esperando solo una chispa y un nombre.
Lo veía cuando iba de una guarnición a otra: en los corrillos que callaban al acercarse un árabe, en los predicadores que empezaban a recordar, en voz baja, que ante Dios no había amo ni siervo, en los veteranos que contaban una y otra vez los agravios como quien cuenta monedas para un rescate.
Faltaban años, quizá, pero aquello iba a estallar tan seguro como estalla un odre demasiado lleno.
Y cuando estallara, Hilal lo sabía con una certeza que le daba a la vez esperanza y espanto, no perdonarían a nadie, y él estaría en primera línea, como había estado siempre, abriendo la herida con el mismo cuchillo que aquella tarde no se había atrevido a sacar.
Aquel invierno fue a una de aquellas reuniones que no se nombraban.
Lo llamó un primo, con medias palabras, y Hilal cabalgó una noche sin luna hasta una majada perdida en el páramo, donde se habían juntado, de varias guarniciones, una docena de hombres como él: jefes pequeños, veteranos, gente con mando y con rencor.
No había estandartes ni juramentos solemnes; había un fuego pequeño, tapado para que no se viera de lejos, y un predicador venido del sur, un bereber flaco de ojos encendidos que hablaba bajo y hacía daño, recordándoles lo que ya sabían: que habían cruzado el mar por una promesa de igualdad, que la promesa estaba rota, que un creyente no debe obediencia a un señor injusto, y que en el norte de África, al otro lado del mar, los suyos ya se habían alzado y barrían a los gobernadores árabes como el viento barre la paja.
Lo que había empezado allá, dijo, llegaría aquí. Era cuestión de tiempo y de coraje.
Hilal escuchó, callado, en el borde del corro.
No habló, porque era de los que primero miden.
Pero al volver, de madrugada, por el páramo helado, sintió que algo se había puesto en marcha y ya no se pararía, una rueda grande, antigua, la de los humillados que un día deciden todos a la vez que prefieren morir de pie.
Y sintió, con ella, el primer aguijón de un miedo nuevo, que no era por su vida, sino por una cosa que ningún otro de aquel corro tenía y que a él lo partía en dos: que cuando aquella rueda echara a girar, lo llevaría, sí o sí, contra una peña del norte donde vivían un niño con sus ojos y la única mujer que le había importado nunca.
Y en medio de aquel rencor que le crecía contra el sur, Hilal pensaba, cada vez con más insistencia, en el norte. En la peña. En la mujer del vado.
Habían vuelto a verse, en aquellos años, más veces de las que ninguno de los dos confesaría.
Parlamentos por los pastos, por el agua, treguas, intercambios de cautivos: la frontera obligaba a hablar a los enemigos, y cada vez que Adosinda y Hilal hablaban, los dos sabían que hablaban de pastos para no hablar de lo otro.
Y lo otro había ocurrido, una vez, en uno de aquellos veranos, en la tierra de nadie donde no había godos ni bereberes, solo dos desposeídos que se habían reconocido.
Ni él ni ella lo nombraban nunca. Pero Hilal hacía sus cuentas, como las hacía todo hombre de la frontera, y sabía que en aquella peña crecía un niño de la edad justa, hijo de una mujer que decía no tener hombre, y cada vez que lo pensaba sentía dos cosas a la vez, igual de fuertes: la certeza de que aquel niño era suyo, y la certeza de que jamás, mientras viviera el mundo tal como era, podría reclamarlo.
Hasta que un verano, en uno de aquellos parlamentos por los pastos, lo vio.
Fue una tregua como tantas, en el vado de siempre, para tratar el reparto del agua en un año seco.
Hilal llegó con Yahya y dos hombres; del otro lado vino Adosinda, con Ardón y un par más, y esta vez, entre ellos, venía un muchacho.
Hilal lo notó antes de saber por qué lo notaba, antes de que la cabeza le dijera nada, con esa parte del cuerpo que avisa de las cosas un instante antes de que el entendimiento las acepte.
Un mozo de doce o trece años, espigado, todavía con el desgarbo de los que han crecido de golpe, vestido con una cota corta que le venía grande, a quien la señora traía, se veía, para que empezara a aprender lo que un día tendría que hacer él: hablar con el enemigo sin que le temblara la voz.
El muchacho miraba el vado, los caballos, a los bereberes del otro lado, con una curiosidad sin miedo, la curiosidad de quien ha nacido en una peña fuerte y no sabe todavía lo que es perder.
Hilal lo miró, y el mundo se le paró.
Porque eran sus ojos. No unos ojos parecidos: los suyos.
Negros, quietos, hundidos, los ojos que él veía cada mañana en el agua del abrevadero cuando se mojaba la cara.
La piel del muchacho era clara, de la madre, y el pelo castaño, de la madre; pero los ojos eran de Hilal, y eran de la madre de Hilal, muerta al otro lado del mar, y eran de toda una línea de hombres de las montañas del sur que aquel mozo godo no sabría nunca que llevaba dentro.
Y había más: estaba en cómo el chico ladeaba la cabeza para escuchar, un gesto que Hilal hacía sin saber que lo hacía y que reconoció como se reconoce la propia letra en una carta que uno no recuerda haber escrito.
Estaba en el corte de los pómulos, que aún no se marcaban del todo pero ya empujaban bajo la cara de niño.
Estaba en algo que no tiene nombre, ese aire, esa manera de estar, que un padre reconoce en un hijo aunque no lo haya criado, aunque no lo haya tocado nunca, porque la sangre, contra toda razón, se reconoce a sí misma.
Hilal no dijo nada. Pero del otro lado del vado, Adosinda lo había visto mirar, y Hilal vio que ella lo había visto, y entre los dos, por encima del agua y de los caballos y de las palabras de pastos que decía Ardón, pasó una corriente muda y aterrada: ella sabiendo lo que él acababa de entender, él entendiendo lo que ella llevaba trece años cargando sola, y los dos sin poder hacer ni decir nada, porque una palabra, una sola, un gesto de más, y aquel muchacho, en vez de heredar una peña y un nombre de reyes, heredaría una sentencia de muerte.
Adosinda hizo el amago de poner al chico detrás de ella, de apartarlo, y luego no lo hizo, porque apartarlo de golpe habría sido más sospechoso que dejarlo.
Se quedó quieta, blanca, sosteniéndole a Hilal la mirada con una súplica que no necesitaba palabras: no. Ahora no. Nunca. Te lo ruego.
Y Hilal no. Claro que no. Pero el muchacho, ajeno a todo, ajeno a que el destino de su vida se estaba jugando en silencio sobre la cabeza de los mayores, hizo lo que hacen los críos de esa edad cuando algo les llama: se acercó.
Un paso, dos, hasta el borde del agua, mirando el caballo de Hilal, un buen alazán de frontera, nervioso, distinto de los caballos pesados del norte.
—Ese caballo —dijo el muchacho, en el latín roto de la frontera, sin pedir permiso, con el descaro inocente de quien no ha aprendido aún a tener miedo del enemigo—. No se está quieto. ¿Muerde?
Yahya frunció el ceño, porque a un jefe enemigo no se le habla así.
Pero Hilal levantó una mano, despacio, para que su hombre no dijera nada, y se volvió hacia el chico, y por un instante el jefe de aceifa, el hombre al que habían abofeteado en un mercado, el que urdía en las majadas la guerra que incendiaría la frontera, no fue nada de eso: fue solo un hombre hablando con un niño de caballos.
—Muerde al que le tiene miedo —dijo Hilal, y le costó que le saliera la voz serena—.
A los caballos de frontera no se les agarra fuerte la rienda.
Eso es del norte, de gente que monta para ir de un sitio a otro.
Aquí el caballo tiene que ir contigo, no debajo de ti.
Se le lleva con las piernas y con la voz, y la mano floja, así.
—Y, sin pensarlo, sin poder evitarlo, hizo el gesto, abrió la mano sobre la crin del alazán mostrándole al muchacho cómo se sostiene una rienda sin apretarla, enseñándole, en treinta segundos, al otro lado de un vado, en presencia de su madre que se moría por dentro, lo único que iba a poder enseñarle nunca a su hijo en toda su vida: una cosa de caballos.
El muchacho miró, serio, atento, guardándoselo, porque era de los que guardan lo que les enseñan, también eso de su padre.
Y dijo, con una cortesía repentina, sorprendente en un crío:
—Gracias.
—De nada —dijo Hilal.
Y eso fue todo. Ardón llamó al muchacho con voz seca, incómodo de verlo hablar con el moro, y el chico volvió al lado de los suyos, y se cerró el trato de los pastos, y cada parte recogió sus caballos y se volvió a su orilla, como tantas veces.
Pero Hilal cabalgó de vuelta aquella tarde como si lo hubieran vaciado por dentro.
Durante trece años, el hijo había sido una cuenta, una certeza fría, una idea: en aquella peña crece un niño mío.
Ahora tenía una cara. Tenía una voz que preguntaba por los caballos.
Tenía unos ojos que eran los suyos mirándolo desde la cara de un godo.
Y aquello, que tendría que haber sido una alegría, fue la peor herida de su vida, porque un hombre puede vivir con una idea lejana, pero no puede vivir en paz sabiendo que su hijo, su hijo de verdad, de carne, con una voz y una cara, está al otro lado de un río que él va a ayudar a incendiar, y que el día que lo incendie, sin remedio, irá contra esa peña, contra esa cara, contra esos ojos que son los suyos.
—Tengo un hijo al otro lado del río —le dijo una noche a Yahya, borracho de un vino que tenían prohibido, mirando al norte—.
Un hijo godo. Cristiano. Que no sabe que existo.
Y que heredará una piedra que yo he ayudado a que valga, porque cuanto más subo yo el miedo en esta frontera, más fuerte la hacen ellos allá arriba.
—Se rió, una risa fea—. Mira qué bien repartido.
A mí, la tierra que sobra y la cara que me parten en el mercado.
A mi hijo, los muros más altos del Duero y el nombre de una casa de reyes.
Y entre los dos, un río que no pienso cruzar. —Tiró el vino—. Hasta que lo cruce.