8
La primavera y el verano los engañaron, como engañan siempre a los que llegan nuevos a una tierra.
Aquellos primeros meses en la peña fueron casi felices, y por eso fueron peligrosos.
Hacía bueno, el río daba peces, los montes caza, la vega estaba llena de la verdura silvestre que crece donde nadie ha labrado en siglos, y la gente, que venía de huir y de pasar miedo, confundió la abundancia del verano con la abundancia a secas.
Trabajaron, sí: roturaron un pedazo de vega, sembraron tarde lo poco que tenían, limpiaron pozos, levantaron unos cobertizos.
Pero trabajaron con la calma del que cree que tiene tiempo, y no lo tenían.
Teudila lo vería claro después, demasiado tarde: que aquel primer verano se les fue medio en sueños, en planos de la mole, en hablar de torres con Macario, cuando lo que tenían que haber hecho, cada día, de sol a sol, era amontonar grano y leña y cerrar los techos.
El que llega nuevo a un sitio no sabe lo que pesa su invierno hasta que lo tiene encima.
Y el del Duero, en aquella peña batida por el viento del norte, pesaba como una losa.
Llegó de golpe, a finales de otoño, con una helada que mató lo poco que quedaba en la huerta tardía.
Y a partir de ahí fue cuesta abajo. El grano sembrado tarde apenas había granado; lo cosechado no llegaba ni para la mitad de las bocas.
Los rebaños de Munio, mermados ya en el camino, no daban para comer sin acabárselos, y un rebaño que se come es un rebaño que no pare en primavera, así que Munio defendía cada oveja con uñas y dientes, gruñendo que más valía un mes de hambre que un año sin ganado, y tenía razón, y eso no llenaba los pucheros.
Los cobertizos de ramas dejaban pasar el viento como si no estuvieran.
Los niños empezaron a toser. Los viejos a quedarse quietos.
Y entonces pasó la cosa que Teudila contaría siempre, la que de verdad le enseñó qué clase de gente había en aquella peña.
Cuando el hambre apretó de veras, Munio, el mismo Munio que defendía sus ovejas con uñas y dientes, el gruñón, el del "más vale un mes de hambre que un año sin ganado", bajó una mañana al común sin que nadie se lo pidiera, eligió de su rebaño una oveja preñada, la mejor, una que valía por tres en la primavera, y la sacrificó él mismo, y repartió la carne entre las familias que tenían niños pequeños, casa por casa, sin decir una palabra, con la cara más agria del mundo, como si en vez de hacer un bien estuviera cometiendo un crimen.
Porque para él casi lo era: estaba matando el futuro de su rebaño, lo que más quería, para que comieran unos críos que no eran suyos.
Adosinda quiso agradecérselo y Munio la cortó: «No es caridad, señora, no se confunda.
Un crío muerto de hambre este invierno es un par de brazos que me faltan en la siega dentro de diez años.
Hago cuentas, nada más.» Pero todos sabían que mentía, que las cuentas eran la excusa, y que debajo del ganadero terco había un hombre que no podía ver morir a un niño teniendo él una oveja.
Teudila comprendió entonces que aquella gente, tan distinta, tan a la greña por el pan y la piedra, tenía sin embargo algo que la haría durar: que en lo peor, cada uno sacaba de donde más le dolía para que el de al lado no se muriera.
Y que un pueblo que hace eso, aunque se pelee a diario, no lo deshace ni el hambre ni el moro.
Teudila no durmió en todo aquel invierno, o le pareció que no.
Entendió, viendo temblar a la gente bajo los techos malos, una cosa que ni Materno ni Macario le habían dicho con todas las letras, porque no hacía falta decírsela a un cantero hasta que la vida se la decía a uno mismo: que de nada servía soñar con bóvedas si la gente se moría de frío mientras tanto.
Dejó la mole. Dejó los planos. Y se puso, con los pocos brazos que se tenían en pie, a hacer lo único que importaba: paredes que pararan el viento y techos que no gotearan.
No eran hermosos. Eran cuatro muros de mampostería embarrada y un techo de tablazón y paja y tierra encima, agachados, oscuros, feos.
Pero dentro no entraba el viento. Y Teudila descubrió, asentando aquellos muros miserables a la luz gris de diciembre, con las manos agrietadas de frío, que nunca había estado más orgulloso de una obra suya, porque era la primera que servía de verdad para lo único que de verdad sirve la piedra: para que alguien, dentro, no se muriera.
No los salvó a todos. El invierno se llevó a siete. Primero a un viejo, de los que habían bajado del sur ya medio acabados, que una mañana no se despertó, sencillamente, como se apaga un candil sin aceite. Luego a dos niños.
A los dos niños Teudila los recordaría siempre, porque fue él quien les hizo la caja.
Eran de una pareja de labriegos, dos hermanos pequeños, de tres y de cinco años, que cogieron las fiebres del pecho con un día de diferencia.
No había Sabina todavía, no había nadie que supiera de aquello más que una vieja que sabía cuatro hierbas, y las hierbas no daban abasto contra el frío que se metía por los techos malos.
La madre los tuvo una semana entre la vida y la muerte, los dos a la vez, en el mismo jergón, dándoles calor con su propio cuerpo, hirviéndoles caldos que no tragaban, rezando a una virgen de madera que se había traído del sur envuelta en un trapo.
Y los perdió a los dos, primero al pequeño y dos días después al mayor, que pareció que se curaba y luego no.
Teudila, que para entonces ya no construía casas sino que enterraba gente, bajó a hacerles la caja, y como no había tabla buena, deshizo un arcón que había salvado del camino, el suyo, el de sus herramientas, y con aquella madera les hizo a los dos hermanos una sola caja, para que no estuvieran solos, y la talló con cuidado, como si fuera un sillar, porque era lo único que sabía hacer con las manos cuando el corazón no le cabía en el pecho.
La madre no lloró delante de él. Le dio las gracias, muy seria, y le pidió que les pusiera dentro la virgen de madera, para que los acompañara.
Teudila se la puso. Y bajando luego la caja a la tierra helada, con la nieve cayendo, comprendió por qué un hombre se ata a un sitio: porque en algún momento empieza a dejar en su tierra cosas que no se puede llevar, y a partir de entonces ya no es libre de irse, porque irse sería abandonarlas.
Luego, aquel mismo invierno, se llevó a una parturienta, en un parto que vino mal en mitad de una nevada, y con ella a su criatura, que no llegó a respirar.
Y a dos hombres más, uno de una herida del camino que se le enconó, otro de pura flaqueza.
Siete. Los enterraron como pudieron, picando la tierra helada, en la falda de la peña, junto a la tumba reciente de Materno, y sin saberlo, con aquellos siete muertos del primer invierno, fundaron de verdad el camposanto de Velagra, que es donde un sitio echa sus primeras raíces, porque un pueblo no es suyo hasta que tiene muertos propios bajo su tierra.
Hubo una noche, la peor, en que Velagra estuvo a punto de deshacerse.
Fue en lo más hondo del invierno, después del tercer entierro, cuando el miedo se volvió desesperación y la desesperación buscó, como busca siempre, a quien echarle la culpa.
Unos cuantos, capitaneados por el cuñado de un muerto, fueron de noche a la ermita a plantarle cara a Adosinda.
Que aquello era una trampa, dijeron. Que los había traído a un risco a morir de frío y de hambre por un capricho de señora, por una mole de piedra que no daba de comer.
Que mejor bajar, buscar tierra más baja, más abrigada, aunque fuera más cerca del moro.
Que la peña era una tumba. Y por un momento, a la luz del fuego, con la gente helada y asustada y enterrando a los suyos, aquello pudo más que cualquier razón, y Velagra estuvo a un grito de disolverse en la nieve.
Adosinda no levantó la voz. Los dejó hablar, como hacía siempre, hasta que se les acabó la rabia y solo les quedó el miedo desnudo. Y entonces dijo, despacio, lo único que se podía decir.
—Tenéis razón en una cosa: este invierno nos está matando.
No os voy a mentir, que para mentiras ya tuvimos bastante en el sur.
—Miró al cuñado del muerto a los ojos—. Pero decidme adónde.
Decidme un sitio, ahora, en enero, con la nieve hasta la rodilla y los niños tosiendo, al que lleguéis vivos.
No lo hay. Bajar ahora es morir en el camino en vez de morir aquí, solo que en el camino se muere sin muros y sin tumba y sin nadie que te entierre.
—Dejó que aquello calara—. Aquí, al menos, tenemos un techo, aunque sea malo, y agua, y nos enterramos unos a otros con un nombre.
Aguantad hasta la primavera. Solo hasta la primavera.
El que quiera irse entonces, en mayo, con el sol, se va, y yo misma le doy pan para el camino y no le guardo rencor.
Pero no esta noche. Esta noche se vuelve cada uno a su techo, se mete con los suyos para darse calor, y aguanta.
Porque lo único que de verdad nos puede matar a todos no es el frío.
Es que dejemos de aguantarnos los unos a los otros.
Nadie se fue aquella noche. Ni en primavera, cuando llegó, se fue ninguno, porque para entonces ya habían enterrado juntos a sus muertos y habían pasado juntos lo peor, y eso ata más que cualquier muro.
Aquel primer invierno, el que casi los mata, fue en realidad el que los hizo: los que llegaron a la peña en la primavera del 712 eran un montón de fugitivos que se habían juntado por azar en un vado; los que vieron el deshielo del 713 eran ya, sin saberlo todavía, Velagra.
Y Teudila, mirando derretirse la nieve sobre las tumbas nuevas, se hizo aquella primavera una promesa de cantero, callada, que cumpliría el resto de su vida: que ningún invierno volvería a pillarlos así.
Que mientras él tuviera manos, en aquella peña habría techos buenos antes que torres hermosas, grano guardado antes que bóvedas.
Que primero la gente viva, y luego, si sobraba tiempo y fuerza, la gloria de la piedra.
Lo demás, como decían sus maestros, era humo.
Y un hombre helado no se calienta con humo.
No podía saber, aquella primavera, cuántas veces los años le iban a tomar la palabra.
Que aquella promesa de cantero, la de los techos antes que las torres y el grano antes que la gloria, sería justo la que mantendría a Velagra en pie cuando llegara lo que todavía no se veía venir: no un ejército, sino un cielo cerrado, un año sin pan, el enemigo más viejo y más callado de todos, contra el que no sirven los muros.