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Adosinda llevaba desde la llegada dándole vueltas a una sola cuestión, y la había resuelto escuchando a Macario sin que el alejandrino supiera que le resolvía nada.
El día anterior, recorriendo la mole, Macario se había detenido en un punto, en el corazón del recinto, donde la roca viva afloraba limpia bajo los escombros, y había dicho, dando una patada en el suelo: «Aquí.
Si algún día se levanta la gran torre, se levanta aquí y en ningún otro sitio, porque la roca es sana y aguanta el peso, y lo demás es escombro o es blando.
» No lo había dicho para ella; lo había dicho con la pasión del oficio, pensando en sus bóvedas.
Pero Adosinda lo había guardado, porque le dio, de golpe, la respuesta a su cuestión: dónde poner a salvo lo que le había confiado su padre.
No en un escondrijo cualquiera, que se descubre.
En el único sitio de toda la peña sobre el que, andando los años, se alzaría la mayor mole de piedra que aquella gente fuera capaz de levantar.
Enterrarla allí no era esconderla en un agujero: era ponerle encima, con el tiempo, una montaña.
La cuestión de quién lo sabría la resolvió igual de rápido, y igual de fría.
No los canteros, por bien que le cayeran, por mucho que aquel joven serio de las manos llenas de cicatrices le hubiera sostenido la mirada por encima del fuego en el vado.
No todavía. A un hombre se le confía la vida en una noche; un secreto como aquel se le confía después de años, cuando ya no es un extraño, cuando se ha visto cómo se porta en lo malo.
Hoy solo se fiaba de los que habían jurado con ella en el atrio de Toledo, de los que ya se habían jugado el cuello una vez.
De los suyos. Lo demás, el día que la torre tuviera que subir justo encima, el día que no hubiera más remedio que decírselo al que iba a cavar aquellos cimientos, ya llegaría.
Cada cosa a su hora. Hoy tocaba enterrar, no confiar.
Así que a la mañana siguiente, mientras los hombres de Ardón despejaban la puerta y la gente de Munio buscaba dónde meter las ovejas y los labriegos miraban la tierra de la vega pensando en arar, Adosinda hizo algo que solo entendieron los suyos.
Bajó al corazón de la mole, al punto que Macario había marcado con una patada, llevando consigo solo a Ulfo y a otros dos de los del juramento, y un envoltorio de lino que apretaba contra el pecho.
Cavaron en silencio, deprisa, mientras el resto del campamento andaba en sus cosas y nadie miraba hacia allí.
Y en la roca viva, en el punto exacto sobre el que un día tendría que alzarse todo lo demás, Adosinda enterró la corona de su padre, la corona que había salido de Toledo la última noche, el aro de oro liso del que colgaban unas pocas letras y una cruz con cuatro zafiros pálidos.
—Aquí —dijo, y no a los hombres, sino a su padre muerto, en voz tan baja que solo la oyó ella—.
Aquí la guardo. Donde el maestro dice que un día subirá lo más alto y lo más pesado de todo.
Y encima, padre, vamos a levantar algo tan grande que nadie la encuentre nunca, hasta que vuelva a haber un reino donde ponerla.
Cubrieron la tierra. Pusieron encima una piedra cualquiera, igual a otras mil, para que nadie supiera.
Desde lo alto, junto al muro donde acababa de asentar la lápida de Materno, Teudila los vio.
No oyó nada ni vio qué enterraban; solo vio a la mujer de la capa parda y a tres de los suyos arrodillados en el corazón de la mole, cavando y tapando deprisa, con esa manera de moverse de los que hacen algo que no quieren que se vea.
Y se acordó de las palabras de la otra noche en el vado, ponerlo a salvo, lo juramos, y ató los dos cabos sin querer, y entendió, con un escalofrío, que acababa de presenciar sin presenciarlo el secreto de aquella gente, fuera el que fuese.
Podía haber bajado a mirar. Otro lo habría hecho.
Teudila se dio la vuelta y siguió a lo suyo, recogió sus herramientas, le dio la espalda a aquel rincón, porque algo le dijo que un secreto que uno no busca no pesa, y que aquel sitio iba a ser su casa, y que en una casa hay cuartos en los que es mejor no entrar.
No supo entonces, no podía saberlo, que pasaría el resto de su vida construyendo, piedra a piedra, el cuarto más grande de todos precisamente encima de lo que acababa de no mirar.
Y cuando Adosinda se incorporó y miró a su alrededor, la mole rota, el manantial, la gente repartiéndose el trabajo de seguir vivos, el cantero joven que en lo alto recogía sus herramientas junto a una tumba recién tallada, el alejandrino que medía el cielo con las manos, entendió que aquel montón de fugitivos sin rey acababa de convertirse, sin saberlo del todo, en otra cosa.
—Hay que ponerle un nombre al sitio —dijo Ulfo a su lado.
Adosinda miró la peña, los muros viejos, el río que la abrazaba por tres lados igual que abrazaba a Toledo, tan lejos ya, tan perdida.
—Ya tendrá nombre —dijo—. Los sitios se ganan el nombre. Primero hay que levantarlo.
Y así, sobre una corona enterrada que casi nadie sabía, sobre la tumba reciente de un maestro y la herencia a medias de su oficio, sobre el hambre de un ganadero y la espada de un soldado y el saber viejísimo de un hombre venido de Alejandría, empezó, aquella primavera del año 712, la obra que ninguno de ellos vería terminada.
Y lejos, al sur, sin que nadie en la peña lo supiera todavía, otro hombre empezaba aquella misma primavera su propia obra, tan paciente como la de Teudila y mucho más fría: la de averiguar qué se habían llevado los godos de Toledo antes de que cayera, y a dónde, y de qué modo quitárselo.
No tenía prisa. Tenía, como Teudila, toda una vida por delante, y la misma certeza terca de que las cosas que de verdad valen no se levantan, ni se derriban, en un día.
Las dos obras echaron a andar el mismo año, hacia el mismo punto de la tierra, sin saberlo aún ninguna de las dos, con treinta años de por medio antes de encontrarse.