La primera piedra (La Piedra y la Corona 1) 7
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La vieron desde una legua, y nadie dijo nada, porque las cosas que de verdad importan suelen dejar callado al que las ve por primera vez.

Subía la peña del meandro como sube la proa de un barco de la corriente: roca viva por tres lados, cortada a pico sobre el río, y por el cuarto una ladera larga que era el único camino.

Y arriba, coronándola, gris contra el cielo de primavera, la mole.

Desde lejos parecía una corona de piedra puesta sobre la cabeza de la peña: un recinto cuadrado de muros ciclópeos, dos torres derrumbadas a medias, lienzos enteros en pie y otros desplomados en una falda de escombro que el matorral se había comido.

Roma había estado allí. Roma había levantado aquello para vigilar el vado y el río y la tierra, y luego Roma se había ido, y durante cientos de años la mole había esperado, vacía, a que volviera a hacer falta.

Subieron por la ladera, los canteros, los pastores, los soldados, la partida de la capa parda, todos juntos, y cuando cruzaron lo que había sido la puerta, dos jambas de sillar enorme, sin hoja, abiertas al cielo, se encontraron dentro con un mundo detenido.

Hierba entre las losas. Un manantial que brotaba en una esquina y se iba en un hilo limpio por una canal romana medio cegada.

Una ermita pequeña, esa sí en pie, con su tejado y una cruz, levantada por manos posteriores con piedra robada a la mole.

Y silencio, mucho silencio, el silencio espeso de los sitios que llevan demasiado tiempo solos.

Macario el alejandrino fue el primero en moverse. Echó a andar entre los escombros tocándolo todo, midiendo con los pasos, mirando arriba, y hablaba solo, en su latín de libro, riéndose por lo bajo como un niño.

—Mirad la traba. Mirad. Aquí podría volver a subir una torre.

Y aquí, ¿veis el corte de la roca?, aquí cavaban el agua, debajo, en la piedra viva.

Cisternas. Aquí hubo cisternas y se pueden volver a abrir.

—Se volvió hacia Teudila con los ojos encendidos—.

Hijo, esto no es una ruina. Una ruina es lo que ya no sirve.

Esto es una obra a la que solo le falta que alguien vuelva.

Teudila no contestó. Caminaba detrás del alejandrino con el corazón apretado, tocando él también la piedra, leyendo en las marcas de los canteros muertos cómo habían tallado, cómo habían trabado, y por primera vez desde Guadalete sintió que el suelo dejaba de huir bajo sus pies.

Allí no se huía. Allí se empezaba. Y entendió, tocando aquellos sillares que llevaban mil años en pie sin amo, lo que Materno había querido decirle en el puente, aquella primera mañana: que los hombres pasan y se matan por una corona, y la piedra que dejaron puestos los muertos sigue ahí, ajena, sin preguntar de quién es el reino que la pisa.

Y mientras los dos hombres de la piedra soñaban, los demás hacían lo que cada uno sabía hacer, y eso, sin que nadie lo decidiera, fue el primer reparto de Velagra, el primer día.

Munio recorrió la peña y la ladera y la vega del pie con su ojo de ganadero, y volvió diciendo lo que importaba de verdad: que abajo había tierra buena sin labrar desde hacía siglos, negra y descansada, y pasto, y que el manantial de arriba daba agua todo el año, y que con aquello, si los dejaban en paz, se comía.

Ardón subió a lo más alto de la mole, a una de las torres medio caídas, y miró el sur, el río, los caminos, y volvió diciendo lo otro que importaba: que se veía venir a un enemigo desde muy lejos, que la peña solo tenía un acceso por la ladera y que ese acceso, cerrado, hacía aquello defendible como no lo había sido el vado ni ningún sitio desde Guadalete.

Los pocos labriegos que iban en el grupo se quedaron mirando la vega como se mira el pan.

Y así, sin asamblea ni votación, antes de la primera noche, todos habían entendido lo mismo a la vez: que aquel era el sitio. Que no se seguía. Que se paraba allí.

Aquella primera noche durmieron dentro del recinto romano, al abrigo de los muros viejos, con los fuegos encendidos en lo que mil años atrás había sido el patio de una guarnición, y Teudila, tumbado boca arriba, miró las estrellas por el hueco donde un día había habido techo y se durmió, por primera vez en muchos meses, sin pensar en el paso siguiente, sino en algo que estaba más allá del día siguiente, algo grande, algo que tardaría años.

Soñó con torres. No lo supo entonces, pero era el primer hombre que soñaba con torres en aquella peña desde que se fueron los romanos.

Los días siguientes fueron de un reparto que nadie ordenó y que sin embargo salió justo, porque la necesidad reparte mejor que cualquier ley.

Sin que mediara una asamblea, cada cual fue a lo suyo, a lo que sabía.

Los pastores de Munio subieron el ganado al alto a buscar los pastos de verano.

Los pocos labriegos bajaron a la vega, eligieron la tierra de mejor color, la que el río había abonado durante siglos sin que nadie la arara, y empezaron a quemar el matorral para roturar, con esa fe ciega del que siembra en agosto sabiendo que no comerá hasta el verano que viene.

Los hombres de Ardón despejaron de escombro la única puerta y montaron una primera guardia, más por costumbre que por miedo, porque allí arriba, aquel primer verano, no se veía un alma en una jornada a la redonda.

Y los canteros, Teudila y Macario y los dos o tres que sabían algo de piedra, se repartieron lo urgente: tapar los huecos por donde se colaría el invierno, levantar de la nada un horno para cocer el pan, limpiar y entibar la vieja canal romana para que el agua del manantial volviera a correr por donde la habían hecho correr los muertos.

Teudila descubrió aquellos días una cosa que no olvidaría: que aquella gente, que en el camino había sido una riada asustada, en cuanto tuvo un sitio y una tarea se volvió otra cosa, se ordenó sola, como se ordena el agua cuando le das un cauce.

La desgracia los había juntado; pero fue el trabajo, el reparto del trabajo, lo que empezó a hacerlos un pueblo.

Y mientras tapaba con sus manos el primer hueco del primer muro, Teudila pensó que un sitio no se funda con una ceremonia ni con un nombre, sino así, callado, el día en que cada uno deja de mirar hacia atrás, hacia lo que perdió, y empieza a mirar hacia abajo, hacia lo que tiene entre las manos.

Pero Materno no llegó a ver el final de aquella primavera.

El viejo subió a la peña con los demás, vio la mole, le brillaron los ojos como a Macario.

Fue como si hubiera estado aguantando precisamente para eso, para ver el sitio, para saber que el muchacho tendría dónde, y una vez visto, algo dentro de él se soltó.

Aquellos últimos días apenas se levantó.

Se quedaba sentado al sol contra un muro romano, envuelto en una manta a pesar de que entraba la primavera, mirando trabajar a los demás, y a veces llamaba a Teudila y le señalaba una cosa con el dedo, una junta de los antiguos, un encuentro de dos muros, y le decía qué mirar, como si le pusiera deberes para cuando él no estuviera.

—¿Ves cómo se mete ese muro en la roca? —le dijo la última tarde, con un hilo de voz—.

No lo apoyaron encima de la roca. Lo metieron dentro, le cavaron su cama.

Por eso no ha resbalado en mil años. Acuérdate.

Lo que se apoya, resbala. Lo que se traba con lo de debajo, se queda.

—Tosió, y la tos ya no le sacaba casi nada, como un pozo seco—.

Igual que tú con esta gente, muchacho. No te apoyes encima de ellos. Métete dentro. Trábate. Y te quedarás.

Aquella noche se acostó al abrigo del muro, tosiendo bajo, y por la mañana ya no se despertó.

Se fue así, sin ruido, como se cae un sillar bien puesto que por fin cede después de mil años: sin aspaviento, agotado de aguantar.

Teudila lo encontró frío, con la cara serena, vuelta hacia donde subiría el sol, y no lloró, no entonces, porque algo en él se negaba, como si llorar fuera dar por cierto lo que no podía ser cierto, que el viejo que lo había criado y le había enseñado todo y era lo más parecido a un padre que había tenido ya no estaba.

Lo enterraron en la falda de la peña, mirando al río, en el primer sitio bueno que encontraron, y sin saberlo abrieron con él el camposanto de Velagra, el lugar donde con los años irían a parar todos los que hicieron el sitio.

Macario dijo unas palabras en su latín de Alejandría, palabras de un rito que no era el de aquí pero que sonaban a verdad, y nadie protestó.

Y Teudila, que no había llorado, hizo lo único que sabía hacer con las manos cuando el corazón no le cabía en el pecho: cogió un buen bloque, lo bajó él solo hasta la tumba, y se pasó el día entero, sin comer, tallándolo.

Le sacó una cruz sencilla y, debajo, sin nombre, porque a Materno el nombre le habría dado igual, una sola línea de marcas de cantero, las suyas, las del oficio.

Fue la primera piedra que Teudila talló en aquella peña, aunque aún nadie la llamaba Velagra, y la talló para un muerto, y solo cuando la dejó asentada, al anochecer, perfecta, sin una cuña, por fin lloró.

—Me dejó el oficio a medias —le dijo aquella noche a Macario, junto al fuego, sin poder llorar todavía—. Sé poner un muro. Sé tallar un sillar. Pero lo que tú dices, las bóvedas, el agua en la roca, una torre que suba… eso no me lo dio. No le dio tiempo. Se murió con la mitad dentro.

El alejandrino lo miró largo rato a través de las llamas.

—Pues entonces —dijo— tendré que dártela yo, la otra mitad.

Y tú a otro, cuando seas viejo. Así se ha hecho siempre, hijo, desde Alejandría hasta aquí: ningún maestro vio nunca su obra acabada, y ninguno se llevó el oficio entero a la tumba.

Se pasa. Es lo único que de verdad no se pierde.

—Removió las brasas—. Tu maestro no te dejó el oficio a medias. Te dejó una obra. Que es distinto.