La primera piedra (La Piedra y la Corona 1) 6 #2
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—Pues a lo mejor —dijo Materno, y tosió— Dios, el tuyo o el mío, te ha traído a este vado por algo.

Yo me muero, forastero. Lo sabes tú y lo sé yo, no hace falta que pongáis esa cara.

Y dejo a medias a este. —Señaló a Teudila con la barbilla—.

Tiene las manos y tiene el ojo, pero le falta la mitad de arriba, lo que tú dices, las bóvedas, el agua, lo grande.

Yo no se lo puedo dar, porque no lo tengo. Pero a lo mejor tú sí.

Macario no contestó a eso. Pero miró a Teudila otra vez, más despacio, como se mira una piedra antes de decidir si vale la pena tallarla, y Teudila sintió aquella mirada como un peso y como una promesa.

Aquella noche, por primera vez, las hogueras del vado se juntaron un poco.

Munio se acercó con su gente porque había caído una de sus ovejas y había carne para repartir, y la carne junta a la gente más que las palabras.

Ardón vino con los hombres armados del vado.

Vinieron los de Adosinda, y la mujer de la capa parda se sentó al fuego sin descubrirse, callada, escuchando.

Y se habló, como se hablaba en todas las hogueras de aquel invierno, de adónde ir.

—Aquí no se puede parar —dijo Ardón—. Es un cruce.

Por un cruce pasa todo el mundo, y todo el mundo incluye a los que vienen detrás de nosotros.

Esto no se defiende. Lo sé yo, que llevo tres días midiéndolo con estos otros que vigilan el vado: el día que suba una partida en serio, esto no aguanta ni una mañana.

Demasiado abierto, demasiados caminos, nada donde hacerse fuerte.

Un campamento en un cruce no es un refugio.

Es una despensa esperando a que venga el hambre de otro a vaciarla.

—¿Y qué se defiende? —preguntó Munio—. Yo necesito pastos y agua.

No me sirve un risco pelado donde las cabras se rompan las patas y no crezca ni el cardo.

Un sitio para defenderse y un sitio para vivir no suelen ser el mismo sitio, esa es la desgracia.

Lo alto se defiende y no da de comer; lo llano da de comer y no se defiende.

—Hay sitios que son las dos cosas —dijo entonces Macario, en voz baja, mirando el fuego—.

Pocos. Pero los hay. Los romanos los buscaban precisamente: una peña que el río defienda por varios lados, con tierra buena al pie y agua propia arriba.

No construían en cualquier parte. Elegían.

Y donde ellos eligieron una vez, sigue siendo buen sitio mil años después, porque el río no se ha movido y la roca tampoco.

Fue al oír aquello cuando la mujer de la capa parda levantó por primera vez la cabeza.

Hasta entonces había estado callada, una sombra más al borde del corro, y Teudila, que la tenía enfrente, al otro lado de las llamas, le vio la cara por fin a la luz del fuego: joven, cansada, hermosa de una manera severa, con unos ojos que iban de uno a otro de los que hablaban midiéndolos, pesándolos, exactamente como Macario pesaba la piedra.

No dijo nada todavía. Pero sus ojos se cruzaron un instante con los de Teudila por encima del fuego, y Teudila, que no sabía quién era ni qué guardaba ni que aquella mujer iba a ser el eje de todo el resto de su vida, bajó la vista el primero, sin saber por qué, como se baja la vista ante algo que es más que uno.

Cuando volvió a mirar, ella ya atendía de nuevo a los hombres, y Teudila se quedó con la rara sensación de haber sido visto, contado, anotado por alguien que decidía cosas.

Fue el viejo Ulfo, el mayordomo de Adosinda, quien habló entonces, despacio, mirando el fuego, como quien suelta algo que lleva guardando.

—Río arriba, a dos o tres jornadas, hay una peña —dijo—.

La conozco de joven, cuando hacía el camino.

El río la rodea por tres lados, como rodea a Toledo.

Y encima tiene una mole. Romana. Una de esas grandes, medio caída, con su recinto y todo, y una ermita dentro, y un manantial que no se seca.

Está vacía. Lleva vacía Dios sabe cuántos años.

—Levantó la vista, y sus ojos fueron, sin que él lo quisiera del todo, hacia la mujer de la capa parda—.

Un sitio así no es un campamento. Un sitio así, con brazos y con tiempo, vuelve a ser una plaza.

Hubo un silencio. Teudila sintió que la semilla que llevaba dentro desde la hoguera de Munio se movía, echaba una raíz.

Una mole romana. Piedra puesta para mil años, esperando manos.

Miró a Materno y vio que el viejo lo miraba a él, y que sonreía, y que en aquella sonrisa había una orden tan clara como las que daba en la cantera: ahí, muchacho. Ahí.

Más tarde, cuando casi todos dormían, Teudila no podía.

Se levantó a buscar agua al río y, al pasar junto al fuego mortecino de la partida de la capa parda, oyó voces bajas.

Eran los de Adosinda. Tenían las cabezas juntas y uno de ellos, el viejo Ulfo, decía algo que Teudila no debía oír y oyó a medias:

—…hasta que haya dónde ponerlo a salvo. Lo juramos. Una peña con muros romanos es dónde, señora. Es exactamente dónde.

La mujer de la capa parda no contestó enseguida. Cuando lo hizo, su voz era serena y muy cansada, y Teudila, que no entendía de qué hablaban ni qué juraban ni qué guardaban, se quedó sin embargo quieto en la oscuridad, porque había algo en aquella voz que mandaba escuchar.

No oyó más, ni quiso oír, porque escuchar lo que no es de uno es la clase de cosa que en aquellos tiempos costaba la vida.

Pero se quedó con tres palabras dándole vueltas mientras volvía a su sitio con el agua: ponerlo a salvo.

Lo juramos. Aquella gente no huía solo para salvar el pellejo, como huían todos; huía cargando algo, un algo que valía un juramento, un algo que necesitaba una peña con muros para estar a salvo.

Teudila no sabía qué era y se dijo que no era asunto suyo.

Pero algo en él, el cantero que ya empezaba a soñar con una mole sobre el Duero, sintió, sin poder explicárselo, que el secreto de aquella mujer y la piedra que él quería levantar iban, de algún modo, a acabar siendo la misma cosa.

Se acostó al lado de Materno, que respiraba mal, y tardó mucho en dormirse, mirando las brasas y, más allá, la silueta negra de las montañas donde, a dos o tres jornadas, esperaba vacía una peña que aún no tenía nombre.

—Entonces —dijo Adosinda— mañana subimos a la peña.