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Teudila supo que habían llegado a alguna parte cuando, al doblar un recodo del río, lo vio: un puente.
O lo que quedaba de un puente, partido por la mitad, con tres ojos en pie sobre el agua y el resto tragado por la corriente, los sillares romanos verdes de musgo asomando como los huesos de un animal enorme muerto hacía siglos.
Llevaba semanas caminando entre la ruina de un mundo, entre carros rotos y muertos sin enterrar y gente que ya no era gente, y aquel puente roto, no sabía por qué, fue lo que le encogió el corazón: porque alguien lo había levantado, alguna vez, para que durara mil años, y casi lo había conseguido, y allí estaba ahora, partido, inútil, sirviendo de nada más que de señal de que más allá ya no había a donde huir.
Se quedó mirándolo desde el camino, y Materno, a su lado, le leyó el pensamiento.
«Esos sí sabían», dijo el viejo. «Y mira de qué les sirvió.
» Pero Teudila no estaba pensando en eso.
Estaba pensando, sin atreverse a decirlo, que si una vez se había sabido levantar algo así, podía volver a saberse.
Al vado llegaban todos los caminos, porque era el último sitio donde el gran río se dejaba cruzar a pie antes de las montañas, y porque junto a él había una ciudad muerta.
Lo había sido, alguna vez. Y el puente roto era solo el principio: a las dos orillas se extendía un esqueleto de piedra, un trozo de calzada que entraba en el agua y no salía, las cuatro paredes de lo que pudo ser un almacén de grano, sin techo, con un árbol creciéndole dentro, una mano de muros bajos comidos por la zarza.
Teudila lo recorrió todo con los ojos del oficio y sintió algo parecido a la pena.
Aquella gente sí que sabía. Aquella gente construía para mil años.
Y allí estaba, mil años después, dándoles a ellos, los que huían, un techo de fortuna entre sus huesos.
En el vado se había juntado un campamento.
No una aldea: un campamento, sucio, provisional, lleno de humo y de recelo, donde cada grupo cuidaba lo suyo y miraba de reojo a los demás.
Habría doscientas, trescientas almas, restos de muchas riadas distintas que habían ido quedándose allí porque más allá empezaban las montañas y el frío de verdad, y porque correr cansa y llega un punto en que el cuerpo se planta aunque la cabeza diga sigue.
Había chozas de ramas, refugios excavados en los terraplenes, fuegos que humeaban día y noche.
Había un cura que decía misa al amanecer sobre una piedra, para el que quisiera.
Había enfermos tendidos a los que nadie se acercaba.
Y había, sobre todo, esa cosa que Teudila ya conocía del camino y que en un sitio quieto se notaba aún más: la desconfianza, el recelo de cada grupo hacia los demás, el cálculo permanente de cuánta comida tiene el de al lado y si la defenderá o se la podrán quitar.
La gente de Munio acampó con su rebaño junto al almacén sin techo, y el ganadero montó guardia sobre sus ovejas desde el primer minuto, porque un rebaño en un sitio hambriento es un milagro que dura lo que tarda alguien en tener bastante hambre.
Ardón, el soldado, fue derecho a hablar con otros hombres armados que vigilaban el vado, porque los de su oficio se reconocen y porque en un campamento sin ley los que tienen hierro acaban entendiéndose o matándose, y es mejor lo primero.
Y Teudila, mientras ayudaba a Materno a sentarse al abrigo de un muro, porque el viejo ya casi no podía solo, vio llegar, por la otra orilla, cruzando el vado con el agua por la cintura, a una partida distinta de todas las demás.
Se notaba que no eran campesinos. Iban pocos, una docena, y entre ellos, a caballo, envuelta en una capa parda que no engañaba a nadie, una mujer joven que llevaba la cabeza alta de una manera que el hambre y el camino no le habían quitado.
La rodeaban como se rodea algo que se protege.
Un viejo de aspecto de mayordomo le sostenía el estribo.
Y aunque iba vestida como una fugitiva más, Teudila supo, sin saber por qué, que aquella mujer había mandado en su vida sobre criados, sobre tierras, sobre hombres, y que no había terminado de mandar.
Era Adosinda, aunque él aún no sabía su nombre.
Y con la partida de Adosinda, atravesando el vado a pie, sosteniéndose con un palo, venía un hombre que no encajaba en ningún grupo.
Moreno, enjuto, de unos cuarenta años, con una túnica que había sido buena y unos ojos vivos que no paraban de medirlo todo: la altura del puente roto, el grosor de los muros del almacén, la corriente.
Teudila lo reconoció de lejos como se reconoce a uno de la misma cofradía aunque no se hayan visto nunca.
Aquel hombre miraba la piedra como la miraba él.
Se cruzaron junto al muro del almacén. El forastero se detuvo, alzó la mano y tocó el sillar contra el que estaba apoyado Materno, pasó los dedos por la junta, y dijo, para sí, en un latín de acento extrañísimo:
—Sin mortero. Y aguanta. —Miró a Teudila, luego al viejo—. ¿Vosotros sois de la piedra?
—Lo somos —dijo Materno, y algo se le encendió en la cara cansada—. ¿Y tú? Hablas el latín como un libro y lo dices como un moro.
El hombre sonrió. Tenía los dientes blancos y una tristeza muy honda detrás de la sonrisa.
—Soy de Alejandría —dijo—. Me llamo Macario.
Soy de la piedra, sí, y del agua, y de las bóvedas, y de muchas cosas que aquí, perdonad que os lo diga, ya no sabe hacer casi nadie.
—Miró alrededor, el campamento, el río, las montañas al fondo—.
Vine con los que ganaron. Y resulta que no soy de los que ganaron, ni de los que perdieron.
Soy cristiano, pero del mío, no del vuestro, y para ellos soy cristiano a secas, que es lo mismo que enemigo.
Así que aquí estoy, en el último vado del mundo, con vosotros, que tampoco sois de nadie.
Se sentó con ellos sin que lo invitaran, con la naturalidad del que ha aprendido que un hombre solo se sienta donde pueda, y mientras Teudila partía un poco de pan duro y se lo ofrecía, fue contando, a retazos, su historia, que era la más rara que Teudila había oído.
Que en su tierra, Alejandría, había maestros de obra desde hacía mil años, una ciudad de griegos y de egipcios y de romanos mezclados que había levantado un faro tan alto que se veía desde el mar a un día de distancia, y bibliotecas, y templos, y máquinas para subir el agua.
Que él venía de esa estirpe, de padres a hijos, de maestro a aprendiz, una cadena que no se había roto nunca.
Que cuando los ejércitos del islam tomaron Egipto, un maestro de obra valía igual para el amo nuevo que para el viejo, porque las bóvedas no entienden de religión, y así había ido Macario, contratado, de obra en obra, hasta cruzar todo el norte de África y el mar, arrastrado por la marea de la conquista como una astilla por una crecida, hasta esta península del fin del mundo.
Y que aquí, al llegar, había descubierto dos cosas a la vez: que los conquistadores ya no lo necesitaban tanto, porque tenían sus propios alarifes; y que los vencidos, los cristianos de aquí, lo miraban con horror, porque su manera de ser cristiano, la de Alejandría, la que llamaban de los coptos, era para ellos una herejía peor que ser moro.
Teudila le preguntó cómo era Alejandría, porque un cantero no oye nombrar el Faro y la gran biblioteca y se queda callado.
Y Macario, mirando el fuego, se la describió como se describe a un muerto querido.
La ciudad blanca al borde del mar, con calles tiradas a cordel, anchas, que un carro podía recorrer de punta a punta sin doblar; las cisternas bajo tierra, bosques de columnas en la oscuridad donde el agua de todo un invierno esperaba el verano; el Faro, que era una montaña de piedra hueca, con su fuego en lo alto y sus espejos de bronce, tan alto que los marineros lo veían antes de ver la costa, una obra que llevaba en pie mil años y que, decía Macario, ya nadie sabría volver a levantar si se caía.
«Eso es lo que duele, muchacho», dijo. «No que se hayan llevado las ciudades.
Las ciudades cambian de amo, siempre ha sido así.
Lo que duele es que el saber de hacerlas se está apagando, vela a vela, en todo el mundo a la vez.
En Alejandría aún ardía cuando yo me fui.
Aquí ya se apagó hace siglos: mirad esa mole de la peña que decís, hecha por romanos que ya nadie es capaz de imitar.
Yo soy una de esas velas, una de las últimas, y voy de un lado a otro buscando dónde encender otra antes de apagarme, porque una vela que se apaga sin encender otra no ha servido de nada. »
—De modo que no le sirvo a nadie y nadie me quiere —concluyó, sin amargura, casi con humor—.
El mejor maestro de obra que ha pisado esta tierra en doscientos años, y aquí me tenéis, mendigando un pan en un vado.
—Miró a Teudila a los ojos, y luego al viejo Materno, y algo cambió en su voz—.
Por eso, cuando os he visto a vosotros tocar la piedra como se toca, se me ha movido algo.
Llevo un año sin hablar con nadie que sepa lo que es una junta bien hecha.
Un año. Es la peor soledad que hay, la del que sabe algo y no tiene a quién contárselo.
Materno asintió despacio, y Teudila vio que entre los dos viejos, el de aquí y el de Alejandría, pasaba algo en silencio, un reconocimiento por encima de las lenguas y los credos, el de dos hombres que han dedicado la vida a lo mismo y se huelen.