La primera piedra (La Piedra y la Corona 1) 5 #2
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Anduvieron con ellos. La gente de Munio era poca, una docena entre hombres, mujeres y dos críos, los restos de lo que había sido una aldea entera de ganaderos en algún valle del sur que ya no existía; el resto se había quedado por el camino, muerto o disperso, y Munio los arreaba a todos, a las personas y a las ovejas, con la misma terquedad sombría, como si llevar vivo hasta el norte hasta el último de los suyos fuera una cuenta que le debía a alguien.

No hablaba apenas. Pero Teudila notó, los primeros días, que el ganadero los vigilaba de reojo, midiéndolos, y que poco a poco, sin decir nada, les fue dejando sitio: una noche, un trozo de queso duro que repartió sin mirar a quién; otra, un gesto con la barbilla para que Teudila se pusiera al abrigo del viento.

Era su manera. Munio no daba su confianza con palabras, la daba con raciones, que para un hombre del campo es la moneda de verdad.

Se la ganaron del todo en un río. Fue a los pocos días, en un vado crecido por las lluvias del verano en la sierra, un paso que de ordinario se cruzaba con el agua por la rodilla y que aquel día bajaba pardo y rápido, lamiendo las ramas de los álamos.

Había que cruzarlo, porque dar la vuelta era un día perdido y el día perdido lo cobraba el hambre, pero cruzarlo con las ovejas era arriesgar el rebaño, que es como decir, para Munio, arriesgarlo todo.

El ganadero medía el agua con cara de pocos amigos, y Teudila, que de ríos no sabía pero de piedras sí, vio una cosa que Munio no veía: que bajo la corriente, donde el agua hacía un lomo más liso, había un resalte de roca, un vado viejo, romano quizá, una calzada sumergida que cruzaba en diagonal y que aguantaría las patas de las ovejas si se las guiaba por encima.

Lo dijo. Munio lo miró con desconfianza, como se mira al que opina de lo que no es suyo.

Pero no tenía mejor idea, y probaron, y la piedra estaba donde Teudila había dicho, firme bajo el agua, y cruzaron el rebaño entero por aquella calzada de muertos sin perder más que una cordera que se desmandó y se la llevó la corriente.

Al otro lado, calados hasta la cintura, Munio no le dio las gracias, porque Munio no daba las gracias.

Pero aquella noche le puso a Teudila delante la mejor ración, sin decir nada, y desde entonces, cuando había que decidir por dónde, miraba primero al cantero.

Teudila aprendió aquel día una cosa que le serviría toda la vida: que la piedra que pusieron los romanos seguía salvando gente mil años después, aunque ya nadie supiera que estaba allí, bajo el agua; y que ese, y no otro, era el premio del que construye bien, durar más que su nombre.

—¿Por qué nos dejaste venir? —le preguntó Teudila una noche, ya con cierta confianza—. Si cada boca es menos pan.

Munio tardó en contestar, contando ovejas con la vista, como siempre.

—Porque el viejo tiene razón —dijo al fin—.

Un rebaño y unos campos sin nadie que los defienda ni los levante no son nada; te los come el primero que pasa.

Llevo semanas pensándolo. De huir no se vive.

En algún sitio hay que parar, y el que para necesita muros, y agua, y un redil que el lobo no salte.

—Escupió—. No me gustáis los de la piedra, que soñáis mucho y coméis lo mismo que el que trabaja.

Pero el día que paremos, a lo mejor hacéis falta.

A lo mejor. Ya veremos. De momento andad y no os quedéis atrás.

Aquella noche compartieron lumbre. Y junto a la lumbre había ya otro hombre que se les había unido por el camino sin que Teudila supiera cuándo: un soldado.

Se notaba en cómo se sentaba, dando la espalda al fuego y la cara a la oscuridad; en una cicatriz que le cruzaba la ceja; en que era el único de todos que aún conservaba su espada y la tenía siempre al alcance de la mano.

Se llamaba Ardón. Había estado en Guadalete, en el centro, donde Teudila, aunque no se habían visto, y había salido vivo por el mismo puente.

No era hombre de muchas palabras tampoco, pero las pocas que decía tenían el peso del que ha visto cosas.

Había sido soldado de verdad, de los de oficio, de los de la mesnada de un magnate, no un levado de leva como Teudila; sabía pelear, sabía mandar, sabía, sobre todo, lo que casi nadie en aquella riada sabía: que la derrota no es la batalla perdida, sino lo que viene después, el desorden, el sálvese quien pueda, la gente convertida en presa.

Había visto morir a su señor en Guadalete y a casi todos sus compañeros, y se había pasado las semanas siguientes haciendo lo que mejor sabía, que era sobrevivir y proteger a quien se dejara proteger, y por eso se había ido pegando, sin pedir permiso, a aquel grupo de canteros y pastores, porque un soldado sin gente a la que defender es como un cantero sin piedra: una herramienta sin uso.

Una noche, ya con confianza, contó algo de su vida, no por desahogarse, que no era su estilo, sino porque Teudila le preguntó y le pareció de mala educación callar.

Había entrado de niño al servicio de su señor, dijo, como mozo de cuadra, y había ido subiendo, primero cuidando caballos, luego llevándolos a la guerra, luego peleando él mismo, hasta hacerse hombre de armas de confianza.

No tenía mujer; la había tenido, y un hijo, en una aldea del señorío, y a los dos se los había llevado una peste hacía años, mientras él estaba de campaña, de modo que cuando volvió ya no había a quién volver, y desde entonces el señor y la mesnada habían sido su casa y su familia, lo único que tenía.

Y en Guadalete lo había perdido también eso, de golpe, en una tarde: el señor muerto, los compañeros muertos, la casa de hierro a la que pertenecía, deshecha.

«Un soldado sin señor no es nadie», dijo, mirando el fuego.

«Yo no sé hacer otra cosa que defender lo de alguien.

Y me he quedado sin alguien. Por eso voy con vosotros, aunque no me hayáis llamado.

No por bueno. Por no saber estar solo. Un perro de guarda sin rebaño se vuelve loco o se vuelve lobo, y yo no quiero ser ninguna de las dos cosas.

» Teudila comprendió aquella noche que Ardón no buscaba un sitio donde vivir, como los demás, sino un sitio que defender, algo a lo que volver a pertenecer; y que el día que Velagra le diera eso, unos muros y una gente que fueran suyos, tendrían en él al hombre más leal del mundo, porque le habrían devuelto lo único que un soldado como él no sabe darse a sí mismo: una razón.

—¿Tú también cruzaste el puente? —le preguntó Teudila.

Ardón lo miró por encima del fuego. Tardó en contestar.

—Todos los que estamos aquí cruzamos algún puente —dijo—. Los que no, se quedaron en la otra orilla. —Removió las brasas con la punta de la espada—. La cuestión no es el puente que cruzaste. Es si vas a saber quedarte quieto en algún sitio y defenderlo, o vas a seguir corriendo hasta el mar.

—¿Y por qué no seguir hasta el mar? —preguntó uno de los hombres de Munio, medio en broma—. Dicen que arriba del todo, en las montañas, los moros no llegan.

—Porque arriba del todo, en las montañas, no se vive —contestó Ardón, sin levantar la voz—.

Se sobrevive, que no es lo mismo. Cuatro cabras y mucho frío.

El que huye hasta el último rincón se salva, sí, pero se salva para nada, para ser un pobre diablo en un risco hasta que se muere.

—Clavó la punta de la espada en la tierra—.

Yo no he cruzado ese puente para acabar de pastor de piedras en un monte.

Si he de vivir, quiero vivir en un sitio que merezca la pena defender.

Y si he de morir, quiero morir defendiéndolo, no corriendo.

Lo demás, correr y correr, es estar muerto antes de tiempo, solo que andando.

Nadie contestó. Munio contó sus ovejas otra vez.

Materno tosió en la oscuridad. Y Teudila, mirando el fuego, pensó por primera vez desde Guadalete en algo que no fuera el siguiente paso: pensó en un sitio.

Un sitio donde parar. Un sitio que defender.

Todavía no tenía nombre, ni cara, ni piedra, pero ya estaba allí, en el fondo de él, como una semilla en tierra fría, esperando.