La primera piedra (La Piedra y la Corona 1) 5
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Lo que de verdad le enseñó a Teudila cómo se acaba un reino no fue la batalla, sino un par de zapatos.

Al tercer día de huida se cruzaron, al borde de la calzada, con un cadáver, un hombre de buena ropa, un mercader o un pequeño señor, tendido boca arriba con la garganta abierta; y mientras la riada de gente pasaba por su lado sin detenerse, sin mirarlo apenas, una mujer descalza se apartó un momento de la fila, se arrodilló junto al muerto, le quitó los zapatos, buenos, de cuero, se los probó, le valían, y siguió andando con ellos puestos hacia el norte, sin un gesto, sin un rezo, como quien recoge una fruta caída del árbol.

Teudila se quedó mirándola alejarse. No sintió horror, y eso fue lo que de verdad lo asustó: que en unas pocas semanas el mundo se había vuelto tan otro que robarle los zapatos a un muerto en mitad del camino ya no le parecía a nadie un pecado, sino solo sentido común.

Así supo, mejor que por ninguna batalla, que el reino de los godos no se había perdido en Guadalete: se estaba perdiendo allí, en el camino, paso a paso, en cada pequeña ley que la gente dejaba de cumplir porque cumplirla, ahora, costaba la vida.

El camino del norte era un país en sí mismo, un país que andaba.

Teudila llevaba ya semanas en él y había dejado de contar los días.

Iban en riada: familias enteras con lo puesto y un hato a la espalda, carros que se rompían y se quedaban como huesos al borde de la calzada, curas con sus reliquias envueltas en trapos, niños que ya no lloraban porque habían gastado el llanto.

Todos hacia arriba, hacia las montañas que aún no se veían, huyendo de un sur que se cerraba detrás de ellos como se cierra el agua.

Por las noches, las hogueras de los que huían eran más numerosas que las estrellas, y de día el polvo que levantaban se veía, decían, desde una jornada de distancia.

Era un país, pero un país sin ley, y eso Teudila lo aprendió pronto.

En la riada había de todo lo que hay en un pueblo, solo que suelto, sin las paredes que lo sujetan: había santos y había lobos.

Había quien repartía su último pan con un desconocido y quien degollaba a un viejo por un odre de vino.

La segunda semana vieron, al amanecer, a un hombre colgado de un árbol junto al camino, sin que nadie supiera por qué ni quién, y la gente pasaba por debajo sin levantar la vista, porque mirar demasiado era buscarse problemas.

Había partidas de salteadores que rondaban los flancos de la columna como rondan los perros un rebaño, llevándose a los rezagados, a los que se apartaban a hacer sus necesidades, a los niños que se entretenían.

Materno los hacía caminar en el grueso de la gente, ni delante ni detrás, en el centro, donde más cuesta que te cojan, igual que un sillar protegido por los de alrededor; y de noche dormían por turnos, uno velando mientras el otro descansaba, con las pocas herramientas de cantero que habían salvado a mano, porque un puntero de hierro en la oscuridad mata tan bien como un cuchillo.

El hambre llegó con el frío. Lo que se podía comprar se acababa, lo que se podía robar de los campos ya estaba robado por los que iban delante, y la columna empezó a dejar atrás, además de carros, gente: viejos que se sentaban al borde del camino y decían que descansaban un momento y ya no se levantaban, criaturas pequeñas envueltas en trapos que las madres acababan dejando bajo una cruz cualquiera, porque cargar un peso que ya no respira acaba con las fuerzas del que aún respira.

Una tarde, Teudila vio a una mujer joven, sentada en una piedra, meciendo un bulto, cantándole muy bajito, y comprendió por la quietud del bulto lo que la mujer aún no quería comprender, y siguió andando, y odió el mundo, y se odió a sí mismo por seguir andando, y aquella noche, junto al fuego, le preguntó a Materno, con una rabia que le temblaba en la voz, qué sentido tenía nada de aquello.

—Ninguno —dijo Materno—. Hoy ninguno. El sentido no se encuentra en el camino, muchacho.

Se construye al final del camino, si llegas.

El que busca sentido mientras huye, se vuelve loco o se sienta en una piedra como esa mujer.

Tú no busques sentido. Tú anda, come si puedes, duerme por turnos y aguanta.

El sentido lo pondremos nosotros después, con las manos.

Es lo único que sé. —Tosió largo, en la oscuridad—.

Y ahora duerme, que te toca velar a la segunda.

Materno aguantaba. El viejo tosía más cada mañana y andaba más despacio cada tarde, pero aguantaba, apoyado en un bastón de avellano que se había cortado, y por el camino seguía enseñando a Teudila como si en vez de huir fueran de viaje de oficio.

«Mira ese muro. ¿Ves cómo lo levantaron?

Piedra seca, sin trabar, y por eso se ha caído.

El que lo hizo tenía prisa.» «Ese puente aguanta porque el que lo hizo no tenía prisa.

» «Ese arco lo cerraron mal, ¿ves la clave, cómo se ha descolgado un dedo?

El que lo puso no entendió que un arco no aguanta por el peso, sino por el empuje.

» Teudila no siempre entendía del todo, pero lo guardaba, porque había aprendido que lo que Materno decía de pasada un día servía, y que el viejo enseñaba así, soltando las cosas como quien deja caer semillas, sin mirar si caían en tierra buena.

Teudila había comprendido que aquella era la manera que tenía el viejo de no rendirse: mientras tuviera un muro que mirar y un oficio que pasar, no se moría.

Pero también había comprendido, y eso no se lo decía, que Materno se estaba muriendo.

Lo oía de noche, en la tos que ya traía sangre algunas mañanas y que el viejo limpiaba a escondidas en la manga.

Lo veía en cómo se apoyaba cada vez más en el bastón, en cómo tardaba más en levantarse del suelo, en cómo, a veces, se quedaba mirando el sur, el sur de donde venían, con una pena que no era de miedo sino de despedida.

Y una noche, Teudila, sin poder callárselo más, le dijo lo que llevaba semanas tragándose:

—No te mueras, viejo. No sé hacer esto sin ti.

Materno lo miró por encima del fuego, y no se rió, que era lo que Teudila temía y casi esperaba.

—Vas a tener que aprender —dijo—. No hoy.

Pero un día. Mírame: yo aprendí de mi padre, y él del suyo, y así para atrás hasta no se sabe dónde, y ninguno se murió antes de pasar lo que sabía, porque el oficio es más terco que la muerte y siempre se las apaña para saltar de un viejo a un mozo justo antes de que el viejo caiga.

—Le puso una mano en la rodilla—. Lo que sé te lo estoy dando todo, estos días, en el camino, aunque no lo parezca.

Cada muro que te enseño es una cuerda que te tiro.

Agárralas. Y cuando yo no esté, no llores mucho, que es perder tiempo de obra.

Coge un sillar y ponlo bien. Esa es la única manera que hay de que un cantero siga vivo después de muerto: en la piedra que dejó puesta y en el que la sabe poner porque él se lo enseñó.

Fue Materno quien vio primero a los del rebaño.

Estaban en un altozano, a un lado del camino, un puñado de hombres y mujeres con unas pocas ovejas escuálidas y un perro, mirando bajar la riada de gente como quien mira crecer un río.

El que mandaba era un tipo cuadrado, de manos enormes, con la cara quemada por todos los soles del mundo, que contaba sus ovejas una y otra vez como si temiera que el camino se las fuera comiendo de una en una.

—Ganaderos —dijo Materno—. Esos saben comer en cualquier parte. Acércate. La piedra no se come; las ovejas sí.

El hombre cuadrado se llamaba Munio. Miró a Teudila y a Materno de arriba abajo, sin simpatía, con los ojos de quien ha aprendido en pocas semanas que cada boca nueva es menos pan.

—¿Qué sabéis hacer? —fue lo primero que preguntó. No «de dónde venís», ni «cómo os llamáis». Qué sabéis hacer.

—Piedra —dijo Teudila—. Somos canteros.

Munio escupió de lado, igual que escupía Materno, y por un momento Teudila pensó que iba a echarlos.

—Piedra. —Lo dijo como si dijera «aire»—. ¿Y de qué me sirve a mí la piedra, muchacho, con el invierno encima?

—De nada, hoy —contestó Materno con calma, antes de que Teudila pudiera ofenderse—.

Hoy te sirve el que ve venir un muro caído antes de que se te caiga encima, y el que sabe dónde nace el agua buena, y el que te levanta en un día un redil que el lobo no salta.

Eso también es piedra. —Tosió—. Y mañana, cuando paréis en algún sitio, te servirá mucho más.

Pero eso es mañana, y tienes razón, hoy lo que manda es la oveja.

Munio lo miró un buen rato. Después miró las ovejas. Después, otra vez, al viejo.

—Hay un sitio en el río —dijo al fin, de mala gana, como quien suelta una moneda—.

Un vado, más arriba. Dicen que se está juntando gente.

Que hay agua y hay caza y que los moros aún no suben tan al norte.

Vamos para allá. —Se dio la vuelta, arreando una oveja con la vara—.

Si andáis al paso de las ovejas, podéis venir. Si os quedáis atrás, no os espero.