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El conde Sisberto entendió muy pronto una cosa que a otros les costó la cabeza: que un imperio que acaba de nacer necesita, más que soldados, hombres que sepan cobrar los impuestos.
Mientras la nobleza fiel a Rodrigo huía al norte o moría en las cunetas, mientras los obispos lloraban sobre tesoros que ya no eran suyos, Sisberto se presentó ante el gobernador árabe con una lista.
No una lista de demandas: una lista de bienes.
La de sus propias villas, sus molinos, sus rebaños, sus colonos, todo escrito en buen latín por un escriba pulcro, con las cargas que rendía cada finca y los hombres que podía dar cada aldea.
Y debajo, una oferta sencilla: dejadme lo mío, y yo os hago llegar lo vuestro sin que tengáis que mandar un solo jinete a buscarlo.
Lo recibió, no el gobernador en persona, que tenía cosas más grandes que hacer aquel otoño, sino uno de sus hombres, un sirio enjuto y cortés que entendía algo de latín y mucho de números, sentado sobre cojines en lo que tres meses atrás había sido el salón de un magnate godo huido.
Sisberto entró, se descubrió, hizo la reverencia justa, ni más ni menos de la que el otro esperaba, y se sentó donde le indicaron, en el suelo, él, un conde, que en aquella misma comarca había mandado sobre la vida y la hacienda de miles de hombres.
No le tembló nada. Mientras el sirio leía su lista, despacio, pasando el dedo por las cifras, Sisberto lo estudiaba con la misma atención con que el otro estudiaba el papel, y veía lo que necesitaba ver: que aquel hombre estaba abrumado.
Que detrás de su cortesía había un funcionario perdido en un país inmenso, ajeno, lleno de aldeas con nombres que no sabía pronunciar, de cosechas que no sabía calcular, de gentes que lo miraban con un odio callado, y que lo que más deseaba en el mundo, más que el oro incluso, era encontrar a alguien que le quitara aquel caos de las manos.
—Conde —dijo el sirio al fin, dejando el papel—, esto está bien hecho. Demasiado bien hecho. ¿Por qué un hombre que lo tiene todo viene a ofrecérmelo?
—Porque no lo tengo todo —contestó Sisberto—.
Lo tenía. Ayer. Hoy lo tenéis vos, aunque todavía no sepáis cómo cobrarlo ni por dónde.
Yo no vengo a ofreceros lo mío: vengo a ofreceros lo vuestro, que es ahora todo esto, ordenado y cobrado y puntual, a cambio de que me dejéis administrarlo y vivir.
No os pido que confiéis en mí. Os pido que contéis.
Sumad lo que os cuesta mandar soldados a recaudar a un país que os odia, y restadle lo que os ahorra un hombre de aquí que lo hace por vos sin que os cueste una flecha.
La cuenta sale a mi favor. Vos sabéis de números. Hacedla.
El sirio lo miró un rato largo, y en sus labios se dibujó algo que no era simpatía, porque a un hombre así no se le coge simpatía, pero sí reconocimiento, el respeto frío de un calculador por otro.
—Los tuyos te llamarán traidor —dijo.
—Los míos ya no existen —dijo Sisberto—. Murieron en un río, hace tres meses, por una corona. Yo no soy de los míos. Soy de los que quedan.
Funcionó, como había sabido que funcionaría.
Los nuevos amos eran pocos para una tierra inmensa y no entendían su lengua ni sus cuentas ni sus caminos.
Necesitaban precisamente a un hombre como él: de los de antes, que conociera quién tenía qué y cómo sacárselo.
Le confirmaron sus tierras. Le añadieron, andando el tiempo, la administración de las de un vecino que había sido más orgulloso y menos listo.
Sisberto cambió de amo sin cambiar de mesa, y hacia el invierno comía mejor que el año anterior.
Aquel invierno se le presentó en casa un hombre al que conocía de toda la vida: Olemundo, un noble de una casa vecina, de los que habían peleado por Rodrigo y lo habían perdido todo en la caída.
Llegó de noche, embozado, flaco, con la barba descuidada y los ojos de los que llevan semanas durmiendo en pajares, y le pidió a Sisberto, en nombre de los años y de la sangre godo que ambos tenían, ayuda: un salvoconducto, unas monedas, una palabra ante los nuevos amos, lo que fuera para sacar a su familia hacia el norte antes de que los confiscaran o algo peor.
Sisberto lo recibió, le dio de cenar, lo escuchó entero, con esa cortesía suya que no costaba nada y compraba mucho.
Y luego, con la misma calma, le dijo que no.
Que no podía ayudarlo. Que una palabra suya a favor de un fiel de Rodrigo lo señalaría a él mismo ante los nuevos amos, y que él no estaba dispuesto a quemar lo que con tanto trabajo se había ganado por un gesto que, además, no salvaría a Olemundo, solo los hundiría a los dos.
Se lo dijo sin crueldad, casi con pena, como quien explica una cuenta que no sale.
Olemundo lo miró un rato largo, en silencio, y al final solo dijo: «Tu padre te habría escupido.
» Y se levantó y se fue a la noche, y Sisberto no volvió a saber de él, y no preguntó, porque preguntar deja rastro.
Aquella noche no durmió peor que otras. Se dijo que él no había hundido a Olemundo; lo habían hundido sus propias lealtades, su empeño en pelear por un rey muerto.
Él solo se había negado a hundirse con él.
Pero por la mañana, al afeitarse, evitó mirarse mucho rato en el bronce pulido, y no habría sabido decir por qué.
No sentía vergüenza. La vergüenza, pensaba Sisberto, es un lujo de los que pueden permitirse perder.
Él había visto demasiadas cosas durar poco: reyes, leyes, juramentos.
Lo único que duraba era la tierra, y la tierra es del que la administra, no del que muere defendiéndola.
Que otros se llamaran traidores unos a otros en los caminos del norte.
Él se llamaba a sí mismo superviviente, y prefería esa palabra.
Y, además, no se sentía traidor, porque para traicionar hay que haber sido fiel, y Sisberto había aprendido pronto a no serlo del todo a nada.
Venía de una de esas casas medianas que, en el último medio siglo de godos, habían medrado precisamente por no casarse nunca con un solo bando.
Su padre le había enseñado, no con palabras sino con el ejemplo de toda una vida, que en un reino donde los reyes se hacían y deshacían a cuchillo, donde una dinastía duraba lo que tardaba el siguiente magnate en envenenar a su rey, el que se ataba a una corona se ataba a un cadáver futuro.
Cuando alzaron a Rodrigo sobre los hijos de Witiza, Sisberto, como tantos, había murmurado por lo bajo con los witizanos, no por amor a los hijos de Witiza, que le daban igual, sino porque le parecía mala inversión apostar por un usurpador.
Y cuando los witizanos vendieron el ala derecha en Guadalete y trajeron, sin quererlo del todo, el fin del mundo, Sisberto no se escandalizó: tomó nota.
Vio que los que habían pactado a tiempo conservaban sus tierras, y que los que habían muerto por Rodrigo solo conservaban una buena reputación entre los muertos, que es la inversión más inútil de todas.
Le habían dicho, de joven, que era un hombre frío.
Lo decían como un reproche, y él lo había guardado como un elogio.
El calor mata, pensaba. El que se calienta por una causa, por un rey, por un honor, acaba en una cuneta calentando a los cuervos.
Él prefería la temperatura de la piedra, que no se entusiasma con nada y por eso dura.
La gente confundía esa frialdad con cobardía, y se equivocaba: Sisberto no tenía miedo de morir, tenía algo más raro y más fuerte, no tenía ninguna gana de morir por nada, y eso, en un mundo lleno de hombres dispuestos a morir por cualquier cosa, era casi una forma de poder.
Fue por aquellos días cuando oyó hablar por primera vez de la corona.
Lo trajo un arriero, de esos que recorrían la calzada de Toledo cargando noticias junto con el aceite, y que en aquellos meses valían su peso en oro precisamente por eso, porque en un mundo derrumbado el que sabía qué pasaba a tres jornadas era rico.
Sisberto los recibía siempre, a todos, los agasajaba, les daba de cenar y vino y un sitio junto al fuego, y los dejaba hablar, porque había descubierto de joven que la gente, bien tratada y con la barriga llena, cuenta gratis lo que un espía cobraría caro.
No preguntaba apenas. Escuchaba. Y de cada diez tonterías que oía, guardaba la una que valía.
Aquella noche, el arriero, achispado, contaba historias de Toledo entregada, y entre ellas, como quien cuenta un chisme más, soltó la que a Sisberto le hizo aguzar el oído sin que se le notara.
—Y lo de la corona, señor, ¿no lo ha oído?
—dijo el hombre, mojando pan en el vino—.
Dicen que cuando los nuevos amos fueron a contar el tesoro de la catedral, faltaba una.
Una de las votivas, de las que colgaban del altar.
No la más rica, ojo, una pequeña, de oro liso.
Estaba en los libros del cabildo y la noche de la entrega ya no estaba.
Volada. —Se rió—. Y lo bueno es lo que se cuenta: que esa misma noche salió de la ciudad, hacia el norte, gente de la casa de un conde, un tal Gundemaro, de los que fueron fieles a Rodrigo hasta el final.
Al conde lo prendieron al día siguiente y lo ajusticiaron con otros que no quisieron agachar la cabeza, eso es seguro, lo vi yo casi.
Pero dicen que una hija suya escapó con los criados, hacia las montañas, y que nadie sabe adónde fue a parar.
—El arriero se encogió de hombros y dio otro trago—.
Cosas que se cuentan. A saber. A lo mejor la corona se la quedó un soldado y se la fundió para hebillas.
Sisberto se rió también, con él, una risa fácil y vacía, y cambió de tema, y le preguntó por los precios del aceite en el sur, y dejó que el hombre se durmiera junto al fuego sin que sospechara que acababa de entregarle, por una cena, la pieza que iba a ocupar su cabeza durante treinta años.
A la mañana siguiente le pagó su moneda, lo despidió con buenas palabras, y cuando el arriero se hubo ido camino abajo, Sisberto se quedó un rato largo mirando el fuego.
Una corona votiva. El símbolo material de que hubo reyes y de que su línea no se ha extinguido. En manos de la hija de una casa rival, en alguna parte del norte, hacia esas montañas y esos páramos vacíos adonde se escurría toda la gente que no servía para pactar.
Otro hombre lo habría olvidado. Era un objeto perdido entre mil objetos perdidos, en un mundo donde se perdían reinos enteros.
Pero Sisberto tenía la paciencia de los que juegan a largo, y había aprendido a reconocer las cosas que un día valdrían más que ahora.
Una corona así no servía de nada el día en que todo ardía.
Serviría muchísimo el día en que las brasas se enfriaran y alguien quisiera, sobre ellas, volver a llamarse señor de algo con derecho.
Y ese día llegaría. Sisberto lo veía con la misma claridad con que veía las cuentas.
Los nuevos amos eran fuertes hoy, sí, pero eran pocos y venían de muy lejos y ya empezaban, lo sabía por sus arrieros, a mirarse de reojo entre ellos, los árabes a los bereberes, los del sur a los de la frontera.
Ningún poder construido sobre un reparto injusto dura sin pelearse por el reparto.
Tarde o temprano, en diez años o en cuarenta, aquello crujiría, y en las grietas, como crecen las higueras en los muros viejos, volverían a brotar señoríos, hombres queriendo llamarse condes, duques, reyes hasta.
Y el día que alguien, en este lado o en el otro, quisiera revestir su fuerza de derecho, de continuidad, de legitimidad antigua, una corona votiva de los reyes godos, la prueba tangible de que la vieja sangre no se había extinguido, valdría más que un ejército.
El que la tuviera podría venderla, o usarla, o casar con quien la tuviera.
Era oro, sí. Pero sobre todo era una llave, guardada, esperando una cerradura que aún no existía.
Sisberto decidió aquella noche, junto al fuego, dos cosas.
La primera, que no movería un dedo, porque ir a buscar una corona a una peña del norte, en pleno derrumbe, sin pretexto y sin hombres, era una torpeza de codiciosos, y los codiciosos acaban colgados.
La segunda, que no la olvidaría jamás. Que la pondría a fuego lento, al fondo de su paciencia, y que iría, año tras año, sin prisa, acercándose a ella por el único camino que de verdad funciona: el de hacerse imprescindible, el de juntar cargos y favores y deudas ajenas, hasta que un día, sin haber dado nunca un paso en falso, se encontrara siendo dueño del camino que llevaba a aquella peña, y entonces, solo entonces, alargara la mano.
Mandó llamar a su escriba.
—Quiero que se anote un nombre —dijo—. Gundemaro. Y que se pregunte, sin ruido, por una hija suya que iría hacia el norte. Sin prisa. Sin que se note que pregunto yo.
El escriba mojó la pluma.
—¿La razón, señor, por si me la piden?
Sisberto volvió a mirar el fuego.
—Ninguna —dijo—. Todavía.