La primera piedra (La Piedra y la Corona 1) 3 #3
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Su padre los acompañó hasta la puerta del norte, la que daba al camino de las montañas, y allí se separaron.

No hubo escena. El conde había prohibido las escenas, porque una despedida llorosa en una puerta de la ciudad es lo que recuerda después un centinela cuando le preguntan.

Ayudó a su hija a montar como si la mandara a una villa cercana por un asunto de la hacienda, le ajustó él mismo el estribo, le dijo en voz normal, para los oídos del guardia que dormitaba en la puerta, que volviera antes de la fiesta de la Virgen y que saludara a la tía del norte.

Y solo al final, cuando le pasó las riendas, le apretó la mano un instante de más, y la miró, y en aquella mirada cupo todo lo que no podían decirse.

Adosinda hizo de tripas corazón, le devolvió la mirada seca, y tiró de las riendas, porque sabía que llorar allí era condenarlos a los dos.

Pasó bajo el arco de la puerta. No volvió la cabeza.

Detrás, su padre se quedó de pie en la sombra del arco, haciéndose cada vez más pequeño, hasta que un recodo del camino se lo borró, y Adosinda no lo supo entonces pero acababa de ver a su padre por última vez.

El vado del norte estaba a media jornada, donde el camino cruzaba un arroyo bajo unos álamos, y allí debían esperarlo hasta el mediodía. Llegaron antes de tiempo. Y entonces empezó la espera, que es la peor de las guerras, la que se libra sin enemigo, contra el propio corazón.

Al principio Adosinda estuvo tranquila, o se obligó a estarlo.

Dieron de beber a las mulas, repartieron pan, se sentaron a la sombra.

El sol subió. Llegó el mediodía, el plazo, y su padre no estaba, pero ella se dijo que un hombre que tiene que abrir una ciudad y luego escabullirse no llega con la puntualidad de una cita, que cualquier cosa lo habría retrasado, una junta, un trámite, la prudencia.

Esperó. El sol empezó a bajar. Cada jinete que aparecía en el recodo del sur le daba un vuelco al corazón, y cada jinete que no era su padre se lo dejaba un poco más muerto.

A media tarde llegó al vado un matrimonio con un carro y tres críos, gente menuda, un platero de los del barrio bajo de Toledo, y pararon a abrevar las bestias.

Ulfo se acercó a ellos, como se acercaba a todos, a preguntar por lo bajo qué se sabía de la ciudad, y Adosinda, que vigilaba el recodo del sur, oyó la conversación a retazos, y en cada retazo se le iba muriendo un poco la esperanza.

La ciudad había abierto las puertas al mediodía, dijo el platero.

Los magnates habían salido en procesión a entregar las llaves, con los obispos delante.

Al principio los nuevos amos se habían portado, hasta corteses; pero luego habían empezado a apartar a unos cuantos, a los señalados, a los que se sabía que habían sido de Rodrigo hasta el hueso.

¿A cuáles?, preguntó Ulfo, con una calma que a Adosinda le costó reconocerle.

El platero no sabía nombres; él solo había visto, al salir, que se llevaban aparte a un grupo de señores, atados, y que la gente murmuraba que a esos no los iban a perdonar, que iban a hacer con ellos un escarmiento para que los demás aprendieran a agachar la cabeza.

Y dijo una cosa más, sin saber lo que decía, mientras subía a los críos al carro: que entre los que se llevaban iba uno grande, de barba entrecana, que iba con la cabeza alta y sin que le temblara el paso, y que la gente decía que ese era de los peores, de los que ni atado pedía clemencia.

Ulfo no preguntó más. Volvió junto a Adosinda, se sentó a su lado sin decir nada, y ella entendió, por su silencio, lo que el silencio quería ahorrarle.

Pero no lloró. Todavía no. Se dijo que aquel hombre de la barba entrecana podía ser cualquiera, que Toledo estaba llena de señores de barba entrecana, que su padre era listo y escurridizo y no se dejaría coger.

Se aferró a eso como quien se aferra a una tabla en una crecida, sabiendo que la tabla no aguanta, agarrándose igual.

El polvo de los jinetes ya se veía, muy al sur, entrando en la ciudad abierta, y de Toledo empezó a subir, con el aire de la tarde, un rumor de campanas y de gritos lejanos que no eran de fiesta.

Adosinda esperó hasta que el sol tocó las copas de los álamos.

Su padre no llegó. No llegó tampoco cuando las sombras se alargaron y el frío empezó a subir del arroyo.

Y ella seguía mirando el recodo del sur, terca, con el lino apretado contra el vientre, repitiéndose que aparecería, que aún podía aparecer, que un padre no se muere solo porque no llega.

Ulfo le puso una mano en el hombro. No dijo nada durante un rato largo. Después habló, muy bajo, con una ternura que ella no le había oído nunca:

—Señora. Ha dicho que no lo esperásemos.

Lo dijo claro. Y un hombre como su padre no dice las cosas dos veces ni las dice por decir.

—Tragó—. Si esperamos a que oscurezca, mañana nos cazan en el camino, y entonces todo esto, él incluido, no habrá servido de nada.

Lo único que podemos hacer por él ahora, lo único, es seguir.

Llevarse lo que nos confió. Que no haya sido en balde.

Adosinda no contestó. Se quedó un momento más mirando hacia el sur, hacia Toledo, hacia la peña dorada sobre el Tajo donde había nacido y donde su padre, vivo o muerto, se quedaba para siempre.

Grabó aquella imagen, la ciudad ardiendo de luz última en el atardecer, el río abrazándola por tres lados, porque supo que no volvería a verla y porque algo dentro de ella ya estaba decidiendo, sin palabras, que algún día construiría otra cosa parecida en otro sitio, una peña, un río, unos muros, un lugar donde aquello que le habían confiado pudiera por fin descansar.

Después apretó el lino contra el pecho hasta que el aro de oro se le clavó en las costillas, como para asegurarse de que seguía allí, de que todo aquello tenía un porqué que podía tocar con el cuerpo, y echó a andar hacia el norte sin volver la cabeza, porque sabía que si la volvía no podría seguir andando.