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—Quizá —dijo solo—. Quizá viva, y nos riamos de esto dentro de diez años en una casa del norte.
O quizá no. Pero óyeme bien, que esto es lo último importante que voy a enseñarte y vale más que las cuentas y que las letras.
—La cogió por los hombros—. Yo abro la puerta de la ciudad mañana con los demás, para que no sospechen, y al mediodía me reúno contigo en el vado del norte.
Si llego, seguimos juntos. Si no llego al mediodía, no me esperes.
¿Me oyes? No me esperes ni una hora. Cada hora que esperes a un muerto es una hora que le regalas a quien te persigue.
Vas al norte, lejos, a las montañas, con Ulfo y con los que he jurado contigo.
Y guardas esto hasta que haya un sitio donde ponerlo a salvo.
No por mí. Por lo que significa. ¿Lo has entendido?
—Lo he entendido —dijo Adosinda, aunque lo que de verdad había entendido era otra cosa: que aquella era la última conversación, y que su padre lo sabía, y que se lo estaba diciendo todo de golpe, deprisa, en una catedral robada, porque no iba a haber otra.
Salieron de la catedral antes del alba, por la misma puerta del costado, y el sacristán joven cerró tras ellos y echó la tranca y se quedó dentro, con su miedo y su pecado, a esperar el mundo nuevo.
En el atrio, bajo un cielo que aún era negro pero ya no del todo, esperaban los demás.
Eran pocos, y Adosinda los miró uno a uno a la luz del candil de Ulfo, y se le quedaron grabados, porque iban a ser, sin que ella lo supiera todavía, el principio de todo lo que vendría.
Estaba Sunna, el soldado de la cicatriz, y otro hombre de armas más joven, callado, que se llamaba Gaudilano y era sobrino suyo.
Estaba una pareja de criados de la casa, marido y mujer, gente de la cocina, con un hatillo cada uno y los ojos hinchados de no dormir.
Estaba un pastor de las dehesas del conde, un hombre del campo que apenas había pisado la ciudad y que sostenía las riendas de las mulas como quien se agarra a lo único que entiende.
Y estaba el viejo Ulfo, que los había reunido a todos, porque esa era su manera de servir: juntar a los leales como se juntan las brasas para que no se apaguen.
Ninguno de ellos era nadie. Esa fue la idea que cruzó a Adosinda en aquel atrio frío, y no la pensó con desprecio sino con una especie de asombro: que el reino de los godos, con sus obispos y sus magnates y sus concilios, se entregaba aquella mañana en manos de príncipes, y que lo único de aquel reino que no se rendía, lo único que se llevaba al norte la prueba de que había existido, eran un viejo mayordomo, dos soldados, un matrimonio de cocineros, un pastor y una muchacha de veinte años.
Los humildes. Los que no tenían nada que pactar y por eso no pactaban.
Su padre los reunió en círculo, en la oscuridad que empezaba a no serlo, y les hizo poner a todos la mano, una sobre otra, sobre el lino que Adosinda apretaba contra el pecho.
Las manos eran callosas, viejas, de criada y de soldado y de pastor, manos que nunca habían tocado una corona y que ahora la tocaban a través de un trapo sin saber del todo qué tocaban.
No fue un juramento de iglesia, con fórmulas en latín y un obispo y velas.
Fue una sola frase, dicha por el conde en voz muy baja, casi un susurro, para que no la oyera más que aquel corro de gente sencilla, una frase que Adosinda recordaría palabra por palabra toda su vida, y que repetiría ella misma, sin saberlo aún, treinta años después, en otra noche y en otro sitio, sobre la misma corona, cerrando un círculo que ninguno de los que allí estaban alcanzaba a ver:
—Lo que aquí se guarda, se guarda hasta que vuelva a haber dónde ponerlo. Y el que lo sepa, lo calla; y el que lo calle, lo guarda con la vida.
Lo repitieron en voz baja, cada uno a su manera, el pastor tropezando con las palabras, la cocinera llorando, Ulfo con una firmeza de roca.
Y así, en el atrio de la catedral de Toledo, en la última madrugada del reino, sin estandartes, sin testigos, sin que la historia se enterara, nació una lealtad que sobreviviría a todos ellos.
No tenía nombre. No lo tendría en mucho tiempo. Pero ya existía.
Salieron de la ciudad con las primeras luces, en dos grupos, para no llamar la atención.
La corona viajaba cosida bajo la ropa de Adosinda, contra el vientre, envuelta en el lino y sujeta con una faja, de modo que una muchacha a caballo no pareciera otra cosa que una muchacha a caballo.
Cruzaron Toledo cuando la ciudad empezaba a despertar a su último día de ser lo que había sido, y por las calles ya había de todo: gente que cargaba, gente que rezaba, gente que simplemente esperaba sentada en los umbrales con la mirada perdida, esa quietud de los que han renunciado hasta a huir.
Nadie los miró. En una ciudad que se entrega, todo el mundo está demasiado ocupado con su propio miedo para fijarse en el de los demás.