3
Toledo, la última noche
Las coronas colgaban sobre el altar, y de noche, a la luz de las lámparas, parecían arder sin consumirse.
Adosinda nunca había estado en la catedral a aquellas horas.
De día era un bosque de columnas, lleno de pasos y de cantos y del humo dulce del incienso; ahora estaba vacía, fría, inmensa, y el único ruido era el de sus propios pies y los de su padre y los de los dos hombres que los acompañaban sobre las losas.
El tesoro estaba donde siempre, porque nadie había tenido aún el valor de tocarlo: cálices, cruces, evangeliarios con las tapas cuajadas de pedrería, y sobre el altar mayor, suspendidas de cadenas finas, las coronas votivas de los reyes.
Habían entrado por la puerta pequeña del costado norte, la de los canónigos, y no había hecho falta forzarla, porque se la había abierto desde dentro un clérigo joven, un sacristán de manos sudadas que conocía a su padre y que, a la luz de un candil tapado, los había mirado a los cuatro con un miedo que no se molestaba en disimular.
El conde Gundemaro no había tenido que amenazarlo ni comprarlo.
Le había bastado con decirle, en voz baja, lo que el muchacho ya sabía: que en dos días, tres a lo sumo, aquel tesoro sería de otros, y que era mejor que faltara una pieza pequeña a manos de un cristiano que perderlo entero a manos de quien venía.
El sacristán había rezado entre dientes, había dicho «que Dios me perdone y los perdone a ustedes», y se había hecho a un lado.
Adosinda comprendió aquella noche, viendo ceder al muchacho, una cosa que le serviría toda la vida: que en el derrumbe de un mundo, la gente no se divide entre buenos y malos, sino entre los que se rinden a lo que viene y los pocos que deciden, contra toda razón, salvar algo.
Su padre era de los segundos. Y la estaba haciendo, a ella, de los segundos también, sin preguntarle si quería.
El frío de la piedra subía por los pies descalzos de las imágenes y por las piernas de los vivos.
Las lámparas de aceite que ardían perpetuamente ante el altar proyectaban sombras largas que se mecían, y en aquel temblor de luz las columnas parecían moverse, avanzar y retroceder, como si la propia catedral respirara, inquieta, sabiendo lo que iban a hacerle.
Adosinda llevaba toda su corta vida entrando en aquel templo los domingos y las fiestas, pequeña primero de la mano de su madre, luego al lado de su padre, y siempre lo había sentido como lo más firme que había en el mundo, más firme que las murallas, más firme que el reino.
Ahora, de noche, vacío, a punto de cambiar de dueño, le parecía lo que era de verdad: piedra.
Solo piedra. Hermosa, antiquísima, pero piedra, que se queda quieta mientras los hombres que la rezan se matan o huyen.
No supo entonces por qué aquel pensamiento le dio, a la vez, escalofrío y consuelo.
No eran coronas para llevar puestas. Adosinda lo sabía desde niña, pero solo ahora, mirándolas, lo entendía de verdad.
Los reyes godos no se las ceñían: se las quitaban.
Las ofrendaban a Dios y las colgaban allí arriba, sobre el altar, aros de oro purísimo de los que pendían letras también de oro que, leídas en círculo, decían el nombre del rey que las había dado.
Eran la corona y la renuncia a la corona a la vez.
Eran trescientos años de reyes diciéndole a Dios: esto que llevo no es mío, es tuyo, te lo devuelvo.
—Esa —dijo su padre.
Señalaba una de las más pequeñas, casi escondida entre las grandes.
Un aro de oro liso, sin la pedrería ostentosa de las otras, del que colgaban unas pocas letras y, en el centro, una cruz con cuatro zafiros pálidos.
No era la más rica. Adosinda comprendió, mucho después, que precisamente por eso la había elegido: una corona modesta no se echa de menos tan pronto.
Se acercó a mirarla, porque algo en ella la llamaba.
Las letras de oro que colgaban del aro, leídas en círculo, decían un nombre, el de un rey que ella no había llegado a conocer, muerto hacía dos o tres reinados, un rey del que no quedaba más que aquel aro y, quizá, una losa en alguna iglesia.
Y al leer aquel nombre Adosinda sintió por primera vez, físicamente, el peso de lo que iban a hacer.
No estaban robando oro. Estaban descolgando a un rey muerto del sitio donde había querido quedarse para siempre, a los pies de Dios, y se lo iban a llevar a una huida, a un camino, a un norte sin nombre.
Le pareció a la vez un sacrilegio y la única forma de piedad que quedaba.
—¿No es pecado, padre? —susurró, y le salió la voz de niña que creía perdida.
—Todo lo de esta noche es pecado, hija —contestó el conde sin volverse—.
Entrar aquí. Tocar esto. Mentirle mañana a los obispos.
Abrir las puertas a los que vienen. Todo.
Vivimos ya en un tiempo en que no hay un solo gesto limpio, en que hasta los justos tienen que elegir entre dos pecados.
—Por fin la miró—. Y entre dejar que esto cuelgue mañana sobre el altar para que un emir lo descuelgue como botín, y llevármelo yo para que algún día vuelva a significar algo, escojo el segundo pecado.
Que Dios me lo tenga en cuenta. Pero lo escojo.
Uno de los dos hombres que los acompañaban, un soldado de la mesnada del conde llamado Sunna, hombre de pocas palabras y una cicatriz vieja en la ceja, acercó un escabel.
El otro era el viejo Ulfo, el mayordomo, que se había empeñado en venir pese a sus años y que ahora vigilaba la puerta del costado con el candil tapado, atento a la oscuridad.
Gundemaro subió él mismo al escabel, con sus manos grandes y torpes para aquello, manos hechas para empuñar y para firmar, no para descolgar filigranas, y soltó la corona de su cadena con un cuidado de orfebre que Adosinda no le conocía.
En ese momento, en algún lugar de las naves laterales, sonó algo.
Un roce. Un paso, quizá, o una rata, o la madera de un confesonario que cruje al enfriarse de noche.
Los cuatro se quedaron de piedra. Sunna llevó la mano al cuchillo.
Ulfo alzó el candil hacia las sombras y no se vio nada, solo columnas y oscuridad y el rojo de las lámparas del altar temblando.
Esperaron, sin respirar, lo que dura un avemaría.
No volvió a sonar. Pero a Adosinda le quedó para siempre, asociado a aquella noche, el saber que el miedo de verdad no es el de la batalla, con su ruido y su furia, sino aquel otro, callado, de estar haciendo algo prohibido en un sitio sagrado y oír un paso en la oscuridad.
Cuando por fin se movieron de nuevo, lo hicieron más deprisa.
Gundemaro bajó del escabel con la corona entre las manos, y allí, de pie en la catedral vacía, su padre se quedó un momento quieto, mirándola, y ella vio temblar al hombre que no temblaba ante los obispos.
—Escúchame —dijo él, bajando, envolviendo la corona en un paño de lino—.
No te la doy porque sea oro. El oro se gasta o se roba.
Te la doy porque mientras esto exista, en alguna parte, en manos de los nuestros, el reino no ha muerto del todo.
Es la prueba. El que tenga esto puede decir, dentro de diez años o de cien: yo soy la continuación.
Lo de antes no se acabó; sigue aquí. —Le puso el bulto en los brazos.
Pesaba menos de lo que ella esperaba—. Por eso no puede tenerla el que pacta.
Si la corona de un rey godo cuelga del altar de Toledo el día que entren los moros, se acabó. Si desaparece, queda abierto.
—¿Y tú? —preguntó ella, abrazando el lino contra el pecho—. Ven conmigo. Esta misma noche. Ahora. Cogemos dos caballos y para cuando amanezca estamos lejos.
—No puedo, hija.
—Sí puedes. Nadie lo sabría hasta mañana, y mañana ya estaríamos en el camino.
El conde negó con la cabeza, despacio, y en aquel gesto Adosinda vio que su padre no estaba sopesando la idea: la había descartado mucho antes de que ella la dijera, como descartaba en las cuentas las sumas que no cuadraban.
—Si yo desaparezco esta noche, mañana lo sabe toda la ciudad —dijo—.
El conde Gundemaro, fiel a Rodrigo hasta el final, huido en plena entrega.
¿Y qué pensarán? Pensarán: algo se ha llevado.
Y registrarán. Empezarán por el tesoro, que es lo primero que mira un vencedor, y contarán las coronas, y faltará una, y entonces, hija, en vez de un objeto perdido que nadie echa de menos, habrá una corona robada con un nombre y una cara detrás: el mío, y el tuyo.
Y mandarán jinetes al norte a buscar a la hija del conde que huyó.
—Le puso una mano en la mejilla—. En cambio, si yo me quedo, si mañana por la mañana abro las puertas de Toledo con los otros magnates, con la cabeza alta, y entrego la ciudad y me someto como se someten todos, nadie mira hacia el norte.
Nadie cuenta las coronas pensando en mí.
Un hombre que entrega su ciudad no es un hombre que acaba de robar a su Dios.
Mi sometimiento, hija, es tu salvoconducto.
Es lo único que puedo darte que valga más que esta corona: el no ser sospechoso.
Adosinda entendió, y al entender se le llenaron los ojos, porque comprendió que su padre no se quedaba por orgullo ni por miedo ni por una idea de honor, sino por cálculo, por el cálculo frío y amoroso de un hombre que había decidido gastar su propia vida para comprar la de su hija y el secreto que le confiaba.
—Te van a matar —dijo ella—. Si no hoy, mañana. A los que fuimos de Rodrigo. Tú mismo lo dijiste esta mañana: a algunos los perdonan. A algunos. Tú no vas a ser de esos, padre. Tú no sabes callar y ellos lo saben.
Su padre no lo negó. Esa fue la peor respuesta de todas, que no lo negara.