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Y le contó la junta, y al contarla Adosinda la vio, porque su padre, cuando estaba cansado, narraba las cosas como las había visto, en orden, igual que leía una cuenta.
La catedral llena al caer la tarde, pero llena de un modo que él no había visto nunca: sin el rumor de siempre, cada cual buscando su sitio en silencio, los magnates a un lado, los obispos al otro, y entre todos un hueco de aire frío que era el del rey que ya no estaba.
Presidía el metropolitano, el arzobispo Sinderedo, un hombre al que Gundemaro había visto enfrentarse a reyes con la mitra calada y la voz alta, y que aquella tarde tenía la cara de un hombre que ya ha hecho la maleta por dentro.
Habló primero de Dios, como hablan los obispos, y luego, en cuanto pudo, de lo práctico, que era a lo único que había venido todo el mundo: que no había hueste, que no había rey, que las murallas sin hombres no son murallas, y que en el sur, decían, un conde había conservado sus villas, su gente y hasta sus iglesias a cambio de doblar la cabeza y pagar, y que esa era la única puerta que les quedaba abierta.
No lo dijo así, claro. Lo dijo con palabras de iglesia, hablando de prudencia, de evitar el derramamiento de sangre inocente, de confiar la suerte de la grey al Señor.
Pero lo que dijo, debajo de las palabras, fue: rindámonos bien, mientras todavía se pueda rendir con condiciones.
—¿Y nadie habló de defenderse? —preguntó Adosinda.
—Dos. —Su padre bebió—. Un magnate joven, de los Fáñez, que se levantó y dijo que prefería morir en la muralla a vivir de rodillas, y un canónigo viejo que lo apoyó a gritos.
Hablaron bien. Hablaron con el corazón. Y mientras hablaban, hija, yo miraba al resto, a los treinta hombres que tenían que votar, y los vi a todos mirarse las manos, o el suelo, o las velas, a cualquier sitio menos al que hablaba, y supe que aquello estaba decidido antes de empezar.
Un hombre que va a luchar mira al que lo arenga.
Un hombre que ya ha decidido entregarse mira al suelo y espera a que el otro termine.
Treinta hombres mirando el suelo. Eso fue la caída de Toledo, Adosinda: no una batalla, treinta hombres buenos, o no tan buenos, mirándose las manos en una catedral mientras dos locos les pedían que murieran.
—¿Y tú? ¿Tú qué dijiste?
Y aquí su padre se quedó callado un momento, y cuando contestó lo hizo más despacio, y ella entendió que llegaba a la parte que de verdad lo había traído a casa temblando.
—Yo no dije casi nada —contestó—. Y esa, hija, fue la cosa más difícil que he hecho en mi vida.
Porque me hervía dentro lo mismo que al muchacho de los Fáñez, y porque toda mi vida he sido un hombre que habla, que da la cara, que dice lo que piensa aunque escueza.
Y aquella tarde me callé. Me callé porque, mientras Sinderedo hablaba de rendición con condiciones, yo vi una cosa que no vio nadie, o que nadie quiso ver.
Vi adónde miraba el arzobispo cuando hablaba de «entregar la ciudad con dignidad».
Miraba, sin querer, hacia el altar mayor.
Hacia el tesoro. Hacia las coronas. —Dejó la copa—.
Porque una rendición con condiciones, hija, no es solo abrir una puerta.
Es entregar. Es poner en manos del que entra todo lo que da brillo a una ciudad, para ablandarlo, para comprar su clemencia: el oro de los cálices, las reliquias, y colgando sobre todo lo demás, las coronas de los reyes godos.
Eso es lo que Sinderedo va a ofrecer mañana al que venga, como quien pone la mejor pieza encima de la mesa para cerrar un trato.
Y en ese momento, oyéndolo, entendí que lo que cuelga ahora mismo sobre ese altar va a ser, dentro de tres días, el trofeo con que un obispo cobarde compre su pellejo.
Y supe lo que tenía que hacer, y supe que no podía decírselo a nadie de los que estaban en esa sala, porque cualquiera de ellos, por miedo o por congraciarse, lo contaría.
Así que voté con los demás. Voté entregar la ciudad.
Levanté la mano como un cordero más, para que mañana, cuando falte una corona, nadie piense en el hombre que votó rendirse igual que todos.
—La miró, y en sus ojos había una cosa nueva, mitad vergüenza y mitad astucia—.
Me he pasado la vida despreciando a los que callan por conveniencia.
Y hoy he callado por conveniencia, y ha sido lo más útil que he hecho por los míos en años.
Que Dios entienda la diferencia, porque a mí me cuesta.
Adosinda no dijo nada. Miró a su padre, al hombre grande que llenaba una sala con solo respirar, encogido aquella noche sobre una copa de vino, habiendo traicionado en una tarde todo lo que creía ser para salvar algo que aún no le había explicado a ella, y comprendió que estaba viendo, por primera vez, lo que de verdad cuesta hacer lo correcto cuando hacer lo correcto ya no se parece en nada a lo que uno había imaginado de joven que sería hacer lo correcto.
No se parecía a una espada en alto. Se parecía a un hombre callado, votando con los cobardes, para poder robar de noche.
—¿Robar qué, padre? —preguntó, en voz muy baja.
Su padre se levantó, apuró el vino, y por primera vez en toda la noche algo parecido a una sonrisa, dura, le cruzó la cara.
—Ponte algo de abrigo —dijo—. Y calza zapatos que no suenen. Te lo voy a enseñar.