La primera piedra (La Piedra y la Corona 1) 2 #2
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—Hay algo en la catedral que no puede caer en sus manos —dijo, y bajó tanto la voz que ella tuvo que acercarse—. No por su oro. Por lo que significa. Y esta noche, hija, antes de que el concilio entregue las llaves, tú y yo vamos a hablar de eso.

No le dijo más, y ella no preguntó, porque había aprendido también eso de él: que hay cosas que pesan menos calladas hasta que llega su hora.

Pero pasó el resto de aquel día como se pasa una víspera, con el cuerpo haciendo tareas que la cabeza no acompañaba.

Mandó cerrar y atrancar el portón grande.

Hizo bajar a la bodega las pocas piezas de plata de la casa y mandó tapiar el hueco con adobes, no porque creyera que serviría, sino porque hacer algo con las manos es el único rezo que le sale a la gente práctica.

Y desde el ajimez, a lo largo de la tarde, vio cómo su ciudad, la única que conocía, se deshacía despacio.

Mientras tapiaban la plata, se le acercó Ulfo.

Era el mayordomo de la casa, un hombre enjuto y ya viejo que había servido primero al padre de su padre, de modo que en cierto modo Ulfo era más casa que la casa misma; uno de esos criados de los de antes para los que la lealtad no es una virtud que se elige sino el material del que están hechos, como la madera está hecha de vetas.

Había enseñado a montar a Adosinda. La había llevado en hombros por aquellas mismas calles cuando ella no levantaba dos palmos del suelo.

Y ahora la miraba con una pregunta en la cara, la única que importaba en una casa aquel día.

—Los criados preguntan qué hacen, señora —dijo—. Si se quedan o se van. Tienen miedo. Y tienen razón en tenerlo.

—¿Tú qué les dirías?

—Yo les diría la verdad. —Ulfo bajó la voz—.

Que el que se quiera ir, se vaya hoy, con lo que pueda cargar, mientras los caminos del norte aún sean caminos y no una trampa.

Que nadie le va a guardar rencor. Y que el que se quiera quedar con esta casa, se quede sabiendo que esta casa, a partir de mañana, quizá no sea de quien era.

—La miró a los ojos, con esa franqueza que solo se permiten los muy viejos y los muy leales—.

Pero usted no me pregunta por los criados, señora. Me pregunta qué voy a hacer yo.

Adosinda no contestó. No hizo falta.

—Yo me quedo con usted y con su padre —dijo Ulfo, y lo dijo sin énfasis, como se dice una cosa que se decidió hace tanto que ya no es una decisión sino un hecho—.

Donde vayan ustedes. Lo que hagan ustedes.

Sin preguntar. Hay tres o cuatro en esta casa que dirán lo mismo cuando llegue la hora, gente sencilla, sin más mundo que estas paredes, que no se van a quedar a servir al moro ni a ningún otro amo.

Acuérdese de sus nombres, señora, porque le van a hacer falta.

En los días que vienen, una persona que no pregunta vale más que diez villas.

Y se fue a organizar a los que se quedaban, dejando a Adosinda con la rara sensación de haber recibido, de boca de un criado viejo, la primera lealtad de las muchas sobre las que, sin saberlo aún, tendría que construir el resto de su vida.

Por las calles empinadas bajaba un goteo de carros, de mulas cargadas, de familias enteras que se iban sin saber adónde, hacia el norte casi todas, porque el norte era una palabra que en aquellos días empezaba a significar simplemente «lejos de ellos».

Vio a una vecina, la mujer de un magnate que el invierno anterior se había sentado a aquella misma mesa, salir de su casa con dos criadas y un cofre y meterse en una litera, y vio que en el otro extremo de la calle un grupo de hombres esperaba a que la litera doblara la esquina para entrar en la casa que dejaba vacía.

Eso era ya Toledo: los que huían y, pisándoles los talones, los que aprovechaban.

Y vio también, y eso fue lo que de verdad le encogió el corazón, gente que no hacía ninguna de las dos cosas: gente parada en las puertas de las iglesias, de rodillas en mitad de la plaza, mirando hacia el sur, esperando, como se espera una tormenta que ya se oye y contra la que no hay tejado.

Hacia el atardecer empezaron a llegar a la catedral, por separado, a pie o en mula, sin pompa, los pocos magnates que quedaban y los obispos con sus clérigos, y Adosinda los reconoció uno a uno desde la ventana, como se reconoce a los deudos en un entierro.

Iban callados. Iban con esa manera de andar de los que ya han decidido lo que van a votar y solo van a la junta a que la vergüenza se reparta entre muchos.

Su padre se vistió para ir con ellos, despacio, y antes de salir se detuvo en el umbral, se volvió hacia ella y la miró un instante de más, un instante que Adosinda no supo leer entonces y que recordaría toda su vida, porque era la mirada de un hombre que se despide sin decirlo.

Fuera, las campanas de la catedral empezaron a tocar, llamando al concilio.

No tocaban a rebato ni a fiesta. Tocaban despacio, espaciadas, como se toca a muerto, y bajo aquel tañido la ciudad entera seguía conteniendo la respiración, esperando a un dueño nuevo que ya venía por la calzada del sur sin que nadie le saliera al paso.

Su padre volvió mucho después de que las campanas callaran, cuando la noche ya era cerrada y Adosinda llevaba horas esperándolo junto a una lámpara, sin coser, sin rezar, solo escuchando los ruidos de una ciudad que no dormía: portazos, cascos sobre el empedrado, de tarde en tarde un grito o una carrera o un llanto que subía de no se sabía qué calle.

Entró sin hacer ruido, se sirvió vino con una mano que ella vio temblar al levantar la jarra, y se sentó frente a su hija sin quitarse el manto.

Durante un rato no dijo nada. Luego habló, despacio, no porque ella le hubiera preguntado, sino porque hay cosas que un hombre necesita decir en voz alta una vez, delante de alguien de quien se fía, para terminar de creérselas.

—Está hecho —dijo—. Mañana al mediodía se abren las puertas.