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Lo demás fue rápido. Lo malo siempre es rápido.
La caballería árabe entró por el hueco como entra el agua por una presa rota, y el centro, que aún empujaba creyéndose vencedor, sintió de pronto el filo en la espalda.
Teudila vio doblarse la línea. Vio caer el pendón del rey, alzarse de nuevo, caer otra vez.
Vio cómo un ejército, el reino entero, la cosa más hermosa que había visto, dejaba de ser un ejército y se volvía, en el tiempo que se tarda en rezar un padrenuestro, una multitud que corría.
—¡Al puente! —gritó Materno, y lo agarró del brazo con una fuerza que el viejo no aparentaba—. ¡Al puente, muchacho, antes que los demás! ¡Gello! ¡Frumario! ¡Conmigo!
Corrieron. Tiró Teudila el yelmo grande que no le servía y la lanza que no había usado, y corrió como no había corrido nunca, contra el costado, con la boca llena de polvo y de un sabor a cobre que era el del propio miedo.
El mundo se había convertido en una sola cosa, una estampida, y en una estampida no hay valientes ni cobardes, no hay godos ni leales ni traidores: hay los que corren delante y los que caen debajo.
A su alrededor caían hombres que no volvían a levantarse, y los pisaban los de atrás sin mirarlos, porque mirarlos era pararse y pararse era morir.
Un caballo sin jinete, enloquecido, con los ojos en blanco y la silla bajo la barriga, pasó por en medio reventando la fila y sembrando más desbandada.
En aquella carrera Teudila vio cosas que no contaría nunca, ni a Adosinda, ni a Froila, ni a nadie, porque hay cosas que un hombre se traga y se guarda para que no le ensucien la boca a otro.
Vio a un obispo gordo, con la casulla embarrada hasta el pecho, gateando en el polvo entre las patas de los caballos, llamando a Dios con voz de niño, sin que el cielo, que aquella tarde estaba ocupado en otra cosa, le contestara.
Vio a uno de aquellos jóvenes hermosos de la mañana, los de las capas al viento, los que habían mirado a la leva como se mira al ganado que se lleva a la feria, y lo vio sin caballo, sin capa, sin nada, con la cara blanca y la boca abierta en un grito que el estruendo se tragaba, empujando y siendo empujado, exactamente igual de mortal y de inútil que el último de los siervos; y comprendió allí, corriendo, lo que Materno le había dicho por la mañana con otras palabras: que la estampida es el único lugar del mundo donde un señor y un labriego pesan lo mismo, que es decir nada, un estorbo para los de atrás.
Un hombre cayó justo delante de él y Teudila le pisó la mano al pasar, sintió los dedos ceder bajo la bota como cede una rama verde, oyó el alarido, y no se paró, porque no pararse era la única ley que quedaba en pie de todas las leyes de aquel reino; y aquella culpa pequeña, la de la mano pisada de un hombre cuya cara no llegó a ver, se le quedaría dentro más años que muchas de sus alegrías.
Después tropezó él mismo, en algo blando que no quiso mirar, y cayó de rodillas, y por un instante, con las palmas hundidas en el polvo y la riada pasándole por encima de la espalda a punto de hundirlo como hundía a todo el que caía, Teudila supo, con una certeza fría y sin drama, que se moría allí.
Y fue Materno quien lo arrancó del suelo, el viejo, agarrándolo del pelo y del sayo con esa fuerza de cantera que no le cabía en el cuerpo flaco, tirando de él hacia arriba mientras le gritaba a la cara una sola cosa que no era un consejo ni una oración ni una orden, solo su nombre, «¡Teudila!
», dos veces, como se grita un nombre para que el que lo lleva no se vaya por donde se estaba yendo.
Frumario cayó a su lado. No lo mató nadie, o Teudila no vio a nadie: simplemente tropezó, o le falló una pierna, o el corazón viejo le dijo basta, y se fue al suelo de bruces, y antes de que Teudila pudiera alargar la mano la riada de hombres que venía detrás le pasó por encima, lo borró, lo hundió en el polvo, y donde un instante antes había un labrador que hablaba de su centeno ya no había nada que mereciera detenerse a mirar.
Teudila gritó su nombre y Materno le gritó a él que no parara, que el que se para por un muerto se hace dos muertos, y tiró de él.
De Gello no supo nunca más: lo perdió en aquel instante, en el remolino, y a veces, años después, todavía se preguntaría si el pastor había seguido rezando hasta el final o si por fin, llegado el momento, se le habían acabado los padrenuestros.
El puente romano era una sola garganta para todo un reino que huía, y en aquel cuello de botella se mataba y se moría por un palmo de piedra.
Los hombres se empujaban contra el pretil, caían al río con la armadura puesta y se hundían como piedras, se pisoteaban en la boca del puente, se clavaban unos a otros sin querer en el apretón ciego de salvarse.
Materno tropezó otra vez, en lo peor del gentío, y Teudila lo levantó por el sayo con una fuerza que no sabía que tenía, y lo empujó delante de él, y le hizo de muro con el propio cuerpo contra la marea, igual que un buen sillar hace de muro al de arriba, hasta que pasaron al otro lado.
Pero la piedra aguantó. Mientras el reino se deshacía encima, el puente, los sillares escuadrados a hueso, la grieta del tercer tajamar más vieja que su abuelo, sostuvo a vivos y a muertos sin un crujido, igual que el día en que un cantero olvidado hacía cuatrocientos años lo había levantado pensando, quizá, en una mañana exactamente como aquella.
Al otro lado, en una loma reseca, Teudila se detuvo a recobrar el aliento, y por un instante el cantero pudo más que el hombre que huía. Se volvió a mirar.
Abajo se moría un mundo. Ardían ya las primeras tiendas; el río bajaba con cosas que no quería nombrar.
El rey Rodrigo no estaba en ninguna parte, ni vivo ni muerto, simplemente borrado, como se borra un nombre de la arena.
En una sola tarde de julio se había acabado el reino de los godos, que llevaba trescientos años creyéndose eterno y que no le había dado tiempo ni a comprender que se acababa.
Y en medio de aquello, intacto, sereno, ajeno, seguía el puente.
Teudila se quedó mirándolo, jadeando, con las manos en las rodillas y el corazón golpeándole las costillas, y por encima del horror, por debajo del horror, en algún sitio raro de sí mismo donde el cantero era más fuerte que el hombre, pensó una cosa que le dio vergüenza y que no se quitaría nunca.
Pensó: todo esto que se está muriendo se creía eterno, el rey, los condes, los obispos, las leyes, los trescientos años de godos, y se ha ido en una tarde como se va el humo.
Y aquella piedra, que no es de nadie, que no tiene nombre ni corona ni bandera, que la puso un pobre hombre como yo hace cuatrocientos años y se murió sin que nadie lo recuerde, aquella piedra sigue ahí, y seguirá cuando los que la cruzan hoy huyendo sean también polvo, y cuando los que vienen detrás a matarlos sean polvo, y cuando se hayan olvidado hasta los nombres de los dos bandos.
Lo que dura no es el rey. Lo que dura es la piedra bien puesta.
Y por primera vez, sin palabras todavía, sin saber que aquello era el principio de algo, Teudila sintió no miedo ni pena, sino una especie de hambre: el deseo terco, casi rabioso, de ser uno de esos hombres olvidados que ponen una piedra que aguanta más que los reinos.
—Vámonos —dijo Materno a su espalda. El viejo no miraba abajo; miraba al norte, donde la llanura se rizaba en colinas pardas y, más allá, en montañas que no se veían pero que estaban—. Aquí ya no hay nada que hacer.
—¿Adónde? —preguntó Teudila.
—Lejos. Arriba. Donde esos —señaló con la barbilla al humo, a los jinetes de capa clara que ya cruzaban el río— tarden en llegar.
—Tosió, se limpió la boca con el dorso de la mano, y cuando volvió a hablar lo hizo despacio, como quien enseña un oficio—.
Escúchame bien, que esto vale más que todo lo que te he enseñado a tallar.
Los reinos caen en una tarde. Lo has visto hoy con tus ojos.
Pero la piedra bien puesta dura mil años, y le da igual de quién sea la corona.
—Le puso una mano en la nuca, sucia, temblona, firme—.
Tú aprende a poner piedra, muchacho. Lo demás es humo.
Echaron a andar hacia el norte mientras a su espalda se hundía el mundo, y Teudila no lo sabía todavía, no podía saberlo, pero acababa de empezar la obra de su vida.