La primera piedra (La Piedra y la Corona 1) 1 #2
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Esperaron toda la mañana, que es lo que hacen los ejércitos: esperar bajo el sol hasta que el miedo se vuelve aburrimiento y el aburrimiento, otra vez, miedo.

El calor de julio caía a plomo sobre la llanura y el metal quemaba si se tocaba; los hombres se quitaban los yelmos y se los volvían a poner, bebían, meaban donde estaban, contaban chistes que ya nadie reía.

Pasó cerca un grupo de jinetes del rey, hermosos, jóvenes, con las capas al viento, y uno de ellos, casi un niño, miró a la fila de levados como se mira el ganado que se lleva a la feria, sin maldad, solo sin verlos del todo, y Teudila sintió por primera vez en la vida lo que era ser, a ojos de otro hombre, una herramienta y no una persona.

Teudila bebió agua tibia de un odre y miró cómo, enfrente, la línea oscura del enemigo se ordenaba sin prisa.

Eran menos. Eso se decía. Berberiscos venidos del otro lado del mar, gente flaca y reseca, montada en caballos pequeños, y unos pocos jinetes árabes de capa clara.

Menos hombres, peores armas, ningún derecho a estar allí.

Los nobles bromeaban. Alguien rió fuerte, cerca, y la risa corrió por las filas como corre el fuego por la paja.

A media mañana pasaron los curas. Venían del centro, donde estaban los obispos, y recorrían las filas en procesión, con cruces y agua bendita y un latín que la mayoría no entendía y que por eso mismo consolaba más, porque al miedo le va bien lo que suena a sagrado aunque no se entienda.

Un clérigo joven, sudando bajo la casulla, roció a la fila de levados con el hisopo, deprisa, sin mirarlos, como quien riega un huerto, y a Teudila le cayeron unas gotas en la cara, frescas un instante en aquel calor, y vio que Gello cerraba los ojos y movía los labios y que hasta Frumario, que no había parado de hablar del centeno, se quedaba callado y se santiguaba.

Era raro. Toda aquella gente que iba a matar y a morir en unas horas recibía, antes, una bendición, como si Dios pudiera estar a la vez en los dos lados de un río, bendiciendo a los que se iban a degollar.

Materno no se santiguó. Materno miró pasar a los curas con una cara que Teudila no le sabía leer, ni de burla ni de fe, y solo dijo, cuando se alejaron: «Los romanos también traían a sus sacerdotes a las batallas.

Y mira dónde están los romanos.» Y volvió a callar.

La mañana se estiró hasta hacerse insoportable.

Hay una hora, en la espera antes de una batalla, en que el miedo deja de ser un sobresalto y se vuelve un peso sordo, una cosa que se instala en el estómago y ya no se va, y los hombres, para no pensar, hacen tonterías: afilan filos que ya están afilados, atan y desatan correas, repiten en voz baja el nombre de los suyos.

Frumario sacó de la camisa un trapo con un mendrugo y un poco de tocino y se puso a comer, despacio, ofreciéndoles a todos, y comieron, porque comer es lo más parecido a vivir que se puede hacer cuando se está esperando a morir.

Gello le preguntó a Teudila, de pronto, si creía que dolía mucho.

Teudila no supo qué contestar y dijo que no sabía, que él tampoco se había muerto nunca, y Gello se rió, una risa pequeña y agradecida, y por un momento los dos fueron solo dos muchachos sentados al sol, y no dos piezas de una hueste, y aquel momento, absurdamente, fue bueno.

Teudila lo recordaría: que la última hora entera del mundo viejo, antes de que todo se rompiera, se la pasó comiendo tocino al sol con un pastor que rezaba y un viudo que hablaba de su centeno, y que no estuvo mal.

Y, como les pasa a los hombres en esa hora, en que el cuerpo no tiene nada que hacer y la cabeza se llena de lo que uno fue, a Teudila se le vino encima su vida entera mientras esperaba.

Se acordó de los dieciocho días de marcha, que había contado uno a uno haciendo una muesca en el astil de la lanza cada amanecer, una costumbre de cantero, que mide el tiempo en marcas como mide la piedra en hiladas.

Se acordó de la primera muesca, de la mañana en que el merino del conde se presentó en la cantera con dos hombres a caballo y una lista, y leyó en voz alta los nombres de los que el señor debía al rey, y entre ellos el suyo y el de Materno; y de cómo había entendido, ya entonces, que no era casualidad, que un noble que ha de dar tantos hombres a la hueste no manda a sus mejores labradores en plena siega, sino a los que le sobran, y que dos canteros que pasan el verano picando sillares para una iglesia que puede esperar son justamente lo que sobra.

Se acordó, sobre todo, de su padre, muerto cuando él tenía once años, aplastado en aquella misma cantera por un bloque mal calzado que se soltó de las cuñas mientras lo volteaban, sin un grito, en el tiempo que se tarda en parpadear; y de cómo, desde entonces, lo había criado el oficio, y lo había criado Materno, que se lo llevó consigo sin que mediara entre ellos una sola palabra de adopción, como quien recoge una herramienta buena que ha quedado huérfana y sería un pecado dejar que se oxidara.

De Materno había aprendido todo lo que sabía: a leer una veta antes de meterle el puntero, a oír por el sonido del golpe si una piedra estaba sana o tenía un pelo dentro que la partiría a la tercera helada, a escuadrar un sillar de modo que asentara sobre el de abajo sin balancearse, sin una mala junta, sin una cuña de remiendo.

«La cuña es la vergüenza del cantero», le repetía el viejo desde que era un crío.

«Una cuña dice que no supiste cortar. Cualquiera apila piedras; el burro apila piedras.

El cantero las hace asentar. El día que pongas un muro entero sin meter una sola cuña, ese día, y no antes, empezarás a ser de los míos.

» Teudila tenía ya muchos muros a su espalda sin una sola cuña, y Materno seguía sin decirle que era de los suyos, porque a un hombre no se le dice eso hasta que es tan tarde que ya no puede engreírse con ello.

Y allí, sentado al sol, esperando una batalla que a lo mejor no veía terminar, Teudila pensó, con una rabia tranquila, que sería una estupidez de las grandes morir aquella tarde con una lanza en la mano sin que el viejo le hubiera dicho nunca, ni una vez, que ya era de los suyos.

Materno no reía. Materno miraba el ala derecha de la hueste, donde se agrupaban los hombres del conde, los de las grandes casas, los que el invierno anterior habían susurrado en Toledo que Rodrigo no era rey legítimo, que el trono le pertenecía a los hijos del difunto Witiza, que más valía un pacto que una corona usurpada.

Miraba esas banderas como se mira una viga que cruje.

—Si esos no cargan cuando suene el cuerno —dijo en voz muy baja, solo para Teudila—, estamos muertos.

El cuerno sonó al mediodía.

Lo que pasó después, Teudila no lo entendió mientras pasaba.

Nadie entiende una batalla desde dentro; solo se ve el trozo que cabe entre dos hombros y se oye un ruido que no se parece a nada, un ruido de mar y de herrería y de animales.

El centro chocó con el centro. La tierra subió en polvo.

Hubo un empujón, un retroceso, otro empujón.

Por un instante largo, eterno, pareció que era verdad lo que decían los nobles: que eran más, que aquello sería corto, que para la cena estarían contando muertos ajenos.

Al principio, desde la última fila, casi no se veía nada.

Solo las espaldas de los de delante, una pared de hombros y nucas y astiles, y por encima un polvo que subía y lo amarilleaba todo, y un clamor que no venía de ningún sitio y venía de todas partes.

Teudila apretaba su lanza inútil sin saber qué hacer con ella, hombro con hombro con Gello, que ya no rezaba en voz baja sino a gritos, y con Frumario, que se había quedado mudo del todo y temblaba como un perro mojado.

Materno no temblaba. Materno estaba muy quieto, con los ojos entrecerrados, leyendo el ruido como leía la piedra, escuchando la batalla más que mirándola, y Teudila aprendió aquel día que el miedo de verdad no grita: el miedo de verdad calla y mira.

—Aguanta el centro —murmuró el viejo, para sí—.

Todavía aguanta. Empujan los nuestros. ¿Lo oyes?

Empujan hacia delante. —Y por un momento hubo en su voz algo que no era esperanza, porque Materno no era hombre de esperanzas, pero se le parecía—.

A lo mejor el viejo se equivoca, después de todo. A lo mejor hoy las grietas aguantan.

Llegaron los primeros heridos a la retaguardia, arrastrándose o sostenidos por otros, hombres con la cara abierta, con un brazo colgando, con flechas clavadas que miraban con un asombro de niño, como si la flecha fuera de otro.

Pasó uno a un palmo de Teudila, sujetándose con las dos manos las tripas, andando muy despacio y muy derecho hacia ninguna parte, con una expresión casi serena, y nadie lo ayudó porque nadie sabía cómo se ayuda a eso.

Y aun así, por encima de todo, seguía corriendo entre las filas la palabra de siempre, la que mata ejércitos: que ganaban, que empujaban, que eran más.

La tierra olía a sangre, a estiércol de caballo asustado y a ese polvo seco de julio que se metía en la boca y la dejaba como de yeso.

Por un instante, uno solo, todo pareció ir bien.

Entonces miró a la derecha.

El ala del conde no había cargado. Estaba allí, entera, los pendones quietos en el aire muerto del mediodía, mil lanzas que no bajaban.

Y mientras Teudila miraba, sin creerlo, las vio girar.

No hacia el enemigo. Hacia ningún sitio.

Las grandes casas dieron media vuelta con la calma de quien ha tomado una decisión hace tiempo y solo esperaba la hora, y dejaron el costado del rey desnudo como una herida abierta.