La primera piedra (La Piedra y la Corona 1)
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Primera parte · La caída
Lo primero que vio Teudila aquella mañana no fue al enemigo, sino una grieta.
Cruzaba el puente con el resto de la mesnada, arrastrado por la corriente de hombres y mulas, y mientras todos miraban al frente, hacia el río pardo, hacia el polvo del otro lado donde aguardaban los moros, él miró hacia abajo, al pretil.
La piedra era romana. Lo supo antes de tocarla, por la talla: sillares grandes, escuadrados a cincel con una paciencia que ya nadie tenía, encajados a hueso, sin una pizca de mortero, y aún así tan juntos que no habría entrado entre ellos la hoja de un cuchillo.
Cuatrocientos años, quizá más, soportando carros, riadas, ejércitos como aquel.
Y en el tercer tajamar, una grieta fina como un cabello que subía en diagonal y se perdía bajo el musgo.
—Va a aguantar —dijo a su lado el viejo Materno, que le había visto mirar—. Esa grieta tiene más años que tu abuelo. Los romanos no construían para una guerra. Construían para todas.
Teudila no respondió. Tenía veintitrés años, las manos llenas de cicatrices blancas de la cantera y un yelmo prestado que le venía grande y le resbalaba sobre las cejas.
No era soldado. Era cantero, como Materno, como el padre de Materno; pero el rey había llamado a la hueste y un señor no distingue, cuando llama, entre el que sabe matar y el que sabe levantar un muro.
A los que sabían levantar muros los ponían a abrir fosos, a apuntalar empalizadas, a cargar piedra.
Los ponían, llegado el día, en la última fila, con una lanza que no sabían usar.
Aquella mañana, sin embargo, nadie pensaba en filas ni en oficios.
Toda la hueste empujaba a la vez hacia el puente, deseosa de cruzar de una vez y acabar con dieciocho días de marcha y de miedo, y se apretaba en la garganta de piedra como se aprieta el agua en un embudo.
Olía a estiércol de mula, a sudor de miles de hombres juntos, a metal caliente bajo el sol de julio.
Y al otro lado del río, lejano pero ya audible por encima del rumor de la propia hueste, llegaba un sonido que Teudila no había oído en su vida: un golpeteo seco de tambores y un murmullo de voces en una lengua extranjera, los moros ordenándose sin prisa, esperándolos.
Teudila no había visto un moro nunca. Iba a verlos aquella tarde más de cerca de lo que ningún hombre quiere ver a su enemigo.
Apretó la lanza prestada que no sabía usar, miró aquel polvo del otro lado, y sintió en el estómago, por encima del miedo que ya traía de días, algo peor y más nuevo: el presentimiento de que aquella mañana tan hermosa, tan llena de pendones y de sol, iba a terminar de una manera que ninguno de los que cruzaban, tan seguros, tan numerosos, se atrevía siquiera a imaginar.
Delante de ellos, en la riada de hombres que cruzaba el puente, iban otros dos de la misma leva, y Teudila los conocía ya de las semanas de marcha como se conoce a la gente con la que se ha pasado miedo y hambre.
Uno era Gello, un pastor de la sierra, un mozo de su edad, ancho de espaldas, con cara de no terminar de entender por qué lo habían sacado de sus cabras para ponerlo en aquello; rezaba en voz baja, sin parar, un padrenuestro tras otro desde el amanecer, como quien acarrea agua con un cubo agujereado y no se rinde.
El otro era Frumario, un labrador ya entrado en años, viudo, que había dejado a tres hijos al cuidado de una hermana y que llevaba toda la marcha hablando del centeno, de la cosecha que se iba a perder, del grano que estaría granando en su era sin nadie que lo segara, como si nombrando la siega pudiera conjurar la batalla y devolverse a sí mismo a su tierra.
—Yo no sé ni cogerla —dijo Frumario de pronto, mirando su propia lanza como se mira una culebra que se ha metido en casa—. ¿Tú sabes, cantero? Dime la verdad.
—No —dijo Teudila.
—El viejo sabrá.
—El viejo tampoco —dijo Materno sin volverse, abriéndose paso—.
El viejo sabe lo único que hay que saber hoy, que es dónde está este puente y de qué lado se corre cuando esto se tuerza.
Lo demás, rezad, que para eso sí servís.
Y vosotros dos, oídme bien: no os separéis de mí.
—Lo dijo sin dramatismo, en el mismo tono con que habría dicho dónde dejar las herramientas al acabar la jornada, y por eso mismo se le creyó más que a cualquier capitán.
Gello dejó un momento sus padrenuestros.
—¿Y por qué se va a torcer, abuelo? Somos más. Lo dice todo el mundo.
Materno no contestó enseguida. Habían llegado al centro del puente, donde el río corría más hondo y más oscuro bajo los arcos, y el viejo se detuvo un instante, contra la corriente de la gente que empujaba por detrás, con la palma abierta sobre el pretil romano, sobre los sillares que cuatro siglos antes había escuadrado y asentado otro hombre de su mismo oficio, un hombre sin nombre, muerto hacía tanto que ni el polvo de sus huesos quedaba, y que sin embargo seguía allí, en cierto modo, sosteniendo a aquel reino que cruzaba sobre su trabajo sin saberlo.
Teudila vio que el viejo cerraba los ojos un momento, como si la piedra le hablara, y no supo si rezaba a su manera o solo descansaba la mano sobre algo firme en una mañana en que todo lo demás temblaba.
—Porque todo el mundo dice lo mismo —contestó Materno al fin, reanudando el paso—. Esa es la razón, muchacho. Cuando en una hueste entera todos dicen lo mismo, es que ya nadie está mirando. Y el que no mira, cae. En la cantera y en la guerra es igual.
Al otro lado del puente, la llanura se abría hacia el sur, temblando de calor.
El reino entero parecía estar allí. Pendones, mulas, el brillo sucio de mil cotas de malla bajo el sol de julio.
En el centro, sobre un caballo blanco que no necesitaba ver dos veces para reconocer, cabalgaba el rey Rodrigo, y los hombres se volvían a su paso como las espigas se vuelven al viento.
Era hermoso de ver. Teudila lo recordaría toda su vida: lo hermoso que era aquel ejército la última mañana en que existió.
—No me gusta —murmuró Materno.
—Somos más.
—Por eso no me gusta. —El viejo escupió al polvo—. Cuando un hombre se cree más, deja de mirar la grieta.
Cruzaron al fin y los fueron repartiendo.
A los de la leva, a la gente sin oficio de armas, los llevaron a la parte de atrás del centro, detrás de los hombres del rey, detrás de las cotas de malla y las buenas lanzas, en esa última fila que es a la vez la más segura y la más inútil, porque desde allí no se pelea: desde allí solo se ve pelear y se huye o se muere según sople la suerte.
Materno los colocó a los cuatro juntos, contra un carro de la impedimenta, en un sitio desde el que se veía bien el puente a la espalda, y Teudila comprendió que el viejo no había elegido aquel rincón por casualidad, sino por lo mismo por lo que un cantero elige por dónde empezar a desmontar un muro: por dónde se sale.
Desde allí, Teudila vio desplegarse el reino entero a lo largo de la mañana, y nunca olvidaría aquella visión, porque fue la última vez que existió.
El centro, donde estaba el rey con los suyos, era una masa compacta y reluciente, miles de hombres, los pendones de las grandes ciudades, el oro de los obispos que habían venido a bendecir lo que daban por una jornada de caza.
A la izquierda, otra ala, más pobre, de gente levada como ellos, peones, fundíbulos, una morralla de lanzas mal igualadas.
Y a la derecha, separada, distinta, casi un ejército dentro del ejército, el ala de las grandes casas: jinetes magníficos, caballos enmantados, los hombres de los condes del norte y de los parientes del difunto rey Witiza, gente que había venido con sus mesnadas enteras y que se mantenía un poco aparte de todo, como quien acude a una boda a la que en realidad no quería ir.
—Mira ésos —dijo Materno en voz baja, con la barbilla—. Los de la derecha. ¿Ves cómo están?
—Como todos.
—No. No como todos. Mira los caballos. Frescos.
Mira a los hombres: ni sudan. Llevan toda la mañana sin acercarse al rey ni un paso, ni para saludarlo.
Una hueste que va a morir junta se junta, muchacho.
Se buscan, se palmean, se gastan bromas malas para no pensar.
Ésos no. Ésos están aquí como el que viene a ver una pelea de perros y ya ha apostado por el otro perro.
Teudila no sabía de política, pero había oído, como todo el mundo, los retazos que se contaban en los caminos y en las eras.
Que Rodrigo no era rey por sangre sino por mano, que lo habían alzado los nobles del sur sobre los hijos de Witiza, el rey anterior, saltándose a los herederos legítimos.
Que los witizanos no lo habían perdonado.
Que durante el invierno, en Toledo, había habido juntas a media voz, cartas que cruzaban el Estrecho, gente que decía que más valía un pacto con los recién llegados, conservar las tierras y la fe doblando la cabeza, que morir por una corona que un usurpador les había quitado.
Cosas de señores. Cosas que a un cantero no le tocaban, hasta la mañana en que de pronto le tocaban del todo, porque resulta que iba a pelear en la primera línea de la disputa de unos hombres que ni sabían su nombre.
—¿Y entonces para qué han venido, si no quieren? —preguntó Frumario, que escuchaba con la boca abierta.
—Para estar —dijo Materno—. Para estar el día que se decida, y decidir ellos.
Un hombre que odia a su rey y trae mil lanzas a su batalla no las trae para ayudarlo.
Las trae para tener mil lanzas el día que el rey las necesite y no dárselas.
—Bebió un trago corto del odre, lo justo—.
Rezad por que me equivoque. Soy un viejo y veo grietas hasta donde no las hay. Es el oficio.
Pero no rezaron, porque tenían otras cosas en que pensar, y porque a esa edad cuesta creer que el mundo se vaya a romper precisamente el día que a uno le toca mirarlo.