La presa de Javier (Los hombres del Clan Mariposa nº 3) Efectos secundarios
65%

Efectos secundarios

Itzel

Me despierto con dos certezas absolutas y un dolor lumbar que cubre fácilmente todo el espectro de la queja humana.

La primera certeza es que el suelo de concreto de una habitación segura nunca ha pretendido ser una superficie para dormir, y que mi espalda ha pasado las últimas seis horas redactando una carta de reclamación dirigida a todas las decisiones de anoche.

La segunda certeza es más difícil de formular correctamente.

Algo ha cambiado entre Javier y yo, no de manera espectacular, no con banderas ni declaraciones solemnes en un pasillo iluminado con neón, sino de manera lo suficientemente real como para sentirlo en cuanto pongo el pie en el suelo y el cemento frío confirma que sí, estoy despierta y que no, no soñé los noventa minutos en que nuestros hombros casi se tocaban en la estrechez de esta habitación mientras la adrenalina bajaba lentamente en nuestros dos organismos respectivos.

Y por cierto, no solo fueron nuestros hombros los que se tocaron.

Dios mío, ya nos habíamos acostado juntos pero anoche fue grandioso. No tengo otras palabras.

Ningún muro ha caído oficialmente. Ningún acuerdo ha sido firmado.

Se fue mucho antes del amanecer con la misma economía de palabras y esa manera que tiene de no mirar atrás que parece un hábito tan antiguo que se ha vuelto reflejo.

Pero algo en sus ojos esa noche —esa manera de no mirar hacia otro lado, ni una sola vez, de quedarse ahí sin buscar la salida— se grabó en algún lugar de mi memoria con la precisión de los detalles que preferiríamos no recordar.

Preferiría no recordarlo. Lo recuerdo de todos modos.

El sol texano ya es una declaración de intenciones cuando cruzo el patio interior, mi bolsa de danza al hombro y un café en la mano —Paloma me enseñó que la cafetera arranca a las seis y que nadie habla antes de la segunda taza, lo que constituye la regla más sana de este lugar.

El calor se instala con esa calidad particular que tiene el desierto al inicio de la mañana, algo entre la promesa y la advertencia.

Las salvias plateadas que bordean el muro oeste exhalan ese olor seco y ligeramente resinoso que ha comenzado a parecerme normal, lo que dice algo sobre el tiempo que he pasado aquí.

Las montañas a lo lejos aún están en su tinte azul grisáceo de las mañanas, antes de que el sol decida transformar todo en ocre y cobre.

Este país no tiene sutileza —te pone la belleza en la cara sin miramientos, como una evidencia de la que no le importa si estás listo o no.

Empujo la puerta del estudio. Ya está ahí.

Javier está sentado en su rincón habitual, la espalda apoyada en la pared, los brazos cruzados, la expresión profesional perfectamente calibrada.

Su teléfono está sobre sus rodillas pero la pantalla está apagada.

Me mira entrar con algo en la mirada que no voy a analizar a las seis y media de la mañana con una espalda en estado de sitio.

—¿Cómo está tu espalda?

—Funcional —respondo.

—La mía me lo va a recordar durante tres días.

—Podrías haberte ido a dormir a tu cama.

—Tú también.

La respuesta sale antes de que termine su frase, y hay una fracción de segundo en que nos miramos con la conciencia compartida de lo que acabamos de decir, de lo que significa en el contexto de las últimas doce horas, y del hecho de que ninguno de los dos va a hacer algo con eso ahora a las seis y media de la mañana en este estudio.

Luego dejo mi bolsa, saco mis zapatillas, y la conversación se cierra por sí sola con la discreción de algo que no necesitaba ir más lejos para haber existido.

Me pongo en la barra para calentar. Javier no saca su teléfono.

Esta información entra por la puerta lateral de mi conciencia mientras trabajo mis pliés —estoy de espaldas a él, no lo miro, no tengo razón alguna para saber dónde están sus ojos, y sin embargo lo sé.

Lo sé de la manera en que se sabe que alguien está en una habitación sin verlo, esa conciencia periférica del cuerpo de otro que se instala progresivamente y sin autorización previa en tu arquitectura sensorial.

Me está mirando. No de manera molesta, no con esa calidad de evaluación táctica que caracterizaba sus primeros meses mirando todo en esta propiedad como una variable a integrar en un protocolo de seguridad.

Solo —ahí. Presente. Debería encontrar eso más perturbador de lo que lo encuentro.

Termino mi calentamiento, me quito las tobilleras, y enciendo mi playlist desde mi teléfono puesto en el alféizar de la ventana.

Las primeras notas llegan al espacio del estudio con esa calidad acústica particular que tiene esta madera clara bajo el techo alto —algo entre la sala de conciertos y la caja de resonancia.

El Tex-Mex a lo lejos siempre tiene sus paisajes de piedra y cielo inmenso, y la música flota sobre eso como si supiera que tiene espacio.

Comienzo. Y por una vez, no finjo que no está ahí.

No es una decisión tomada conscientemente —o si lo fue, se tomó en las capas de mi cerebro que no me envían reportes.

Bailo para mí, como siempre, en ese estado que se parece al interior de un paréntesis donde el resto del mundo no se cancela completamente pero se retira con una delicadeza que mi vida ordinaria no le conoce.

Excepto que esta vez, la presencia de Javier en el rincón de este estudio no es algo que borro de mi perímetro.

Está ahí, y la dejo estar ahí, y eso no cambia lo que hago —solo cambia la manera en que funciona el espacio entre nosotros.

Es un gesto de una amplitud considerable en la economía emocional de Itzel Soler. Prefiero no comentarlo internamente.

La coreografía que improviso esta mañana no es la que trabajaba ayer, ni la de anteayer.

Sale diferente —menos armada, con esas líneas que hace el cuerpo cuando deja de economizar algo.

Los brazos, las extensiones, el peso de la cadera que va hacia el suelo antes de subir en un movimiento que se parece a lo que se hace cuando se deja de contener.

La luz de la mañana entra por las persianas de láminas y corta el parquet en bandas de sombra y oro.

Giro, y en la rotación capto brevemente el reflejo de la pared vidriada al fondo del estudio —mi silueta, detrás de mí el rincón donde Javier está sentado, y no está mirando su teléfono.

No me mira como si fuera una evaluación o como una vigilancia profesional, ni con la distancia calculada que mantiene habitualmente entre lo que percibe y lo que deja ver.

Me mira con esa calidad de atención total que he aprendido a reconocer en él en las situaciones que realmente lo tocan, y sigo bailando porque detenerme sería admitir que miré, y no estoy lista para admitir que miré.

No suelta ningún chiste. Desde que entró a este estudio, ninguna salida lateral, ningún comentario distanciador, ninguno de esos humores de fachada que constituyen habitualmente su primer reflejo en todas las situaciones que podrían exigir algo de él.

Para Javier Vargas, esto es comparable a cruzar el Atlántico a nado, y registro este detalle en la misma zona mental donde deposité los hombros que casi se tocaban en la habitación segura, y los siete minutos. Terminaré la contabilidad más tarde.

Cuando la música se calla, permanezco algunos segundos de pie en el centro del estudio con la respiración aún ligeramente acelerada y el silencio texano recuperando sus derechos.

El suelo cálido bajo mis zapatillas. La luz ahora más alta, más directa, que transforma el polvo en suspensión de partículas doradas en el aire inmóvil.

Afuera, en algún lugar a lo lejos, un pájaro burlón hace el inventario sonoro de todas las especies del vecindario con la regularidad metódica de alguien que cobra por pieza.

Tomo mi toalla. Y espero. No sé exactamente qué espero —o sí, lo sé, pero me niego a articularlo porque articular las cosas les da un peso que no se puede redistribuir después.

Javier se levanta de su rincón con ese movimiento que tienen los cuerpos grandes que han aprendido a ser discretos a pesar de su tamaño, y cruza algunos metros del estudio hasta el lugar donde me detuve, y no hace ninguna broma.

Dice algo verdadero. Una frase corta, involuntaria, que sale sin construcción previa y que dice exactamente lo que pensó al verme bailar —no un cumplido formateado, no una observación profesional, algo que atravesó los filtros habituales porque estaban temporalmente fuera de servicio, y que aterriza en el estudio como un objeto del cual ni él ni yo sabemos muy bien qué hacer ahora que está ahí, puesto entre nosotros en la luz de la mañana.

Cruzo la sala. Me detengo frente a él. Y lo beso.

Un beso corto, neto, decidido —no un impulso sentimental, no algo romantizado con violines en la cabeza y sin aliento, nada de ese tipo.

Una decisión tomada, ejecutada, coherente con lo que entendí anoche en una habitación segura, en un suelo de concreto, con nuestros hombros casi en contacto y la adrenalina bajando lentamente en el silencio.

Siempre he funcionado así, incluso para las cosas importantes.

Especialmente para las cosas importantes.