Uno
SOPHIE
La línea del bajo me vibra contra el esternón, cada golpe sincronizado con mi pulso acelerado.
Maya prácticamente grita desde el otro lado de nuestra pequeña mesa alta, agitando su mojito en dirección a un tipo que claramente no tiene edad universitaria pero que se esfuerza demasiado por aparentar que encaja en un bar universitario.
—¿Qué tal ese? —dice—. Lleva diez minutos mirándote.
—¡Maya! —Me aferro a mi vodka con soda como a un salvavidas, rezando para que la penumbra del bar disimule el rubor que se me extiende por el pecho—. Alguien te va a oír.
—¡Esa es la idea! —Se inclina hacia mí, su largo pelo negro cayendo sobre un hombro—. Sophie, te mereces mojar. Después del verano que has tenido...
—No. —La palabra sale más cortante de lo que pretendo, y la suavizo con una media sonrisa—. Estoy bien.
—No estás bien. Estás... —Hace un gesto circular con la mano en mi dirección—. Estás más tensa que los rulos de la permanente de mi abuela. ¿Cuándo fue la última vez que te divertiste?
Me encojo de hombros intentando que parezca casual, lo cual solo hace que su sonrisa se ensanche.
Maya lleva con esta cruzada desde que las dos nos trasladamos a Pine Barren desde Michigan hace un mes.
Según ella, mi vida es de una monotonía criminal, pero no entiende que no tengo tiempo para divertirme, y sé que no tiene sentido decírselo.
—Yo me divierto —protesto sin convicción.
—Estudiar para los exámenes de farmacología no cuenta.
—No iba a decir...
—Y reorganizar tus notas clínicas por colores tampoco.
Abro la boca para argumentar que clasificar por colores es en realidad muy satisfactorio cuando algo al otro lado del bar me llama la atención.
Un chico está sentado solo en una mesa del rincón, cerveza en mano, con una naturalidad total.
Lleva una camiseta oscura de manga larga que se le tensa sobre los hombros anchos, el pelo ligeramente revuelto como si se hubiera pasado los dedos por él.
Pero lo que me impacta no es solo lo atractivo que es —que lo es—, de esa forma casual y sin esfuerzo que me provoca una tensión baja en el abdomen.
Es lo cómodo que se le ve ahí sentado, solo, un viernes por la noche.
El bar late con grupos bebiendo y gritando por encima de la música, y ahí está él, simplemente. .. existiendo.
A gusto.
Qué bien debe sentirse eso.
Solo pensar en entrar en un bar sola me hace picar las palmas. ¿Qué haría con las manos? ¿Adónde miraría? ¿Cómo evitaría sentir que todo el mundo está catalogando mi soledad? ¿Qué otra cosa podría estar haciendo con ese tiempo? ¿A quién estaría fallando por darme un capricho así?
Pero este chico lo lleva como si nada.
Le da un trago largo a su cerveza y entonces —Dios mío— sus ojos se encuentran con los míos.
La lógica me grita que aparte la mirada, pero algo en su expresión me retiene, y entonces su boca se curva en una sonrisa.
No una mueca ensayada diseñada para llevarse a alguien a la cama, ni una sonrisa arrogante que dice que sabe lo bueno que está, sino algo cálido y genuino que le marca las líneas junto a los ojos.
Mis labios se curvan antes de que pueda evitarlo, y...
—¡Dios mío! —La voz de Maya corta de golpe el hechizo en el que estoy—. ¡Estás mirando a alguien! ¡Esto es histórico! ¿Dónde tengo el móvil para documentarlo?
Me giro tan rápido que algo me tira en el cuello, la cara ardiendo con suficiente intensidad como para alimentar una ciudad pequeña.
¿Qué estoy haciendo? No conozco a este tío.
Probablemente cita a Nietzsche en las fiestas y piensa que eso lo hace profundo.
O peor, podría ser de esos que te lanzan pullitas y lo llaman coquetear. O, puaj, un deportista.
—No estaba mirando a nadie —murmuro, pero la boca se me empeña en sonreír.
Maya ya está estirando el cuello como un suricato de guardia. —¿Mesa del rincón, parece que podría levantarme en peso sin despeinarse? —Suelta un silbido bajo—. Joder, Sophie. Cuando por fin decides mirar escaparates, vas directa al expositor de Tiffany's.
—¿Puedes parar, por favor? —siseo, pero la sonrisa sigue boicoteando mi indignación.
Por esto no me salgo de mi sistema. Cuando me pica, busco a alguien en una fiesta o en un bar, dejo que den todos los pasos, les sigo el juego y desaparezco antes de que aquello se convierta en Algo.
Así no hay complicaciones, ni expectativas, ni equipaje emocional, y desde luego nada de depender de nadie. Porque eso solo lleva al dolor.
—Sigue mirando —susurra Maya con toda la sutileza de una alarma de coche.
—No es verdad.
—Que sí. Y ¡ay! Está haciendo eso de intentar que no parezca que te mira. Ya sabes, el vistazo casual por el bar que de alguna forma siempre acaba en ti. —Me agarra la muñeca—. Está barriendo... ahora en ti... y barriendo... y en ti...
En contra de mi buen juicio, echo un vistazo por encima del hombro. Su mirada me encuentra al instante, como si estuviera esperando. Esta vez su sonrisa se vuelve casi tímida, pillado con las manos en la masa, y algo cálido se despliega bajo mis costillas, expandiéndose hacia fuera.
—Se acabó. —Maya se termina el mojito con determinación de campo de batalla—. Vas a ir hasta allí.
—No voy a ir a...
—Sophie Pearson, vas a llevar tu culo bonito hasta esa mesa y vas a hablar con ese hombre, o te juro que lo haré yo por ti. Y sabes que lo voy a hacer raro.
No está faroleando. El mes pasado me presentó a un tío en una cafetería anunciando que yo estaba «soltera y con ganas pero también un poco estreñida emocionalmente». Solo el recuerdo me da ganas de establecer mi residencia permanente debajo de esta mesa.
Normalmente no me acerco a los tíos.
Normalmente estoy perfectamente satisfecha con mi sistema de orgasmos mutuos y cero números de teléfono.
Pero hay algo en la forma en que está ahí sentado que me hace querer saber por qué ha venido a un bar solo y cómo consigue que la soledad parezca una elección en vez de un fracaso, y por qué se ha fijado en mí entre todas las chicas que hay aquí, la mayoría de las cuales llevan menos ropa y beben más.
—Sophie —dice Maya como si estuviera calmando a un caballo—, lleváis cinco minutos lanzándoos miraditas. Eso es un contrato vinculante en tiempo de bar.
Tiene razón. Más o menos. En mi limitada pero eficiente experiencia con los rollos, suele haber un guion. Ellos se acercan. Se ofrecen a invitarme a una copa. Hacen charla intrascendente que ambos sabemos que son preliminares con palabras. Sugieren que nos vayamos. Yo les sigo.
Pero este chico no se levanta de su mesa.
Simplemente está ahí sentado con esa sonrisa tranquila.
Como si tuviera todo el tiempo del mundo y no hubiera ningún otro lugar donde prefiriera estar.
Lo que significa que si quiero hablar con él...
—Está bien. —La palabra se me escapa antes de que mi cerebro pueda elaborar una lista de pros y contras como es debido—. Pero si sale mal, la culpa es tuya.
Maya suelta un chillido como si estuviéramos en el colegio, luego me agarra de los hombros y me estudia como una general inspeccionando a sus tropas. —¿Necesitas un discurso motivacional?
—Necesito que dejes de montar un espectáculo con esto. —Suelto un largo suspiro y me aliso arrugas inexistentes en la ropa.
—¡Es que esto es literalmente histórico! ¡Estás acercándote a un tío voluntariamente! ¡En un bar! ¡Casi sobria!
—Apenas sobria —murmuro, pero mis pies ya se están moviendo. Me paso las manos por los vaqueros—. Y no es para tanto. Solo voy a... saludar.
Escapo antes de que pueda contestar, su alarido persiguiéndome como un grito de victoria.
Varias cabezas se giran y me planteo seriamente desviarme hacia el baño y crearme una nueva identidad.
Pero entonces le pillo la mirada otra vez, y él se endereza un poco, y de algún modo mis pies siguen avanzando hasta que estoy de pie junto a su mesa.
—Hola —digo, e inmediatamente quiero disolverme en las tablas del suelo o que me salgan alas y echar a volar.
¿Hola? ¿Esa es mi frase de apertura? ¿Y ahora qué narices hago?
Pero su sonrisa se ensancha como si acabara de dar un discurso magistral. —Hola tú también. —Señala la silla vacía—. ¿Quieres sentarte?
—Yo... —Me dejo caer en la silla, intentando canalizar aunque sea una fracción de su confianza relajada—. Es que no sé. Podrías ser muy aburrido.
Dios mío. ¿Acabo de llamarle aburrido? ¡Que alguien me confisque las cuerdas vocales, ya!
Pero se ríe —una risa cálida y grave—. —Es justo. Podría ser increíblemente soso. Igual me paso la próxima hora hablándote de mi extensa colección de sellos.
—¿Tienes una extensa colección de sellos?
—No, pero empiezo a pensar que debería. Ir a tope con el personaje. —Me tiende la mano—. Soy Mike.
—Sophie. —Le estrecho la mano. Su palma es cálida y firme contra la mía, y se la sostengo quizá un segundo de más.
Me preparo para las veinte preguntas de rigor, el cuestionario estándar de ligue de bar que ambos sabemos que es puro trámite hasta que alguien sugiera buscar un sitio más tranquilo y con menos ropa. ¿A qué te dedicas? ¿Eres estudiante? ¿Qué estudias? ¿Vienes mucho por aquí?
En vez de eso, ladea la cabeza y me observa. —Qué pulsera más curiosa.
Bajo la vista a mi muñeca, sorprendida. La mayoría de la gente ignora educadamente el desastre caótico que Hazel hizo en el campamento de verano. Cuentas rosas chillón chocan con estrellas moradas y corazones verdes, mientras una cuenta plateada con forma de dinosaurio preside el caos porque sí.
—La hizo mi hermana. Tiene ocho años. Fue un proyecto del campamento.
—El dinosaurio le da el toque definitivo.
Se me escapa una risa de sorpresa. —¡Eso mismo dijo ella!
—Una chica lista. —Se recuesta en la silla, y yo desde luego no me fijo en cómo se le tensa la camiseta sobre el pecho—. Hace poco hice un curso de joyería.
Parpadeo, atónita, porque eso no es algo que esperara que este tío dijera jamás. —¿En serio?