Capítulo 31
treinta y uno
LINC
El hielo susurra bajo mis cuchillas.
Ras, sss, ras, sss.
Cada zancada me quema los cuádriceps, pero empujo más fuerte —más fuerte que en un entrenamiento, más fuerte que durante un partido.
Me merezco el ardor, el dolor, el castigo.
Una penitencia justa por abandonar a mi equipo.
Por destrozarle el corazón a Em como si no fuera nada, cuando apenas había empezado a confiar en los hombres otra vez.
—Más rápido —me murmuro, la voz atrapada por el aire gélido. La camiseta del uniforme se me pega a la espalda, el sudor congelándose en parches de tela tiesa. La pista comunitaria vacía no devuelve más eco que el sonido de mis patines tallando patrones de autodesprecio en el hielo.
Ni siquiera me duché. Solo agarré mi equipo y conduje hasta encontrar esta pista desierta a veinte millas del campus. Un lugar donde nadie me buscaría. Sin entrenadores, sin compañeros de equipo, sin madres agitando carteles con purpurina, sin ojeadores vigilando cada uno de mis movimientos.
Sin Em con sus ojos esperanzados hablando de cenas familiares.
El recuerdo de su cara —la confusión dando paso al dolor, dando paso a la furia, dando paso a la desesperación— me revuelve el estómago. Me inclino más en el giro, forzando el filo al máximo hasta que los tobillos me gritan de protesta, pero consigo mantenerme en pie.
No puedo. Lo nuestro.
Cuatro palabras. Eso fue todo lo que hizo falta para demoler en segundos todo lo que ya habíamos construido y todo lo que yo aún esperaba construir con ella en el futuro. Vi la luz apagarse en sus ojos, esa chispa hermosa extinguiéndose por mi culpa, porque soy un cobarde.
El teléfono me vibra contra el muslo por lo que parece la centésima vez. Lo ignoro como he ignorado el resto. Mi madre ha llamado ocho veces. El entrenador, dos. Maine ha dejado tres mensajes de voz. El partido habrá acabado hace una hora, y no tengo ni idea de si ganamos o perdimos.
Lo único que sé es que el entrenador intentó detenerme y le dije que se fuera a la mierda.
Así que mi carrera en la NHL probablemente también se acabó. Los ojeadores quieren pasión, pero gritarle al árbitro hasta que te saquen una expulsión por mala conducta es tóxico.
He leído los mensajes. Los de Lea se han ido volviendo cada vez más creativos en sus amenazas contra mi integridad física. El último prometía, y cito textualmente, «reorganizar tus órganos internos en una pieza de arte moderno titulada "La muerte de un cabrón"», pero de Em no ha habido nada.
Solo silencio.
Y yo tampoco he reunido el valor para escribirle.
¿Qué le diría siquiera?
Abandono el centro del hielo y acumulo velocidad a lo largo de las bandas. El viento que genero me quema los ojos, pero no aminoro. En cambio, mi mente vuelve al otro tema que ha dominado mis pensamientos durante las últimas horas: cómo mi madre le mandó correos al entrenador a mis espaldas.
Cómo manipuló la situación para conseguirme la cocapitanía.
Cómo nada de lo que había logrado era realmente mío.
Me lanzo a un cruce brutal, cortando con tanta fuerza que el filo interior cava una trinchera en el hielo.
Al menos esa marca la he hecho yo. Al menos esa no me la regalaron.
A diferencia de la cocapitanía. Todas esas horas de entrenamiento extra, toda la mierda con Mike, el liderazgo que creía estar demostrando. .. nada de eso importó.
Conseguí la «C» gracias a mi madre.
El sonido de la puerta pesada de la pista al abrirse interrumpe mis pensamientos.
No me molesto en mirar. Probablemente sea el encargado nocturno que viene a echarme.
Le solté veinte dólares al chico adolescente de la entrada para que me dejara patinar fuera de horario, pero puede que su turno ya haya terminado.
Giro para otra vuelta, pero algo me llama la atención.
Una figura de pie junto a las bandas. Grande, silenciosa, familiar.
Freno derrapando y lanzo un arco de cristales de hielo al aire, porque el hombre que está de pie ahí es prácticamente la última persona en la Tierra que habría esperado ver. Mi padre, parado con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, observándome con esos ojos tranquilos.
¿Qué demonios?
Por un momento, solo me lo quedo mirando, preguntándome si el esfuerzo físico me está haciendo alucinar. Se supone que mi padre debería estar en el hotel con mi madre, no plantado en una pista comunitaria cualquiera a millas del campus a las... miro el reloj... 11:42 de la noche.
Me deslizo hasta donde está, el pecho agitado, las piernas temblándome de agotamiento.
—¿Qué haces aquí, papá?
—Lincoln. —Asiente una vez, parco como de costumbre. Sin movimientos desperdiciados, sin palabras innecesarias. El polo opuesto de mi madre.
—¿Cómo...?
—Google Maps. —Se encoge de hombros—. La pista de hielo más cercana.
Por supuesto. Puede que no haya hablado con mi padre —hablado de verdad— en meses, pero todavía me conoce.
Sabe que cuando las cosas se ponen feas, busco el hielo.
Siempre ha sido así, desde que era niño.
Me limpio el sudor de la frente con la manga, tomo aire y un escalofrío de emoción y agotamiento me recorre el cuerpo.
—¿Te mandó mamá? —digo.
—Está preocupada —dice—. Tu entrenador también. Todo el equipo, por lo que he podido deducir.
La culpa me golpea con renovada intensidad.
—Tiene sentido —digo.
—Te expulsaron.
—Sí.
¿Qué más puedo decir? Perdí el control. Le falté el respeto al árbitro. Sin excusas.
Mi padre me estudia durante un largo momento.
—¿Quieres contarme por qué?
Me apoyo contra las bandas.
—La verdad, no.
Asiente, aceptándolo. Otra diferencia entre él y mi madre. Ella escarbería, presionaría, exigiría respuestas. Papá simplemente... espera. El silencio se extiende entre nosotros, y después de un minuto me descubro hablando de todos modos.
—El entrenador me contó algo sobre mamá. —Bajo la mirada hacia mis patines—. Le envió un correo después de que Mike se lesionara y le dijo que me nombrara cocapitán.
Lo miro esperando sorpresa, pero papá solo parece cansado y un poco incómodo de estar desempeñando un papel al que no está acostumbrado.
—Ah.
—¿Lo sabías?
Cambia el peso de pierna.
—Lo sospechaba. Ella es... protectora con tu futuro.
Me separo de las bandas, la ira encendiéndose.
—¿Y no dijiste nada?
Papá mira el hielo, luego a mí.
—Hay un banco por allí —dice.
Por un segundo, considero negarme, pero las piernas me pesan como pasta demasiado cocida. Asiento, me deslizo hasta la salida y bajo del hielo. Me derrumbo en el banco, desatándome los patines mientras papá se sienta a mi lado con un suspiro medido.
El silencio entre nosotros es diferente del que hay con mi madre. Los de ella exigen ser llenados. Los de él simplemente existen, pacientes y sin exigencias. Es reconfortante e irritante a la vez.
—Tu madre se pone... entusiasta —dice al fin, mientras me quito el segundo patín—. A veces cruza líneas que no se da cuenta de que existen.
Resoplo.
—Entusiasta es traer a treinta amigos a un partido. Enviarle correos a mi entrenador para manipular mi carrera en el hockey es... —busco las palabras— una cagada, papá.
No se inmuta por mi lenguaje.
—Sí —coincide, lo cual me sorprende tanto que lo miro—. Lo es.
No esperaba que validara mi enojo tan rápido. Papá siempre ha sido el pacificador, el que suaviza las cosas cuando mi madre se pasa de la raya. Pero ahora no hay nada suave en su tono, solo un reconocimiento silencioso.
—Ella no lo ve así —continúa—. En su cabeza, solo te está ayudando a conseguir lo que quieres.
—Lo que ella quiere —corrijo, la amargura cubriéndome la lengua—. Contrato en la NHL. Copa Stanley. Muñecos cabezones de Lincoln García para regalar en Navidad.
La boca de papá se tuerce ligeramente.
—Lo de los muñecos cabezones sería algo.
A pesar de todo, suelto una carcajada corta e involuntaria.
—No estás ayudando.
—Perdona. —Su sonrisa se desvanece y baja la mirada a sus manos.
—¿Por qué no la detuviste? —La pregunta sale más áspera de lo que pretendía.
—No puedo impedir que tu madre sea quien es.
—Lo dice con sencillez, sin resentimiento—.
Solo puedo hablar con ella después, que lo haré.
Pero no se trata realmente de eso, ¿verdad?
Porque, aunque sé que quieres mucho a tu madre, no es la primera vez que te enfadas con ella, y nunca habías hecho esto, ¿no?
Me froto las palmas contra los muslos sudados, frustrado de que todavía pueda leerme con tanta facilidad a pesar de lo distantes que hemos estado últimamente.
—¿Qué quieres decir?
—No habrías explotado contra un árbitro hasta ganarte una expulsión por mala conducta solo por una mala jugada. —Se gira ligeramente para mirarme más de frente—. Hay algo más.
Las ganas de evadir son fuertes, pero ¿para qué? Ya estoy metido en la mierda hasta el cuello. Mi madre manipuló mi carrera en el hockey. Abandoné a mi equipo en medio de un partido crucial. Rompí con la chica más increíble que he conocido de la forma más cobarde posible.
Así que se lo cuento todo.
Cómo la revelación del entrenador me hizo cuestionar cada logro que he tenido en mi vida. Cómo empecé a preguntarme si realmente merecía la beca, la capitanía, la atención. Cómo siento que he estado viviendo mi vida sobre unos raíles que mi madre trazó para mí...
Y después le cuento lo de Em.
—Conocí a una chica —digo, y la voz se me baja—. Es... diferente. Inteligente. Graciosa. Me canta las cuarenta. Me hace sentir como... —lucho por encontrar las palabras— como que soy algo más que un jugador de hockey con una reputación en el campus.
Papá escucha sin interrumpir, los ojos fijos en los míos.
—Al principio solo nos acostábamos —continúo—, pero luego se convirtió en algo real. O al menos yo pensaba que era real. Me pidió que conociera a su familia, y entré en pánico.
—¿Cómo?