Capítulo 30
treinta
EM
Prácticamente me estampo contra el muro de músculo que es Lincoln Garcia.
Un momento estoy volviendo del baño, todavía molesta conmigo misma por haberme perdido lo que al parecer fue una parada espectacular de Rook —según no paraban de exclamar todas en el baño de mujeres— y al siguiente, estoy cara a cara con mi novio, que parece a punto de combustión espontánea.
—¡Linc! —Mi cara automáticamente esboza una sonrisa—. Yo...
La voz se me corta en seco cuando registro su expresión. Tiene la mandíbula tan apretada que juro que puedo oír cómo le rechinan los dientes. Ojos encendidos, hombros rígidos... nunca lo había visto así. Si la ira fuera visible, el aire a su alrededor crepitaría con relámpagos rojos.
—¿Qué pasa, Linc? —Mi sonrisa se evapora más rápido que vodka derramado en una fiesta de fraternidad—. Háblame...
—Coach —murmura, con la mirada fija en algún punto más allá de mi hombro izquierdo—. Acabo de hablar con Coach Barrett.
Espero a que continúe, pero no dice nada más. Solo ese músculo de su mandíbula saltando como si intentara escapársele de la cara. Y mientras lo veo librar una batalla en su propia cabeza tan feroz como la que se libra en el hielo, estalla una guerra en la mía sobre cómo manejar esto.
Di algo. Lo que sea. Él siempre sabe qué decir cuando tú estás mal.
—¿Mala charla? —me aventuro, lo cual... vaya forma de decir lo obvio, Em.
Linc emite un sonido que podría ser una risa si no fuera tan hueco.
—Sí...
Esto es raro. Ya tengo claro que cuando Linc está molesto, habla.
Procesa en voz alta, camina de un lado a otro, gesticula con esas manos tan expresivas.
Incluso la noche que se presentó en mi residencia sin avisar.
.. estaba molesto, pero abierto. Pero esta versión suya, silenciosa, como una estatua, me resulta completamente ajena.
Mis pensamientos giran como una rueda de hámster a triple velocidad. Necesito arreglar esto, pero no sé qué es esto.
—¿Quieres hablar de ello? —intento.
Cuando niega con la cabeza una vez, seco y definitivo, cambio el peso de un pie a otro, hiperconsciente del rugido amortiguado de la multitud a unos pasillos de distancia.
El segundo periodo debe haber empezado sin él.
Eso no puede ser bueno, teniendo en cuenta que es cocapitán y este es un partido contra un rival directo.
—Linc, ¿esto es por los ojeadores?
—Para —me corta, y esa única palabra rasga el aire entre nosotros.
Mierda. Al parecer he tocado justo el nervio equivocado.
El silencio se extiende entre nosotros, fino y frágil como hielo en primavera.
Y de repente, mi mente me grita que haga algo, lo que sea, y rápido, porque parte de ser una buena novia es estar ahí cuando hay mucho en juego y la cosa se pone fea.
Y quiero desesperadamente ser la novia de Lincoln Garcia.
—Anoche estuve hablando con mi abuela —suelto, las palabras saliendo a borbotones antes de que pueda detenerlas. Mi cerebro ha entrado oficialmente en modo pánico, lo que en mi caso significa diarrea verbal—. Sobre que conozcas a mi familia... y nos ha invitado a cenar la semana que viene.
Linc parpadea, mirándome por fin directamente con una expresión de desconcierto.
Como si de repente me hubiera puesto a hablar en klingon.
Pero no puedo parar. Es como si mi boca hubiera decidido que este es el momento perfecto para hablar de los planes del próximo fin de semana, cuando en realidad es probablemente el peor momento posible.
Sigo adelante.
—Está emocionadísima. O sea, niveles ridículos de emoción. Ya está planeando todo un banquete francés con un montón de platos que cree que te van a gustar basándose en cosas que le he contado, lo cual es dulce pero también un poco aterrador porque mi abuela puede ser un poco... intensa.
Cállate. Por el amor de Dios, cállate.
—Y le dije que no se pasara, pero eso es como decirle a un pez que no nade, ¿sabes?
Pero te prometo que no será agobiante. Louis también estará, como habíamos hablado, y es genial para rebajar la tensión.
¡No es que vaya a haber tensión! A mi familia le vas a encantar. O sea, ¿cómo no? Eres genial y...
—Em. —La voz de Linc es suave pero firme, y mi tren desbocado de palabras frena en seco.
Buen trabajo. De alguna forma has hecho que esto sea sobre ti. Comportamiento estelar de novia.
Tomo aire, obligándome a frenar.
—Perdona. Estoy nerviosa. Tú estás mal. Y no sé cómo ayudar y lo estoy empeorando.
Se pasa una mano por la cara, y por un momento parece tan agotado que quiero rodearlo con mis brazos y decirle que se olvide del estúpido partido, y ofrecerme a hacer lo que haga falta para que se sienta mejor. Pero algo en su postura me advierte que no lo toque.
Linc mira al suelo, y no sé si siquiera me está escuchando. Su cara se ha vaciado por completo: una máscara que no revela nada. Mantengo la boca cerrada hasta que por fin levanta la vista y me mira a los ojos. La ira que vi antes se ha desvanecido, dejando algo peor en su lugar.
Una mirada distante y vacía que me hunde el estómago.
—Em. —Su voz es tan baja que tengo que inclinarme para oírlo.
—¿Sí?
—No sé si puedo con esto.
Las palabras no me entran al principio, como si estuvieran en un idioma extranjero que mi cerebro no puede traducir. El corazón me late tan fuerte que parece querer escaparse de la caja torácica.
Di algo. Pide que te lo aclare. No te quedes aquí plantada como una idiota.
—Ni siquiera te he dicho cuándo es la cena —respondo, y el alivio me inunda—. ¡Pero es flexible! Podemos ponerla un día que no tengas partido. Mi abuela está jubilada, así que...
Linc vuelve a levantar la mirada hacia mí, y lo que veo en sus ojos me detiene a mitad de frase. Sus labios se aprietan en una línea fina, y veo su nuez subir y bajar cuando traga con fuerza.
—No, Em. No me refería a eso. —Hace un gesto vago con una mano entre nosotros—. No puedo con esto. Con lo nuestro.
Las palabras aterrizan como un golpe físico. El estómago se me desploma tan de repente que me mareo por un instante, como si hubiera pisado en falso en lo alto de una escalera y mi cuerpo ya se estuviera preparando para la caída.
—¿Qué? —Mi voz no suena como la mía. Es demasiado aguda, demasiado fina—. ¿Qué quieres decir, Linc?
Cambia el peso de un pie a otro, mirando a todas partes menos a mí.
—Es demasiada presión. No puedo con ella.
—¿Demasiada presión? —repito estúpidamente, sin terminar de procesarlo—. ¿Qué quieres decir? ¿Qué presión?
En algún lugar a lo lejos, la multitud ruge, un sonido que ahora parece llegar de otra dimensión. Una dimensión donde hace treinta segundos yo todavía era feliz, planeando un futuro que se evapora frente a mí.
—Necesito tiempo. —Su voz suena más plana que nunca—. Para aclarar algunas cosas.
Mi cerebro se esfuerza por encontrarle sentido a lo que está pasando. Ayer por la mañana nos despertamos en brazos del otro. Ayer por la mañana me dijo que me quería. Esta mañana nos mandamos mensajes sobre qué película ver luego. Y ahora... ¿esto?
—¿Qué cosas? —La voz me tiembla en la pregunta—. ¿Por qué no puedes aclararlas conmigo?
Niega con la cabeza, y algo en su expresión se endurece.
—Simplemente no puedo, ¿vale? Esto no es... Yo no... Necesito espacio.
Cada frase entrecortada es un clavo en el ataúd de lo que fuera que estábamos construyendo juntos, un campo de flores y un cielo de sol reducidos a cenizas y oscuridad. El pecho se me contrae dolorosamente.
—Espacio. —Le devuelvo la palabra como un eco—. Pero anoche dijiste...
—Sé lo que dije —me corta, cruzándose de brazos—. Las cosas cambian.
—¿En veinticuatro horas? —El calor me sube a la cara: ira y humillación mezclándose en una combinación tóxica—. Las cosas no cambian tan rápido. La gente no cambia tan rápido.
Un músculo de su mandíbula se contrae.
—Pues yo sí.
Lo miro fijamente, buscando alguna señal de que esto es temporal: un mal momento, un ataque de pánico pasajero por conocer a mi familia, un caso de nervios de día de partido que se ha ido de las manos. Pero lo único que veo es hielo en los ojos que ayer eran cálidos sobre los míos.
—¿Es algo que hice? —La voz se me quiebra en la pregunta, delatando la desesperación que intento esconder—. Porque si yo...
—No eres tú —dice, en la frase de ruptura más estereotipada de la historia—. Es solo que... necesito centrarme en el hockey ahora mismo. Y en los estudios. Y en arreglar mis mierdas.
—Eso es una mierda. —Las palabras se me escapan antes de poder frenarlas—. Puedes centrarte en los estudios o en el hockey y seguir teniendo novia. Declan y Lea lo hacen funcionar.
Su cara se endurece.
—Yo no soy Declan.
—No me digas —le suelto, el dolor volviéndome temeraria—. Él no dejaría a su novia en medio de un partido de hockey sin previo aviso.
Linc se estremece, y por un segundo creo que quizás he conseguido llegar a él. Quizás esto es solo un lapsus momentáneo de cordura del que nos reiremos después. En ese caso, seguirá doliendo, pero podremos seguir adelante.
—Tengo que volver —dice en cambio, señalando con la cabeza hacia la pista.
—¿Y ya está? —Mi voz sube de tono—. ¿Sueltas esta bomba y te vas?
Da un paso atrás.
—Supongo que sí. Lo siento.
Y entonces, antes de que pueda decir otra palabra, se da la vuelta y se aleja, sus anchos hombros formando una línea rígida que dice no me sigas con más claridad de la que las palabras jamás podrían.
Me quedo congelada en el pasillo, el pecho tan apretado que apenas puedo respirar. Los sonidos del partido continúan a lo lejos: silbatos, gritos, el golpe sordo de cuerpos chocando contra las bandas.
La vida siguiendo su curso normal mientras la mía implosiona.
Esto no está pasando. Esto no puede estar pasando.
Pero sí.
El pasillo vacío y el nudo frío en mi estómago son prueba suficiente. Hace apenas unos minutos estaba emocionada por verlo jugar el resto del partido y luego pasar el rato con él.
Le estaba mandando mensajes a Louis sobre qué postre preparar para nuestra cena familiar del próximo fin de semana. Me imaginaba a Linc riéndose con mi abuela y encajando a la perfección. Pensaba en un futuro juntos.
Y ahora...
Una lágrima caliente me resbala por la mejilla. Me la limpio con furia, negándome a derrumbarme en un pasillo público donde cualquiera podría pasar. Siento que las piernas me van a fallar, así que me apoyo contra la pared, intentando encontrarle sentido.
Pero no hay sentido que encontrar. Un minuto tenía un novio que me quería, y al siguiente tenía... nada.
Lo más cruel es que me sentía orgullosa de mí misma, orgullosa de haber sido por fin lo bastante valiente para abrirme, para confiar en alguien. Había superado mi miedo, mis inseguridades, mi certeza de que no merecía que me quisieran.
Le había dado a Linc todo lo que tenía.
Y él me lo había devuelto todo sin siquiera mirarme a los ojos.