La Práctica Hace la Perfección (Universidad Pine Barren 2) Capítulo 28
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Capítulo 28

veintiocho

EM

El campus está prácticamente desierto a esta hora.

Unos cuantos rezagados cruzan la explanada a toda prisa, siluetas recortadas contra el resplandor ámbar de las farolas.

Me duelen las piernas de una forma placentera después de tres horas seguidas coreografiando: ese agotamiento muscular satisfactorio que dice que hoy he logrado algo más que existir y asistir a clases.

El teléfono me vibra contra la oreja mientras la abuela Penelope se lanza a otro resumen sin aliento.

—... ¡y entonces Marcella lo confrontó por la llave del hotel! ¿Te lo puedes creer? ¡El descaro absoluto de ese hombre...!

—Espera —la interrumpo, esquivando por los pelos a un chico en monopatín. Me pego contra un árbol y mi bolsa de baile se balancea descontrolada—. ¡Oye!

El chico lanza una disculpa a medias por encima del hombro sin reducir la velocidad.

—¿Qué ha pasado? —exige la abuela—. ¿Te están asaltando? ¿Necesitas que llame a la policía? Todavía tengo el número de aquel detective de...

—Estoy bien —me río, volviendo a pisar la acera—. Solo una experiencia cercana a la muerte.

—Americanos —bufa, la palabra destilando desdén parisino a pesar de llevar más de cincuenta años viviendo aquí—. Bueno, ¿viste el episodio?

Hago una mueca, anticipando ya su reacción.

—Todavía no.

—Quoi? —La palabra explota por el teléfono con tal fuerza que tengo que apartarlo de la oreja—. ¡Amélie Charlotte Dubois! ¡Teníamos un acuerdo!

—Lo sé, lo sé. Pero tengo una razón excelente.

—¿Estás en el hospital? Porque cualquier cosa que no sea una emergencia médica es inaceptable.

Pongo los ojos en blanco, aunque, claro, ella no puede verme.

—¿Recuerdas aquello tan sabio que dijiste sobre mi situación con Linc?

—Digo muchas cosas sabias, lo cual hace absolutamente imposible llevar la cuenta de todas.

—Bueno —hago una pausa para crear efecto dramático—, tengo novio.

Hay un breve silencio, y luego una risa encantada crepita por el teléfono.

—Fantastique! ¡Así que seguiste mi consejo!

—Así es. —Una sonrisa se me extiende por la cara, las mejillas calentándose a pesar del frío—. Tenías razón. Otra vez. No dejes que se te suba a la cabeza.

—Imposible. Mi cabeza ya está demasiado llena de sabiduría para que quepa nada más —dice, la suficiencia prácticamente irradiando por el teléfono—. Bueno, cuéntame.

—Linc y yo —confirmo, esquivando un charco que brilla como cristal negro en la oscuridad—. Estamos oficialmente juntos.

—¡Detalles, ma chérie! ¿Cómo pasó? ¿Fue romántico? ¿Te levantó en brazos? ¿Le dijiste por fin lo que sientes, como te sugerí?

Me río, recordando exactamente cómo cambió nuestro estatus sentimental, lo cual involucró considerablemente menos ropa de la que estoy dispuesta a describirle a mi abuela.

—Digamos que los dos nos dimos cuenta de que queríamos algo más que nuestro... acuerdo.

—Y ahora están juntos. ¿Está a la altura de su reputación?

La cara me arde tanto que me sorprende no estar iluminando el camino.

—¡Abuela!

—¿Qué? Soy vieja, no estoy muerta. Además, fuiste tú la que me lo contó.

—¡Yo no hice tal cosa! —balbuceo, y entonces recuerdo que, en realidad, puede que sí.

Mi TDAH tiene un talento especial para lanzar mi boca a hablar antes de que mi cerebro pueda alcanzarla, sobre todo cuando estoy con personas con las que me siento cómoda—.

O sea, si lo hice, solo estaba repitiendo chismes del campus.

—Chismes bastante certeros, a juzgar por tu voz. —Su risa es pícara y cómplice—. Bien por ti, ma petite. La vida es demasiado corta para hombres mediocres.

Casi tropiezo con una grieta en la acera.

—¿Podemos hablar de literalmente cualquier otra cosa?

—Está bien, está bien. ¿Cuándo voy a conocer al chico que te tiene tan distraída para nuestros programas?

Me detengo en la entrada de mi residencia, rebuscando en mi bolsa de baile la tarjeta de acceso.

—Bueno, este fin de semana tiene un partido importante contra Brown.

—Ah, ¿así que ahora eres una de esas novias de hockey? ¿Sentada en el frío, gritando mientras los hombres se golpean con palos?

—Es una pista cubierta —la corrijo, sonriendo al imaginarme a mi elegante abuela arropada en las gradas—. Pero sí, supongo que lo soy.

—Tu madre se va a horrorizar. —La abuela se ríe y continúa—: Va a ser maravilloso ver la cara de desaprobación que pone...

Sin compartir su entusiasmo, por fin localizo la tarjeta debajo de una botella de agua medio vacía y mi agenda con código de colores.

—Mamá va a tener que aguantarse. Pero ¿qué tal el próximo fin de semana? Podría cambiar los turnos en el restaurante y podríamos ir a cenar. Louis también podría venir; creo que está libre ese fin de semana.

El chillido de emoción que suelta es tan impropio de mi abuela normalmente serena.

—Magnifique! Haré coq au vin... no, ratatouille... no, ¡las dos cosas!

Paso la tarjeta y empujo la pesada puerta para entrar en la calidez del edificio.

—No te pases, abuela. Es solo una cena.

—¿Solo una cena? Ma chérie, este es el primer chico que traes a casa para que lo conozca. Esto no es «solo» nada.

Sus palabras me crean un nudo repentino en la garganta. Tiene razón.

—Sí —consigo decir, con la voz un poco ronca—. Supongo que no lo es.

—Bien. Ahora dime, ¿le gusta la cocina francesa? Porque si es de esos chicos que solo comen tiras de pollo y pizza, necesito saberlo...

Me río; el momento de emoción se disipa.

—De hecho cocina, y aprecia la buena comida en general.

—¿Un hombre que cocina? ¡No lo dejes escapar! —Hace un ruidito de satisfacción—. Y lo de que venga Louis... ¿sigue separado de esa chica espantosa?

—Macey —respondo, subiendo las escaleras en vez de esperar al ascensor prehistórico—. Y sí, cortaron hace meses. ¿Por qué?

—Porque también voy a invitar a cenar a la nieta de Juliette. Estudia en Columbia, pero va a estar de visita el próximo fin de semana. Muy guapa, muy lista.

Me detengo a mitad de escalón.

—¿Estás intentando buscarle pareja a Louis?

—Claro que no —bufa, nada convincente—. Simplemente voy a tener a mi nieto a cenar junto con una joven encantadora que da la casualidad de que está soltera.

—Eres incorregible —anuncio.

—Estoy feliz por ti. De verdad. —Su voz se suaviza—. Tu Linc, ¿te trata bien? ¿Te respeta?

—Sí. —Llego a mi piso y me detengo en la puerta de la escalera—. Mejor de lo que esperaba, la verdad.

—Bien. Porque si no lo hace, todavía tengo aquel cuchillo de trinchar que me regaló tu abuelo por nuestro cuadragésimo aniversario. Muy afilado. Excelente equilibrio.

—Dios mío.

—¿Qué? ¡Es broma! —Hace una pausa—. Más o menos.

Me río, negando con la cabeza.

—Te quiero, abuela.

—Yo también te quiero, ma petite —dice—. Antes de que te vayas, ¿te enteraste de lo de Brianna? ¿De Love Match?

Forcejeo con la llave, intentando equilibrar el teléfono entre la oreja y el hombro.

—No, ¿qué pasó?

—¡Eliminada! ¿Te lo puedes creer? Por preparar solo dos ensaladas para el desafío de la cena romántica mientras todos los demás prepararon tres platos. ¡La traición!

—Espera, ¿qué? —La llave se me resbala de los dedos y cae al suelo con un tintineo—. No puede ser. ¡Brianna era la favorita!

—¡Lo sé! —La voz de mi abuela alcanza un tono normalmente reservado para sopranos de ópera—. ¡El juez Marcel dijo que su plato era «un insulto al romance en sí»!

Abro la puerta.

—Esto es una injusticia. A Brianna le robaron.

—Totalmente —coincide—. Ahora tienes que ponerte al día antes de nuestra próxima llamada.

—Lo intentaré —prometo, aunque mi mente ya está derivando hacia pensamientos sobre Linc; en concreto, cómo sería llevarlo a casa, verlo sentado a la mesa del comedor de mi abuela, probando su comida, encantando a mis padres. La imagen es emocionante y aterradora a partes iguales.

—Estás pensando en tu chico del hockey otra vez —dice, leyéndome la mente con ese inquietante sexto sentido de abuela—. Puedo oír cómo no me escuchas.

—Perdona —me río—. Mañana veo Love Match, lo prometo.

—Bon. Ahora ve a descansar. Se te oye cansada.

Nos despedimos, y entro en el departamento, donde me recibe al instante el olor punzante a trementina y la imagen de Lea sentada en el suelo con las piernas cruzadas, rodeada de lienzos, pinceles y lo que parece ser cada material de arte que posee.

—Ey —dice sin levantar la vista, aplicando con cuidado una pincelada de azul intenso al lienzo que tiene delante—. ¿Qué tal la danza?

Miro el reloj: las 10:47 de la noche.

—Productivo. ¿Qué es todo... esto? —Señalo la explosión creativa que cubre nuestro salón.

Se echa hacia atrás, examinando su trabajo con los ojos entrecerrados.

—Hay que entregarlo en tres semanas, pero me vino un fogonazo de inspiración y no podía dormir.

—¿Así que decidiste recrear las secuelas de un tornado en una tienda de arte?

Lea por fin levanta la vista, los ojos cansados arrugándosele en las comisuras.

—Al menos esta vez puse periódico.

—Un verdadero avance —reconozco, pasando con cuidado por encima de su trabajo—. La última vez encontré pintura en el techo. En el techo, Lea. La física ni siquiera lo permite.

—El arte desafía la física —dice con solemnidad antes de romper en una sonrisa—. ¿Vas a ir al partido de Linc mañana?

Me detengo a medio colgar la chaqueta.

—Eh, ¿quizás?

—Declan dice que es importantísimo. Si ganan, prácticamente tienen asegurado un puesto en los playoffs —dice, y luego ladea la cabeza—.

¿Quieres venir conmigo? Mike sigue en el banquillo, pero le gusta tener apoyo moral.

Y... —mueve las cejas sugestivamente— apuesto a que a Linc le encantaría verte allí.

—Sí, sería genial.

—Perfecto. —Lea vuelve a su cuadro—. El partido es a las siete. Deberíamos salir a las seis y media para conseguir buenos asientos.

—Suena bien. —Empiezo a caminar hacia mi habitación y entonces me detengo—. Acabo de invitar a Linc a cenar a casa de mi abuela el próximo fin de semana. Y posiblemente a lo de mis padres.

El pincel de Lea se congela a medio trazo.

—Vaya. Eso es... importante.

—¿Es demasiado? —La ansiedad me aletea en el pecho—. ¿Demasiado pronto? Solo llevamos oficialmente juntos como un minuto, pero se siente...

—Bien —termina Lea por mí, su expresión suavizándose—. Se siente bien. Y eso es lo que importa.

—Sí —digo, el alivio inundándome—. De verdad que sí.

Me sonríe.

—Ahora vete a la cama antes de que pises mi lienzo mojado y mueras trágicamente joven.

Bajo la vista y descubro que, efectivamente, estoy a centímetros de arruinar lo que parece ser el retrato de una mujer con ojos de caleidoscopio.

—Tu preocupación es conmovedora.

—¿Qué puedo decir? Soy muy generosa. —Lea hace un gesto para echarme—. En serio, ve. Tienes esa mirada vidriosa de cuando vas en reserva.

—Bueno, bueno. —Navego el circuito de obstáculos artísticos hacia mi habitación—. Pero si me despierto con pintura en el pelo otra vez, tú y yo vamos a tener unas palabras.

—¡Eso fue una vez! —me grita—. ¡Y se quitó... al final... a la tercera!

Cierro la puerta de mi habitación y me desplomo en la cama sin molestarme en cambiarme.

Mis extremidades se sienten deliciosamente pesadas por el baile, y mi mente ya va a la deriva hacia el sueño, llena de pensamientos agradables sobre ver a Linc mañana, animarlo cuando marque, ver cómo se le ilumina la cara cuando me descubra en las gradas.

Me quedo dormida con una sonrisa en la cara, sintiéndome más contenta de lo que me he sentido en años. Todo está por fin encajando: la danza, los estudios, mis amistades, mi relación con Linc. Incluso la idea de presentárselo a mi familia me llena más de emoción que de miedo.

Por una vez, todo en mi vida se siente perfectamente alineado, como si el universo hubiera decidido que ya he sufrido bastante y merezco algo bueno. Ojalá hubiera recordado que el universo tiene un sentido del humor retorcido y un sentido de la oportunidad impecable.