La Práctica Hace la Perfección (Universidad Pine Barren 2) Capítulo 22
61%

Capítulo 22

veintidós

LINC

El disco se desliza perfecto hasta mi palo. Una décima de segundo de pausa —lo justo para atraer al defensa— y entonces giro las muñecas y se lo envío a Maine, que baja a toda velocidad por la izquierda dejando a su rival mordiendo el polvo a mitad de pista.

El momento perfecto.

El público ruge cuando Maine la clava por la escuadra. Quedan setenta y ocho segundos del periodo y vamos ganando por dos. El marcador parpadea 3-1 y los chicos se amontonan sobre Maine como si acabara de ganarnos la Copa Stanley en vez de marcar contra Dartmouth en un partido de temporada regular.

Mientras patinamos de vuelta al centro del hielo, capto el gesto de aprobación de Mike desde el banquillo.

Tenerlo de vuelta como capitán —con una actitud nueva— ha cambiado toda la dinámica del equipo.

Para bien, obviamente. Es increíble lo que pasa cuando tu liderazgo no consiste exclusivamente en silencios hoscos y resentimiento a duras penas disimulado.

El entrenador Barrett señala un cambio de línea y me deslizo agradecido hacia el banquillo con los pulmones ardiendo. Esta noche he estado más afilado que en toda la temporada. Mis pases conectan, mis tiros van a puerta y mi posicionamiento defensivo ha sido de manual.

—Asistencia de puta madre —dice Rook, disfrutando de un momento raro en el banquillo mientras el entrenador hace debutar a un portero nuevo.

—Paradón el de antes —respondo, refiriéndome a la parada de guante absurda que hizo hace cinco minutos y que puso en pie a todo el pabellón.

Mientras trago agua, el teléfono me vibra debajo de mi sitio en el banquillo.

Técnicamente no nos dejan tener teléfonos en el banquillo, pero el entrenador hace la vista gorda con los de último año.

Normalmente lo ignoraría hasta después del partido, pero estamos a segundos del final del periodo, así que le echo un vistazo rápido.

Es mi madre:

¡Dos ojeadores en las gradas esta noche! Lo leí en el sub-Reddit de Hockey Prospects. Uno de Detroit, otro de Seattle. ¡¡¡Enséñales lo que puede hacer mi niño!!!

—Joder —murmuro, metiéndome el teléfono de vuelta en el bolsillo.

—¿Qué pasa? —pregunta Maine, deslizándose a mi lado.

—Nada. —Fuerzo una sonrisa—. Mi madre con su discurso motivacional de siempre.

Lo que no digo:

Gracias, mamá, porque justo lo que necesitaba era más presión en una noche en la que ya estoy jugando a un nivel bestial y temiendo la inevitable confrontación postpartido con la chica por la que intento no caer.

Momento perfecto. De verdad.

Suena la sirena, señalando el final del primer periodo.

Entramos en fila al vestuario, donde el entrenador nos da su versión de un discurso motivacional, que consiste en enumerar todas las formas en que todavía podríamos cagarla reconociendo de vez en cuando que «no estamos dando vergüenza del todo» esta noche.

Apenas registro el discurso. Algo sobre mantener la presión, no dejar que Dartmouth vuelva al partido y —en un giro impactante de los acontecimientos— elogiar el gol de Maine. Que el entrenador use la palabra «decente» es prácticamente una ovación de pie para sus estándares.

Mis pensamientos siguen volviendo al hecho de que en unas horas estaré en la fiesta de Declan, en la misma habitación que Em.

Lea le mandó un mensaje a Mike antes, pidiéndole que me avisara de que iba a traer a Em.

Y, después de cancelar nuestra última lección con la excusa más patética del mundo, se me ha acabado la pista de aterrizaje de las tácticas de evasión.

Algo tiene que ceder esta noche. Nuestro acuerdo no puede seguir en este limbo extraño donde estoy demasiado acojonado por lo que siento como para enfrentarme a ella, pero demasiado enganchado para cortar oficialmente.

Y, a juzgar por la mirada en sus ojos cuando se corrió conmigo, creo que ella quiere…

—¡García!

Me sobresalto, de repente consciente de que el entrenador lleva un rato hablándome.

—¿Sí, Coach?

—¿Ha oído una sola palabra de lo que he dicho? —Su ceño habitual se acentúa.

—Lo siento, Coach. No volverá a pasar.

El segundo periodo se acerca demasiado rápido.

Me ajusto los patines, me coloco el equipo e intento concentrarme en el partido en lugar de en todo lo demás que me da vueltas en la cabeza.

El mensaje de mi madre me tiene cabreado.

Sé que cree que está ayudando, pero lo único que consigue es que sea hiperconsciente de cada movimiento, y del público.

Maine me da una palmada en la espalda mientras volvemos al hielo.

—¡Vamos, joder!

Asiento, intentando igualar su entusiasmo, pero por dentro soy un desastre.

Los ojeadores en las gradas.

La perspectiva de ver a Em esta noche.

La rabia con mi madre.

La presión se siente como si me comprimiera el pecho, haciendo cada respiración más corta que la anterior.

Mike dijo que le estaba dando demasiadas vueltas, pero ¿cuándo exactamente se supone que voy a encontrar tiempo para procesar lo que siento cuando tengo las expectativas de todo el mundo aplastándome?

Salimos en fila de vuelta al hielo, y el sonido familiar de las cuchillas cortando la superficie me trae una calma momentánea.

Esto, al menos, lo entiendo. La física del hielo, la goma y la velocidad.

Las trayectorias y patrones predecibles.

Pero cuando suena la sirena para que volvamos a posición, levanto la vista hacia las gradas y me quedo paralizado.

Em está ahí.

Se está sentando junto a Lea, con cara de agotada.

Me doy cuenta de que debe haber venido directa de su turno, y algo dentro de mí se ablanda.

No tenía que venir. No después de trabajar.

No después de que la haya estado evitando.

Y sin embargo aquí está, y en el momento en que me ve, me saluda con un pequeño gesto.

Inesperadamente, mi ansiedad se calma en vez de dispararse. Algo en verla —saber que hizo el esfuerzo a pesar de todo— me ancla de una forma que no puedo explicar. Y mientras levanto la mano en respuesta, siento que puedo respirar de nuevo por primera vez en días.

Cuando el disco cae para el segundo periodo, estoy completamente concentrado. En mi primer turno, intercepto un pase, esquivo a un defensa y lanzo un tiro que falla por centímetros. En mi segundo turno, le dejo a Maine otra oportunidad de gol que el portero de Dartmouth para de milagro.

Y, mientras salgo del hielo para tomar aire, miro hacia las gradas y veo a Em observándome con atención, y algo encaja a la perfección.

Sin gritar como una loca como Lea, simplemente presente.

Atenta. Ahí, por mí, a pesar de todo. Y me hace sentir imparable.

Me saluda con la mano y le devuelvo el gesto.

Cuando planto el culo en el banquillo, respiro con fuerza, y Maine también está reventado.

Hemos estado imponiendo el ritmo, manteniendo a la defensa de Dartmouth en apuros, y está funcionando de maravilla.

Cojo la botella de agua y le doy un trago largo, sintiendo el líquido frío aliviarme la garganta reseca.

Cuando por fin recupera el aliento y deja de tragar agua, Maine me da un codazo con una sonrisa de comemierda extendiéndose por su cara.

—Así que…

—¿Qué? —resoplo, sabiendo que diga lo que diga a continuación, me va a putear. Porque conozco ese tono y esa sonrisa.

—Veo que tu novia ha llegado. —Maine mantiene un tono casual, lanzando una mirada hacia las gradas donde Em y Lea están sentadas—. Qué bonito que venga a apoyar a su hombre.

—No es mi novia —suelto automáticamente, y la negación sale disparada con una actitud defensiva que delata mucho más de lo que pretendía.

Las cejas de Maine se levantan, su expresión un claro ya, seguro, amigo que elijo ignorar. Me estudia la cara un momento y luego se echa a reír.

—Joder, García. Solo te estaba vacilando, pero ahora creo que de verdad hay algo con lo que vacilar. El putón oficial del campus purificado…

—Y una mierda —murmuro.

—Ajá. —La voz de Maine destila escepticismo—. Por eso te has puesto rojo como una virgen en el baile de graduación. —Se limpia el sudor de la frente con una toalla y le da otro trago al agua—. Y también por eso le lanzas miraditas cada vez que sales al hielo.

—No le estoy lanzando miraditas —protesto, pero hasta yo puedo oír la debilidad en mi negación—. Y hermano, estoy literalmente patinando, marcando y armando jugadas. ¿Cuándo exactamente se supone que encuentro tiempo para esas miraditas mientras juego ahí fuera, genio?

—Cada. Maldito. Turno —dice Maine, puntuando cada palabra con un golpe de su botella de agua en mi dirección—.

Pasas patinando por delante del banquillo y miras arriba para ver si está ahí.

No estaba, hasta el último turno, pero aun así mirabas.

Como un reloj. Como si alguien lo hubiera programado en tu circuito de hockey. Y entonces la viste y…

—Cállate —digo, antes de que pueda terminar.

Se ríe, pero lo deja.

Para cambiar de tema, saco el teléfono y se lo meto en la cara, con la pantalla por delante.

—Mira esto en vez de inventarte mierdas sobre mi vida amorosa.

Sus ojos recorren el mensaje de mi madre, con una media sonrisa asomando en las comisuras.

—Ojeadores, ¿eh? Tu madre tiene una red de inteligencia mejor que la CIA. —Me devuelve el teléfono con un encogimiento de hombros—. ¿Y qué más da? Estamos jugando a lo nuestro, nos están viendo en nuestro mejor momento.

Fácil decirlo para él. Sus padres no le han mencionado la NHL ni una sola vez, ni siquiera cuando lo aceptaron en nuestro programa, uno de los más prestigiosos del noreste del país. Mientras que mis padres empezaron a planificar mi carrera profesional antes de que supiera patinar hacia atrás.

—Solo desearía que parara con las actualizaciones constantes —murmuro.

—¿Es por eso que has estado raro últimamente? —pregunta Maine.

—No estoy raro.

—Claro, y yo no soy increíblemente guapo. —Sonríe—. Hablando de raros, ¿te has fijado en Mike? Está siendo capitán otra vez de verdad. ¿Hablaste con él?