Capítulo 20 #2
—No. Pero lo más importante es la presión. —Lo demuestra con un giro de la mano de la base a la punta.
Mi pulso se acelera mientras continúa bombeando su miembro, el pulgar pasando de vez en cuando por la cabeza para recoger la humedad que se acumula allí. La imagen es hipnótica: su mano firme trabajándose con la seguridad de alguien que sabe exactamente lo que le gusta.
Lo observo, cautivada por el ritmo de sus movimientos, la contracción de los músculos de su antebrazo, la forma en que sus abdominales se tensan ligeramente con cada movimiento.
Hay algo profundamente íntimo en observar a alguien tocarse, como si te dejaran entrar en un secreto que normalmente se guarda tras puertas cerradas.
Pero esta lección se siente diferente después de las revelaciones de mi abuela.
Antes, podía mantener la ilusión de que esto era puramente educativo, un intercambio clínico de información.
Ahora lo reconozco por lo que realmente es: una intimidad que requiere confianza, vulnerabilidad y una conexión que trasciende lo físico.
Esto ya no es solo instrucción.
Me pregunto si puede ver el cambio en mí, si mis ojos delatan las emociones que intento ocultar bajo la fachada de nuestro acuerdo.
—Tu turno —dice, haciendo una pausa misericordiosa en su demostración antes de que yo explote—. Solo si te sientes cómoda, claro.
Dudo. Este progreso tiene un sabor agridulce ahora.
Me estoy curando del daño de Derek, volviendo a sentirme cómoda con la intimidad, pero al mismo tiempo las palabras de mi abuela resuenan: la honestidad es libertad.
Y sin embargo sigo atrapada en el silencio, dispuesta a admitir lo que siento ante mí misma, pero no ante él.
—Podemos parar —ofrece Linc, malinterpretando mi vacilación—. No hay ninguna presión, Em.
—No, quiero hacerlo —digo, y me sorprende descubrir que lo digo en serio—. Es solo que… nunca he hecho esto delante de nadie.
Su sonrisa es tierna.
—Me honra ser el primero.
Esa sonrisa —la que le arruga las comisuras de los ojos y lo hace parecer más suave, menos estrella del hockey universitario y más alguien a quien podría importarle de verdad más allá de este acuerdo— casi acaba conmigo. Es el tipo de sonrisa que me hace querer confesarlo todo.
Me estoy enamorando de ti.
Esto ya no es solo sexo para mí.
Pienso en ti constantemente.
En lugar de eso, respiro hondo y me quito la camiseta por la cabeza.
Después el sostén.
Luego los vaqueros.
Considero brevemente quedarme con las bragas puestas, pero sinceramente, ¿para qué? Si voy a desnudar mi alma —metafóricamente—, más vale que desnude todo lo demás. Así que me escurro fuera de las bragas en un movimiento rápido antes de perder el valor.
Los ojos de Linc se oscurecen al recorrer mi cuerpo desnudo, y hay algo embriagador en el hambre que veo en ellos. Me hace sentir poderosa. Deseada. Valiosa.
—Bueno —digo, intentando sonar casual a pesar de estar completamente desnuda—, esta soy yo, lo tomas o lo dejas.
Linc parece no captar mi doble sentido, pero alarga la mano para deslizar un dedo a lo largo de mi brazo, dejando la piel de gallina a su paso.
—Perfecta.
Respiro hondo.
—Vale, eh, cuando me toco, yo… —¿Por qué es tan difícil de decir? He tenido su lengua entre mis piernas, por el amor de Dios.
—Tómate tu tiempo —dice con suavidad—. O simplemente enséñamelo.
Bien. Simplemente enseñárselo. Puedo hacer eso.
Lentamente me recuesto contra las almohadas, reproduciendo su posición de antes. Con movimientos deliberados, deslizo la mano entre mis piernas, abriéndome con dos dedos antes de tocar mi clítoris con suavidad, muy suavemente.
—Necesito casi nada de presión —explico, con la respiración ya entrecortándose un poco.
Lo demuestro, apenas rozando el sensible nudo de nervios con la yema del dedo, moviéndome en círculos diminutos que envían chispas de placer a través de mí. Es extraño cómo puedo olvidar la incomodidad cuando me concentro en las sensaciones.
—Eso es muy distinto de mí —observa Linc, mirando—. Yo necesito mucha presión.
—Ya me di cuenta —digo, continuando mis movimientos suaves—. Somos opuestos en eso.
El contraste me parece una metáfora perfecta de toda nuestra situación.
Yo voy de puntillas alrededor de mis sentimientos por él con el toque más ligero posible, con miedo de aplicar demasiada presión, mientras que él…
bueno, él es directo y firme, manteniendo las cosas bien dentro de los límites de nuestro acuerdo.
¿O no?
Estudio su cara mientras me observa tocarme. Está el deseo obvio —las pupilas dilatadas, los labios ligeramente separados—, pero ¿hay algo más? ¿Una suavidad alrededor de sus ojos, quizá? ¿Una ternura en la forma en que me mira que va más allá de la mera atracción física?
¿O solo estoy viendo lo que quiero ver?
—¿Puedo intentarlo? —pregunta, con la voz ronca.
Mi pulso se dispara.
—Sí.
Retiro mi mano, temblando ligeramente cuando su pulgar se mueve hacia mi clítoris, y aunque claramente intenta ser suave, la presión es demasiada. Me tenso, pero no digo nada. Su cara es pura concentración, tan serio y enfocado en hacerme sentir bien que no puedo criticar su técnica.
Pero Linc se da cuenta.
—¿Qué pasa? —pregunta, deteniendo la mano de inmediato—. ¿Demasiado?
—Un poco —admito, mordiéndome el labio.
—Dime —dice—. Dime siempre lo que necesitas…
Te necesito a ti, pienso, pero no lo digo.
Continúa:
—…porque de eso se trata. Quiero hacerte sentir bien…
¡Misión cumplida!
—…y cualquier chico con quien merezca la pena salir querría lo mismo.
Salir.
Ahí está esa palabra otra vez.
No «acuerdo» ni «lección», sino «salir».
Mi corazón se aferra a este desliz, una migaja de evidencia que añadir a mi colección creciente.
¿Significa algo, o me estoy agarrando a un clavo ardiendo?
La abuela Penelope me diría que hable con la verdad, pero las palabras se me quedan atascadas en la garganta.
En lugar de eso, tomo su mano y la guío, mostrándole exactamente cómo me gusta que me toquen.
—Así —susurro—. Apenas rozando. Y si pudieras acariciar también por aquí… —Le guío los dedos para que se deslicen a lo largo de mi sexo mientras su pulgar continúa con sus círculos imperceptibles.
La diferencia es inmediata.
El placer florece dentro de mí y no puedo contener un gemido suave.
Sus dedos se mueven con una precisión perfecta, siguiendo mis indicaciones.
Se siente increíble, y me descubro arqueándome hacia su contacto.
Hay algo en la forma en que me toca —con tanto cuidado y atención— que me da ganas de rendirme por completo.
—Sí —suspiro—. Eso es… es perfecto.
Y lo es. Sus dedos encuentran un ritmo que me hace jadear, la tensión acumulándose dentro de mí como un resorte que se enrosca cada vez más. Cierro los ojos, perdida en la sensación, sin ser consciente de nada más que los puntos donde su piel toca la mía y el fuego que está avivando dentro de mí.
—Mírame —ordena con suavidad—. Quiero verte.
Me obligo a abrir los ojos, encontrando su mirada. La conexión es eléctrica e íntima. Y en este momento siento como si pudiera ver a través de mí, más allá de todas mis defensas, hasta el centro de quien soy.
El placer estalla de repente, recorriéndome en olas que me dejan sin aliento y temblando. Grito, mi cuerpo arqueándose sobre la cama, mis manos aferrándose a las sábanas.
Linc me observa con una expresión de asombro y satisfacción, sus dedos continuando sus movimientos suaves hasta que los últimos temblores se desvanecen. Y cuando vuelvo en mí, lo encuentro mirándome con una sonrisa que me hace doler el pecho.
—Ha sido precioso —dice, apartándome un mechón de pelo de la cara con dedos tiernos.
Me cuesta encontrar palabras, el cerebro aún borroso de placer.
—Ha sido… guau.
Se ríe, un sonido grave y cálido que me envuelve como una manta.
—Me alegro de que lo hayas disfrutado.
Después, mis defensas están completamente abajo. Mi cuerpo se siente como mantequilla derretida: tibio, blando, un poco salado por el esfuerzo. La confesión me late justo en la garganta, casi dolorosa en su necesidad de ser dicha.
Creo que me estoy enamorando de ti.
Las palabras se forman en mi mente con una claridad estremecedora, listas para saltar de mi lengua antes de que pueda aplicar ningún tipo de filtro. Por suerte, un instante antes de soltarlo, se me ocurre algo más que necesita decirse primero.
—¿Debería… eh, hacerte correr a ti también? —pregunto, señalando hacia su erección aún muy evidente.
Algo cambia en su expresión. Una tensión sutil alrededor de sus ojos, un ligero apagón de esa sonrisa brillante. Desaparece tan rápido que casi creo haberlo imaginado.
—Podemos trabajar en eso la próxima vez —dice, con la voz extrañamente formal mientras balancea las piernas fuera de la cama—. Esta noche era para que aprendieras lo que te gusta.
—Ah. —La sola sílaba queda suspendida, incómoda, entre nosotros—. ¿Seguro? Porque de verdad me gustaría…
—Seguro. —Me corta con una rotundidad que me hunde el estómago—. Además, mañana tengo entrenamiento temprano.
Lo observo, desconcertada, mientras recoge su ropa y se viste con eficiencia. Sin demoras, sin bromas, sin nada de la picardía que suele caracterizar nuestro tiempo juntos. Sus movimientos son precisos, casi mecánicos.
—¿Está todo bien? —me atrevo a preguntar, subiéndome la sábana para cubrirme.
Asiente, pero no me mira del todo a los ojos.
—Sí, solo cansado.
No le creo, pero tampoco puedo cantarle las cuarenta sin parecer que me importa demasiado. Que me importa, pero se supone que eso no es parte de nuestro trato, y aunque estoy siendo honesta conmigo misma, no estoy lista para ser honesta con él.
Sobre todo ahora que está a punto de marcharse.
Linc ya está completamente vestido, llaves en mano.
—Te escribo para lo de la próxima lección, ¿vale?
—Vale. —Consigo sonreír, aunque la sonrisa se siente frágil en mi cara—. Gracias por esta noche. Ha sido… educativo.
Se detiene en mi puerta, dudando como si fuera a decir algo más. Durante un instante que me para el corazón, creo que va a volver, a explicar lo que acaba de pasar. En vez de eso, solo asiente, y luego se ha ido.
¿Qué narices acaba de pasar?
Hace diez minutos me miraba como si fuera la octava maravilla del mundo. Ahora prácticamente sale corriendo como si hubiera desarrollado de repente una enfermedad contagiosa.
Me hago un ovillo de costado, encogiéndome lo más posible, y repaso la noche entera buscando el momento en que todo se torció. ¿Fue algo que dije? ¿Algo que hice? ¿No fui lo bastante receptiva? ¿Demasiado receptiva?
Quizá la realidad de mí —desnuda, vulnerable, abierta a él y completamente desprotegida— fue decepcionante comparada con lo que se hubiera construido en su cabeza. O quizá…
Ay, Dios.
¿Y si se dio cuenta? ¿Y si vio en mi cara exactamente lo que estaba sintiendo? ¿Y si mis ojos delataron cada emoción complicada arremolinándose dentro de mí, no solo deseo, sino cariño, apego, sentimientos?
Está claro que es un chico que juega según las reglas.
Y la regla número tres es «nada de sentimientos».