Capítulo 13
trece
LINC
Mi cuchillo corta la cebolla con precisión ensayada mientras caigo en el ritmo familiar de la receta de Arroz con Pollo de mi abuela.
El aroma punzante me quema los ojos, pero agradezco la distracción.
Lo que sea con tal de apartar mi mente del zumbido constante de anticipación que me recorre las venas desde hace días.
Tres días desde la primera «lección» con Em, y no para de reproducirse en mi cabeza como un carrete de las mejores jugadas: su sonrisa tímida cuando le presenté mi plan de lecciones, el jadeo suave cuando le besé la clavícula, la forma en que su espalda se arqueó cuando le besé el pezón, y su gritito cuando le mordí—
El cuchillo resbala y casi me corta un dedo.
Mierda. Concéntrate, Garcia.
Paso las cebollas a un bol y sigo con los pimientos, cuya carne firme ofrece más resistencia que las cebollas. Los movimientos familiares me anclan, conectándome con docenas de tardes de domingo en la cocina de mi abuela en Virginia, sus manos pacientes guiando las mías.
«Un buen plato alimenta algo más que el cuerpo», decía en su acento musical, haciendo que picar pimientos sonara de algún modo profundo.
Pero ahora mismo, mi atención está en cualquier parte menos en estas verduras. No para de deslizarse al departamento de Em, o al próximo partido contra Colgate, y de vez en cuando al hecho de que tengo que mantener esa conversación con Mike esta noche.
Y esa conversación es la razón por la que estoy cocinando.
Maine y Dec vienen de camino, habiendo aceptado ser mis animales de apoyo para la conversación, o mis refuerzos si Mike decide tirar un puñetazo.
Maine había sugerido pizza en su departamento —territorio neutral para lo que podría ser una conversación difícil con Mike—, pero yo propuse cocinar aquí.
Echo los pimientos con las cebollas y empiezo con el ajo, aplastando cada diente con el plano de la hoja antes de picarlo en trozos diminutos.
Por eso cocino. Es metódico. Predecible.
No como el hockey, donde mil variables pueden arruinar la jugada perfecta.
No como ser cocapitán de un amigo que se está yendo en espiral.
La mesa está puesta, la arrocera enchufada, y el pollo marinándose en una mezcla de especias que calculé a ojo de memoria. Mi abuela se horrorizaría —cree en las medidas exactas—, pero lo he preparado tantas veces que confío en mi instinto.
Confianza.
Como la que Em está depositando en mí.
Y la que yo intento depositar en Mike al sincerarme con él, pese a todo.
Estoy tan metido en mi cabeza que el repentino CLAN de metal contra metal casi me hace rebanarme un dedo.
—¡Eh, Garcia! —Declan está en la puerta, sonriendo como un idiota mientras Maine golpea una olla como si estuviera llamando a cenar en un campamento de vaqueros.
—Joder —murmuro, soltando el cuchillo, aliviado de no estar decorando la cocina con un chorro de sangre—. Algo de aviso, ¿no?
—Lo hicimos. —Maine deja la olla—. Te llamamos tres veces. Estabas en tu mundo.
Antes de que pueda responder, unos pasos apresurados retumban por el pasillo.
Mike aparece en la puerta, la cara contraída de irritación, el pelo de punta como si lo hubieran electrocutado.
Lleva pantalones deportivos y una camiseta de Pine Barren Hockey que parece que no se ha lavado en una semana.
—¿Qué mierda? —exige—. Estaba meditando.
Nos quedamos congelados. El silencio se alarga un segundo de más.
—¿Estabas qué? —pregunta Maine por fin.
La expresión de Mike se endurece.
—Meditando. Es una cosa en la que te sientas y...
—Sé lo que es la meditación —interrumpe Maine—. ¿Desde cuándo haces eso?
—Desde que mi fisioterapeuta sugirió que podría ayudarme con el dolor. —El tono de Mike nos desafía a comentar—. Y ustedes, imbéciles, acaban de arruinarlo.
Declan, que jamás ha conocido una tensión que no pueda desactivar, se apoya contra la encimera.
—Lo siguiente será que nos digas que te gusta la kombucha.
—Que te jodan —murmura Mike, aunque le falta veneno. Se pasa una mano por la cara—. Era mi primera vez intentándolo, y ahora tengo que empezar de nuevo.
—¿Te ayudó? —pregunto, con curiosidad genuina—. ¿Con el dolor?
Mike se encoge de hombros, evitando mi mirada.
—No sé. No llegué lo suficientemente lejos para saberlo. —Echa un vistazo a la tabla de cortar—. ¿Qué estás haciendo?
—Arroz con Pollo. —Me encojo de hombros, aunque mentalmente me preparo para que encuentre algo que criticar—. La receta de mi abuela.
—Mejor que pizza —dice Maine, olisqueando con aprecio el pollo marinándose—. Aunque sigo sin estar convencido de que algo supere el pan de ajo de Domino's.
—Eso es porque tus papilas gustativas se atrofiaron de tantos discos en la cara —responde Declan, y se vuelve hacia Mike—.
Olvídate de la meditación. Después de unas cuantas rondas de Mario Kart, vas a encontrar otro tipo de estado de flujo.
Ese en el que nos maldices a todos por lanzarte el caparazón azul.
Mike no sonríe, pero algo de tensión se afloja en sus hombros.
—Da igual. Voy a buscar una cerveza.
Mientras va hacia el refrigerador, intercambio miradas con Maine y Declan. Esto va mejor de lo esperado. Mike se está comunicando, al menos, aunque todavía tiene todo el encanto de una serpiente de cascabel. El hecho de que no se haya encerrado en su habitación ya es una gran victoria...
Quizá esta noche no sea un desastre total.
Termino con el ajo, lo echo al bol con las demás verduras. Agarro lo siguiente y empiezo a cortarlo; las semillas y el jugo se derraman por la tabla de cortar, y me descubro pensando en cómo se abrieron los labios de Em bajo los míos, suaves y dóciles.
—Estás sonriéndole a un tomate —observa Maine—. Eso es raro, incluso para ti.
—Solo pensaba en la comida —miento.
—Tu cara de pensar en comida es diferente a tu cara de pensar en una chica.
—No tengo una cara de pensar en una chica —protesto.
Mike le quita la tapa a su cerveza.
—Sin duda la tienes. Se te pone cara de bobo.
—Gracias. Muy halagador.
Maine se vuelve hacia Mike.
—¿Mario Kart?
—Me apunto —dice Mike, sorprendiéndome con su entusiasmo—. Pido Bowser.
—Eres un estereotipo andante —se ríe Maine.
—¿Líder grande e intrépido? —bufa Mike.
—Defensa grande y gruñón eligiendo al personaje grande y gruñón —dice Maine.
Escondo mi sonrisa mientras se van discutiendo hacia la sala y encienden el juego. Es la primera vez que veo a Mike tan animado en semanas. Quizá he estado dándole demasiadas vueltas a la conversación sobre la capitanía, y quizá lo único que necesitaba era un rato normal con amigos.
—¿En qué te ayudo? —ofrece Declan, quedándose mientras los otros desaparecen por el pasillo.
Miro a Declan, de pronto consciente de los paralelismos.
El semestre pasado, estábamos en esta misma cocina, preparando la cena mientras Mike y Maine se distraían en otro lado.
Esa fue la noche en que Declan me habló por primera vez de lo que sentía por Lea —antes de que nadie más lo supiera, y antes incluso de que él se lo hubiera admitido del todo.
—El arroz está en la alacena —le digo, señalando con la barbilla—. La taza medidora está al lado del fregadero. Dos tazas, enjuágalo tres veces.
Declan asiente. Mientras mide el arroz, sigue hablando.
—Entonces —dice con tono casual—, ¿cómo te sientes con lo de Colgate?
—Mejor —admito, y hago una pausa, el cuchillo suspendido sobre las hierbas—. Aunque sigo sin tener ganas de la conversación de esta noche.
—¿Con Mike?
—Sí. —Me encojo de hombros—. Por ahora parece... marginalmente menos homicida, pero quién sabe cuánto durará.
Declan abre el grifo y enjuaga el arroz.
—Creo que está intentándolo, a su manera. Lo de la meditación me sorprendió.
—A mí también. Aunque su versión probablemente incluye visualizar cómo aplasta a sus enemigos.
Eso me gana una risa.
—Probablemente.
El silencio se extiende entre nosotros, cómodo pero con peso. Declan echa el arroz en la arrocera, mide el agua y pulsa el botón de inicio antes de volverse hacia mí.
—Oye, ¿puedo preguntarte algo? —dice, apoyándose en la encimera.
Asiento, evitando el contacto visual mientras pico cilantro, porque algo en su tono me pone en alerta.
—Adelante —digo.
—¿Me guardas rencor? ¿Por dejar el equipo? —Hace una pausa—. O sea, con la lesión de Mike y todo... te dejó mucho peso sobre los hombros.
Dejo el cuchillo con cuidado, dándome tiempo para formular una respuesta.
La respuesta honesta es complicada: una parte de mí sí le guardó rencor al principio, pero ahora —después de cargar con toda esta presión del entrenador, y la situación con Mike, y la atención constante de mi mamá— más o menos lo entiendo.
—No —digo por fin, encontrando su mirada—. O sea, sí, ha sido más difícil de lo que esperaba, con Mike y todo, pero tomaste la decisión correcta para ti. Estás enamorado de Lea y de tu arte, y los dos sabemos que ese es el futuro que quieres, no discos y patines.
Sus hombros se relajan un poco.
—Gracias. Me he sentido culpable por eso.
—Pues deja de sentirte así. Eres más feliz ahora, ¿no?
—Sí —dice, con una pequeña sonrisa asomándole en los labios—. Lo soy.
—Entonces fue la decisión correcta. —Retomo el cuchillo y sigo picando—. Además, tampoco es que hayas desaparecido. Sigues por aquí.
—Cierto. —Declan baja la voz—. Entonces... ¿tienes un plan para hablar con Mike esta noche?
—Más o menos. —Paso el cilantro a un bol pequeño—. Voy a contarle lo que dijo el entrenador, pero me preocupa echarle demasiado encima de golpe, ¿sabes? No es solo lo de la capitanía, es su actitud en general, la forma en que ha estado tratando al equipo.
—La ley del hielo —asiente Declan.
—Sí, y cuando habla, es para criticar. Los novatos andan de puntillas a su alrededor. Lo entiendo: está sufriendo, física y mentalmente, pero...
—Pero está afectando al equipo —termina Declan.
—Exacto. —Empiezo a juntar los ingredientes—. No quiero que sienta que nos estamos poniendo todos en su contra, pero esto no puede seguir así.