La Práctica Hace la Perfección (Universidad Pine Barren 2) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

El entrenador me estudia durante un largo instante, y prácticamente puedo ver cómo calcula detrás de esos ojos. Finalmente, asiente. —De acuerdo. Pero tiene que ser pronto, García. El equipo jugó bien esta noche, pero pude ver cómo su actitud los estaba afectando en el hielo.

—Me encargo —prometo, mientras una voz en mi cabeza me grita por asumir otra responsabilidad más.

—Bien. Es todo. —El entrenador vuelve a su portátil, dejando clara la despedida—. Por cierto, no estuvo mal esta noche. Ese segundo gol fue impresionante.

Por un momento, considero darle las gracias, pero el cumplido se siente vacío al lado del peso de lo que acaba de echarme encima. Así que simplemente asiento y salgo de la oficina, y soy de los últimos en llegar a las duchas para cuando por fin me he quitado toda la ropa empapada de sudor.

Me meto en la ducha y gruño de alivio cuando el agua caliente me golpea los hombros.

Cierro los ojos y dejo que el vapor me envuelva, pero no puedo sacarme de la cabeza las palabras del entrenador.

Ni los mensajes de mi madre. Habla con Mike.

Puede que haya habido un ojeador. Arregla al equipo. Llega a la NHL.

Mis hombros no solo cargan agua ahora mismo: están cargados con las expectativas de todos.

Nunca me ha molestado ser el tipo con el que la gente cuenta.

De pequeño, yo era al que mis padres llamaban cuando necesitaban mover muebles o cuando había que convencer al gato del vecino de bajarse de un árbol.

En el colegio, siempre era el líder de los trabajos en grupo porque yo me aseguraba de que las cosas se hicieran.

¿Pero esto? Ser responsable no solo de mi rendimiento sino también de la salud mental de un tipo que apenas habla ya. Que mi madre esté constantemente subiendo la apuesta en una temporada que ya de por sí es estresante, con mi futuro en la NHL en juego.

Es mucho.

Apoyo las palmas contra la pared de la ducha, con la cabeza agachada, viendo el agua dar vueltas por el desagüe.

Si tuviera un poco de sentido común, le diría al entrenador que se ocupe él mismo de Mike, dado que es su trabajo y todo eso.

Pero no lo haré. Porque necesito la recomendación del entrenador para los ojeadores y me siento en la obligación de ser un buen amigo para Mike.

Así que añadiré «arreglar a Mike» a mi creciente lista de responsabilidades, justo después de «ganar partidos», «impresionar a ojeadores», «mantener el promedio» y «averiguar por qué Em huyó de mí como si fuera contagioso».

El agua empieza a salir fría, y lo tomo como señal. La cierro y agarro la toalla, secándome rápido antes de volver al casillero. La mayoría de los chicos ya se han ido, aunque Maine sigue ahí, mirando su teléfono mientras espera.

Levanta la vista cuando me acerco. —¿Estás bien, hermano? ¿El entrenador no fue muy cabrón?

—No, el discurso motivacional de siempre. —La mentira sale fácil. No hace falta ir anunciando la situación—. Oye, sobre esta noche...

Maine sonríe. —O'Neil's nos está llamando. La primera ronda la pago yo, ya que básicamente eres la razón por la que ganamos esta noche.

Me paso la camiseta por la cabeza, sopesando la respuesta.

Normalmente, me apuntaría de cabeza a birras de pospartido.

Es tradición: ganamos, celebramos. Perdemos, bebemos para olvidar.

De cualquier forma, casi siempre terminamos en el departamento de alguien o en O'Neil's, con Maine cantando karaoke y Rook intentando ligar con chicas que le quedan muy grandes.

Pero esta noche, la idea de meterme en un bar ruidoso, recibir felicitaciones de estudiantes medio borrachos y fingir que no estoy completamente agotado suena tan apetecible como patinar descalzo sobre cristales rotos. Así que, mientras termino de vestirme, tomo mi decisión.

—Creo que paso —digo, subiéndome la cremallera de la sudadera.

La cara de Maine se descompone como si le acabara de decir que cancelaron la Navidad. —¿En serio?

—Sí, estoy reventado. Ha sido una semana larga.

—Es viernes —señala Maine, como si quizá hubiera olvidado qué día es.

Me cuelgo la bolsa del hombro. —Tómate una por mí.

Una vez fuera, el aire frío me golpea en la cara, pero se agradece después del agobio del vestuario.

El campus sigue vibrando con la energía de pospartido, estudiantes de rojo y negro dirigiéndose hacia distintas fiestas o hacia O'Neil's.

Mantengo la cabeza baja, sin ganas de chocar puños ni palmas con estudiantes de segundo borrachos.

Mi departamento está a solo quince minutos caminando, pero al llegar al borde del campus, otro destino me llama. El letrero luminoso del 7-Eleven me hace señas desde el otro lado de la calle, y de repente me invade un antojo tan específico que me hace sonreír.

Un Slurpee.

Uno del tamaño de un niño pequeño.

Es un vicio que no me he dado desde que empezó el semestre, pero después de anotar el gol de la victoria y que me asignen la tarea de darle un discurso motivacional a Mike, creo que me lo he ganado.

La campanilla suena cuando empujo la puerta, y voy directo a la pared donde las máquinas de Slurpee se alzan en toda su gloria.

Frambuesa azul es mi sabor desde los doce años, cuando mi madre y yo parábamos en la gasolinera más cercana a la pista donde estuviera jugando y los dos nos pedíamos un Big Gulp.

Pero esta noche, mirando la fila de sabores —frambuesa azul, cereza, Coca-Cola, una edición limitada verde que parece radioactiva—, dudo. Quizá sea hora de expandir horizontes. Vivir peligrosamente. Mezclar sabores como el rebelde que claramente soy.

Agarro el vaso más grande —fácilmente comparable a un cubo pequeño— y me quedo flotando entre sabores. ¿Qué es mejor? ¿Un enfoque por capas? ¿O tirar por la borda toda precaución con esa tontería de lima tropical?

Tan absorto estoy en esta decisión trascendental que no noto que alguien se acerca hasta que se le cae algo detrás de mí. Hay un murmullo de maldiciones seguido del crujir de plástico, y me giro, agachándome ya para ayudar.

Y me encuentro mirando directamente a los ojos abiertos de par en par de Em.