La Práctica Hace la Perfección (Universidad Pine Barren 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

siete

LINC

El vestuario huele menos a victoria y más a equipamiento sudado que dos docenas de tipos acaban de arrancarse del cuerpo, o sea, huele a culo puro. Y, mientras me quito la camiseta empapada y la añado a la montaña de ropa sucia destinada a Phil, nuestro utilero, lo único que quiero es una ducha.

—¡Dos goles para el cocapitán, nene! —La voz de Maine retumba por todo el vestuario mientras me da una palmada en el hombro con fuerza suficiente para dejar moretón—. ¡De eso estoy hablando!

—Un gol, una asistencia —lo corrijo, haciendo una mueca mientras roto el hombro. Tiene la fuerza de un oso grizzly y aproximadamente la misma conciencia social.

—Como si hubiera diferencia. —Desecha mi comentario con un gesto de la mano—. Ganamos por ti, hermano.

—En realidad, estoy bastante seguro de que ganamos por Rook. —Señalo con la cabeza hacia nuestro portero novato, que en este momento está ejecutando lo que parece ser un baile de celebración con movimientos de cadera y brazos excesivos frente a su casillero—. Veintisiete paradas.

—Veintiocho —grita Rook sin perder el ritmo de lo que sea que esté haciendo—. Estoy contando ese tiro que te rebotó en el culo en el segundo periodo, García.

—Mi culo no cuenta como parada. —Le lanzo un calcetín hecho bola—. Y si sigues bailando así, te vas a romper algo importante.

—¡Veintinueve! —Rook atrapa el calcetín y me lo devuelve con una puntería sorprendente—. A las chicas les encantan estos movimientos.

—Todavía no te hemos visto con una sola chica, imbécil —interviene Schmidt—. Así que primero tacha eso de la lista antes de hablar de chicas. En plural.

Me desconecto y agarro mi teléfono mientras los demás siguen lanzándole bromas a Rook.

Es el ritual de pospartido que mantengo desde primer año.

Primero, revisar mensajes. Segundo, ducha.

Tercero, decidir si salgo a celebrar o me voy a casa a ponerle hielo a la parte del cuerpo que más me esté gritando.

La pantalla se ilumina con cinco notificaciones de texto.

En el fondo, espero que una sea de Em.

Pero no. Ninguna de Em.

¿Y qué esperaba después de la que monté? ¿Un mensaje de felicitación de la chica que me miró como si acabara de anunciar mi plan de asesinar cachorros delante de todo el pabellón?

Había parecido un momento cósmico: meter ese primer gol y después levantar la vista y verla ahí. Así que golpeé mi palo contra el hielo con ritmo, la tradición consagrada del hockey de Pine Barren cuando ves a una chica que te gusta.

Un gesto que he visto hacer a un montón de compañeros, pero que nunca había intentado yo.

Porque, sinceramente, nunca me ha hecho falta.

Todo el equipo y toda la grada se habían sumado.

.. menos una persona. La persona de la que dependía todo el espectáculo.

Porque, según la tradición, si la chica que es objeto de la escena también aplaude, es básicamente un «sí» a la pregunta obvia, y las bragas estarán en el suelo en menos de una hora.

Pero ella se había quedado ahí clavada, con cara de horror. Se le pusieron las mejillas escarlata antes de darse la vuelta para no mirar a la pista. La grada había soltado un «uuuuh» audible de decepción, y bien podría haber venido acompañado de la banda sonora de un rechazo de comedia romántica.

Así que ahora, además de todo, me siento como una mierda por haberla avergonzado.

Debería olvidarme de ella, porque claramente no le intereso. Pero la realidad es que Em no es un simple rollo que no funcionó. Había algo en ella, algo en la forma en que se reía, algo en esos pocos momentos increíbles antes de que todo se fuera al carajo.

Con un suspiro, vuelvo al teléfono y veo que todos los mensajes son de mi madre. Los abro y ahí están: mamá y papá, envueltos en sudaderas de los Devils aunque están en su sala a quinientos kilómetros, los dos levantando el pulgar hacia la cámara con entusiasmo.

El mensaje adjunto dice:

¡Victoria por dos goles! ¡Así se hace! ¡Según unas madres en Reddit, puede que haya habido un ojeador hoy!

Genial. Justo lo que necesito ahora: más presión.

Que no se me malinterprete. Me encanta que mis padres me apoyen, pero a veces su entusiasmo —o, siendo sincero, el de ella— se siente menos como apoyo y más como exigencia. O sea, ¿qué se supone que le diga?

Gracias, mamá. Como si no tuviera bastante presión con Mike deprimido todo el tiempo, haberme nombrado cocapitán y estar a cargo de un grupo de animales que perdieron a sus líderes de manada, y ser incapaz de dejar de pensar en esta chica que básicamente huyó de mí como si estuviera en llamas después de que nos enrollamos. ..

Sí, eso le caería genial.

En vez de eso, escribo:

Gracias. Los quiero.

Dejo el teléfono en el banco y miro a Mike.

Está ahí sentado, con la mirada perdida en el suelo.

No ha hablado con nadie desde que salimos del hielo, y en el banquillo tampoco dijo más de dos palabras.

Ni cuando Rook hizo una parada espectacular en el tercer periodo, ni cuando yo anoté para ponernos por delante.

Simplemente... nada.

Esto no es Mike siendo su habitual yo serio. Esto es Mike metiéndose tan adentro de su propia cabeza que quizá nunca encuentre la salida. Así que, a pesar de que no tengo muchas ganas de hablar con él, agarro una toalla y me acerco, cuidando de mantener la expresión neutra.

—Oye —digo, sin forzar la voz—. ¿Quieres ir a comer algo después de esto?

Mike levanta la mirada, sus ojos tardando un segundo de más en enfocarme, como si estuviera perdido en sus pensamientos. —No.

Una sílaba. Es como hablarle a una pared.

—Dale, dale. —Asiento como si esto fuera una conversación completamente normal—. Maine y yo seguramente vamos a O'Neil's, por si cambias de opinión.

—Paso.

Dos sílabas. Todo un avance.

Suspiro y dejo de fingir. —Mira, hermano...

—No empieces. —Mike me corta, con la voz lo bastante baja para que solo yo lo oiga—. No necesito tu lástima, Linc.

Lo miro un segundo más, luego me rindo y vuelvo a mi casillero para terminar de quitarme el equipo. Lo que sea que le pase a Mike no se va a resolver esta noche. Pero tarde o temprano, alguien va a tener que abordar su actitud, porque le está bajando la moral a todo el equipo.

Pero apenas me da tiempo a sentarme cuando la puerta del vestuario se abre de golpe y entra el entrenador Barrett a grandes zancadas, portapapeles bajo el brazo, expresión imposible de leer, lo cual no es ninguna novedad.

El hombre tiene exactamente dos expresiones faciales: ligeramente molesto y extremadamente molesto.

—Buen partido esta noche —anuncia a la sala, y los chicos se callan al instante—. Son un equipo con talento, y los anularon. Rook, no estuvo mal con esas paradas en los mano a mano. García... —Su mirada se posa en mí—. A mi oficina antes de que se duche.

Y con eso, se da la vuelta y se va.

Genial.

Maine suelta un silbido bajo desde el casillero de al lado, con los ojos clavados en mí. —¿Qué hiciste?

—Existir, aparentemente. —Resoplo, intentando ignorar el nudo de miedo que se me forma en el estómago. Las invitaciones a la oficina del entrenador nunca son buenas noticias.

—A lo mejor te mandan a las ligas menores —ofrece Rook, siempre tan servicial—. Tengo entendido que la Silver Lake High School necesita un aguatero.

—Voy a pedir que te lleven conmigo —le sonrío con sorna—. Encajarías perfecto con los de catorce años.

Los chicos se ríen, pero noto que hay una persona que no esboza ni una sonrisa: Mike.

Sigue sentado en su casillero, con cara larga.

Así que, después de otro suspiro, emprendo el camino hacia la oficina del entrenador.

Al pasar junto a Mike, considero decirle algo más, pero decido dejarlo para después.

Doy un golpe en la puerta entreabierta de la oficina.

—Pase, García. —El entrenador no levanta la vista de su portátil—. Cierre y siéntese.

Hago lo que me indica, cierro la puerta detrás de mí y me siento en la silla gastada frente a su escritorio.

Las paredes de la oficina están empapeladas de horarios, libros de jugadas y frases motivacionales que probablemente venían gratis con una suscripción a Entrenadores que Odian la Alegría, edición mensual.

—Tenemos que hablar de Altman —dice el entrenador, mirándome por fin—. Y sospecho que lo sabe.

—¿Hay algún problema? —pregunto, intentando sonar neutral, como si no hubiera visto a Mike hundirse en un pozo de miseria durante meses.

—Dígamelo usted. —El entrenador se recuesta en su silla—. Pero por lo que yo veo, está más taciturno que un adolescente que acaba de descubrir la poesía.

—No está tan mal —digo automáticamente, aunque Mike literalmente ha dicho unas seis palabras esta noche.

—Sí lo está, y está afectando al equipo. —El entrenador me clava la mirada—. Esta noche se sentó en el banquillo con cara de que le hubieran matado al perro. Esto no puede seguir así.

Tiene razón. La actitud de Mike lleva semanas ensombreciendo el vestuario, pero esta noche tocó fondo. —¿Qué quiere que haga? —pregunto finalmente.

—Hablar con él. —El bolígrafo del entrenador deja de golpetear—. Que se saque la cabeza del culo.

Casi me río. —Lo he intentado.

—Inténtelo más —dice—. Porque si no empieza a actuar como un capitán, cocapitán o como quiera llamarse, le voy a quitar el título.

La sugerencia me golpea como una bofetada. —No puede hacer eso.

—Puedo —dice el entrenador con calma—. Y lo haré si es necesario.

—Ya se siente como una mierda por lo de «co» —argumento, inclinándome hacia delante—. Quitárselo del todo lo destrozaría.

—A mí me parece que ya tocó fondo —replica el entrenador—. A lo mejor necesita algo que lo sacuda.

—O a lo mejor lo empuja por el precipicio. —Me paso la mano por el pelo rapado, con la frustración creciendo—. Solo... déjeme hablar con él cuando sea el momento adecuado.