La posesión del Ruso Epílogo #2
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Epílogo #2

Por un breve instante, clavo la mirada en el hombre de ojos grises y cabello canoso que me observa de forma directa desde su asiento: «El Diablo».

Su semblante es severo, gélido. Ladeo la cabeza y junto las cejas en cuanto noto que se acomoda el saco de la vestimenta con deliberación, dejando al descubierto la pistola plateada que porta en el cinturón.

Me dedica una sonrisa carente de la más mínima simpatía.

Opto por ignorar la provocación y desvío la atención hacia la mujer que se encuentra a su lado: Amelia Rinaldi, su esposa.

Ella me sonríe con cortesía y, en cuanto percibe la fijación de su marido sobre mí, le da un toque firme en el brazo para reprenderlo.

Le murmura unas palabras al oído, lo que provoca que él bufe, ruede los ojos y, por fin, desvíe la atención.

Continúo con la inspección de los invitados.

Aunque la mayoría pertenece al núcleo familiar, el despliegue de seguridad es severo.

Se trata de la primera ocasión en que la Bratva y el clan italiano se vinculan mediante una unión matrimonial; por ello, los asistentes ajenos a las cúpulas directas lucen rígidos.

Como si fuese a permitir que algo estropeara esta jornada.

Examino el reloj de pulsera una vez más y libero el aire con pesadez.

Muevo los hombros en un intento por relajar los músculos, consciente de que los nervios empiezan a afectarme.

Seis minutos de retraso. ¿Y si el pánico la obligó a retractarse?

¿Y si alguno de los suyos la persuadió para dar marcha atrás?

Examino el espacio del jardín en busca de Caín Rinaldi, pero no detecto su presencia.

Salvatore tampoco se encuentra en el área.

A lo lejos, sobre el flanco derecho, Lev permanece inmóvil como una escultura de piedra; mantiene los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos fijos en mi madre y mi hermana, quienes ríen mientras conversan con un chico a quien no logro identificar.

Una mano firme se posa sobre mi hombro. Me giro y me encuentro con el Pakhan, quien me contempla con una mueca burlona en las facciones.

—¿Nervioso? —interroga, al tiempo que se ajusta el nudo de la corbata—. No ha escapado, de modo que mantén la calma. —Me guiña un ojo y yo me limito a rodar los ojos con fastidio.

—No estoy nervioso —declaro con firmeza. Alzo el mentón y devuelvo la atención hacia el gentío que conversa.

—Por supuesto que no. Ese rastro de sudor en el lateral de tu frente debe ser consecuencia del calor abrasador que impera en este sitio —comenta con ironía, señalando con el dedo los árboles que se agitan bajo el influjo de la brisa primaveral.

Por puro acto reflejo me llevo los dedos a la frente, lo que provoca su risa inmediata.

—Bien… tal vez si estoy algo nervioso —confieso en un susurro—. ¡Carajo! ¿Y si decidió no presentarse?

—¿Qué planeas hacer en ese caso? ¿Secuestrarla de nuevo para conducirla a un refugio en el Polo Norte? O, quién sabe… ¿acaso edificarás otra fortaleza en… no se, el Machu Picchu para mantenerla cautiva?

Lo observo con los ojos entrecerrados. Suspiro con fastidio y sacudo la cabeza mientras consulto el segundero de mi reloj una vez más.

—Ya aprendí la lección la primera vez. No recurriré al rapto otra vez. Y, de haberlo considerado, este último no sería el destino elegido —aclaro, mientras acomodo los gemelos de mi camisa—. Sara se teme a las alturas.

El Pakhan suelta una carcajada franca y me propina una palmada afectuosa en la espalda, al tiempo que niega con la cabeza.

—¿Qué demonios voy a hacer contigo, Sasha?

Estoy a punto de responder cuando aparecen Salvatore y Caín.

Este último asiente en mi dirección con un gesto parco, mientras Salvatore se inclina hacia Larusso, le sonríe y le susurra unas palabras al oído; esto provoca que la hija del capo de Los Ángeles bufe y ruede los ojos antes de ponerse de pie para marcharse hacia el extremo opuesto del jardín.

Termina por sentarse junto a mi hermana, quien al ver su aproximación le sonríe con esa amabilidad que la caracteriza.

—Sabes… estoy dispuesto a reconsiderar la opción del rapto…

Las palabras mueren en mi boca cuando las primeras notas del piano me obligan a girar el cuerpo en dirección a la entrada principal de la residencia.

El Pakhan pasa por mi lado y propina una palmada firme en mi hombro.

Trago saliva en un intento por aclarar la garganta y enderezo la espalda.

La melodía nupcial se eleva en el aire del atardecer; al poco tiempo, la silueta de dos figuras se dibuja entre el arco de flores.

Entonces la veo. Mis ojos se clavan en la chica que aparece en el umbral, acaparando la atención de todos los presentes.

Avanza en línea recta, sin desviar la mirada hacia los costados, con el mentón en alto y una sonrisa deslumbrante que ilumina sus facciones.

Sus ojos, fijos en los míos, poseen un brillo especial.

Lleva el cabello recogido en un elegante moño alto que deja al descubierto la línea de su cuello, con dos mechones sueltos que enmarcan su rostro. El vestido se ciñe a su silueta como si hubiese sido confeccionado sobre su piel, resaltando cada curva con una precisión estética.

«Dios… parece un ángel».

No. Mi Freya es más que eso. Es una deidad. Mi diosa. No recuerdo haber visto algo tan hermoso en toda mi existencia, y la certeza de que me pertenece me llena el pecho de orgullo. Mi mujer. Mi esposa. Mi Freya.

La música cesa en el mismo instante en que sus pasos se detienen frente a mí. No dejamos de mirarnos ni un solo segundo, hasta que Sebastián Rinaldi rompe la intimidad del momento; deposita un beso en la mano de su hija antes de alzar el mentón para clavar sus ojos heterocromos en los míos.

—Te estoy confiando uno de los tesoros más preciados de mi vida —habla.

Por la forma en que le brillan los ojos al contemplarla, soy incapaz de formular réplica alguna—.

Espero que hagas honor al apellido que portas y que entregues tu vida por ella, de ser necesario…

o no vacilaré en arrancarla de tus brazos muertos.

Termina de arruinar la solemnidad del encuentro con esa advertencia implícita. Suelto un suspiro resignado antes de asentar con la cabeza.

—Papá, deja de amenazarlo, por favor… —susurra Sara. Mira por encima del hombro en dirección a su madre, quien permanece de pie a unos pasos.

—Cuídala —añade Rinaldi. Extiende el brazo para entregarme la mano de su hija.

Asiento y tomo los dedos de Sara, envolviéndolos con la firmeza de mi palma. Beso sus nudillos con suavidad antes de alzar la vista hacia el líder italiano y su esposa.

—Prometo que cuidaré de ella con mi vida.

Le extiendo la mano libre a Rinaldi. Él me observa un instante antes de estrecharla en un apretón enérgico.

Asiente en señal de tregua y luego deposita un beso en el lateral de la cabeza de Sara.

Isabella Rinaldi, en cambio, roza mi brazo con un ademán delicado y me dedica una sonrisa cálida antes de inclinarse para besar la mejilla de su hija.

Finalmente, ambos retroceden y regresan a sus respectivos asientos en la primera fila.

—Luces hermosa —le susurro a la mujer a mi lado mientras nos aproximamos al sacerdote, quien nos aguarda con la Biblia entre las manos.

—Gracias. De hecho… los nervios me están matando murmura. Observa de reojo a la concurrencia.

—¿Tú estás nerviosa? —Inquiero cerca de su oído—. Yo creía que te habían convencido de abandonarme y que habías escapado.

Ella suelta una risa contenida y me observa por debajo de las pestañas durante un breve instante.

Alzo la vista hacia el cielo y junto las cejas cuando el estruendo de las aspas de un helicóptero que se aleja capta mi atención.

Miro en dirección a mi futuro suegro y lo descubro en el momento en que guarda el teléfono celular en el bolsillo de su saco.

Sonrío ante la confirmación de mis sospechas y devuelvo la atención a Sara.

—Estamos aquí reunidos…

El sacerdote da inicio a la ceremonia, pero sus palabras se transforman en un murmullo lejano para mí.

Mantengo los ojos fijos en mi futura esposa, y ella sostiene el contacto en todo momento.

Por un instante, me pierdo en la profundidad de su mirada; el entorno desaparece por completo. No existe nada más, ni nadie.