La posesión del Ruso Epílogo
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Epílogo

Sara

—Cariño, date una vuelta.

Obedezco la petición y giro despacio sobre mis pies. El movimiento despliega el vuelo acampanado de la falda antes de detenerme de frente a mamá, quien me contempla con una sonrisa enorme y los ojos empañados por lágrimas de emoción.

—Por Dios, mi niña… pareces un ángel. —Se aparta una lágrima de la mejilla y me estrecha en un abrazo cálido.

—Por favor, mamá, no llores —le pido. Ella toma mi rostro entre sus manos y acuna mis mejillas con delicadeza.

—No puedo evitarlo, Sara. Aún me cuesta asimilar que mi pequeña esté a punto de casarse… y que vaya a vivir tan lejos de nosotros.

Sonrío mientras libero un suspiro y coloco mis manos sobre las suyas.

Mi madre es la persona más maravillosa del mundo; ahora comprendo a la perfección la razón por la que papá vive perdido de amor por ella.

Ella no dudó en otorgar su perdón a Sasha en cuanto supo que él había sido mi captor.

A pesar del turbulento pasado del ruso, mamá me escuchó y me otorgó su comprensión.

En el momento en que le aseguré que me encontraba bien, que a pesar de lo extraño de los acontecimientos Sasha se había transformado en mi apoyo y en el único capaz de apaciguar mis demonios, lo aceptó sin objeción alguna.

Le expresé que a su lado me sentía segura de mí misma, y ella respetó mi sentir.

«Sé que puede ser difícil de entender, mamá, pero te lo juro, no es un síndrome; estoy enamorada de él. Me hace sentir completa, él es como…»

«Una extensión de ti… —susurró ella en aquel entonces—. Te complementa».

Esas fueron sus palabras exactas cuando le confesé que recuperaba la normalidad y la vitalidad al lado de Sasha.

Por supuesto que asimiló ese sentimiento; ella y papá son prácticamente un solo ser.

Aunque él jamás la secuestró, considero que captó mi punto de vista.

Aunque admito que la situación mejoró debido a que Kiara y Kat se presentaron junto a él para pedir mi mano de manera formal hace seis meses.

Unos golpes firmes al otro lado de la madera hacen que mamá se aparte.

Me dedica una última mirada de aprobación y asiente, satisfecha con el resultado de su labor; ha invertido horas en el arreglo de mi peinado y maquillaje.

Se gira hacia la entrada en cuanto el sonido se repite.

Por mi parte, me acerco al espejo de cuerpo entero para detallar mi reflejo, mientras acomodo los mechones sueltos que enmarcan mi rostro.

La tela del vestido blanco se ciñe a mi busto y cintura con precisión; dos finas cintas de encaje se sujetan a mis brazos a la manera de delicados brazaletes textiles, y la falda cae con fluidez por mis caderas hasta alcanzar el suelo.

El diseño posee la sencillez justa para hacerme sentir cómoda y fiel a mí misma, pero conserva la elegancia necesaria para la solemnidad de la ocasión.

—¡Diablos!

Sonrío al escuchar la exclamación de papá.

Se ha detenido a mis espaldas y me observa a través del cristal.

La intensidad de su mirada provoca que mis ojos se humedezcan una vez más.

Me contempla como si todavía fuese aquella niña torpe que seguía sus pasos por toda la casa, aferrada a la tela de su pantalón mientras arrastraba un viejo oso de peluche tuerto.

—¿Tan mal me veo? —Muerdo mi labio inferior debido a los nervios y me vuelvo hacia él. Papá me sostiene la mirada y traga saliva mientras examina mi atuendo de arriba abajo.

—¿Verdad que luce hermosa, cariño?

Mamá recuesta la cabeza en el brazo de su esposo. Sonrío al notar que él parece haberse quedado mudo por la impresión, hasta que suelta un quejido sutil; noto que mamá le da un leve golpe de advertencia en el abdomen con el codo, lo que lo obliga a parpadear y a aclararse la garganta.

—Sí… es decir… —Se interrumpe, cohibido por la emoción, y extiende su mano hacia mí. La acepto de inmediato y permito que me haga girar despacio—. Tesorina… luces como un verdadero ángel.

—Gracias —murmuro. Bajo la vista hacia nuestra unión; sus dedos presionan los míos con una fuerza que delata su renuencia a soltarme. Papá sigue la dirección de mis ojos, sonríe y me atrae hacia su pecho para envolverme en un abrazo protector.

—No puedo creer que me dejara convencer para permitir esto —murmura, al tiempo que sacude la cabeza con resignación.

Intercambio una mirada cómplice con mamá, quien nos observa conmovida.

—Te amo, papá —susurro contra su traje. Él deposita un beso en mi cabeza y estrecha el cerco a mi alrededor—. No me vas a perder, solo voy a casarme. No es el fin del mundo. Mi amor por ustedes no va a cambiar, aunque no comparta el mismo techo.

—Pero vivirás lejos de nosotros... En otro país, Sara. No tendré la oportunidad de verte con frecuencia y…

—Lo sé… pero te prometo que viajaré a Nueva York a menudo para visitarlos. Además, la puerta de nuestro hogar estará abierta para ustedes cuando lo deseen.

Suelta un bufido de frustración y cierro los ojos, disfrutando del refugio de sus brazos.

Mamá acaricia el brazo de su esposo para brindarle el consuelo que requiere, un gesto que parece devolverle la calma; papá carraspea, se distancia un poco y me sujGarta por los hombros para inspeccionar mi semblante.

Sus ojos fijos en los míos transmiten un cariño infinito; acomoda un mechón de cabello detrás de mi oreja y, con el dorso de sus nudillos, retira una lágrima que amenaza con rodar por mi mejilla.

Suspira profunda y rítmicamente mientras afianza el agarre en mis hombros.

Admito que la partida también representa un desafío para mí; por esa razón insistí en que la celebración se llevara a cabo aquí, en Nueva York.

Rusia es un territorio hermoso y, tras la ceremonia, se convertirá en mi hogar oficial.

Sasha me ofreció la opción de instalarnos en esta ciudad, pero elegí Moscú por voluntad propia.

He permanecido bajo el ala protectora de mi familia durante toda mi existencia; ha llegado el momento de desplegar las alas y abandonar mi zona de confort.

—Aún estás a tiempo de arrepentirte… —masculla papá en un susurro cómplice, lo que me provoca una risa en medio del llanto contenido—. Puedo enviarlo de regreso a Rusia con una buena patada. Solo es cuestión de que me lo pidas, piénsalo bien.

Insiste con la ceja alzada en un gesto divertido. Mamá se aproxima al notar que niego con la cabeza sin borrar la sonrisa de mi rostro.

—Estaré bien, papá. Pero ahora me encantaría que me acompañes hasta el altar. —Ladeo la cabeza en una muda petición; él me sonríe en respuesta, asiente y me ofrece el brazo para que me apoye.

—Me adelantaré para notificar que ya estamos listos —anuncia mamá. Me besa la frente con genuina emoción y luego rodea la cintura de papá con los brazos. Él la sostiene con afecto mientras ella deposita un beso rápido en sus labios y sale de la habitación a paso apresurado.

—Se ve muy entusiasmada —comento, con la vista fija en el umbral abierto. Papá suspira con suavidad.

—Sí… ha pasado mucho tiempo desde la última vez que la vi desbordar tanta dicha —responde, mientras acaricia mi mano con el pulgar.

—Tal vez sea una buena oportunidad para que ustedes piensen en renovar sus votos —propongo. Él me mira por un instante, junta las cejas pensativo y luego sonríe con franqueza.

—Es una excelente idea, tesorina… una excelente idea —repite, convencido por la sugerencia.

Alzo el mentón con determinación mientras acomodo la caída de mi vestido. Aspiro una gran bocanada de aire y libero una exhalación cargada de expectación.

—El helicóptero se encuentra listo en la parte posterior por si prefieres que huyamos de aquí, cariño.

Clavo mis ojos en los suyos a la espera de una carcajada, pero su semblante permanece serio hasta que, resignado, me regala una sonrisa afectuosa.

—Bien… tenía que intentarlo

Suelta una risa contenida en cuanto asiento y doy el primer paso en dirección a la salida. De inmediato, papá acopla su andar al mío; me aferro a su brazo con firmeza mientras me guía hacia el umbral de lo que constituye el inicio del resto de mi existencia al lado del hombre que amo.

Sasha

Libero un suspiro largo mientras recorro con la mirada a las personas reunidas en el jardín.

La alfombra roja se extiende ante mí, trazando una línea recta desde mis zapatos hasta la entrada principal de la residencia, la cual ostenta un arco ornamental revestido de flores blancas y lilas.

El atardecer tiñe el firmamento con matices anaranjados; el sol se oculta tras la línea de los árboles y baña el entorno en un destello dorado de tintes mágicos, al tiempo que las notas sutiles de los violines envuelven la atmósfera en una melodía delicada.

Sacudo la cabeza con el fin de disipar las ideas absurdas que pretenden instalarse en mi mente.

En realidad, debería concentrarme en los cinco minutos de retraso que acumula la mujer con la que voy a enlazar mi vida, quien todavía no hace acto de presencia.

Desplazo la atención hacia los invitados ubicados a mi izquierda y los examino uno a uno; cada individuo parece absorto en su propia dinámica.

Aurora Rinaldi ríe con ganas por algún comentario de su esposo.

El hermano menor de Sara, Damon, conserva esa expresión imperturbable de muerto viviente, aunque de vez en cuando desvía la mirada hacia el acceso principal.

En las filas posteriores, Larusso, el capo de Los Ángeles, permanece sentado en compañía de su familia y de los abuelos de Sara.