Capítulo 43 #3
El orgasmo arrasa conmigo, reduciéndome a una masa temblorosa que se aferra con fuerza al espeso cabello rubio de Sasha.
Él permanece entre mis piernas, prolongando cada espasmo y cada sacudida con sus labios, hasta que se aparta con lentitud.
Sus ojos azules me atraviesan la piel. Levanto la cabeza para sostenerle la mirada, aunque me resulta difícil porque mi atención cae en sus labios enrojecidos y húmedos.
Me sonríe, socarrón, orgulloso del efecto que causa en mí.
Desliza la lengua por su labio inferior, saboreando el momento, antes de inclinarse para besar mi mano y acomodarse de nuevo sobre mi cuerpo.
—Te amo —susurra, sujetando mi barbilla para clavar sus ojos en los míos—. Me has hechizado desde la primera vez que te vi. Mi vida solo tiene sentido cuando estás conmigo… y que me condenen a una eternidad en el infierno si alguna vez te dejo ir.
Su voz se quiebra un poco al final.
—Lo siento. Sé que es egoísta, créeme que lo sé… pero no puedo perderte.
—Nunca me perderás. Estoy enamorada de ti, Sasha.
—Eso espero, Freya… —Sus labios se curvan levemente, aunque su mirada mantiene la misma fijeza—. Porque si dejaras de hacerlo, sería condenarme a una muerte lenta. Soy adicto a ti… y por eso estoy tan jodidamente aterrado en este momento.
Frunzo el ceño, sosteniéndole la mirada.
—Eres la única capaz de destruirme, Sara… —susurra—. Con una sola palabra acabarías conmigo, y esa palabra es "no".
Hace una pausa, como si el peso de lo que está por hacer le atravesara el pecho.
—Pero vale la pena el riesgo… y es por eso que ahora te doy la oportunidad de decidir. Piénsalo bien, Sara Rinaldi, porque después de esto ya no habrá marcha atrás.
Deja un beso breve sobre mis labios. Aunque la confusión me envuelve, sonrío cuando levanta mi mano.
Una hermosa joya de oro blanco adorna ahora mi dedo, coronada por dos diamantes de distintos tonos.
Alzo ambas cejas al detallar el anillo de compromiso.
Son dos piedras preciosas rodeadas por pequeños diamantes blancos, pero lo que más destaca es la forma en que están entrelazadas, como dos delicadas gotas: una de un verde profundo y la otra de un azul grisáceo idéntico a…
—Son como…
—Tus ojos —me sonríe con dulzura y besa la punta de mi nariz—. Sé mía… sé mi esposa, Sara Rinaldi.
Trago el nudo que se forma en mi garganta y fijo mis ojos en los suyos. Sabía que pretendía pedir mi mano, pero creí que solo se trataba de un protocolo entre las familias.
—Creí que primero querías pedirle mi mano a mis padres…
—¡Andar con rodeos no es lo mío, aunque si, efectivamente lo haré! —afirma sin dudar—. Pero quiero que tú me des una respuesta primero. Todos han decidido demasiadas veces por ti en el pasado. Es hora de que seas tú quien elija el rumbo de su propia vida.
Hace una breve pausa antes de continuar con un tono más suave:
—Iré a Nueva York, me disculparé con tu madre por haber sido un cretino y pediré tu mano como dictan nuestras costumbres —asiente y toma mi barbilla para obligarme a mirarlo—.
Pero solo si tú así lo deseas. No voy a forzarte a nada…
e incluso si me destruyes en el proceso, la decisión final es tuya.
La vulnerabilidad con la que me observa me hace tragar saliva.
Mi visión se vuelve borrosa debido a las lágrimas de emoción que se acumulan en mis ojos; el corazón se me acelera y el pulso retumba en mis oídos.
Me siento aturdida por la intensidad del momento.
Al ver al hombre que amo esperando con esperanza una respuesta, permitiendo que por fin sea yo quien tome las riendas, dejo escapar una risa entrecortada en medio de un sollozo.
Asiento con fuerza, eufórica, y rodeo los hombros de Sasha para besarlo con entrega.
—Claro que quiero ser tu esposa. ¿Cómo podría negarme después de lo que acabas de hacer?
Sus ojos se arrugan en las comisuras al sonreír con amplitud. Su mirada se ilumina al instante con un alivio visible, dejando escapar una profunda exhalación.
—Si te refieres al orgasmo… aún estamos comenzando. De hecho, no me importaría volver a empezar y…
—No me refería a eso —golpeo su hombro y me río antes de volver a besarlo.
Sasha corresponde al instante, rodeándome con sus brazos mientras se desliza de forma lenta dentro de mí.
Su frente se pega a la mía. Con nuestros dedos entrelazados y sus ojos fijos en los míos, comienza a moverse en mi interior con una suavidad pausada.
Gimo, y el aliento cálido de nuestros labios al rozarse nos envuelve.
Sus movimientos se alternan con una delicadeza que nunca antes había conocido en él, una cadencia que resulta embriagadora y desconcertante a la vez.
Me hace suya con una ternura ajena a la naturaleza del hombre frío, sádico y despiadado que le conocen afuera; un hombre del cual, en este cuarto, no queda rastro.
Su mirada oscura destella posesividad y deseo, pero sobre todo, un amor puro y profundo.
Prometió poseerme hasta los huesos y cumplió su palabra.
Sin embargo, en el proceso, una parte de él se perdió cuando su oscuridad se fundió con la mía.
Él abrazó mis demonios para hacerlos suyos, y yo saqué a la superficie ese lado humano que tanto se negaba a mostrar al mundo.
Con cada embestida reafirmamos que, aunque las cosas no siempre resulten como uno planea, nadie escapa de su destino.
A diferencia de lo que Sasha Ivanov creía al principio, nuestro fin no era convertirme en la posesión del ruso.
Nuestro destino siempre fue fundir nuestras almas en una sola: luz y oscuridad, unidas en un mismo corazón.