Capítulo 43 #2
Empiezo a silbar “Für Elise”, acompasando la melodía en mi cabeza mientras acerco la hoja afilada a su rostro. Sus gritos llenan el espacio cerrado en cuanto se retuerce entre mis manos, intentando escapar del castigo. La música continúa sonando, impecable.
—Ah… no hay nada como la música clásica —musito, apartando con el antebrazo las gotas de sangre que me salpican las mejillas.
Tomo unas pinzas de disección y le sujeto la lengua; tiro de ella hacia afuera con firmeza mientras me preparo para cercenársela de cuajo. No puedo permitirle conservarla; no después de llamar zorra a mi madre y blasfemar sobre mi pequeña hermana.
Cuando termino de arrancarle todo lo que lo ligaba a la condición humana, dejo caer la navaja al suelo, directo sobre el charco que se acumula bajo mis zapatos. Su respiración es entrecortada, del todo irregular. Para ser sincero, el juego ya me aburrió.
Suelto un suspiro largo.
Extraigo el revólver de detrás de mi espalda con un movimiento pausado.
Abro el tambor y coloco un solo cartucho, el cual se mancha con la sangre de mis manos al deslizarlo en uno de los alvéolos vacíos.
Hago girar el cilindro. Dejo la bala en la posición correcta y apoyo el frío metal del cañón directo contra la frente de Montalvo.
Le dedico una última mirada cargada de desprecio, y aprieto el gatillo sin dudar.
—El que toca lo mío… se muere.
Lanzo el arma a un lado con desinterés y me giro hacia la salida del sótano, listo para limpiar el rastro de la ejecución.
Sara:
El calor de unas manos cálidas y ásperas que recorren mi espalda me hace sonreír con somnolencia, mientras hundo la cabeza en la suavidad de la almohada.
—Despierta, pequeña perezosa.
La voz del hombre que besa mi hombro desnudo me arranca una sonrisa. Me aferro a las mantas que jala con suavidad, en un intento por lograr que despierte por completo.
—No… aún es muy temprano.
—Hay que empacar, Sara. ¿No querrás que el piloto nos deje, verdad?
Me incorporo de golpe en la cama, observando al chico que me mira con una enorme sonrisa traviesa.
—¿Es en serio? ¿Hoy mismo?
Mi voz denota el entusiasmo que no logro controlar. La mirada cargada de amor que me dedica al asentir, mientras esconde un mechón rebelde de mi cabello tras la oreja, me obliga a devolverle la sonrisa con el corazón acelerado.
Han pasado dos días desde que papá y el Pakhan llegaron a un acuerdo en el que aprobaron la unión entre ambas familias.
Aunque Sasha no dejó lugar a dudas ni objeciones, también, por contradictorio que pudiese sonar, insistió en que viajáramos a Nueva York para pedir mi mano de la forma tradicional, frente a mis padres.
Hablé con mamá por teléfono y ya está informada de todo.
El alivio en su voz cuando le aseguré que estaba bien y que pronto nos veríamos me llenó el corazón, en especial cuando repetía que me amaba y que se moría por abrazarme otra vez.
Para mi buena fortuna, papá ya había aplacado su ansiedad el mismo día en que me encontró; le adelantó que yo estaba a salvo y que en un par de días regresaríamos todos juntos, aunque en ese momento asumo que ella no imaginaba que ese grupo incluiría al heredero ruso.
—¿Alguna vez te he dicho lo hermosa que es tu sonrisa, mi Freya?
Me acerco a él y dejo un beso rápido en sus labios, logrando que parpadee con sorpresa.
—No. De hecho… no lo has hecho en las últimas horas —me aparto el cabello, fingiéndome ofendida.
—Eso tal vez se deba a que te la has pasado durmiendo casi doce horas, pequeña.
Sasha recorre mi brazo con las yemas de sus dedos, dejando un rastro cálido en mi piel que poco a poco comienza a arder cuando vuelvo el rostro hacia él. Sus ojos azules se fijan en los míos con esa intensidad que me estremece.
—Te amo, Sasha Ivanov.
Las palabras escapan de mis labios en un impulso. Él junta el ceño y ladea la cabeza, como si lo hubiese tomado por sorpresa. Separo los labios dispuesta a hablar, pero me sobresalto cuando se abalanza sobre mí. Su cuerpo me enjaula sobre el colchón y aprisiona mis muñecas sobre mi cabeza.
—¿Cómo dijiste, Freya? No escuché bien… —Su boca se curva en una sonrisa y muerdo mi labio para reprimir la mía.
—Que te amo, demente impulsivo —repito.
En ese instante, un brillo oscuro se apodera de sus ojos mientras me observa. Sus labios forman una enorme sonrisa y, sin más preámbulos, atrapan los míos.
Su boca me invade; su lengua se funde con la mía en un ritmo posesivo. Sus dedos, entrelazados con los míos, se presionan para formar una cadena entre nuestras manos que se niegan a soltarse, incluso cuando separa mis piernas con sus rodillas y se acomoda en medio de ellas.
Ninguno lleva ropa. Se nos ha hecho costumbre dormir por completo desnudos, una realidad que agradezco en este momento, porque no hay nada que desee más que sentirlo. El hombre que me besa con exigencia recorre cada rincón de mi boca, reclamándome.
Sus labios se apartan de los míos y ladeo el rostro, dejándole el camino libre para que bese mi barbilla y baje hacia mi cuello. Sus manos siguen sosteniendo las mías con firmeza mientras desciende, rozando con su boca mi garganta, donde mi pulso late desbocado.
Una de sus manos se separa de la mía para acariciar mi rostro.
Traza un recorrido lento y delicado hacia uno de mis senos, el cual acuna antes de inclinarse para besarlo.
Su lengua dibuja un camino húmedo sobre mi piel antes de atrapar mi pezón entre sus labios, succionando con una suavidad que me arranca un suspiro.
—Sara…
Mi nombre se escapa de su boca en un susurro caliente mientras continúa explorando mi anatomía. La forma en que besa cada rincón me hace vibrar. El hecho de que no suelte mi otra mano agita mi corazón, que está entregado por completo a él.
—¿Sí? —jadeo cuando se desliza entre mis piernas, separándolas un poco más con la ayuda de su mano libre.
Besa el interior de mi muslo. El calor de su lengua al recorrer mi intimidad me toma por sorpresa, lo que provoca que arquee la espalda con un gemido cuando su boca me devora con un hambre contenida.
El contraste es absoluto: su pulgar acaricia el dorso de mi mano con una ternura infinita, mientras su lengua explora y saborea mi cuerpo con vehemencia.
Mis paredes se contraen ante el estímulo; el sonido de sus jadeos contra mi piel intensifica la presión que se acumula en mi vientre bajo.
Mi cuerpo tiembla, se tensa, y cuando mi nombre vuelve a brotar de sus labios en un suspiro entrecortado, me rompo.