Epílogo #3
Solo somos ella y yo en este espacio. Bajo la vista por un segundo hacia el anillo de compromiso en su mano, la cual sujeta la mía con fuerza, y vuelvo a encontrar sus ojos; en ese instante comprendo todo el panorama.
A pesar de los contratiempos, la espera ha valido la pena.
Cada segundo de tensión posee su recompensa, porque ella está aquí, lista para que la reclame como mía ante el mundo.
Y este lazo no surge por obligación, sino porque ella tomó la elección por voluntad propia; me eligió a mí para compartir su camino.
Observo sus ojos y la persistencia de su sonrisa, lo que me lleva a formular una promesa interna: a partir de hoy, y cada día de mi existencia, voy a asegurarme de que permanecer a mi lado sea la mejor resolución que haya tomado en su vida.
—Sasha Ivanov, hijo de Mikhael Ivanov, Pakhan de la Bratva…
—la voz del sacerdote resuena con firmeza en el jardín—.
¿Acepta usted, por su propia voluntad, a Sara Rinaldi como su legítima esposa, para amarla y respetarla, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte los separe?
Aprieto con firmeza los dedos de Sara y alzo el mentón, clavando mi mirada en sus ojos brillantes.
—Yo, Sasha Ivanov… —mi voz brota grave, segura de sí misma—, por voluntad propia, te tomo a ti, Sara Rinaldi, como mi esposa. Para amarte, protegerte y respetarte cada día de mi existencia… en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza.
Una leve sonrisa curva los labios de mi mujer ante la declaración.
Deslizo la sortija matrimonial por su dedo anular y llevo su mano hacia mis labios para depositar un beso en sus nudillos, atento a sus reacciones.
El sacerdote asiente con la cabeza en un gesto de aprobación y pasea la mirada entre ambos antes de continuar con el protocolo:
—Que quede constancia, ante Dios y ante los hombres aquí presentes, de que con esta unión no solo se consagra un matrimonio…
sino que se afianza un lazo de sangre entre dos clanes.
Un pacto que deberá recibir el debido respeto y que permanecerá vigente.
Cualquier acción que atente contra este acuerdo recibirá la consideración de una traición directa… y obtendrá el castigo correspondiente.
Un murmullo casi imperceptible recorre las filas de los invitados.
No constituye un discurso habitual para un clérigo, y a juzgar por las gotas de sudor que resbalan por su frente, él está consciente del peso de sus palabras.
Pero este entorno pertenece al crimen organizado; aquí no hay espacio para las convenciones sociales.
—Sara Rinaldi, hija de Sebastián Rinaldi, Capo dei capi… —prosigue el oficiante—. ¿Acepta usted, por su propia voluntad, a Sasha Ivanov como su legítimo esposo, para amarlo y respetarla, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte los separe?
Ella aspira aire con profundidad.
—Yo… Sara Rinaldi… —su voz exhibe un leve temblor, pero sostiene la fijeza de su mirada—, te acepto a ti, Sasha Ivanov, como mi esposo. Para amarte y respetarte, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza… hasta que la muerte nos separe.
Presiona mis dedos con suavidad.
—E incluso después de ella.
Sujeto su mano con firmeza y observo el recorrido de la sortija en el momento en que la coloca en mi dedo. Cuando vuelvo a buscar su rostro, me sonríe con lágrimas contenidas que brillan en sus ojos.
—Por el poder que me concede mi investidura, los declaro marido y mujer. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Puede besar a la novia. —El sacerdote realiza un ademán sutil en nuestra dirección.
Doy un paso al frente para acortar la distancia e instalo mi mano en la cintura de Sara.
Ella suelta una risa entre las lágrimas que decido retirar con la ayuda de mis pulgares, mientras enmarco su rostro con las palmas de mis manos.
Sus dedos se posan sobre mis muñecas. Por un instante, el universo se reduce a este punto; solo quedamos nosotros dos.
Recorro sus facciones con la mirada para memorizar cada detalle y, por primera vez en mi experiencia, experimento un rastro de nerviosismo antes del contacto. El motivo es simple: esta ocasión es distinta. A partir de este segundo, ella es mi esposa.
—Acabas de convertirme en el hombre más feliz del mundo… —susurro. Cierro los ojos un instante antes de inclinarme hacia ella.
La beso y deposito en el encuentro una necesidad que no pretendo contener.
Siento la presión de sus manos en mi camisa, arrugando la tela contra mi pecho a medida que profundizo el contacto; sujeto su nuca con una mano y aseguro su cintura con la otra para estrechar la cercanía.
La atraigo más hacia mi cuerpo, insatisfecho con la distancia, como si ninguna proximidad resultara suficiente.
Hasta que, por necesidad, me veo obligado a romper el contacto en busca de oxígeno.
Apoyo mi frente contra la suya y aspiro aire, inundando mis pulmones con su fragancia particular.
Ella acaricia mi mejilla con delicadeza.
El momento posee una carga tan íntima y exclusiva que, en el instante en que los aplausos estallan a nuestro alrededor, ambos experimentamos un leve sobresalto.
Giramos el rostro hacia la concurrencia.
Nuestras familias nos observan con muestras de regocijo, manifestando su aprobación a través de palmas y silbidos festivos.