CAPÍTULO 27 #2
Su respiración sigue acelerada. Cuando aparto la mano de su intimidad y levanto los dedos frente a ella, todavía húmedos con los restos de su entrega, sus ojos brillan con una intensidad inédita.
Su pecho sube y baja con rapidez, incapaz de recuperar el aliento.
Su mirada queda atrapada en mi mano; la sigue con atención, casi hipnotizada, mientras elevo los dedos hacia mi rostro.
No aparta la vista ni un segundo. Entonces, me los llevo a la boca.
Su respiración se corta cuando mi lengua recorre mi propia piel, lamiendo sin prisa el rastro de su humedad.
La observo mientras lo hago, sosteniendo el contacto visual y disfrutando de cómo el gesto la deja más exhausta.
—Sí… —exhalo, extasiado—. Sabes tan deliciosa como imaginaba.
Sujeto su muñeca y levanto su mano frente a ella.
Sus ojos bajan a sus propios dedos. Cuando los acerco a sus labios, duda apenas un instante antes de separar la boca y succionar la humedad que le ofrezco.
Su mirada, sus labios aterciopelados y la devoción con la que me observa me impulsan a sujetar su nuca para estrellar mi boca contra la suya.
Corresponde al beso mientras la atraigo hacia mí.
Tomo el preservativo; ella se aparta un momento cuando me dispongo a colocarlo, pero su mano alcanza la mía y comprendo su intención.
Me detengo y dejo que se encargue. Observo cómo, con dedos suaves, extrae el látex del envoltorio y lo desliza desde la punta hacia la base de mi miembro.
La delicadeza de su toque convierte mi sangre en lava.
Se acomoda de nuevo a horcajadas y mis manos se aferran a sus caderas para posicionarla.
Nos sostenemos la mirada; la beso una vez más antes de asegurar que desea continuar.
—¿Dolerá? —pregunta.
—Un poco —admito con suavidad—. Pero seré cuidadoso. Tómate tu tiempo… si quieres que pare, solo dilo.
Sara me dedica una sonrisa tierna y asiente mientras acaricia mi mejilla. Sus dedos rozan mis labios y los beso cuando pasan por mi boca. Se inclina más y apoya las manos en mis hombros. Como la diosa que es, sostiene mi mirada y toma la iniciativa para deslizarse sobre mí con lentitud.
Aprieto los dientes y contengo el impulso de cerrar los ojos cuando su estrechez envuelve mi erección.
La expresión de Sara se contrae; frunce el ceño y muerde su labio al dejarse llenar por mí.
Algunos gestos delatan la incomodidad física del momento.
Capturo sus labios y, a través del beso, le permito que se acostumbre a mi tamaño.
Es pequeña, pero su cuerpo se amolda a la perfección a mi forma.
Sara termina el descenso y, tras un breve suspiro, sus caderas inician un balanceo con la precisión de una experta.
Sus movimientos me embriagan. Aferro mis manos a su cintura cuando ella acelera el ritmo, todavía unida a mi boca.
Un jadeo caliente choca contra mis labios en el instante en que mi mano se desliza entre nosotros para estimular su punto más sensible.
La humedad facilita que se mueva con soltura.
Sube y baja en un vaivén que gana intensidad, al igual que la presión de mis dedos sobre su clítoris.
Gime con timidez, en un intento por contenerse.
—Por favor, no lo hagas. —Tenso la mandíbula, abrumado por las sensaciones—. He esperado demasiado para escucharte, Sara.
Rozo sus labios antes de devorarla con vehemencia. Muerdo su labio inferior e introduzco la lengua en su boca. Ella acelera el movimiento de sus caderas y yo el de mis dedos, trazando círculos precisos que le arrancan gemidos sonoros por toda la habitación.
—¡Sasha!
Mi nombre escapa de su garganta con un tono quebrado.
Esta vez no oculto la satisfacción en mi rostro.
La beso con hambre mientras su cuerpo se tensa.
Su respiración se vuelve irregular y sus movimientos pierden el ritmo inicial cuando presiento la llegada de su segundo orgasmo.
Sujeto sus caderas con firmeza para guiarla, obligándola a subir y bajar.
Sus caderas giran en círculos mientras echa la cabeza hacia atrás.
Sus pechos quedan a mi merced. Deslizo las manos por su abdomen plano hasta alcanzarlos; los masajeo con firmeza y juego con sus pezones mientras ella se mueve con un frenesí creciente.
—Sasha… me quemo —jadea con los ojos cerrados.
Parece otra mujer. Su cabello dorado, humedecido por el sudor, se pega a su rostro angelical.
Sus labios rojos dejan escapar el vapor caliente de su aliento.
Los pezones erectos contrastan con la palidez de su piel.
Sara es la perfección hecha carne; una diosa y una diabla que coexisten en el mismo ser.
—Lo sé… —respondo entre dientes cuando vuelve a apretarse contra mí. Su cuerpo me absorbe en cada contracción y sus gemidos se funden con los latidos de mi corazón.
—Sasha… creo que voy a…
—Hazlo —jadeo—. Córrete para mí, Sara. Me has montado como una reina. Te lo has ganado.
Sujeto su cabello y la atraigo hacia mi boca en el instante en que comienza a temblar.
Su cuerpo se sacude y se aferra a mí mientras un grito de placer escapa de sus labios.
Por un momento creo que perderé el sentido junto a ella, pero resisto, apretando los dientes mientras la siento deshacerse sobre mí.
No le doy tregua. Mi instinto se activa con ferocidad. «Es mía; se ha entregado por y para mí». Me giro sobre ella sin preocuparme por la herida del pecho. La deposito contra el colchón y, aunque sus cejas se elevan por la sorpresa, sonríe cuando la beso y vuelvo a penetrarla de una sola estocada.
—Ahora me perteneces, Sara… eres toda mía —jadeo mientras la embisto con el hambre de una bestia.
Solo recibo gemidos y jadeos como respuesta, pero necesito más.
Quiero oírla admitir que me pertenece. Intensifico el ritmo.
Sara se sujeta del respaldo de la cama con una mano y con la otra se aferra a mi espalda.
Elevo una de sus piernas y gano terreno con embestidas salvajes que la empujan contra el cabezal.
—Siempre has sido mía, Freya. Repítelo… quiero escucharte.
La exigencia abandona mis labios con anhelo. No soy hombre de palabras dulces, pero en este instante pierdo el control de mi propio discurso.
—Sí… —Su voz es trémula.
—¿Eso es una pregunta o una afirmación, Sara? —pregunto sin dejar de moverme dentro de ella.
Hace una pausa, aferrada al mueble, y gime en cada penetración.
—Afirmación —responde con dificultad—. Soy tuya, Sasha.
Mi cuerpo arde. Los movimientos se vuelven torpes por el éxtasis y Sara vuelve a estrecharse debajo de mí.
Gime, ladea el rostro y cierra los ojos.
Es la imagen más erótica que he presenciado.
Embisto una y otra vez, a pesar de que el dolor de mi herida exige una tregua.
Los músculos se contraen y, cuando ella suelta un grito de placer al pronunciar mi nombre, estallo.
Me libero como nunca antes, al mismo tiempo que ella se estremece aprisionada bajo mi peso.
Recuesto mi frente contra la suya. Busco su mirada mientras intento recuperar el aliento, perdiéndome en sus ojos fijos en los míos.
—¿Y tú? —Su voz titubeante rompe el silencio.
—¿Yo qué? —la provoco, fingiendo desorientación.
—Ya sabes qué —se ofusca y me hace reír—. ¿También me perteneces? ¿O solo tú puedes reclamarme como un hombre de las cavernas?
Una carcajada escapa de mi pecho. Su descaro al responder es una faceta que me fascina.
—Siempre —le aseguro mientras retiro un mechón de su rostro—. Hasta el fin de mis días… e incluso después, Sara. Siempre seré tuyo, y tú siempre serás mía.
Sonríe y me dedica un beso breve. Descanso la frente en el hueco de su cuello y permito que mis pulmones se calmen mientras la sostengo. Acaricio su cabello con suavidad y respiro la mezcla de su perfume y nuestro sudor. Mía. Sara Rinaldi es, finalmente, mía.