CAPÍTULO 28
Sara
Tras dedicar una última mirada al hombre que duerme con un brazo sobre los ojos, tomo una de sus camisetas del armario y abandono la habitación en silencio.
Mis pies descalzos recorren los largos pasillos de la mansión hasta el gran salón de la planta baja.
La chimenea permanece encendida; el crujir de las astillas que se consumen entre las llamas es el único sonido que rompe la quietud de la madrugada.
Me acerco al ventanal. Afuera, la nieve cae con parsimonia y cubre de blanco el césped que durante el día es un mar verde.
Desvío la vista hacia el enorme reloj sobre la chimenea y suspiro.
Son las tres de la mañana. Me siento sobre la alfombra frente al fuego, con las piernas cruzadas.
El aroma de Sasha impregna la prenda que llevo puesta; acerco la tela a mi nariz y aspiro hondo, dejando que su esencia me envuelva.
Mi mente evoca cada instante de lo ocurrido hace apenas unas horas.
¿Cómo logró meterse en mi corazón de esta manera?
No tiene sentido engañarme: estoy enamorada de él.
Creo que lo supe desde la primera vez que lo vi en mi jardín; tan elegante, sofisticado y con esa aura peligrosa que lo envolvía todo.
El problema es que, si las cosas eran difíciles antes, ahora son críticas.
Sus palabras resuenan en mi cabeza con una claridad inquietante.
«Eres mía… me perteneces. Y lo que es mío se queda conmigo, Sara».
Siento miedo, y sería una imprudencia no tenerlo. Cuando esto estalle, todo se irá al demonio. Debo actuar, porque si mi familia me encuentra y descubre que Sasha fue mi captor, las consecuencias serán devastadoras. Me cubro el rostro con las manos, frustrada.
—¿Qué voy a hacer? —susurro para la habitación vacía.
Ellos no me creerán. Dirán que estoy enferma, manipulada o que sufro el síndrome de Estocolmo.
Pero no es así. Sé que no se trata de miedo ni de un instinto de supervivencia desesperado.
Estoy irremediablemente enamorada. Nadie creerá que, incluso conociendo sus actos, volvería a elegirlo.
Nunca antes me sentí tan segura y libre como cuando este ruso arrogante me estrecha entre sus brazos protectores.
Permanezco absorta en mis pensamientos hasta que unas manos cálidas se posan en mis hombros.
Sasha deposita un beso en mi coronilla y una sonrisa asoma a mis labios cuando se sienta tras de mí.
Me rodea de forma posesiva y me atrae contra su pecho.
Aferro mis manos a su antebrazo y apoyo el rostro en su bíceps, refugiándome en su calor.
—Aún no deberías levantarte —digo sin apartar la vista de las brasas. Sasha chasquea la lengua.
—Estoy bien —responde con voz más grave de lo habitual mientras estrecha el abrazo—. ¿Qué sucede? ¿Pesadillas otra vez?
Niego con la cabeza mientras él besa mi cabello. Su mentón descansa allí un instante hasta que se acomoda sobre mi hombro, uniendo su rostro al mío mientras observamos el fuego.
—No he tenido pesadillas en un tiempo —confieso—. Quizá sea la calma de este lugar.
Es la verdad. El insomnio y el terror han disminuido.
Ya no despierto sobresaltada y sé que no es por la medicación; Sasha consiguió exactamente lo que tomaba en Nueva York, pero el alivio real es él.
Sasha jamás me ha tratado como a alguien defectuoso; no me subestima ni me cree loca.
Con él no soy la chica frágil que todos intentan proteger. Incluso me enseñó a disparar un arma.
Recuerdo sus palabras en la práctica: «—No eres incapaz ni un peligro para nadie, Sara. Yo confío en ti. Y si la chica salvaje que vive en ti decidiera asesinar a alguien, dudo que lo hiciera con una pistola. Algo me dice que prefiere los objetos afilados».
—¿Te arrepientes de lo que pasó? —Su voz me arranca del recuerdo. Percibo la tensión oculta en su pregunta.
—No, claro que no me arrepiento. Solo estoy preocupada. Mi familia no entenderá esto. Ellos…
—Nadie va a alejarte de mí, Sara —interrumpe con firmeza tajante.
—Sasha, las cosas no son tan simples.
—¡No lo harán! —insiste—. Eres mi mujer ahora y nadie cambiará eso.
Guardo silencio ante su determinación. Es romántico, pero carecerá de sentido si termina muerto o si mi familia sufre. Debo encontrar la forma de hacerlo entrar en razón. Mi padre es el más accesible; tal vez si hablo con él logre que comprenda. Sasha no actuó de forma correcta, pero…
—Tu padre y tu hermano vienen a la ciudad —dice de pronto. Mi corazón da un vuelco y me giro para encararlo.
—¿Qué?
—Los hombres que contraté para traerte dejaron un rastro mínimo, pero suficiente para que un rastreador determinara que eran rusos —explica con calma.
Frunzo el ceño y bajo la mirada al suelo. «Un rastreador…»
—Caín —susurro el nombre de mi mellizo.
Mi hermano es el mejor localizando personas. Papá siempre presume de ello. Aunque sigue en entrenamiento, es infalible. Él dará conmigo, encontrará a Sasha y lo matará.
—El mismo —asiente él—. La mala copia de tu padre es quien dio en el clavo.
Casi sonrío ante el apelativo, pero el pánico me lo impide.
—Él, tu padre y Salvatore Rossi aterrizarán en Moscú en unas horas. Acabo de hablar con Lev.
Esto es un desastre. Mi hermano no es ingenuo; si convenció a papá de venir a Rusia y trajo a Salvatore, es porque planea algo grande.
Mi primo es volátil e impredecible cuando se trata de proteger a los suyos.
El razonamiento no es su fuerte y Caín usará esa faceta para sembrar el caos si Sasha está en su radar.
—Sasha, ¿qué vamos a hacer? —Sujeto su brazo con urgencia. Él solo sonríe y se encoge de hombros.
—Nada. Lev tiene el asunto bajo control, pero tendré que dar la cara para no levantar sospechas. A menos que desees presentarme de forma oficial —me guiña un ojo.
Reprimo el deseo de golpearlo. ¿Cómo puede bromear ahora?
La culpa me aplasta; ellos se desesperan buscándome mientras yo disfruto de la cercanía de mi captor.
Si aparezco ahora, querrán llevarme a Nueva York y jamás volveré a verlo.
Además, lo asesinarán en cuanto confirmen su autoría.
Cualquier error desatará una guerra entre clanes que dejará demasiadas víctimas.
—Sasha, escucha —me posiciono frente a él para obligarlo a mirarme—. No es casualidad que Caín y Salvatore estén juntos. Planean algo a espaldas de papá. No los provoques. Conozco a mi hermano; es experto en sacar de quicio a los demás. Buscará tu debilidad para hacerte perder el juicio.
—Es admirable que te preocupes, pero no pasará nada —responde restándole importancia mientras acaricia mis labios—. Tu hermano no me intimida. Siempre puedo dispararle.
—¡Hablo en serio! —Le aparto la mano de un golpe—. No puedes dispararle a ningún miembro de mi familia. Si les haces daño, yo…
Él enarca una ceja al notar que no termino la frase. Su gesto me acelera el pulso y trato de concentrarme.
—Si están aquí es porque Caín desconfía de ti y…
Sasha sujeta mi nuca y me atrae hacia él. Sus labios devoran los míos con una pasión demente hasta que se aparta y pega su frente a la mía, respirando con dificultad.
—Lo tendré en cuenta, Freya —susurra contra mi mejilla—. No bajar la guardia, no caer en las provocaciones de la «Mini Parca»… y descartada la posibilidad de castrar a cualquier miembro de tu familia —añade con tono divertido mientras muerde la piel sensible de mi garganta.
—¿Qué haces? —jadeo, entregada a la sensación de su aliento cálido.
—Enumero tus puntos, Sara —murmura—. ¿Qué tal si regresamos a la habitación y seguimos con nuestro juego de enfermera y paciente?
Me arranca una risa y golpeo su hombro sano con suavidad.
—¡Oye, todavía estoy herido! —se queja fingiendo dolor.
Se pone de pie y me ofrece la mano con una mirada brillante y juguetona. Tras retirar un mechón de mi rostro, acepto su invitación. Suelto un grito ahogado y una risa cómplice cuando me jala con fuerza hacia sus brazos para arrastrarme de vuelta al dormitorio.