CAPÍTULO 27
Sasha
Mientras disfruto del suave roce de los labios de Sara, sujeto un puñado de su cabello con firmeza. Ella permanece sentada de lado sobre el colchón hasta que, con un movimiento fluido de mi brazo, rodeo su cintura para atraerla. Necesito sentir su calor contra el mío, sin barreras.
—Te harás daño —susurra sobre mi boca cuando la obligo a sentarse a horcajadas sobre mis piernas.
—Estoy bien —respondo, antes de atrapar con mis dientes la piel cálida y suave de su labio inferior.
El corazón me late con el brío de un caballo salvaje y la respiración se me entrecorta.
Cuando ella suelta un gemido contenido, la necesidad de tocar su piel se vuelve imperativa.
Mis manos se deslizan bajo la tela de su blusa para recorrer su espalda y su cintura.
Su piel se eriza ante mi contacto, pero no se aparta ni protesta; al contrario, se funde conmigo en un beso natural, permitiendo que mis manos la exploren con absoluta soltura.
—Dios, Sara. No tienes idea de cuánto he esperado este momento —murmuro.
Ella suelta una risa breve y entierro los dedos en su melena, tirando con suavidad para mirar los ojos por los que he desatado el infierno.
—Me has enfermado; me has vuelto un demente que no concibe la vida sin ti a su lado. Nos has condenado a ambos.
No soy hombre de frases dulces, pero con ella las palabras fluyen sin filtro. Mi mente se nubla y emerge mi faceta más humana, esa que deja de lado al hombre frío y desinteresado para arrastrar a la superficie una vulnerabilidad que ni yo mismo conocía. Mi lado humano.
—Eso no es justo —susurra ella antes de morder mi labio y sellarlo con un beso tierno—. No puedes culparme de tu locura.
Roza su nariz con la mía y vuelvo a devorar sus labios con urgencia.
Deslizo las manos por su espalda hacia su cintura para elevar la tela de su blusa.
Ella levanta los brazos para facilitarme la tarea mientras deja escapar una risa nerviosa.
Desato con cuidado el cordón de su pantalón de pijama y, cuando al fin retiro la prenda, su semidesnudez me deja sin aliento.
Sus exóticos y brillantes ojos heterocromos no se apartan de los míos.
Le acaricio la barbilla mientras la detallo; quiero inmortalizar esta imagen en mi memoria.
Su cabello rubio y ondulado cae como una cascada sobre sus hombros, sus ojos centellean y sus labios lucen rojizos por la fricción de los míos.
Un espectáculo digno de veneración. Sara Rinaldi es perfecta y es mía.
Mi pulgar acaricia sus labios entreabiertos.
Ella cierra los ojos un instante y ladea la cabeza, otorgándome acceso a su garganta.
Me fijo en el latido rítmico de su pulso en el cuello.
Una necesidad primitiva de poseerla nace en mi interior cuando busco su mirada y encuentro ese brillo de entrega.
Aún asi analizo sus reacciones con cautela.
—Estoy bien —murmura, como si leyera mi mente, y echa la cabeza hacia atrás para que admire su piel.
El poco autocontrol que me quedaba se desvanece al verla morderse los labios. Enrosco mis dedos alrededor de su cuello para atraerla hacia mi boca.
—Después de esto, no habrá escapatoria ni lugar donde puedas ocultarte de mí. ¿Lo sabes?
—¿Alguna vez hubo tal lugar?
Sonrío y muerdo su barbilla. Se estremece cuando mi lengua recorre su cuello, desde la tráquea hasta el mentón.
—¡No! Jamás lo hubo ni lo habrá. Eres mía y nada cambiará eso; incluso si un día llegas a odiarme, me perteneces. Y lo que es mío se queda conmigo, Sara.
Devoro su boca con una vehemencia que me dificulta tomar aire.
Podría morir en este instante y todo habría valido la pena.
La herida en mi pecho pasa a un segundo plano cuando termino de desnudarla.
Sus pechos firmes quedan al descubierto, con los pezones erizados, y no vacilo en llevarme uno a la boca.
Sara gime. Rodeo su cintura con mis brazos mientras saboreo sus senos, alternando entre uno y otro con lentitud.
Como puedo, me despojo de la única prenda que aprisionaba mi erección, que ahora late con impaciencia por sumergirse en ella.
Sujeto su garganta con suavidad y elevo su rostro para obligarla a mirarme. Rozamos nuestras narices mientras el aire que exhalamos se mezcla.
—¿Lista, Freya?
Asiente sin romper el contacto visual. Un rubor intenso se extiende desde sus labios hasta sus mejillas.
—¡Lo estoy! Pero no sé cómo hacerlo… y temo lastimarte.
Una sonrisa lenta y cargada de malicia se dibuja en mi rostro.
—No vas a lastimarme. —Atrapo su labio inferior entre mis dientes y tiro de él antes de susurrar a su oído—: Porque tú vas a montarme a mí, Sara.
Se tensa de inmediato. Sus ojos se abren con sorpresa y el rojo de sus mejillas se intensifica mientras sacude la cabeza con nerviosismo.
—Yo… no sé cómo. Nunca he…
—Aprenderás —murmuro contra su barbilla—. Déjame guiarte. No hay de qué preocuparse, tendrás tiempo de practicar todas las veces que quieras.
Ella ríe y desliza sus manos hacia mis hombros. La atraigo por la cintura y suelta un suspiro nervioso antes de asentir.
—¿Qué debo hacer?
Aquellas palabras, dichas entre titubeos, envían una descarga eléctrica directo a mi entrepierna. Mi cabeza es un caos de deseo. A pesar del dolor de la herida, no pienso dejar pasar esta oportunidad; lo he soñado desde el primer día.
—Primero, toma de la mesa de noche uno de los envoltorios rojos y negros.
Sara obedece con lentitud. Al inclinarse, sus pechos se balancean frente a mis ojos.
Contengo el impulso de tocarlos y observo cómo abre el cajón.
Sostiene el preservativo con torpeza, insegura.
Traga saliva y sus ojos bajan inevitablemente hacia mi abdomen, observando cómo mi cuerpo reacciona a su cercanía.
Se tensa, sin saber dónde fijar la vista, y humedece sus labios.
Es una mezcla deliciosa de curiosidad y desconcierto.
Intenta concentrarse en el envoltorio, pero su mirada regresa una y otra vez a mi polla erecta.
Tomo mi miembro entre las manos y ella observa el gesto.
Asiento para que lo tome. Con dedos temblorosos roza mi piel; la ayudo guiando su mano para que sienta mi volumen.
Un gruñido escapa de mi garganta al sentir la suavidad de su palma.
Muevo nuestras manos al unísono para que gane confianza.
Quiero que pierda la vergüenza; ella es mi dueña.
Deslizo nuestras manos juntas de arriba hacia abajo.
Mis testículos se contraen ante su calor y aprieto la mandíbula para no empujar las caderas.
Mis ojos se clavan en los suyos mientras ella continúa el movimiento.
Con mi mano libre, acaricio su muslo y haciendo un ascenso suave, busco el camino hacia su intimidad. Está empapada.
—Demonios, Sara… Estás empapada —gruño mientras la observo—. Has deseado esto tanto como yo, ¿verdad? Dime… ¿has fantaseado con tenerme dentro de ti mientras te follo como el animal en el que me has convertido?
Gime cuando muerdo su mentón. Deslizo dos dedos por sus labios íntimos, acariciando los pliegues húmedos.
Al encontrar su clítoris, ejerzo una presión leve y dibujo círculos.
Ella echa la cabeza hacia atrás con un gemido profundo.
Lamo la piel entre sus senos y asciendo con parsimonia hasta su mentón.
—Apuesto a que lo has hecho.
Sus caderas se balancean sobre mis dedos.
Introduzco dos de ellos en su canal cálido y apretado.
Sus paredes me reciben con urgencia mientras entro y salgo de ella.
Ella empuña mi miembro con más firmeza y me roba jadeos de placer.
Cuando el líquido preseminal humedece sus dedos, ella levanta la mano, confundida.
La inocencia en su mirada ante esa humedad me sacude; despierta mi instinto más posesivo.
Sara es y será siempre mía. El fuego toma el control.
Sujeto su muñeca frente a su rostro para que vea sus propios dedos y acelero el ritmo de mi mano en su interior, ansioso por sentir su clímax.
—Sasha… por amor de Dios.
Su voz es un susurro entrecortado, erótico y sensual. Es una batalla perdida entre su pureza y la necesidad de sucumbir a lo que su cuerpo reclama. Continúo con el vaivén interno, muerdo su cuello y me inclino hacia su oído.
—Vas a correrte para mí, preciosa.
Juego con mis dedos dentro de ella, con una lentitud cruel al principio. Mi pulgar encuentra el punto exacto de su sensibilidad y lo roza con precisión, arrancándole un gemido ahogado.
—Lo harás sobre mi mano —murmuro contra su oído—. Vas a empaparme con tu orgasmo… Vas a gemir mi nombre mientras te poseo con mis dedos.
—Esto es… demasiado —jadea con la voz quebrada—. Siento que me quemo… yo…
—Y aun así no quieres que me detenga.
Deslizo los dedos a mayor profundidad y marco el ritmo, obligando a su cuerpo a seguir mi cadencia.
—Arderás hasta consumirte —susurro con los labios rozando su lóbulo—. Te quemarás en las manos de tu verdugo, Sara Rinaldi.
Sus paredes se contraen alrededor de mi mano; están tensas, desesperadas.
Su respiración se rompe en pequeños espasmos mientras su cuerpo comienza a temblar.
Un segundo después, el clímax la golpea con violencia.
Sara se sacude entre mis brazos, se estremece y se deshace sobre mi piel, perdida en el placer que le arranco sin piedad.
—Eso es… —gruño contra su cuello—. Justo así.