CAPÍTULO 22
Sara
Recostada en el sofá, frente a la chimenea donde los troncos crepitan con un ritmo hipnótico, observo de forma disimulada al hombre que me da la espalda.
El libro permanece abierto en mi regazo, detenido en la misma página desde hace varios minutos.
En todo ese tiempo, mi atención se ha centrado en el ruso que ha trastocado mi existencia.
Sasha no parece haber notado mi presencia cuando entró al salón y retiró un enorme cuadro de la pared, revelando una caja metálica empotrada en el muro.
Lo observo introducir un código en el panel y extraer varios documentos, absorto en su labor.
Yo, en cambio, estudio cada detalle de su figura.
A diferencia de su habitual traje oscuro y sus zapatos de un brillo impecable, hoy viste pantalones cargo negros, una sudadera a juego y una chaqueta de cuero que resalta el rubio desordenado de su cabello.
«Deja de mirarlo, Sara». Me obligo a apartar la vista justo a tiempo; por el rabillo del ojo noto que se voltea.
Sus pasos se aproximan y yo carraspeo, acomodando el libro sobre mis piernas mientras finjo una lectura profunda.
Siento el pulso acelerado, como si el corazón pretendiera escapar de mi pecho, y mis mejillas arden ante el recuerdo vívido de su boca entre mis piernas.
—No te había notado, Freya…
Mantengo la farsa de la indiferencia cuando se detiene frente a mí y paso a la siguiente página con una calma impostada.
—Quizás es porque la mayor parte del tiempo tienes la cabeza metida en tu propio ombligo —murmuro sin levantar la vista del papel.
—No parecía importarte demasiado dónde estaba mi cabeza anoche.
El tono juguetón que emplea me saca de quicio; es una habilidad que perfecciona cada día para desarmarme.
—Cretino —mascullo entre dientes.
De pronto, su mano envuelve mi muñeca con firmeza. El libro se me escapa de los dedos y un grito de sorpresa se ahoga en mi garganta cuando me jala de un tirón, pegándome contra la dureza de su pecho.
—¡Dios! Eres un animal —protesto cuando hunde la nariz en el hueco de mi cuello y exhala sobre mi piel.
—Tienes razón, lo soy —asiente. Me quedo inmóvil cuando recorre mi garganta con un roce lento—. Pero dime, ¿quién podría culparme? Tu fragancia me vuelve loco; se ha vuelto mi aroma favorito.
Sus labios se deslizan por mi piel, provocando que mis piernas flaqueen y los vellos de mi nuca se ericen.
Odio las reacciones de mi cuerpo ante su contacto.
Mi mente libra una batalla perdida: mi piel se somete y se rinde, mientras mi lado racional lucha con todas sus fuerzas para no ceder ante su dominio.
Me repito que es un lunático, un secuestrador, pero no puedo evitar pensar que ese es el único muro que me separa de él.
Mentiría si dijera que no me atrae. Quizás, si nos hubiésemos conocido de otra forma…
si las circunstancias fuesen distintas… «¡Basta, Sara! Deja de buscar excusas. Es un demente».
Mi mente me advierte del peligro, pero mi cuerpo aclama sus manos. Uno de sus brazos rodea mi cintura mientras el otro alcanza mi rostro, obligándome a buscar sus ojos. Le sostengo la mirada y una sonrisa lenta se dibuja en sus labios antes de inclinarse y rozar mi boca con la suya.
—Eres tan malditamente hermosa.
Frunzo el ceño mientras me analiza con esa mirada extraña, casi de adoración, como si contemplara un tesoro.
—¿Hasta cuándo seguirás molesta conmigo? Han pasado dos días y ya me disculpé por gritarte —dice, acariciando mi mejilla con el pulgar mientras sus dedos se pierden bajo mi cabello.
—No estoy molesta —respondo. Él sonríe, pero es una expresión traviesa, no una de alivio.
Se inclina con la intención de besarme, pero me aparto echando la cabeza hacia atrás. Él se ríe otra vez antes de sacudir la cabeza y apoyar su frente contra la mía. Cierra los ojos.
—Eres pésima para mentir —admite con una sonrisa—. Bien… supongo que esta vez me lo merezco.
Cuando pienso que volverá a interrogarme, suspira y se distancia.
Toma mis manos, besa mis nudillos con una delicadeza inesperada y sale de la estancia sin añadir palabra.
Su partida me deja con una sensación de vacío en el pecho.
Observo su espalda hasta que desaparece bajo el umbral y, de forma instintiva, me llevo la mano al cuello para enroscar el crucifijo entre mis dedos.
Un mal presentimiento me invade, un sabor amargo que me oprime la garganta mientras las palabras «no te vayas» mueren en mi lengua.
Sasha
—¿Dónde está? —pregunto mientras dejo que mi madre me envuelva en un abrazo cálido.
—En su habitación.
Ella se aparta y hace el amago de tocar el brazo de Lev, pero se detiene a mitad del gesto.
En su lugar, baja la mano y le dedica una sonrisa suave.
No es un secreto que Lev aborrece el contacto físico; no permite que nadie lo toque, con la única excepción de mi hermana.
Cuando Kat lo abraza, él no se tensa. Nadie comprende la razón, pero ella es la única a quien se lo permite.
—No ha salido desde lo ocurrido y se niega a hablar conmigo — mi madre suspira con la vista fija en la puerta del dormitorio—. Lamento haberlos molestado, pero tal vez ustedes logren convencerla.
—Tranquila, hablaremos con ella —le aseguro al notar el brillo de las lágrimas en sus ojos.
La idea de que alguien haya dañado a mi hermana pequeña hace que la sangre me hierva.
Kat es pura energía, extrovertida y alegre.
Imaginar que alguien la ha aterrorizado al punto de recluirse me resulta insoportable.
Observo el rostro preocupado de mi madre y, por un instante, pienso en la madre de Sara.
No sé por qué ese pensamiento me asalta ahora; supongo que así debe lucir una madre que ignora el paradero de su hija.
Mi mente se queda suspendida en esa culpa repentina.
—¿Sasha… hijo? ¿Estás bien?
—Sí. No es nada —carraspeo para aclarar la voz.
Aparto esos pensamientos y el sentimiento de culpa que intenta emerger. «¿Qué demonios me pasa?». Lev se adelanta y golpea la puerta rosa. Mi madre se abraza a sí misma, esperando una reacción que no llega. Solo hay silencio.
—¿Por qué no preparas esas galletas que tanto le gustan? Tal vez eso ayude mientras hablo con ella.
Mi madre me mira y luego observa a Lev. Asiente con una sonrisa triste.
—Bien… entiendo —responde en voz baja. Tras una última mirada cargada de incertidumbre, se retira.
Vuelvo a golpear, pero el silencio persiste. Lev y yo intercambiamos una mirada rápida. Él extrae la llave maestra de su bolsillo y, justo antes de insertarla, el cerrojo cede. La puerta se abre y mi hermana se sobresalta al vernos. Sus ojos se abren de par en par.
—¡Cielo santo, chicos! —se lleva la mano al pecho y se quita los auriculares. Su mirada viaja de mí hacia Lev y arruga el ceño al notar la llave.
—Hola, hermanita —atraigo su atención—. Oí que juegas a las escondidas con mamá y papá.
Parpadea confundida y, de pronto, su barbilla tiembla. Se lanza sobre mí y rodea mi cintura con sus brazos delgados.
—Sashi… viniste —murmura entre sollozos.
La envuelvo en mis brazos y apoyo el mentón sobre su cabeza. Lev tensa la mandíbula; sus facciones se endurecen mientras la evalúa en silencio, buscando señales de daño.
—¿Podemos hablar, Kitty? —pregunto. Ella niega sin despegarse de mi pecho.
Suspiro y beso su cabeza antes de apartarla con suavidad para mirarla a los ojos.
Evita hacer contacto visual. Su cabello castaño cae en cascada y coloco un mechón tras su oreja hasta que finalmente me mira.
Le sonrío y toco la punta de su nariz con el índice; ella suelta una risa breve mientras se limpia las lágrimas.
Mi pequeña hermana, a sus casi quince años, posee una belleza inigualable: el cabello ondulado y los ojos azules de papá.
Su personalidad es una mezcla perfecta: dulce y tenaz como mamá; orgullosa y feroz como papá.
Pero Kat tiene algo especial: es incapaz de ocultar lo que siente.
Es un libro abierto, un arcoíris de emociones.
Verla así solo despierta mi deseo de derramar sangre.
Por la expresión asesina de Lev, sé que comparte el sentimiento.
—Estoy bien, chicos —dice, echándose el cabello hacia atrás.
Mi ceño se frunce al distinguir, bajo la tela del pijama, una venda sobre su clavícula.
—No hay de qué preocuparse, solo…
Se calla al notar mi fijación. Traga saliva y retrocede un paso, intentando cubrir la zona, pero la detengo sujetando su muñeca.
—Sash… —interviene Lev, que me toma del brazo con firmeza para que la suelte mientras ella forcejea. Aparto la mano, pero mi voz sale cargada de furia.
—¿Qué es eso? ¡Mamá dijo que nadie te tocó!
Lev sigue mi mirada hasta la venda. La observa con atención y me aparta con suavidad para interponerse entre nosotros. Kat baja la vista, encogiéndose sobre sí misma. Lev le toma la barbilla y eleva su rostro con delicadeza.
—Puedes confiar en nosotros —le asegura.
—Muéstranos, pequeña Bambi —insiste.
Ella niega y se vuelve hacia el interior del cuarto. Estoy por seguirla cuando se detiene en el umbral y nos mira a ambos. Tras un momento de duda, asiente.
—Puedes entrar, pero solo tú, Sashi.
Le lanza una mirada rápida a Lev. Él se endereza y la observa con el ceño fruncido, pero no protesta. Asiente y se encamina hacia las escaleras para darnos privacidad, aunque nos dedica una última mirada antes de marcharse.
La sigo al interior y la veo sentarse en la cama. El lugar es un estallido de color rosa, desde las paredes hasta las alfombras. Lo único que rompe la estética es una fotografía de hace dos años: una Navidad donde estamos todos junto a la chimenea y Lev ayuda a Kat a abrir un obsequio.
—¿Por qué no dejaste que Lev entrara?
—Porque no —responde ella, cruzando las piernas y abrazando un almohadón peludo.
La observo en silencio. Definitivamente, ocurrió algo mucho peor de lo que nos han contado.