La posesión del Ruso CAPÍTULO 21 #2
43%

CAPÍTULO 21 #2

—Tranquila, hiciste bien en decírmelo. Yo me haré cargo, madre —la tranquilizo—. En cuanto encuentre al responsable de atentar contra ustedes, le arrancaré las entrañas con mis propias manos.

Asiento y ella me sonríe con ternura mientras acaricia mi rostro.

Siempre me ha sorprendido esa faceta suya.

Pese a conocer la oscuridad que habita en mí, jamás me ha temido ni me ha mirado como a un monstruo.

Mi madre nunca ha perdido la fe en mí. Y eso me otorga un alivio que no suelo admitir, porque no sé qué sería de mi existencia el día que ella deje de creer en su pequeño demonio.

***

Azoto la puerta al entrar en la habitación y encuentro a Sara de espaldas a mí; observa a través del cristal la nieve que se acumula en el jardín. No se vuelve para reconocer mi presencia, ni siquiera cuando acorto la distancia que nos separa con zancadas firmes y pesadas.

—¡Lárgate, Ivanov! ¡No quiero verte!

Su voz es pura bilis, un látigo de furia que no logra ocultar el temblor de sus hombros. La tomo del brazo y, pese a sus intentos por zafarse y empujarme, la giro con brusquedad. La acorralo entre la pared y la solidez de mi cuerpo, anulando cualquier vía de escape.

—¡Que te largues, demente maniático!

Arremete contra mi pecho, pero mis dedos se cierran en torno a su cuello antes de que logre ganar espacio. Un gemido se le escapa cuando la presión la obliga a elevar el mentón. Sus labios se entreabren y su aliento, cálido y errático, se funde con el mío.

—Ese fue un buen intento —admito, mientras humedezco mis labios con la lengua—. Manipular la situación para que mi madre te sacara de aquí… Creo que te he subestimado, Sara.

Clava sus ojos en los míos. La llamarada de odio que desprende su mirada, lejos de amedrentarme, enciende una chispa de deseo inmediato en mis entrañas.

—El único manipulador aquí eres tú —escupe ella con rabia—. Y déjame decirte que arriesgas la vida por alguien que no siente por ti más que repudio.

Siento el impacto de su saliva en mi mejilla. Me quedo estático un segundo, procesando la afrenta, y luego sonrío. Con parsimonia, limpio el rastro de mi piel con los dedos y, bajo su mirada atónita, me los llevo a la boca para saborear su rastro.

—Estás loco… —susurra con el ceño fruncido.

—Lo estoy. Pero admite que todo este caos te fascina tanto como a mí, Sara.

Ella niega con la cabeza, aunque el movimiento es débil.

Traga saliva cuando mi mano se desliza por su muslo y asciende con lentitud tortuosa.

Se tensa al sentir mis dedos colarse entre sus piernas, sobre la fina tela que la cubre.

Intenta apartarse, pero en cuanto rozo el borde de su ropa interior, empapada y cálida, un jadeo se le escapa y cierra los ojos.

Sus uñas se clavan en mis hombros, aferrándose a la única ancla que tiene.

Su cuerpo la traiciona; se mueve apenas, buscando el contacto contra mi mano, lo que me arranca una sonrisa cargada de triunfo.

—Admítelo… —susurro contra su oído—. No es rabia ni temor lo que experimentas. Es algo distinto. Te inquieta que pueda doblegarte así, que sea capaz de leerte incluso cuando intentas odiarme.

Mi mirada desciende a sus labios antes de volver a chocar con la suya.

—Y te perturba aún más que, aunque fui yo quien te trajo aquí y repites que no me deseas, cuando estamos frente a frente, soy el único que todavía conserva el control. Porque en el fondo, Sara… me deseas mucho mas de lo que estas dispuesta a admitir.

Deslizo dos dedos con suavidad, recorriendo sus pliegues. La humedad que desprende se adhiere a mi piel. Sus muslos se aprietan en un acto reflejo, su respiración se vuelve caótica y su pecho sube y baja con violencia.

—Te equivocas —jadea con los ojos cerrados y la voz quebrada—. Yo… no te deseo.

Su resistencia es admirable, pero su desfachatez al negar lo evidente me resulta embriagadora. La siento temblar bajo mi peso. Cuando mis dedos rozan la piel hinchada de su clítoris, ella se presiona contra ellos. Sonrío y dejo que mis labios rocen la piel de su cuello, donde murmuro:

—No intentes engañarme… ni engañarte a ti misma. Mira cómo estás. Admiro tu determinación; tienes el valor de negarme lo que sientes mientras deseas que te abra de piernas y me hunda en tu coño. Pero puedes estar tranquila…

Hago una pausa, deteniendo el movimiento de mi mano. Sus uñas se hunden más en mis hombros, exigiendo sin palabras que continúe.

—Guardaré tu secreto. Del mismo modo que tú ocultaste que fui yo quien te acechó durante todo este tiempo.

—Yo… no…

—¿Tú no qué, Sara? —la provoco.

Ella deja que su cabeza caiga hacia atrás contra la pared, dándome acceso total a su garganta, que beso con voracidad.

—Dios…

—Casi, pequeña… pero el del averno.

Mi mano retoma el juego hasta que me atrevo a deslizar un dedo en su interior.

La calidez de sus paredes, que se contraen con fuerza en torno a mi falange, envía una descarga de adrenalina directo a mi entrepierna.

Mi polla se sacude en el pantalón, ansiosa por reclamar su lugar.

La penetro con mis dedos una y otra vez, mientras mi pulgar masajea su punto más sensible con un ritmo implacable.

Sara gime y arquea la espalda. Separo sus piernas con mi rodilla y, poseído por una necesidad que ya no puedo contener, me dejo caer de rodillas frente a ella.

Tomo una de sus piernas y la acomodo sobre mi hombro.

Sus ojos, ahora salvajes, se clavan en los míos.

Intenta protestar cuando retiro los dedos, pero el sonido muere en su garganta al verme levantar la tela de su pijama.

Relamo mis labios con deleite mientras observo el brillo de la excitación en su iris.

Me sumerjo entre sus piernas. Ella sujeta mi cabello con fuerza mientras su sexo se rinde ante mi boca. Un gemido agudo rompe el silencio de la habitación cuando mi lengua da el primer lametón, arrastrando toda la esencia de su deseo.

Podría follármela ahora mismo; empujar mi miembro en su interior y saciar esta sed de una vez por todas.

Pero todavía no es el momento. No está lista para las consecuencias de ese acto y no quiero forzar el final.

Me conformo con saborear cada gota de su orgasmo.

Continúo devorándola, deleitándome con los gemidos que llenan el espacio, perdiendo la cuenta de cuántas veces jadea mi nombre entre espasmos.

—No pares, por favor —suplica.

Sonrío contra su piel y aumento la velocidad de los embestidas de mi lengua sobre su clítoris.

El ego se me dispara al sentir cómo se deshace bajo mi lengua.

Cuando sus piernas se cierran en un intento de contener la intensidad, vuelvo a separarlas con firmeza.

Su cuerpo tiembla en una convulsión final y, en medio de una respiración descontrolada, acaba por correrse en mi boca.

Lamo los restos de su clímax de mis labios y beso la parte interna de su muslo antes de ponerme en pie. Acomodo la falda de su ropa y, sin borrar la sonrisa arrogante de mi rostro, deslizo el pulgar por la comisura de mi boca antes de llevármelo a los labios.

—Tan deliciosa… mi dulce Freya.

La tomo de la cintura y estampo mis labios contra los suyos, obligándola a probar su propio sabor en mi boca. Le devoro los labios con una urgencia demente antes de apartarme.

—Bien. Si ya no requieres de mis servicios… tengo un cadáver andante que encontrar. En serio espero que reconsideres la idea de quedarte a mi lado cuando mamá vuelva a preguntar, porque créeme que lo hará. Sería muy útil que no le muestres tanto… repudio.

Dejo escapar una risa cargada de suficiencia.

No espero una respuesta; me doy la vuelta y salgo de la habitación.

Me llevo conmigo la imagen de su mirada empañada por la lujuria.

Su boca puede decir lo que quiera, pero sus ojos no mienten.

Sara Rinaldi es más mía de lo que está dispuesta a aceptar. Ella me pertenece.