CAPÍTULO 22 #2
—Muéstrame, Kitty —le pido. Intento mantener la calma mientras arrastro la silla de su escritorio para sentarme frente a ella—. Kat… —advierto ante su inmovilidad.
Suspira y desabrocha el primer botón del pijama.
Al apartar un extremo de la venda, alzo ambas cejas al descubrir un corte recto, limpio e inconfundible.
Es el rastro de una navaja. No posee la profundidad suficiente para requerir puntos de sutura, pero dejará una cicatriz permanente.
Vuelvo a mirarla a los ojos; están anegados en lágrimas que se niega a liberar.
—Hijos de perra…
—No se lo digas a mamá, ni a papá —suplica. La observo con consternación—. Y mucho menos a Lev —añade. Me acerco y reacomodo el apósito sobre la herida con extrema delicadeza.
—¿Por qué no? Esto… —Me interrumpo cuando un escalofrío recorre mi columna. Sujeto su mentón para obligarla a sostener mi mirada—. Dime qué te hicieron en realidad esos bastardos.
Su barbilla tiembla. Ese gesto basta para que mis músculos se tensen hasta doler.
Mi imaginación vuela sin control y dibuja escenas que hacen que la sangre me hierva; no soporto la idea de que esos tipos pusieran sus manos sobre mi hermana.
Este mundo es una inmundicia. Si alguien pretendía enviar un mensaje, no resulta extraño que utilizaran este método.
Por esa razón, Lev y yo nos aseguramos de que Kat supiera manejar un arma y conociera trucos de defensa personal.
—No es lo que piensas… —murmura con voz quebrada.
—Entonces empieza a hablar, Kitty… —suavizo el tono, aunque contengo a duras penas los pensamientos que me asaltan—. Mi mente ya ha empezado a imaginar lo peor y no me gusta el camino que toma.
Ella toma una gran bocanada de aire y exhala con lentitud. Deja caer los hombros antes de erguirse de nuevo.
—Eran dos. Uno portaba un cuchillo —explica mientras juguetea con el borde de la manga de mi chaqueta—. Me sorprendieron en el baño de chicas. Uno me sujetó del cabello; dijo que solo quería entregar la nota que le di a mamá, pero el otro… Él quería… él…
—¿Qué hizo? —pregunto. Acaricio su mejilla con los nudillos cuando su voz se quiebra definitivamente.
Niega con la cabeza, pero elevo su rostro con suavidad.
—Puedes confiar en mí —susurro.
—Me tocó, Sashi… —Sacude la cabeza y el llanto rompe su voz—. No fue por debajo de la ropa, pero… lo hizo. Me asusté mucho porque…
Sus dedos se aferran a mi ropa, arrugando la tela con fuerza.
—El sujeto que tenía una cicatriz en el ojo quería que el otro se marchara. Dijo que solo necesitaba unos minutos a solas conmigo. —Niega con rapidez, como si aún le costara creerlo—. Pero el otro respondió que eso no formaba parte del acuerdo. Entonces el de la cicatriz se enfadó y me hizo esto…
Su mano tiembla al posarse sobre el pecho. Mi mirada cae sobre la zona herida y el aire se vuelve denso en mis pulmones. Un calor sofocante me recorre el cuerpo; aprieto la mandíbula con tal intensidad que siento la presión en los dientes.
—Dijo que así no lo olvidaría.
Las palabras quedan suspendidas en el aire.
Kat no deja de llorar y la estrecho contra mi pecho, envolviéndola con mis brazos.
La rabia me invade de forma abrasadora y se desliza por cada rincón de mi ser.
Kat es apenas una niña inocente que no debería pasar por este calvario. Esos infelices no quedarán impunes.
—Tranquila… no permitiré que nadie vuelva a intentar algo semejante —le aseguro contra su cabello antes de besar su coronilla—. Los encontraré y pagarán por esto. Te lo prometo. Sabes que Lev tampoco permitiría que…
—¡No! Por favor, Sashi… —Se aparta de golpe. Sus manos permanecen aferradas a mi chaqueta un segundo antes de soltarse—. No quiero que Lev lo sepa. Es demasiado… vergonzoso.
—Kat…
—Por favor… —suplica. Evita mi mirada—. No quiero que me vea de forma diferente.
—Eso no sucederá jamás. Lev te adora. Lo conoces; sabes que no lo pasará por alto. Buscará la forma de averiguar qué ocurrió y…
—Por favor.
Sus ojos, enrojecidos por el llanto, me suplican.
La sola idea de que Lev se entere parece alterarla más que el ataque mismo.
Kat cree que nadie lo nota, pero para todos —excepto para Lev— es evidente que ella siempre ha estado enamorada de él.
Suspiro con pesadez antes de asentir y atraerla de nuevo a mis brazos.
—Está bien… lo prometo. No se lo diré.
—Gracias —susurra acurrucada contra mi pecho.
—¿Segura de que no pasó nada más? —pregunto mientras estrecho el abrazo—. Sabes que puedes confiar en mí.
—Lo sé. Es la verdad… eso fue todo lo que pasó.
Cierro los ojos un instante y asiento contra su cabeza.
—Bien, pequeña… te creo.
—Te amo, Sashi.
—Lo sé. Yo también te amo, Kitty.
La sostengo un poco más, permitiéndole ocultarse del mundo entre mis brazos mientras mi mente encaja las piezas del rompecabezas. Ya sé por dónde empezar la búsqueda.
***
—Estará bien. Solo está asustada —le digo a mi madre en voz baja al salir de la habitación. Cierro la puerta con cautela—. Hablé con ella. Necesita algo de tiempo.
—No puedo creer que no haya querido hablar conmigo —dice ella, negando con la cabeza.
—No es por ti, mamá. Tampoco quiso ver a Lev… y ya sabes lo que él significa para ella.
Mamá esboza una leve sonrisa, suspira y señala hacia las escaleras con el mentón. Sigo su indicación. Lev permanece recostado contra la pared, con una mano en el bolsillo de su chaqueta de cuero y un pie apoyado en el primer escalón. Juega con su encendedor de forma distraída.
—No se ha movido de ahí —murmura ella. Observamos cómo enciende y apaga la llama con la mirada perdida.
Conozco la actitud de Lev respecto a mi hermana; es evidente que no dejará pasar este agravio.
Desde que Kat nació, él se impuso el papel de protector.
No sé si se debe a su infancia o a las torturas que sufrió a manos de sus padres, pero su necesidad de cuidarla roza lo obsesivo.
Es algo que mi padre y yo valoramos en silencio; mientras la sombra de Lev la cubra, Kat será la mujer más protegida de Rusia.
Por su expresión actual, sé que el remordimiento de no haber estado allí para protegerla lo consume.
—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vi esa expresión en su rostro —comenta mi madre.
—Ya te lo dije, Kat no permitió que entrara. Debe estar preocupado.
—¿Seguro que mi niña se pondrá bien?
—Te lo prometo, mamá. Solo dale espacio —respondo. Hago una pausa—. Tal vez podrías comprarle ese perro que tanto desea.
Ella sonríe y niega con la cabeza.
—Tu padre no aceptará un perro en casa ni en un millón de años. Prefiere a los gatos —susurra para mí—. Pero podría intentarlo.
Pongo los ojos en blanco. Tras unos minutos más de asegurar que todo marchará bien, finalmente me permite marcharme.
—¿Qué le hicieron esos malditos?
Lev se despega de la pared y me sigue hacia la salida. Sus pasos son silenciosos, pero la tensión que desprende es palpable. Mantiene los hombros rígidos y esa mirada oscura y letal que surge cuando sus demonios despiertan.
—Lo que dijo mamá. Eran dos; la asustaron y la amenazaron con una navaja —respondo con firmeza—. Al forcejear la cortaron, pero no es grave. Sanará.
—No puedo decir lo mismo de ellos cuando les ponga las manos encima —murmura.
Salimos de la mansión. Mientras atravesamos el jardín, Lev se detiene y me obliga a girar hacia él.
—¡Espera!
Mira por encima del hombro hacia el balcón del segundo piso. Las cortinas de la habitación de Kat están cerradas. Lev frunce el ceño.
—¿Qué ocurre? —pregunto.
—No lo sé, Sash… —murmura—. Algo no huele bien. Tengo un mal presentimiento; ella nunca me había alejado de este modo.
Como suponía, no es fácil engañarlo. A decir verdad, no me agrada hacerlo; es como un hermano para mí, pero le di mi palabra a Kat.
—Kat no está acostumbrada a este tipo de violencia. Esos tipos la dejaron aterrada. Su reacción es normal.
Él no responde. Alzo una ceja, expectante. Por un momento creo que regresará a la casa, pero suspira y saca un habano de su chaqueta. Se lo lleva a los labios y busca algo en sus bolsillos.
—¿Qué haremos? —pregunta tras encenderlo—. No hay forma de que ignore esto. Quiero la sangre de esos bastardos en mis manos.
—Lo sé —respondo mientras abro la puerta de mi coche—. Por eso vamos a cazarlos… y a matarlos.
Apoya el brazo sobre el techo del vehículo y da una calada al habano. El brillo anaranjado ilumina su rostro un instante. Expulsa el humo con lentitud y rompe el silencio.
—Quiero al que le causó esa herida.
—Como digas… pero el otro me pertenece.
Asiente y golpea dos veces el techo del auto antes de dirigirse a su motocicleta.
—Te sigo —grita sin volverse.
Lo observo alejarse, sacudo la cabeza y enciendo el motor.