Capítulo 2
Sara
Sangre. Hay demasiada sangre. Mis manos tiemblan mientras sostengo las tijeras empapadas en ese líquido viscoso y carmesí.
Mi madre llora y el sonido de su llanto me desgarra.
Llevo ambas manos a mi cabeza, presionando con fuerza; no soporto ver su dolor.
«¿Por qué llora?». Las voces a mi alrededor se multiplican, crecen hasta convertirse en un murmullo ensordecedor que me asfixia.
Alguien repite mi nombre, pero no logro identificar la fuente del sonido.
—Sara, cariño, por favor... suelta eso.
Me incorporo de golpe en la cama. Llevo las manos a mi rostro, sintiendo la piel empapada en sudor frío. Mi respiración es errática y cada músculo de mi cuerpo vibra bajo una tensión eléctrica.
—Es una pesadilla... solo fue una pesadilla, Sara —susurro para mí misma, presionando una mano contra mi pecho—. Cinco... cuatro... tres... Respira. Dos... uno.
Exhalo el aire acumulado en mis pulmones y abandono el refugio de las sábanas.
Me dirijo hacia el balcón y apoyo la frente contra el marco de la ventana.
El cielo aún conserva el tinte oscuro de la madrugada.
Las copas de los árboles se agitan en un vaivén suave que sacude las hojas con un siseo constante.
Me concentro en ese balanceo mientras recorro el jardín con la mirada.
La quietud nocturna siempre me ha brindado una calma extraña.
No todos comprenden la belleza que emana de las sombras, la serenidad de la penumbra o el magnetismo de ese misterio que transforma lo cotidiano en algo místico.
Sonrío ante las ocurrencias de mi mente.
«Estás perturbada, Sara». Sacudo la cabeza para disipar los pensamientos intrusivos y vuelvo a observar el exterior.
Entonces, una silueta entre los árboles captura mi atención.
Entrecierro los ojos y me inclino, aguzando la vista.
Es la figura oscura de una persona. Permanece estática, fundida con la negrura de la noche, observándome desde la distancia.
Sé que me mira. No distingo sus ojos, pero siento el peso de su escrutinio sobre mi piel.
Aparto la cortina y deslizo la hoja de la ventana con cautela.
La brisa fresca me golpea el rostro en cuanto salgo al balcón.
Doy un paso hacia esa sombra que acecha como un lobo a un cordero.
Debería alertar a los guardias o buscar a mi padre, lo sé, pero algo retorcido me lo impide.
Existe una fascinación inquietante, casi morbosa, en la certeza de ser observada.
De forma perturbadora, esa sensación me cautiva.
Trago saliva y avanzo un poco más, pero el sonido brusco de la puerta de mi habitación al abrirse me obliga a girar con violencia.
Mi padre entra en la estancia con el ceño fruncido y el cabello revuelto.
Su torso desnudo exhibe la vieja cicatriz que cruza su abdomen, y sostiene su arma favorita con firmeza.
—¡Aléjate del balcón, Tesorina! —ordena con voz imperiosa.
Obedezco de inmediato. Miro una última vez hacia el jardín por encima de mi hombro. La sombra ha desaparecido.
—¿Qué ocurre? —pregunto mientras me hago a un lado.
Él pasa junto a mí con la furia reflejada en el rostro. Se dirige a la terraza y aparta la cortina de un tirón para escrutar el exterior. Mi corazón late con fuerza mientras lo veo vigilar cada rincón.
—Los sensores de movimiento se activaron. Alguien merodea la propiedad —dice sin apartar la vista del bosque—. ¿Viste o escuchaste algo?
Evalúo mis palabras. Analizo las consecuencias de la verdad. Sé que mentir es un error, pero el secreto me quema en la lengua y decido conservarlo.
—Lo siento, papá. Acabo de despertar.
—¿Pesadillas? —pregunta, girándose hacia mí. Su mirada, cargada de una preocupación asfixiante, recorre mis facciones. Niego con la cabeza y fuerzo una sonrisa.
—Solo tenía sed.
La oscuridad en sus ojos no se disipa. Me observa unos segundos más y luego examina la habitación, como si temiera que alguien se ocultara en los rincones. A lo lejos, el eco seco de varios disparos rompe la calma, seguido por el ladrido feroz de los perros y el caos de voces que corren.
—¡No salgas y cierra con seguro! —ordena.
Me besa la frente con rapidez y sale de la habitación. La puerta se cierra con un estruendo que resuena en mis oídos. Un nuevo disparo me sobresalta y vuelvo a la ventana. Varios hombres corren hacia el bosque. Caín lidera el grupo con su ballesta en mano, acompañado por uno de los perros de caza.
Exhalo despacio y me dispongo a cerrar la ventana cuando un detalle en la terraza detiene mi pulso.
Mis pies se mueven por instinto. Salgo de nuevo y me quedo sin aliento al ver una rosa descansando sobre el barandal.
Me acerco, poseída por una mezcla de nervios y adrenalina.
Una persona normal sentiría pánico, pero yo no soy normal.
Saberlo tan cerca me eriza la piel y despierta emociones que no debería experimentar.
Tomo la flor con cautela y una sonrisa lenta se dibuja en mis labios.
Es imposible que se haya acercado tanto sin ser detectado. Un zumbido suave me obliga a mirar al cielo. Un dron se aleja entre las sombras hasta perderse en la espesura del bosque. Bajo la mirada a la rosa y noto una tarjeta negra sujeta al tallo, el cual carece de espinas, mediante una cinta roja.
Las primeras palabras no me sorprenden. Son las mismas que he guardado en el fondo de mi armario durante años: “Feliz cumpleaños, Freya”. Sin embargo, el añadido final me confunde y acelera mi ritmo cardíaco:
“Hasta pronto”.
***
—¡No encontramos nada! Registramos cada metro de la propiedad —se queja Caín mientras desayunamos—. Tal vez fue un animal que cruzó el sendero.
Bebo un sorbo de chocolate caliente, escuchando la conversación de los hombres.
—No lo sé... los guardias insisten en que vieron una sombra —responde mi padre—. Hablé con Iván para que revise todo. Quiero un sistema de seguridad más moderno.
—Creí que no habían hallado rastro alguno —interviene mi madre mientras coloca una bandeja de tostadas sobre la mesa. Acaricia la cabeza de Damon, quien permanece absorto en un cómic, y se sienta junto a papá.
—No vimos nada inusual, Sole mio, pero es mejor prevenir.
—¿Sara, seguro que no escuchaste nada? —pregunta Caín, clavando sus ojos en mí con sospecha—. Se activaron los sensores cercanos a tu habitación.
—Nada. Ya se lo dije a papá. La medicación me sume en un sueño muy profundo.
Tomo otro sorbo de chocolate y aprovecho para ingerir las tres tabletas de mi tratamiento. El alivio me recorre cuando mi madre cambia de tema para hablar sobre la visita de mis tíos, Aurora y Alex.
—¿Mia y Salvatore no vienen? —pregunto.
—Salvatore no. Entrenará con tu tío Matt en Los Ángeles, igual que Caín —explica mamá—. Pero Mia se quedará un tiempo para evaluar universidades.
—No puedo creer que el tío Alex no haya perdido la cabeza —se ríe Caín—. Ese hombre necesita relajarse.
La mirada de mi padre se ensombrece un instante al observar a mi hermano, pero pronto recupera la calma.
—¿Mia vivirá aquí? —me sorprendo.
—Solo unos días —aclara papá—. Luego se mudará a un apartamento estudiantil. Quieren que experimente una vida normal.
—Normal no es un adjetivo que nos defina —murmura Caín con una mueca—. Nunca lo hemos sido.
—Habla por ti. Eres el rarito con arco y flechas —me burlo.
—No soy raro, soy un cazador —replica él con la boca llena—. Además, eres mujer, no lo entenderías.
Le arrojo un trozo de tostada, ofendida.
Mis padres intercambian una mirada divertida; están acostumbrados a nuestras disputas.
El resto del desayuno transcurre con fluidez hasta que mamá y Damon se retiran.
Mi hermano menor es un enigma: extremadamente inteligente y retraído, el más "normal" de nosotros.
Papá se acomoda y me observa con una sonrisa pícara.
—¿Cómo se siente cumplir diecinueve?
—Como si tuviera un año menos de vida —respondo con un encogimiento de hombros.
—Eso es muy pesimista, ¿no crees?
—Realista —corrijo.
—Algo le preocupa —interviene Caín sin levantar la vista de su teléfono.
Me tenso. Jugueteo con el borde de la taza para evitar sus miradas.
—Tengo un examen —miento.
—No es eso —insiste mi mellizo—. Te frotas los brazos, tu pierna no para de moverse y no puedes sostenerle la mirada a papá. Ni a mí.
Bajo la vista hacia mis manos. Mis uñas están destrozadas. Las oculto de inmediato bajo la mesa, apretando los puños. Detesto que Caín pueda leerme con tanta facilidad.
—Los medicamentos no están funcionando bien —confieso finalmente—. Tengo pesadillas y me cuesta no perderme en mis pensamientos.
Papá suspira con suavidad y Caín guarda su teléfono para prestarme toda su atención.
—Sara... —dice mi padre—. Hablaremos con el terapeuta y pediremos otra cita. Estaré aquí estos días para lo que necesites.
—No, está bien. Iré a verlo esta tarde. Lamento haberlo ocultado, no quería preocuparlos.
Antes de que la charla se vuelva más profunda, mamá aparece con un enorme pastel de fresas y chocolate.
Las velas ya están encendidas. Caín me rodea los hombros con un brazo mientras todos cantan el "Feliz cumpleaños".
Él me mancha la nariz con merengue y yo le devuelvo el gesto entre risas.
En este momento, me siento la persona más afortunada del mundo.
—¡Pide un deseo! —grita mi hermano.
Soplo las velas junto a él. Mi padre se acerca y me extiende una pequeña caja de terciopelo negro.
—Feliz cumpleaños, Tesorina.
Al abrirla, encuentro un delicado crucifijo de oro. La cadena es fina y el dije tiene un diamante blanco en el centro. Al girarlo, descubro las iniciales de toda mi familia grabadas en las puntas de la cruz. Las lágrimas brotan sin control y me refugio en su pecho.
—Me encanta. Gracias.
—Sé que extrañabas el que perdiste —susurra él—. Pensamos que este te gustaría por ser especial.
—Como tú, cariño —añade mamá.
Nos abrazamos con fuerza. Caín insiste en que es hora de repartir el pastel. En medio de las risas y el bullicio, me coloco el crucifijo y sonrío a las personas sentadas a la mesa. Mi familia. Sin saber que esta será la última vez que estaremos todos juntos en mucho, mucho tiempo.