La posesión del Ruso Capítulo 3
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Capítulo 3

Colisión

Sara

El profesor Parker continúa con sus instrucciones mientras guardo los libros en el bolso. Mi celular vibra en el bolsillo del abrigo. Lo tomo, ajusto la correa sobre mi hombro y abandono el aula, dando por terminada la última clase del día.

Caín: Enana, tengo trabajo. No cortes el pastel hasta que yo llegue.

Pongo los ojos en blanco. Es una tradición inquebrantable cortar juntos el pastel de cumpleaños; él lo llama «cosa de mellizos». Me resulta increíble que, con diecinueve años, todavía me obligue a seguir este ritual infantil.

Yo: ¿Otro pastel? ¿Alguna vez piensas madurar?

Presiono enviar. Justo cuando voy a guardar el dispositivo, recibo su respuesta.

Caín: Nunca es demasiado pastel.

Yo: No tardes o la primera porción será mía.

Sonrío. Mi hermano es una contradicción andante: serio, callado y letal con los extraños, pero conmigo se comporta de un modo protector y devoto.

Salgo por la puerta trasera del instituto hacia el estacionamiento mientras busco las llaves del coche.

El cielo se ha vuelto plomizo y una llovizna persistente comienza a caer.

Los relámpagos que fracturan las nubes anuncian una tormenta inminente; es mi señal para marcharme.

Detesto las tormentas. Cuando al fin localizo las llaves, el teléfono vibra de nuevo.

Leo el mensaje mientras camino los pocos metros que me separan de mi vehículo.

Caín: ¡Ni se te ocurra, enana! ¡El primer trozo es mío!

Yo: Pues no prometo nada y no me...

Estoy a punto de responder cuando alguien me atrapa por la espalda.

El agarre es brusco y me obliga a soltar mis pertenencias.

El teléfono choca contra el asfalto, dejando el mensaje a medias; mis libros quedan esparcidos bajo la lluvia.

Intento zafarme, pero una mano pesada y áspera cubre mi boca, sofocando cualquier grito.

Forcejeo con desesperación, casi logro liberarme, pero me estrellan contra la puerta de mi coche.

El impacto activa la alarma, cuyo estruendo desgarra el silencio del estacionamiento.

Escucho voces tensas que intercambian órdenes mientras intentan arrastrarme.

Un vehículo se acerca a toda velocidad con el chirrido de los neumáticos sobre el suelo mojado.

Se detiene a mi lado y una de las puertas traseras se abre.

El pánico acelera mi pulso. Por puro instinto, logro liberar una mano y lanzo un golpe hacia mi captor.

—¡Suka! —ruge el hombre, llevándose una mano a la frente.

Aprovecho su distracción para correr hacia el edificio de la universidad, pero el estallido de un disparo al aire clava mis pies al suelo.

Mi cuerpo tiembla de forma incontrolable.

No creo haber sentido tanto terror en mi vida.

Aun así, me niego a voltear; presiento que, si lo hago, mi destino quedará sellado.

No sé qué buscan, pero como hija de quien soy, sé que nada bueno me espera.

Unos pasos pesados se aproximan. Alguien sujeta mi brazo con violencia y me obliga a encararlo.

Es un sujeto enorme. Sus ojos, inyectados en rabia, se clavan en los míos.

Intento retroceder, pero antes de que pueda reaccionar, la palma de su mano impacta contra mi mejilla.

El golpe hace que mi piel escueza y mi cabeza gire por la fuerza del impacto.

Elevo el mentón y limpio el rastro de sangre de mi nariz, incapaz de contener las lágrimas que surcan mi rostro. Nadie me había golpeado jamás.

—¿Qué diablos haces? ¡No podemos tocar la mercancía! —reprocha un segundo hombre, calvo, deteniendo a su compañero antes de que vuelva a atacarme.

—¡Mira lo que me hizo esta Suka! —señala el arañazo en su frente. Le sostengo la mirada a pesar de que cada músculo de mi cuerpo está rígido.

—¿No puedes con una niña? —el calvo suspira y me apunta con el cañón de su arma—. Tengo órdenes de no dañarte, pero no pongas a prueba mi paciencia.

Hace un gesto a su socio, quien me rodea las muñecas con cinta adhesiva de forma tosca.

—¡Camina! —ordena con un empujón—. Si intentas algo, te disparo.

La amenaza surte efecto. Camino hacia el coche que aguarda con la puerta abierta.

Me empujan al interior y caigo de lado sobre el cuero negro del asiento.

No logro ver el rostro del conductor, oculto tras un pasamontañas.

Segundos después, siento un pinchazo agudo en el cuello.

El hombre del arma hunde una aguja en mi piel.

Mi visión se nubla al instante. Las voces se vuelven ecos distantes, un murmullo borroso del que solo rescato tres palabras: abordar, avión, jefe.

Sasha

El hielo cruje bajo mis suelas. El frío de la noche se funde con una neblina densa que devora el bosque, transformando los árboles en sombras esqueléticas y amenazantes.

Es la hora perfecta; esa en la que los demonios abandonan su escondite para acechar.

Con una mano en el bolsillo, golpeo mi muslo en un ritmo constante y preciso.

Uno, dos, tres. Repito la secuencia en un intento por contener la ansiedad que emana de mis poros, aunque no puedo evitar consultar el reloj en mi muñeca.

Siempre he sostenido que no existe nada en este mundo que esté fuera de mi alcance. Nada que no pueda poseer. Dinero, poder, mujeres… Todo lo que deseo termina, tarde o temprano, bajo mi dominio. Para un hombre de mi estirpe, el fin justifica cualquier medio. Y ella no es la excepción.

El hombre a mi lado exhala el humo de su habano y me da un ligero toque con el codo.

Señala con el mentón el vehículo que se aproxima; sus luces amarillentas rasgan la oscuridad e iluminan el camino empedrado.

Arrojo el cigarrillo al suelo y lo aplasto con la punta del zapato mientras despego la espalda de mi Mercedes Benz.

Con pasos calculados, camino hacia la furgoneta blindada que se detiene a escasos metros.

La puerta lateral se desliza y observo cómo uno de mis subordinados desciende con la chica.

Lleva los ojos cubiertos por una venda. Al fin está aquí.

Entorno los ojos, aunque mantengo el rostro imperturbable.

Me detengo frente a ella e inclino la cabeza para examinarla con minucia.

Es magnífica. El sujeto que la sujeta del brazo carraspea y eleva el mentón con orgullo, pero lo ignoro.

Mi atención desciende por la figura de Sara Rinaldi.

La tensión se instala en mi mandíbula y frunzo el ceño al notar sus muñecas: están apresadas por una gruesa cinta plateada que muerde su piel delicada.

Desvío la mirada hacia el guardia, quien baja la cabeza de inmediato al notar mi escrutinio.

Me detengo en el arañazo fresco que cruza su frente.

Sara se remueve ante el agarre brusco cuando la obligan a avanzar hacia mí.

Recorro su rostro de ángel hasta que mis ojos se clavan en el hematoma que ensombrece uno de sus pómulos.

Ella intenta liberarse, pero el imbécil que la retiene incrementa la fuerza.

Un gesto de dolor cruza sus facciones y eso es todo lo que necesito para que mi pulso se dispare.

Un impulso violento me recorre; deseo arrancarle la mano al bastardo que se atrevió a marcarla.

Busco en el bolsillo de mi saco y escucho cómo ella se estremece ante el sonido metálico de mi navaja automática.

El clic resuena en el silencio del bosque.

La hoja afilada brilla bajo la luz tenue antes de que, con un movimiento seco, corte la cinta que apresa sus manos.

Observo cómo los copos de nieve se enredan en las ondas doradas de su cabello, que cae sobre sus hombros y se pierde bajo el pesado abrigo de piel que la cubre.

Nadie se atreve a pronunciar una palabra.

Mis nudillos rozan con extrema delicadeza el área amoratada de su mejilla, esa mancha que ensucia su perfección.

El silencio es sepulcral, cargado de una tensión eléctrica que aumenta cuando afianzo el agarre en el mango de mi cuchillo.

Los presentes retroceden de forma instintiva.

Todos, excepto el tipo que permanece detrás de Sara, quien traga saliva con dificultad.

—¿Quién fue? —pregunto.

No me dirijo a nadie en específico. Mantengo la vista fija en la piel magullada de Sara. Aparto la mano, alzo el mentón y doy un paso atrás. Suelto un suspiro cargado de fastidio ante el silencio cobarde de los hombres.

—Señor, ella se resistió y tuve que someterla. No…

Las explicaciones mueren en su garganta.

En un movimiento veloz y certero, hundo la hoja de mi navaja bajo su mentón.

El desconcierto brilla en sus ojos desorbitados mientras se tambalea.

Sus manos buscan desesperadas el origen del torrente cálido que ya empapa mis dedos.

Retiro el arma solo para sujetarlo del cabello y volver a hundir el acero en su cuello, una y otra vez, desgarrando la carne con furia controlada.

Cuando lo suelto, su cuerpo se desploma pesado sobre la nieve.

—Nadie toca lo que me pertenece —advierto con voz gélida.

Sacudo la sangre de la navaja y observo el cadáver un instante. El rojo intenso se funde con el blanco del suelo en un contraste macabro. Exhalo despacio y niego con la cabeza.

—Es una pena. Ya no se consigue personal competente.

Acomodo la solapa de mi traje y paso una mano por mi cabello. Me giro hacia la chica, que tiembla cuando mis dedos, ahora fríos y manchados, retiran la venda de sus ojos. Ella parpadea, luchando por enfocar la mirada en este entorno hostil.

—Bienvenida a casa, Freya —susurro al sostener su mirada exótica.

Sara permanece impasible. Mantiene el mentón erguido y una serenidad que resulta inquietante. Ladea la cabeza y me evalúa con la misma calma que recordaba de años atrás.

—Desatarás un infierno en tus tierras si no me dejas ir —murmura con suavidad.

Frunce el ceño mientras me recorre de pies a cabeza.

Esa es la razón principal de mi obsesión: esa quietud externa que oculta demonios que gritan por ser liberados.

La comisura de mis labios se eleva en una sonrisa cínica.

Acorto la distancia hasta que mi rostro queda a centímetros del suyo.

No retrocede. Me sostiene el desafío en la mirada y confirmo que no se siente intimidada por mi presencia. Me agrada.

Nuestros ojos colisionan, enfrentándose como aquel día. En sus pupilas brilla una lucha constante entre la luz y esa oscuridad que me atrapó desde el primer segundo.

—Entonces, dejemos que el infierno arda —respondo.

Atrapo su rostro entre mis manos y me inclino hasta que nuestras narices se rozan.

Respiro su aliento, dejo que su esencia me invada y cierro los ojos un breve momento para saborear el caos que su cercanía provoca en mi sistema.

Abro los ojos de nuevo, pero no me retiro.

La mujer por la que acabo de iniciar el apocalipsis sigue inmóvil ante mí.

Mientras más la contemplo, menos me preocupan las consecuencias.

He robado el tesoro más preciado del Rey y no pienso devolverlo jamás.

Aunque el mundo se reduzca a cenizas, Sara Rinaldi ahora es mía.

—Sash...

Me separo cuando Lev me llama. Me yergo, observando a Sara desde mi altura. Ella no dice nada, solo me mira con incredulidad.

—Lo sé —respondo, consciente de que debemos retirarnos.

Miro a los hombres que aguardan junto a la furgoneta.

Han visto a uno de los suyos morir y no han movido un dedo.

Cobardes. No poseen el código de lealtad de la Bratva.

Son peones prescindibles, útiles para tareas que no deben rastrearse hasta el Pakhan.

Si fallaban, morirían a manos de los italianos sin dejar rastro hacia mí.

Pero no han fallado. Sin embargo, no puedo dejar cabos sueltos.

Recorro con la vista a los mercenarios que esperan órdenes. Antes de que puedan reaccionar, Lev y yo desenfundamos.

El primer disparo abate al conductor. El segundo alcanza a su acompañante mientras intenta huir en vano.

Lev es letal; remata a los otros dos con disparos certeros al cráneo.

En pocos segundos, la nieve blanca se tiñe de rojo.

Guardo el arma con parsimonia. Chasqueo los dedos y dos hombres de confianza de Lev descienden de las camionetas para cargar los cadáveres en la furgoneta original.

Lev rocía el vehículo con gasolina y me entrega el mechero.

Lo enciendo sin dudar. Las llamas devoran el metal con rapidez.

Giro sobre mi hombro. Sara observa el fuego como si estuviera en trance.

No ha intentado huir. Cualquiera en su lugar estaría consumido por el terror, pero ella no.

Parpadea y fija sus ojos en mí. Percibo un destello de miedo, pero lo descarto al recordar nuestro pasado.

Con su apellido, la muerte y la sangre no le son ajenas.

Después de todo, su padre es la Parca Italiana.