La posesión del Ruso CAPÍTULO 0 #3
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CAPÍTULO 0 #3

Enciendo otro cigarrillo. El fuego ilumina mis dedos un segundo antes de extinguirse.

Aspiro el humo sin apartar los ojos de ella.

Sara contempla la nada y yo la contemplo a ella.

Permanecemos así varios segundos en un silencio absoluto.

Doy un paso al frente y el crujido de una rama me delata.

Ella gira la cabeza levemente sobre su hombro.

Sus ojos se clavan en los míos con una calma desconcertante, como si siempre hubiera sabido que estaba allí.

Luego, vuelve la vista al lago con una indiferencia total.

Me acerco hasta quedar a su lado. Ella suelta un suspiro mientras el humo de mi cigarrillo se escapa de mis labios. Miramos el horizonte en silencio.

—¿No es algo tarde para un paseo, Sara? —mi voz rompe la quietud como un murmullo afilado.

Gira el rostro hacia mí y la imito. Ella acorta la distancia con pasos lentos y comienza a rodearme.

Me observa con una curiosidad fría, muy distinta a la de la tarde.

Cuando extiendo la mano hacia su rostro, no se aparta.

Mis dedos encuentran la tela de la capucha y la deslizan hacia atrás, dejando que su cabello caiga desordenado sobre su espalda.

Sigo cada uno de sus movimientos mientras termina de rodearme.

Con el dedo índice, recorre la tela de mi saco sobre el pecho con un toque casi imperceptible que sube por mi clavícula y roza mis hombros.

Su movimiento es elegante y calculado, similar al de una leona acechando a su presa. ¿Quién es esta chica en realidad?

—¿No puedes hablar? —indago mientras ella me observa a través de sus pestañas—. ¿O el gato te comió la lengua?

Se detiene frente a mí y desliza su dedo por mi brazo. No responde; solo ladea la cabeza con un gesto juguetón y sonríe. Hay algo inquietante en su expresión, algo torcido y amenazante que me pone en alerta.

—¡Sara! —exclamo.

Ella sostiene mi mirada un instante más.

Al escuchar su nombre, aparta la mano de forma abrupta y se gira para marcharse, pero la sujeto de la muñeca.

Se libera con un movimiento rápido y me fulmina con la vista.

Antes de que escape, vuelvo a atraparla con más fuerza.

La hago girar hacia mí y mi mano se cierra en su cuello, sin apretar, solo lo suficiente para inmovilizarla.

Sus pupilas están dilatadas; su mirada ha cambiado por completo.

Mis dedos rodean su garganta mientras mi pulgar se desliza con lentitud hasta sus labios.

Los rozó apenas para probar su reacción.

Ella me analiza con la misma intensidad con la que intento descifrarla.

Separo sus labios con el pulgar y, de pronto, intenta morderme.

Sonrío y retiro el dedo justo a tiempo, pero no la suelto.

Al contrario, la atraigo más hacia mí. Su respiración golpea mi boca y siento el calor de su aliento junto al pulso acelerado bajo mis dedos. Una risita suave escapa de su garganta.

—¿Quién eres realmente, Sara Rinaldi? —murmuro.

Presiono un poco más su garganta y noto que su cuerpo reacciona de forma extraña. Pierde firmeza, sus hombros se relajan y sus labios se curvan en una sonrisa casi invisible. Sus ojos desiguales siguen fijos en los míos y su boca casi roza la mía.

—Fre... ya —susurra con una voz apenas audible.

—¿Qué...?

Sin previo aviso, su cuerpo cede. La sostengo antes de que caiga y la atrapo contra mi pecho cuando pierde el conocimiento.

Se ha desmayado. Al parecer, he logrado intimidarla después de todo.

Observo sus rasgos perfectos y las largas pestañas que adornan su rostro pálido.

Es tan hermosa que podría pasar por una criatura mitológica.

Guardo las preguntas para después; he pasado demasiado tiempo aquí.

Acomodo su cuerpo sobre mi hombro con facilidad.

Su brazo cuelga a mi espalda y su cabello dorado se desliza contra mi abrigo.

Enciendo otro cigarrillo de forma automática antes de emprender el camino de regreso.

Moverme sin ser visto es sencillo para alguien con mi entrenamiento; Rinaldi debería reforzar su seguridad.

Me deslizo entre las sombras recordando el plano mental de la propiedad.

Calculo los ángulos muertos de las cámaras y los recorridos de los guardias para entrar sin ser detectado.

Escalo el balcón con Sara a cuestas. La ventana del dormitorio cede de inmediato.

La habitación mantiene ese estilo acogedor que noté desde el exterior.

Dejo a la chica con cuidado sobre la cama y la acomodo entre las sábanas.

Su respiración es profunda y tranquila; parece que simplemente duerme.

Me permito un segundo para observarla mientras el humo del cigarrillo se eleva hacia el techo.

Antes de marcharme, algo capta mi atención.

Me inclino sobre ella y aparto con lentitud la cadena de su cuello.

Levanto el crucifijo para detallarlo y sonrío al descubrir su verdadera naturaleza.

Tal vez Rinaldi sea más precavido de lo que aparenta.

Mis dedos se envuelven con firmeza alrededor de la pieza.